La Preantena - 02
Huili Raffo
5 03 2009 - 16:04
(Previously…)
(Nota: el diálogo en rojo es mudo, con intertítulos.)
EXT. CIELO – NOCHE
El Hombre Globo entre los copos de nieve, surcando un
espacio abstracto e indeterminado. Hace horas que flota sin
rumbo. Mira hacia todos lados, buscando algo que le permita
al menos orientarse.
No se ve nada, sólo la soga que flamea hacia abajo
desapareciendo en la oscuridad. El Hombre Globo intenta
alcanzar los tubos de gas en su espalda, pero no puede.
Suspira, frustrado.
De pronto, su expresión cambia. Mira hacia abajo otra vez.
Se golpea la cara (no muy bien, con ese traje; apenas puede
tocársela con la punta de los dedos) y flexiona las piernas
hacia atrás en el aire.
POV del HOMBRE GLOBO: Un TAPON, saliendo del traje a la
altura del talón.
El Hombre Globo se estira hacia atrás, tratando de
agarrarse el pie derecho. No llega. Trata un par de veces
más. Es imposible. El traje no es lo suficientemente
flexible.
En un gesto de impotencia y hartazgo, el Hombre Globo se
patea un pie con el otro, como alguien que intenta sacarse
un zapato.
El tapón se suelta. El Hombre Globo tarda un segundo en
darse cuenta de que ha comenzado a descender, muy rápido.
Demasiado rápido.
EXT. DUNAS NEVADAS – NOCHE
Un páramo nevado en medio de la nada.
La rejilla metálica aterriza estruendosamente sobre una
gruesa capa de nieve, dejando un hueco dentro del cual cae,
más levemente, la soga que sostenía al Hombre Globo.
El Hombre Globo viene detrás, cayendo a gran velocidad.
Sigue tratando de alcanzar su talón, desesperado, esta vez
para taparlo antes de perder toda presión y estrellarse
contra el suelo.
Habiéndose desinflado casi por completo, logra alcanzar el
tapón pocos metros antes de tocar el suelo. No es lo
suficiente para evitar la caída, pero sí para salvarlo: cae
ese último tramo mucho más lentamente, dando tumbos sobre
la nieve. Una vez en el suelo, tarda un momento en
deshacerse del traje, que desinflado es como una enorme
carpa de plástico.
Por primera vez vemos al Hombre Globo fuera de su traje: es
bastante más flaco de lo que habríamos supuesto. Está
descalzo y en camiseta. Mira hacia todas partes en una
actitud que ya reconocemos como característica, escrutando
el terreno:
Un páramo nevado en medio de la nada.
INT. LOCAL DE REPARACIONES DE TV – NOCHE
Dupont camina en círculos por su taller, demorando el
momento en que deberá embalar sus máquinas — cerca de la
puerta, podemos ver una pila de cajas de cartón con el logo
del canal.
Se sienta en un banquito en el medio de la habitación,
llevándose las manos a la cara. Algo le molesta en el
bolsllo trasero de su pantalón. Se para de nuevo y extrae
el fajo de billetes que le diera el Hombre Ratón. Hace
correr los billetes como si fueran un librito animado y
observa cómo se mueven los números 6 y 9 (los billetes, de
esas dos únicas denominaciones, llevan también el logo del
canal).
Dupont se saca su gorro, descubriendo una calva incipiente
de la cual emergen como flechas los pocos pelos que le
quedan. Con repentina determinación, atraviesa el cuarto
hacia el videoteléfono que vimos antes. Lo descuelga,
elevando con ambas manos la pequeña cámara hasta su cara.
Después de un segundo de duda, separa bruscamente las
manos, arrancando limpiamente la cámara del resto del
aparato.
INT. CASA DE TOMÁS – NOCHE
Isadora y Tomás sentados a la mesa. Apenas termina de
tragar el último pedazo de la anteúltima porción de pizza
(que se ha comido casi entera él solo), Tomás hace ademán
de levantarse, diciendo:
TOMAS
“¿Puedo?”
Tomás se sorprende al ver a Isadora negar con la cabeza.
Ella se estira hacia su cartera, en el extremo de la mesa,
y haciendo una pausa teatral extrae la vieja partitura.
Tomás sonríe fascinado, se la arrebata y corre hacia la
habitación contigua. Lo seguimos, entrando en…
INT. CASA DE TOMAS – SALA DE MUSICA – CONTINUO
Un gran cuarto acústicamente aislado, separado del resto de
la casa por una gruesa puerta con varias trabas. Hay un
gran piano en el medio de la habitación. Dispuestos contra
las paredes, rodeándolo, hay también todo tipo de
instrumentos mecánicos antiguos: una pianola, una victrola
Víctor, algunos pocos más recientes.
Tomás se sienta en el piso, al lado del piano, estudiando
la partitura con atención. Isadora se apoya en el marco de
la puerta antes de entrar. Toma un sorbo de la taza de té
que trae en la mano y está avanzando hacia el piano cuando
su expresión satisfecha se transforma en una de
preocupación.
Tomás le ofrece la partitura. Ella pasa de largo y se
sienta al revés en la banqueta, mirando a Tomás.
ISADORA
“¿Estuviste cantando solo?”
Tomás niega con la cabeza.
Ella le señala con la mirada lo que lo delata: Sobre el
piano, un vaso vacío y un paquete de galletitas. Tomás mira
para otro lado.
ISADORA (cont’d)
“¿Cuántas veces hablamos de esto, Tomás?”
Tomás no responde. Ella se sienta en el piso,
enfrentándolo, y le toma la cara con suavidad.
ISADORA (cont’d)
“¿Qué hay que hacer si nos dan ganas de cantar solos?”
TOMAS
(sin mirarla)
“Leer algo y esperar a que se nos pase.”
ISADORA
“¿Y entonces…?”
Tomás se encoge de hombros.
ISADORA (cont’d)
(asegurándose)
“¿Cantaste, nada más…?
Tomás asiente.
ISADORA (cont’d)
“¿Cerraste bien la puerta, al menos?”
Tomás asiente de nuevo. Ella le da un beso, acomoda la
partitura sobre el piano y lo invita con un gesto a
sentarse a su lado.
Isadora empieza a tocar el piano. Indaga con timidez los
primeros acordes, pero a los pocos segundos nos damos
cuenta de que el universo musical que comparten madre e
hijo es extraordinario. Ella toca con una intensidad
increíble; la torpeza técnica de él es irrelevante ante la
espontaneidad y el oído que demuestra.
Cuando se les acaba la partitura, que es muy corta, siguen
tocando, improvisando. Isadora transforma sin esfuerzo los
últimos acordes de ragtime en un preludio de Chopin. Tomás
le sigue la corriente durante unos segundos pero enseguida
empieza a tocar otra cosa: algo que la madre reconoce de
inmediato.
Isadora mira a Tomás, con una expresión que sugiere: “¿Otra
vez querés tocar lo mismo?” Tomás asiente.
ISADORA Y TOMÁS
(cantan)
Cuando estás conmigo
se esfuman las tristezas
(están presas en mi pieza)
Cantan y siguen tocando a cuatro manos.
TOMAS
(canta)
Cuando estás conmigo
por todos los confites
me cantan…¿confites?
Los dos se ríen. Es la primera vez que vemos a alguien
feliz y genuinamente interesado en algo desde que empezó la
película.
Esto es lo que hacen todas las noches.
INT. LOCAL DE REPARACION DE TV – NOCHE
Es muy tarde. El estado del taller es aun más caótico, pese
a que gran parte de las máquinas han desaparecido. Todas
las cajas con el logo del canal están apiladas, llenas y
cerradas, menos una.
Dupont está nuevamente sentado en el banquito, pero esta
vez con un improvisado control remoto en la mano y un
televisor enfrente. Mueve el joystick del control remoto,
modificando el encuadre en el televisor — la cámara que le
vimos arrancar del videoteléfono se ha transformado en un
periscopio oculto a control remoto.
Dupont se encuadra a sí mismo. Habla en dirección a la
cámara.
DUPONT
“Hola.”
La cámara reproduce la imagen de Dupont correctamente, pero
él emite un chasquido de frustración: no es lo que estaba
esperando. Se acerca a la máquina en la que está oculta la
cámara y cambia el orden de conección de algunos cables.
Vuelve a sentarse en el banquito.
DUPONT (cont’d)
(en monitor de TV)
“Hola.”
Al verla funcionar correctamente, entendemos enseguida el
objeto de la máquina. Con un instante de retraso, vemos la
palabra “Hola” aparecer, subtitulada, en el monitor.
Dupont sonríe y después alza las manos en una obvia
imitación del Hombre Ratón. En menos de un segundo la frase
aparece, completamente legible, en el monitor.
DUPONT (cont’d)
(subtitulado, en monitor
de TV)
Mañana pasamos a buscar las cosas…
En menos de un segundo la frase aparece, completamente
legible, en el monitor.
Dupont suspira, satisfecho.
EXT. DUNAS NEVADAS – NOCHE
El Hombre Globo helándose bajo la nieve.
La soga está ahora enrollada por completo sobre el traje
abollado. El Hombre Globo acerca su mano a la soga y frota
una y otra vez la piedra de un encendedor, que no enciende.
El Hombre Globo revuelve entre el traje desinflado y extrae
una pistola de bengalas, con la expresión de quien acaba de
acordarse que está ahí. Sonríe. Dispara la bengala hacia el
cielo.
La bengala estalla a un metro y medio del piso, en una
llamarada fatua que es consumida instantáneamente por la
nieve.
El Hombre Globo mira la pistola de bengalas, luego el
encendedor, luego otra vez la pistola de bengalas. Tira la
pistola, resignado, y vuelve a insistir con el encendedor,
infructuosamente.
EXT. DUNAS NEVADAS – AMANECER
El Hombre Globo, prácticamente congelado, da saltitos sobre
la nieve tratando de no desvanecerse. Está en lo más alto
de la duna, y no parece haber nada en kilómetros a la
redonda. Oscuridad absoluta. Hay mucho más viento ahora; la
nieve cae casi horizontal. Todavía está muy oscuro, pero la
primera luz del día nos permite distinguir apenas el
horizonte del cielo.
El Hombre Globo se tambalea con dificultad hacia el único
refugio posible: una formación rocosa totalmente cubierta
de nieve, unos metros más abajo. Una vez a salvo del
viento, vuelve a intentar con su encendedor, esta vez con
éxito.
El Hombre globo trata ridículamente de calentarse con el
encendedor. Unas gotas de agua helada caen sobre su cara al
derretirse con el mínimo calor generado por él mismo y su
encendedor.
Estremecido y tiritando, sacude las capas de nieve fuera de
la roca y se acurruca de nuevo con su encendedor. Comienza
a alternar una mano sosteniendo el encendedor y la otra
encima de la llama minúscula. Mientras está haciendo esto,
algo en su visión periférica le hace girar lentamente la
cabeza hacia la roca.
No es una roca.
Un marco de madera y dos bisagras oxidadas asoman
claramente por debajo de la nieve.
EXT. CALLES DE LA CIUDAD – DIA
Ya no nieva. Dupont está sentado en el zaguán de una casa
cuadrada y baja igual a todas las que pueblan una callecita
estrecha y tranquila. Tiene una taza de café en una mano y
una tarjeta de papel en la otra. Es evidente que no ha
dormido en toda la noche.
POV de Dupont: la tarjeta, en la que se ve un nombre y una
dirección junto a un dibujo del Hombre Globo.
Dupont coteja la dirección en la tarjeta con la de la
puerta que tiene enfrente. Toma un trago más de café y tira
el resto, después de lo cual se cuelga la taza junto a las
otras herramientas que penden de su cinturón y camina con
decisión forzada hacia la puerta.
El café derramado se hunde en la nieve, formando un pequeño
cráter oscuro.
INT. CASA DE ANA – DIA
En un televisor: Imágenes del hombre en la luna. No son una
noticia, ni parte de un documental ni remiten a nada — son
emitidas al azar, interrumpidas por toscos carteles; al ya
conocido “Sume Puntos y Vuele” se suman otros más
específicos, i.e. “Al frío se lo combate con ROPA”.
La transmisión es muda, o el volumen está bajo. ANA (12),
una chica en pijamas con auriculares enormes salta —
rebota suavemente, más bien — sobre su cama. Mueve los
labios en un playback mudo sobre lo que está escuchando en
los auriculares.
Tanto los muebles como lo que se ve por la ventana nos
confirman que estamos en una modesta casa de clase media.
El viejo grabador (mono) que hay sobre la mesa de luz nos
debería impresionar como el extremo opuesto de la
artillería sonora en la casa de Tomás. Apenas una decena de
otros cassettes se apilan a su lado.
La notable sincronía entre el SONIDO rítmico de los
resortes del colchón y lo poco que logramos escuchar a
través de los auriculares (una canción tranquila, con ritmo
de calypso) se rompe cuando alguien GOLPEA la puerta.
Aunque los escucha de entrada, Ana ignora los golpes un par
de veces. Después, resignada, se saca los auriculares y
abre la puerta de su dormitorio, que estaba cerrada con
llave.
Entra VERA (43), su madre; una mujer firme pero cansada,
también en pijamas.
VERA
“¿Qué es esto de encerrarse, ahora?”
Ana la ignora y vuelve a su cama. Está por ponerse los
auriculares de nuevo cuando ambas escuchan el TIMBRE que
vuelve a sonar. Vera señala hacia la puerta de calle, como
diciendo “¿Y? ¿No vas a atender?”. Ana le devuelve el
gesto, indicándole que lo haga ella.
VERA (cont’d)
“Estoy en pijama.”
Ana sonríe con sarcasmo, indicando sus propios pijamas.
VERA (cont’d)
“No es lo mismo.”
Ana obedece de mala gana. Atraviesa el estrecho living
comedor en dos pasos y se pone en puntas de pies para
observar a través de la mirilla de la puerta.
POV de ANA, a través de la mirilla: Dupont en versión ojo
de-pez parece aun más excéntrico.
Ana no abre, por las dudas. Se vuelve hacia su madre con
una mueca que expresa mitad asco y mitad suspicacia.
Vera, que se ha procurado un salto de cama, va hasta la
puerta bufando y la abre.
Dupont, refregándose las manos por el frío, abre la boca
unos segundos antes de empezar a hablar.
DUPONT
“La… la señora…”
Dupont, odiándose a sí mismo, recurre otra vez a la tarjeta
ante la evidencia de que no puede recordar el apellido del
Hombre Globo.
DUPONT (cont’d)
(leyendo
subrepticiamente)
“¿La señora Berv—”
VERA
(lo interrumpe)
“Es por mi marido, ¿no?”
Ana, que estaba volviendo a su dormitorio se da vuelta como
si hubiera oído.
ANA
“¿Papá?”
Dupont suspira, algo aliviado, y asiente con gravedad.
VERA
“¿Qué hizo esta vez?”
La incomodidad de Dupont se multiplica al comprobar que
debe darles la noticia.
INT. CASA DE TOMAS – DIA
Isadora termina de arreglarse frente a la pared espejada
del baño. Es un ambiente austero pero enorme y, una vez
más, extremadamente cuidado — no parece el baño de una
casa en la que vivan niños.
Antes de salir, Isadora enciende un cigarrillo y se apoya
sobre la bañera, observando detenidamente su apariencia en
el espejo. Da no más de dos pitadas al cigarrillo y lo
arroja al inodoro al mismo tiempo que tira de la cadena.
INT. CASA DE TOMAS – CONTINUO
Isadora se desliza silenciosamente por los pasillos
llevando un desayuno humeante en una bandeja. Lleva puesto
un largo abrigo blanco y su cartera; está lista para salir.
Su entrada en el dormitorio de Tomás, delicada y teatral,
contrasta con la imagen de su hijo ya despierto, sentado en
el medio de la cama. Está leyendo un libro mientras come la
porción de pizza sobrante de la noche anterior. Isadora
suspira.
Tomás se encoge de hombros. Isadora deja la bandeja en el
piso y se sienta en la cama al lado de Tomás.
ISADORA (cont’d)
“¿Dormiste algo?”
Tomás se encoge de hombros otra vez. Isadora lo besa y le
revuelve la cabellera.
ISADORA (cont’d)
“Bueno, a apurarse que es tarde.”
Tomás no se mueve. Isadora sale de la habitación. A los
pocos segundos de silencio, vuelve a asomarse por la
puerta, comprobando que Tomás sigue leyendo en la cama.
Tomás alza la vista.
TOMAS
“Hoy no voy. Dupont no puede.”
INT. CASA DE TOMAS – DIA
Un momento después, en el hall de entrada. Isadora se
inclina hacia el carrito que usualmente transporta a Tomás
hacia la casa de Dupont. Tomás está parado a su lado,
vestido pero todavía descalzo y con los pelos parados.
TOMAS
“Dijo que no podía.”
ISADORA
“Sí puede. Yo tengo que hacer.”
Tomás da un mordisco a la combinación pizza/tostada-con
dulce que tiene en la mano y se pone los zapatos sin mirar,
como chancletas. Todo al mismo tiempo y sin el menor
esfuerzo.
Isadora se arrodilla y abre los brazos. Tomás la abraza
rutinariamente pero con cariño y se sube al carrito, que se
pone en marcha instantáneamente en cuanto él se sienta.
Isadora abre la puerta de calle y se queda viéndolo
alejarse un segundo antes de salir ella también.
INT. CASA DE ANA – DIA
Vera está sentada en la cocina, con los codos sobre la mesa
y la cara entre las manos. Podría estar llorando. Dupont
está parado a una cierta distancia, una vez más deseando
estar en cualquier otra parte. Ana también está sentada a
la mesa, mirando alternativamente a su madre y a Dupont.
Nadie habla. Detrás de ellos, agua hierve en una pava desde
hace rato.
Después de unos segundos, Ana dice lo que está pensando.
ANA
“¿Y no lo pueden buscar?”
DUPONT
“Por supuesto. En cuanto baje la nieve”
VERA
“¿En tres meses?
¡Si no sabe atarse los zapatos! ¡Cómo va a sobrevi—”
Vera se interrumpe ante la mirada de Dupont (re: Ana).
Dupont se le acerca. Amaga ponerle una mano sobre el
hombro, pero se arrepiente.
DUPONT
“Por favor no se ofenda.
Yo sé que nada es compensación suficiente…”
Dupont, casi temblando, saca de un bolsillo el fajo de
billetes que le diera el hombre ratón, intacto. Vera mira
el dinero.
ANA
“¿Plata? ¡No! Si nos da plata no vuelve.”
Dupont, con los billetes en la mano, se sienta muy
lentamente en la tercera silla, al lado de Ana. Después de
una pausa, con total sinceridad:
DUPONT
(a Ana)
“No depende de mí que vuelva”.
ANA
“Claro. Por eso nos da plata.”
Dupont apoya el dinero sobre la mesa. Ana parece considerar
el ofrecimiento un segundo. Después se para de golpe.
ANA (cont’d)
(a Dupont)
“Pero sí depende. De usted.
(señala la puerta)
Vaya a buscarlo.”
VERA
“Ana!”
Ana comienza a caminar hacia su dormitorio, da media
vuelta, vuelve a la mesa.
ANA
(a Dupont)
“No quiero la plata. Quiero a mi papá.
(pausa, a Vera)
¿No es cierto, Mamá? Que no queremos la plata…”
Vera no le responde. Después de unos segundos baja la
vista.
INT. EDIFICIO BAJO LA NIEVE – DIA
Oscuridad, excepto por unos tenues haces de luz que
descubren primero el contorno y después la mínima abertura
por la cual el Hombre Globo trata de entrar para refugiarse
de la nieve. Le es muy difícil abrir la puerta, que está
atascada por basura que ha ido filtrándose por debajo
durante años. No parece haber ventanas, o tal vez estén
tapadas por la nieve.
El Hombre Globo se escurre como puede y entra, dejando la
puerta entornada para iluminar el ambiente. A su derecha,
casi tapada por cables, muebles destrozados y papeles, hay
una escalera de caracol conduciendo hacia la oscuridad
absoluta. A su izquierda, un pasillo no mucho más
iluminado.
El Hombre Globo prende su encendedor. Comienza a adentrarse
en el pasillo. Estornuda. El ECO deforme de su estornudo
tarda en llegar desde el otro extremo del pasillo; es muy
largo.
Avanzamos con él. Hay pequeños cuadros en las paredes del
pasillo, todos presentando un objeto circular en el medio,
apenas distinguibles bajo la gruesa capa de polvo. Después
de unos metros de cuadros iguales, el Hombre Globo empieza
a fijarse en ellos; son discos, long-plays de metal. Sin
detenerse, el Hombre Globo intenta leer los carteles debajo
de cada cuadro cuando nota que ya no hay más cuadros, ni
pared. Ha llegado al final del pasillo.
El suelo cruje. El Hombre Globo extiende su encendedor
hacia la oscuridad que lo rodea. Entrecierra los ojos
tratando de identificar los contenidos del cuarto: las
estanterías que revestían las cuatro paredes están
completamente destruídas, y sus contenidos forman montañas
de basura en el piso. Pilas ordenadas, hechas por alguien.
El Hombre Globo estornuda, apagando involuntariamente el
encendedor. Escuchamos el ECO del estornudo otra vez. El
Hombre Globo vuelve a prender el encendedor. Escuchamos el
ECO del estornudo otra vez.
El Hombre Globo tarda unos segundos en notar que la suma de
ecos excede la de estornudos. Gira la cabeza.
Una CRIATURA monstruosa está observándolo, a pocos
centímetros de su cara. La criatura abre la boca, imitando
una vez más los estornudos del Hombre Globo. Apenas la
vemos mostrar los dientes: el Hombre Globo corre sobre sus
pasos, aterrorizado.
La criatura lo sigue por el pasillo a toda velocidad. No
hay forma de adivinar sus intenciones, pero la reacción del
Hombre Globo no parece descabellada: es un cuadrúpedo
indistinguible, con una boca enorme.
El Hombre Globo se lanza hacia abajo por la escalera de
caracol. Tropieza. Se agarra instintivamente de lo primero
que encuentra — una vieja llave térmica en la pared.
Una, dos, ocho luces se encienden a lo largo del pasillo.
La Criatura huye, asustada de la luz.
El Hombre Globo recobra el aliento, apoyado sobre la
baranda de la escalera.
Bajo la puerta de entrada, un par de cables mordidos echan
chispas en contacto con la nieve. Todas las luces se
apagan, sumiéndonos de nuevo en la oscuridad.
Silencio. Después, el SONIDO creciente de la Criatura
acercándose al galope por el pasillo.
El Hombre Globo corre hasta los cables, tironeando para
desenchufarlos a tiempo. Lo logra al tercer intento.
El Hombre Globo salta desesperado hacia la llave de luz y
la enciende.
OIMOS a la criatura alejarse de nuevo. El Hombre Globo se
queda unos segundos agarrado de la llave hasta comprobar
que las luces siguen encendidas. Después, comienza a bajar
cautelosamente por la escalera.
INT. EDIFICIO BAJO LA NIEVE – DIA
La escalera conduce a una antesala en la planta baja.
Sillas, ceniceros, un par de mesas. Un escritorio con
varios teléfonos y lo que parece una máquina de escribir
pero es en realidad una máquina teletipo, el antepásado del
télex — hay cinta perforada enrollada por todo el piso.
Hay un gran rectángulo de vidrio en una de las paredes. La
suciedad de años hace que el vidrio sea completamente
opaco.
El Hombre Globo pasa la mano por el vidrio, espiando hacia
el otro cuarto: es un estudio de radio, circa 1960. la
familiaridad de los micrófonos, el vinilo apilado y la
disposición de los muebles no es tal, por supuesto, para el
Hombre Globo, que no ha oído radio en su vida. Los reels de
un grabador de cinta abierta giran en el interior.
El Hombre Globo abre lentamente la puerta que lo separa del
estudio. La voz de un hombre lo sobresalta. Escuchamos la
voz.
VOZ (O.S.)
¡Cuidado!
El Hombre Globo cierra la puerta. Mira para todos lados. La
vuelve a abrir, aun más despacio.
VOZ (O.S.) (cont’d)
— prevenir una descarga.
Eléctrica. ¡No quite la tapa!
La imposibilidad de que alguien hable en voz alta en su
universo ayuda a que Hombre Globo entienda rápidamente que
la voz proviene de una máquina. Se acerca al grabador.
VOZ (O.S. EN GRABADOR) (cont’d)
No sé ni lo que estoy tomando,
esta unidad no funciona y la
sed…
(ruidos sordos, toma
agua)
Son las palabras. Y la cabeza,
también – ahí el reemplazo es
peor. Ni hablar. Tiene que ser
peor, necesariamente, por una
salida más ancha que los ojos.
El Hombre Globo inclina la cabeza, como los perros,
tratando de asimilar no ya lo que la voz dice sino qué es,
de dónde viene.
VOZ (O.S. EN GRABADOR) (cont’d)
(se corrige)
Para prevenir una descarga más
ancha que los ojos.
El Hombre Globo observa la mesa central: restos de frascos
rotos, medicamentos, una linterna, pedazos de reboque
caídos del techo.
VOZ (cont’d)
Claro. Cuánto puede durar. La
lluvia, esta interferencia…
Debería empezar por el principio.
Para prevenir una descarga
eléctrica en la cara. ¿Ya lo dije
eso?
(larga pausa)
Es el manual que leí recién. Se
va a ir enseguida.
EXT. CALLES DE LA CIUDAD – DIA
Dupont camina con las manos en los bolsillos por las
veredas nevadas de su barrio. Hay muy poca gente en la
calle (en general hay poca gente, salvo en las horas pico).
Al doblar una esquina, Dupont percibe un GOLPETEO que le
llama la atención. Apura el paso. A medida que avanza, el
SONIDO se hace más claro — un objeto metálico golpeando a
intervalos regulares — y la alarma de Dupont crece. Se
detiene al llegar frente a su local:
POV de Dupont: El carrito de Tomás, vacío, intentando una y
otra vez entrar por la abertura correspondiente a la casa
de Dupont. El carrito golpea contra la puerta cerrada, se
apoya en sus brazos metálicos para retroceder e intenta de
nuevo; la parte de adelante está empezando a abollarse.
Dupont se tranquiliza. Avanza hasta la puerta y la abre. El
carrito entra, dejándonos ver a Tomás que estaba sentado
detrás, en el zaguán de la puerta normal, leyendo su libro.
Tomás mira a Dupont, sin levantarse.
TOMAS
“Dice mamá que ella también está ocupada, hoy.”
INT. LOCAL DE REPARACION DE TV – DIA
Dupont hace entrar a Tomás mientras mira hacia todos lados,
como si temiera ser visto. Tomás recorre el taller con la
vista, sorprendido de la nueva apariencia del lugar:
decenas de cajas apiladas y un gran espacio vacío.
TOMAS
“¿Nos mudamos?”
DUPONT
“Le vas a decir a tu mamá, que…”
TOMAS
(lo interrumpe)
“¿Por qué no se llaman por teléfono?”
A través de la ventana vemos a Ana, cruzando la calle en
dirección al taller.
DUPONT
“Tomás, si digo que estoy ocupado es por algo…”
Suena el TIMBRE antes de que Tomás pueda responder. Dupont
lo toma del brazo, lo lleva hasta el cuarto contiguo y
cierra la puerta.
DUPONT (cont’d)
“Quietito acá, por favor. Ahora vuelvo.”
Dupont va hasta la puerta. La abre. No estaba esperando ver
a Ana, por supuesto. Ella, sin decir una palabra, le
extiende el fajo con billetes.
DUPONT (cont’d)
“Ay, nena.”
(CONTINUARÁ…)
————————————
Del mismo autor:
TP art print: más VIVOS que nunca.
TPP 31 - Las Comunidades Primitivas
#05 - El Dream
8. Gracias
TPP 30 - El Circo del Hambre
#04 - El Ultimo
TSD Trailer
Viedma Ayer
TPP 29 - Scheherazade
TP Podcast Remastered Vol. II