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La Licuadora
Gli Uccelli
Aug 9, 2008
Hace un par de semanas, cuando planeábamos el regreso de TP, Hernanii le preguntó a Raffo qué nivel de comentarios de los lectores le parecía el ideal. Raffo se inclinó hacia adelante, acercó a la cámara la punta de su pulgar izquierdo, la pegó con la punta de su índice izquierdo, formando un circulito, y dijo: “Cero”.
Raffo después se rindió y aceptó incluir al final de cada daily un link a una sección de “comentarios” que de alguna manera después íbamos a reciclar, aunque en ese momento no sabíamos todavía bien cómo. Bueno, esta nota que están leyendo ahora es el licuado de esos mensajes.
Esta primera semana recibimos un montón de comentarios, entre ellos casi una decena de meta-comentarios preguntando qué quería decir el rótulo “comentarios” al final de cada nota y por qué coño no aceptábamos comentarios o por qué no los estábamos respondiendo. Que quiénes creíamos que éramos. Ceci, por ejemplo, nos dice:
Mis queridos, ¿porqué no aparecen comments de los lectores? Si decidiesen restringirlos me sonaría a censura o a miedo… Abran el juego para lo bueno y lo malo.
M. Llambí (o Willies) del Centro de Buenos Aires, dice lo mismo de una manera un poco más testosterónica:
No sean censores y dejen que cada freak diga lo que quiera decir. ¡Habiliten comentarios, gays!
El clamor no nos convence. Los comentarios de los diarios, por ejemplo, son un circo, donde demasiada gente dice pavadas, en el mejor de los casos. Hagan la prueba: lean la sección de comments de cualquier diario durante más de veinte minutos y van a ver como el SPAM que reciben todos los días se convierte en Allen Ginsberg, por comparación. Y en los comentarios de los blogs la cosa no es demasiado distinta. A veces se arman cadenas interesantes, donde los comentaristas mejoran el post del blogger y se producen momentos simpáticos, o reveladores, pero son cada vez menos. Incluso en un buen día, los comentarios suelen ser la versión digital de “la voz de los oyentes” de la radio. Nada tentador. Y después está el tema del anonimato, que también se ha discutido hasta la muerte en infinitas tiras de comments, porque los comments aman los comments, y las discusiones terminan siempre siempre siempre siendo metadiscusiones entre culo325 y mojarrita. Realmente nos parece que una guerra de palazos retóricos entre alguien con nombre y apellido y un “anónimo” es injusta y desigual. Cuando le preguntamos a Schmidt si quería responder a algunos de los comentarios que nos llegaron sobre su daily del otro día, contestó:
No puedo hablar con gente que, a diferencia de este crestiano que te habla, opta por evitarse el garrón del qué dirán. En algunos casos, tristemente, para no poner en riesgo una renta municipal.
Tampoco nos vamos a pasar el día hablando de esto. Pero quede constancia de que estos argumentos son la punta del iceberg: con el debido respeto a las pocas comunidades electrónicas que funcionan, podemos pensar que la fiebre de los comments es un fenómeno lo suficientemente intenso y extendido como para encarnar con legitimidad casi todo lo malo que le pasó a Internet en la última década: la idea de “portal”, el desperdicio de recursos electrónicos y humanos, el outsourcing de la vida, la mecanización de lo que debería hacerse a mano, y al revés. Raffo dice que puede justificar todo esto en un paper de 300 páginas. Es posible, pero no lo queremos leer.
Lo que vamos a hacer entonces es recibir los comentarios, leerlos (a todos), comentarlos entre nosotros (algunos) y responderlos en esta columnita con ánimo de semanal pero veremos primero cómo funciona. A Hernanii le gusta la sección “Comments” de la revista New York, donde los editores juntan las respuestas recibidas como cartas de lectores, como comentarios puestos en su página de Internet, las cosas recibidas por email, y con todo eso arman una salsa-articulito agradable y a veces graciosa. (Acá está la de la semana pasada.) Su intención es copiarla vilmente.
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Empecemos entonces con los comentarios de esta semana. Los primeros días recibimos más que nada felicitaciones de nuestros viejos lectores por el regreso. Muchas gracias a todos.
El post de Hernanii, el martes, generó comentarios de todo tipo, algunos suavemente a favor y otros visceralmente en contra. Su uso de la palabra “metrosexual” para definir nuestra ideología recibió una condena casi unánime, incluyendo la respuesta de Esteban el día siguiente. Excepción notable es la de Hernán Charosky, de Washington DC:
Digámoslo de una vez: de metrosexuales a un poco maricas hay un trecho, y al menos yo no tengo problema en caminarlo. De hecho, ya lo hice en la etapa anterior de TP. Era cuando el gobierno era fuerte, y tenerle un poco de cagazo a sus seguidores era saludable.
Juliana Hecker y Juan Kestelboim, hermanos, se pasaron la mañana del miércoles chateando sobre TP y nos mandaron una transcripción. La última intervención de Kestelboim dice:
Lo que queda claro es que sólo se puede estar con el campo si sos garca, boludo o metrosexual ideológico.
A Hernanii le hizo bastante gracia el rechazo a la palabra “metrosexual”, que, según él, quiso aplicar sólo a sí mismo y no a todos los miembros de TP. También lo explica así:
Ya es un poco tarde para aclarar todo, pero lo que quería decir era algo así como: ‘Si Moreno es macho, yo soy metrosexual’. No sé si entiende. Hay una variante de la liturgia nac-pop y peronista que exalta como un valor el hecho de “romperle el orto” a alguien, o de “metérsela hasta el fondo”, y que está todo el tiempo intentando ser más macho que el otro, que en general me parece medio patética. Por ahí iba lo de metrosexual. Quizás debí haber dicho “nerd” o algo así: si estos son los machos, mejor estar con los otros, ¿no? En el fondo, ¿cuántos peronistas gays creen que hay en el conurbano? Me imagino que no muchos.
Raffo no puede evitar una acotación:
Será, tal vez, que teenagers morenoides me dijeron “puto” durante toda la secundaria por motivos mucho más leves (“nerd” no existía entonces); para mí es muy claro que los adjetivos que usan para los demás son tan poco creíbles como los que usan para definirse ellos. Pero si hay algo interesante en todo esto, es que al decir “si estos son los machos, mejor estar con los otros“, Hernanii hace lo mismo que…¡Cristina! (”simplemente por asociación me coloco del otro lado.”) De lo cual se desprende que nadie está exento de caer en esa trampa, y que la vida es muy complicada.
Pablo Semán, de Parque Patricios, no tiene nada bueno que encontrarle al daily de Hernanii:
Bastante pobre para justificar la pretensión de formar parte de una aristocracia del espíritu capaz de ir más alla de la miopía de los bandos actuales. ¿Cuál es la gran idea que tenés que no pertenezca a los bandos que tan mal te caen? En todo caso me parece que oscilás entre las peores performances de cada uno de ellos. (Aunque tu corazón está con uno de ellos, el que todavía no tomó forma, pero parece creer que supera el setentismo kirchnerista dándole una vuelta de rosca a la pretensión de empate moral.)
Por otro lado: bastante socarrón como para poder superar la gritería que denuncia (y eso sin que acuerde con la idea de que sólo en calma se discuten grandes leyes: la historia de la legislación social sueca está para desmentirlo fuertemente). ¿Dónde están el refinamiento y la sofisticación? ¿En Eliaschev?
Javier Minetti, de Rosario, nos pidió que “apuremos los podcasts”. Ya vendrán, responde Raffo. “Lindo, muy largo, mucha forreada y poca propuesta, tal vez un poco adolescente pero hace falta, hay demasiado kirchnerismo suelto por acá”, dice Carlos Boyle, de Venado Tuerto, sobre el daily de Schmidt.
Diego Fonseca, desde Miami, después de admitir estar “temáticamente anárquico y absolutamente largo de letras”, nos mandó un largo desahogo político-nostálgico del que sólo podemos citar una parte (Schmidt lo recibió con un “clap clap clap”):
Olvidar no es bueno, pero en Argentina parece haber un gusto adquirido por pisotear el barro antiguo. Una y otra vez. Nos revolcamos como chanchos masocas en ese dolor rancio de la dictadura y todos sus efectos colaterales. Treinta y dos años después de los milicos, seguimos viviendo en la determinación o no de su penalización. A sesenta y cinco del primer Perón y treinta y cinco del último, la interna del PJ “encierra” –y no quiero ser absoluto– toda la dimensión política argentina. Entre idas y vueltas, vamos de la pseudo industrialización a los manchones de la economía del conocimiento (y digo manchones porque no hay estrategia de conjunto sino acción privada) y siempre volvemos a echarle la mirada al campo, para que salve las papas o para que sea la papa.
Toda sociedad necesita dar vuelta la página del pasado. ¿Es ésta la última vez que se ensaya el regusto por meter el cuchillo en heridas viejas y, una vez descubierto que duele, volver a meterlo?
En el pasado fue justicia, pero ahora siento cada vez más sentido de revancha. El Poder Ejecutivo ni siquiera como unidad básica, sino como la Secretaría General de un Centro de Estudiantes de universitarios crónicos. Expertos en chivos expiatorios y caja chica.
No se crece en la revancha.
Y yo no puedo salir del diagnóstico. Se discute deponiendo odios y rencillas, pero no veo a nadie dispuesto a guardar la espada para sentarse a la mesa.
Hace diez años me prometí evitar discutir Argentina.
También queremos agradecer a los blogs amigos y enemigos que consignaron nuestra reaparición e instalaron los respectivos links –ranking por tráfico recibido: 1. La Ciencia Maldita 2. La Lectora Provisoria.
Por último, Raffo acepta toda la responsabilidad por la ineficacia técnica de la tp-skypeline en su primera semana, pero les pide que insistan, prometiendo mejorar.
Del mismo autor:
Fuegos Artificiales
La última Navidad
La bella y graciosa moza
Arenero: China ataca Kamchatka
Car Crash
7. Dénouement
6. Noche
5. Tardecita
4. Siesta
3. Almuerzo
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