La Preantena - 01
Huili Raffo
19 February 2009, 16:44

(Nota: el diálogo en rojo es mudo, con intertítulos.)
TITULOS
…sobreimpresos al PP de un TABLERO de madera, acotado por
dos barras horizontales sobre las cuales se deslizan
grabados victorianos. Son reproducciones impresas que
alguien ha recortado manualmente, dándoles el aspecto de
figuritas antiguas: una camisa, un conejo, un par de
botas…
Sobre las barras metálicas hay serie de letras. Titilan,
vibran, se mueven frenéticamente tratando de formar tres
palabras que se correspondan con cada par de figuritas. De
este modo:
CONEJO – - – - – BOTAS
CONEJO HUELE BOTAS
CONEJO – - – - – CESPED
CONEJO COME CESPED
BOTAS – - – - – CESPED
BOTAS PISAN CESPED
Después de unos segundos, debería ser evidente que la
función de la máquina es denominar los objetos y asignarles
algún tipo de interacción, tarea que parece realizar con
cierta eficacia.
A medida que el plano se abre (imperceptiblemente) vemos
aparecer a ambos lados las dos MANOS INFANTILES que mueven
las figuritas sobre el tablero. Trabajan con gran
precisión, eligiendo dibujos cada vez más extraños e
incompatibles, como si estuvieran desafiando a la máquina:
un caracol y una cabra; una cabra y un pirata, un pirata y
un paraguas. La máquina tarda cada vez más, pero sigue
dando respuestas correctas, aunque los verbos que sugiere
comienzan a ser algo exóticos.
Las manos de niño abandonan el cuadro un momento, para
volver a entrar deslizando un par de elementos todavía más
disímiles:
Por la izquierda, el dibujo de un elefante.
Por la derecha, un objeto brillante que no reconocemos.
Parece un dedal, pero termina en un cono puntiagudo. El
niño se lo calza en su dedo índice, moviendo la mano ante
la máquina como una pequeña garra.
La palabra “Elefante” aparece enseguida, pero la máquina
duda con el otro objeto. Por primera vez vemos signos de
interrogación aparecer en el display luminoso:
COSA?
COSITA?
BALDE?
BOL?
ANILLO?
DEDO?
DEDAL
CORTA A:
INT. LOCAL DE REPARACIONES DE TV – DIA
CONTRAPLANO del niño sentado ante el tablero. Es TOMÁS
(12), que se pasa la mano por la frente tratando de
sacudirse un mechón de pelo ingobernable. Es un niño muy
pequeño para su edad — o tal vez lleve puesta una polera
demasiado grande. Su expresión concentrada nos confirma que
está esperando que la máquina se equivoque.
En la máquina: decenas de verbos, casi ilegibles por la
velocidad, se suceden en menos de diez segundos. Después,
cuando parece haberse dado por vencida, la máquina sugiere:
“Aplasta”.
ELEFANTE APLASTA DEDAL
Tomás alza las cejas, concediendo. En un gesto de perdedor,
hace un bollo con la figurita del elefante en vez de
apilarla junto a las demás.
El RUIDO del papel abollado llama la atención de DUPONT
(40), el adulto que estaba sentado ante una mesa en el otro
extremo del cuarto. Es un hombre alto y desgarbado. Lleva
puesto un gorro de aviador del cual penden llaves, luces
encendidas y otras herramientas; la versión barroca y
estilizada de un casco de minero.
El resto de la habitación (ahora lo vemos) no es menos
excesivo: la mesada que se extiende por las cuatro paredes
está completamente cubierta por artefactos cuya función es
difícil de adivinar. Hay varios monitores con texto en sus
pantallas, pero no parecen computadoras sino más bien
televisores reproduciendo palabras al azar. También hay
televisores normales, pero el lugar se parece más a un
depósito de equipos electrónicos antiguos.
Dupont se vuelve hacia Tomás sin hablarle. Para hacerse
oir, golpea sobre la mesada y dirige la linterna que cuelga
de su gorro hacia su propia cara un par de veces. Recién
entonces le habla, pero sin emitir un sonido, moviendo
exageradamente los labios.
Sobre un cartel con fondo negro, como los de las películas
mudas, leemos:
“No es para jugar, eso.”
Tomás le entiende perfectamente, y le hace caso. Ya se
había aburrido de esa máquina, de todos modos.
Al apoyarse sobre el tablero para levantarse, sin embargo,
Tomás nota algo que le llama la atención: el titilar
exaltado de las letras no se detiene. La máquina está
tratando de definir la mano de Tomás.
Tomás abre su mano, con la palma hacia arriba. Cientos de
palabras se suceden en un instante. A los pocos segundos,
la máquina empieza a humear, chirriando como una olla a
presión.
Dupont atraviesa el cuarto en dos zancadas.
DUPONT
“¡Tomás!”
TOMAS
“No lee la mano.”
DUPONT
“No se supone que lea la mano. Enseña palabras.”
En un movimiento sorprendente, repentino, Tomás toma la
mano de Dupont y la apoya sobre el tablero al lado de la
suya. La máquina la identifica instantáneamente, sin
esfuerzo:
“MANO”
TOMAS
“No lee la mía.”
DUPONT
“La habrás puesto mal.”
Tomás se levanta, ofendido.
TOMAS
“No lee la mía porque soy chico.”
(pausa)
“No te gustan los chicos, ¿no?”
Dupont gesticula el comienzo de una excusa, dándose cuenta
sobre la marcha de que sólo una negativa inmediata habría
sido aceptable.
DUPONT
“Tomás…”
Tomás se encoge de hombros. Su interés por la máquina se
traslada instantáneamente a otra cosa: el aparato en el que
estaba trabajando Dupont. Parece una vieja camilla de
hospital, pero rodeada de cables que conducen a una serie
de tubos de video. Tomás se trepa a la camilla.
TOMAS
“¿Para qué es?”
DUPONT
“Me dan los planos y yo la armo. No sé para qué sirve.”
Dupont alza a Tomás con gran facilidad y lo apoya en el
piso, sacándoselo del medio. Vuelve a concentrarse en su
trabajo.
Tomás revuelve distraídamente en una caja con cables y
varios dedales extraños como el que vimos antes. Se aburre
enseguida. Se para de golpe, quedando entre Dupont y la
camilla eléctrica.
TOMAS
“¿Mi mamá te paga?”
Dupont no tiene idea de qué le está hablando.
TOMAS
“Para que me enseñes, ¿te paga?”
DUPONT
“Por supuesto que no.”
El SONIDO del teléfono los interrumpe. No se trata, por
supuesto, de un teléfono normal sino de una adaptación al
universo sin voz que nos rodea: dos pequeños displays
encastrados en un teléfono negro de baquelita, uno para los
labios de cada interlocutor.
En el videoteléfono: los labios de un hombre joven,
visiblemente alterado. Lo que dice nos resulta
ininteligible, pero por la reacción de Dupont no pueden ser
sino malas noticias.
DUPONT
“¡No lo sueltes!”
El otro hombre sigue hablando, pero Dupont ni lo mira. Se
asegura de que sus propios labios sean claramente visibles
en el monitor y repite:
DUPONT (cont’d)
“¡No lo sueltes!”
Dupont corre hasta la puerta de salida. La abre, se tantea
los bolsillos y recién entonces repara en Tomás, que sigue
al lado de la camilla, mirándolo.
TOMAS
“No son las seis.”
Dupont se estira hacia una de las mesadas y tira hacia
atrás, descubriendo un carrito de tamaño infantil, con
brazos mecánicos a cada lado.
DUPONT
“Hoy terminamos antes.”
EXT. CALLES DE LA CIUDAD – DIA
La ciudad, previsiblemente, nos resulta completamente ajena
a cualquier paisaje urbano reconocible. Edificios
imponentes y escenográficos se alzan sobre carteles
publicitarios de una austeridad soviética. Nieva.
Vemos en el cielo algo que de lejos parece un globo y luego
una pelota antropomórfica que flota sobre los techos: es un
HOMBRE GLOBO, la versión voladora de un hombre sandwich —
la publicidad, en este caso, está impresa en el centro del
globo:
“SUME PUNTOS Y VUELE”
El hombre está atado a una soga de la cual alguien tironea
hacia abajo. Ya habíamos notado estos movimientos bruscos y
erráticos, pero al acercarnos se hace evidente que el
Hombre Globo está desesperado. También observamos que sigue
elevándose a una velocidad considerable.
Abajo, en la calle, un grupo de peatones se ha reunido en
torno a IVO (21), un joven algo torpe que intenta sostener
la soga con todas sus fuerzas. Nadie habla ni parece tener
la menor intención de ayudarlo.
La soga se desliza a gran velocidad por el puño cerrado de
Ivo, lastimándolo. A unos metros, podemos ver las dos
estacas rotas que servían para sujetar al Hombre Globo.
Detrás de Ivo, la soga de reserva sigue desapareciendo
rápidamente. A la velocidad que sube, no queda soga en el
suelo para más de unos segundos.
EXT. CALLES DE LA CIUDAD – DIA
Dupont atraviesa la zona céntrica de la ciudad a gran
velocidad montado en su bicimoto — más bien una bicicleta
sin pedales ni motor visible, propulsada por algún método
indiscernible.
EXT. CALLES DE LA CIUDAD – DIA
Tomás, por su parte, avanza a paso de tortuga en el carrito
con brazos mecánicos (todavía puede verse el local de
Dupont en el fondo). El carrito nos recuerda por su forma y
tamaño al de un tren fantasma. Los brazos mecánicos giran
sosteniendo un corto tramo de vías cada uno: los depositan
sobre la nieve hasta que el carrito les ha pasado por
encima y luego los revolean hacia adelante para usarlos de
nuevo, creando de este modo un riel infinito.
Nadie conduce el carrito, que parece saber perfectamente
adónde se dirige.
Tomás viaja aferrado al pasamanos con la expresión
distraída de quien hace todos los días el mismo recorrido.
EXT. CALLES DE LA CIUDAD – DIA
El Hombre Globo en problemas, cada vez más lejos del suelo.
Grita en silencio frases ininteligibles.
En la calle: Al ver que sus esfuerzos son inútiles, Ivo
intenta atar la soga a su cintura, pero su peso no es
suficiente. Los pies de Ivo quedan flotando en el aire. El
Hombre Globo se lo está llevando con él.
Ivo gira en el aire. Intenta aferrarse a algo en el suelo,
pero la gruesa capa de nieve se lo impide. Se arrastra
cabeza abajo, escarbando en la nieve, hasta que logra
asirse de algo. No vemos de qué se trata (la nieve lo
tapa), pero Ivo consigue atar la soga a algo en el suelo
apenas unos centímetros antes de que la soga se haya
elevado en toda su extensión.
Una vez liberado de la soga, Ivo se desploma agotado sobre
la nieve, cabeza arriba. La miniatura que es ahora el
Hombre Globo parece estabilizarse. Los peatones empiezan a
dispersarse, perdiendo todo interés.
A gran altura, el Hombre Globo suspira, aliviado.
En la calle: Ivo se incorpora al escuchar el SONIDO de la
moto de Dupont que se acerca, doblando la esquina.
Dupont se detiene en cuanto lo ve. Deja caer su moto al
suelo donde está y evalúa rápidamente la situación: mira la
soga (que se inclina un poco ahora, por el viento) y las
estacas rotas, después al Hombre Globo, después a Ivo.
Ivo da media vuelta y empieza a ir al encuentro de Dupont,
haciéndole gestos tranquilizadores.
Sucede muy rápido. Ivo gira instintivamente hacia el
ESTRUENDO de algo que se rompe detrás de él: es la gruesa
rejilla metálica a la cual había atado la soga. La rejilla
golpea a Ivo en la cara, tirándolo al piso, antes de
iniciar su violento ascenso.
Dupont salta lo más alto que puede, tratando de aferrarse a
la rejilla, pero es demasiado tarde.
El Hombre Globo se aleja, girando inestable por sobre los
edificios.
Dupont se incorpora con dificultad y se acerca a Ivo, que
yace inconsciente en el suelo. Dupont alza con suavidad el
puño cerrado de Ivo y le abre la mano lentamente,
descubriendo lo que por alguna razón temía: la marca de la
soga — una línea de sangre entre las dos líneas centrales
de la mano.
EXT. CASA DE TOMÁS – DIA
Tomás llega en el carrito, finalmente, a la puerta de su
casa. Es la única puerta de un edificio enorme y sin
ventanas al final de un callejón anodino. A su derecha hay
un cuadrado pequeño que tiene el aspecto de una entrada de
ventilación pero es en realidad otra puerta del tamaño
exacto del carrito (con las bisagras en la parte superior,
como una puerta para perros).
Tomás entra con carrito y todo.
INT. CASA DE TOMÁS – DIA
El interior de la casa es sorprendentemente luminoso. Todas
las ventanas del amplio living dan a un jardín cerrado en
la parte de atrás, sugiriendo que el aspecto anónimo de la
entrada es intencional.
Tomás se baja del carrito, se saca los zapatos y enciende
el televisor sin siquiera mirar la pantalla.
Escuchamos la CORTINA MUSICAL del canal. En la pantalla
aparece el logo del canal, que podría ser el 6 o el 9,
alternativamente — el número gira sobre una serie de
círculos concéntricos. Tanto el logo como el resto de la
gráfica televisiva son extremadamente primitivos, una
suerte de formalismo rupestre.
Sobre la alfombra hay un libro abierto junto a un vaso de
chocolate con leche y un plato con galletitas. Tomás se
acomoda boca abajo y retoma la lectura como si la hubiera
interrumpido cinco minutos antes.
INT. CANAL DE TELEVISIÓN – OFICINA CENTRAL – DIA
Sobre un escritorio: dos manos cortando la parte chupada de
un habano con un instrumento resplandeciente; un
cortaplumas con doble punta. Son manos tan gordas y
bulbosas que los dedos parecen tener sólo dos falanges,
aunque manipulan el filoso cortador de habanos con gran
destreza. Notamos un gran anillo con el logo del canal en
la mano izquierda.
Las manos pertenecen al SEÑOR ARBOS, una mole siniestra de
edad indeterminable. Está sentado detrás de un escritorio
anchísimo. Toda la oficina es ancha, mucho más ancha que
larga, y no hay otra silla que la que él ocupa. Este diseño
también parece intencional: sus interlocutores sólo pueden
estar parados demasiado lejos o demasiado cerca del Sr.
Arbos. Nadie se anima a pararse demasiado cerca.
Simétricamente a ambos lados, frente al escritorio, Ivo y
Dupont esperan en silencio que el Sr. Arbos alce la vista.
La cabeza y la mano de Ivo están vendadas. Ambos llevan
carnets identificatorios prendidos de las solapas.
Un cuarto personaje está parado, inmóvil, a un lado del Sr.
Arbos. No es una persona. Es una criatura enana y encorvada
tan parecida a un ratón como a un humano. Parecería una
escultura hiperrealista sino fuera por el movimiento
constante de sus ojos y por el ruido ronco y espasmódico de
su respiración, que se esfuerza en disimular.
El Sr. Arbos deposita la excrecencia de su habano sobre el
escritorio. El HOMBRE RATON se apresura a recogerla y
guardársela en un bolsillo (luego, cuando nota que nadie lo
está mirando, se la come).
SR. ARBOS
“Perdimos algunos puntos, hoy, ¿no?”
DUPONT
“Fue un accidente…”
El Sr. Arbos enciende su cigarro y se para, rodeando el
escritorio hacia donde está Ivo.
SR. ARBOS
(a Dupont)
“Fue un accidente evitable.”
El Sr. Arbos examina la cabeza vendada de Ivo tomándolo de
la cara como si fuera un caballo.
SR. ARBOS (cont’d)
“¿A ver la mano?”
Ivo, que ya estaba asustado, retrocede aterrorizado ahora.
El Sr. Arbos le extiende sus manos en un gesto
conciliatorio, indicándole que sólo quiere ver la herida en
la mano de Ivo. Ivo obedece; lenta y torpemente comienza a
deshacer el vendaje de su mano derecha.
El momento se eterniza — las manos de Ivo tiemblan y la
venda es larguísima. Dupont da un paso hacia adelante para
interceder ante Ivo, pero el Sr. Arbos le chista,
indicándole que se quede donde está. Cuando Ivo está a
punto de descubrir la herida, el Sr. Arbos da media vuelta,
perdiendo todo interés.
SR. ARBOS (cont’d)
“Deje, ya me aburrí.”
(al Hombre Ratón)
“Ramón — Liquídele el sueldo y hágale la cruz.”
El Hombre Ratón se acerca inmediatamente con un fajo de
billetes. Ivo retrocede, niega con la cabeza y señala a
Dupont:
IVO
“¡No! ¡Fué él! ¡Yo hice lo que pude! La válvula
se rompió y las estacas no aguantan…”
Ivo se arrepiente a la mitad de su frase. Queda señalando a
Dupont con la mano extendida, haciendo visible la herida.
El Sr. Arbos sonríe, palmea a Ivo en la espalda como a un
perrito y se vuelve hacia Dupont.
DUPONT
“Fue un accidente. No va a volver a pasar.”
SR. ARBOS
“De eso no le quepa duda, Doctor Dupont.”
DUPONT
“No soy doctor.”
El Sr. Arbos toma la mano de Dupont, descubriendo una
antigua cicatriz similar a la marca reciente en la mano de
Ivo. Sonríe nuevamente y estrecha la mano de Dupont.
SR. ARBOS
“Se nota.”
El Sr. Arbos sale de la habitación sin mirar hacia atrás.
El Hombre Ratón, antes de salir tras él, entrega a Dupont
el fajo de billetes y traza una gruesa cruz con tinta
indeleble en su carnet identificatorio.
HOMBRE RATON
(a Dupont)
“Mañana pasamos a buscar las cosas.”
Ivo y Dupont quedan solos en la oficina. Ivo baja la vista.
INT. CANAL DE TELEVISIÓN – ESTUDIO – DIA
En monitor de TV: Un breve comercial de “Sume Puntos y
Vuele”. Luego, la luz de un seguidor cayendo sobre las
cortinas de un escenario vacío. Una CHICA VESTIDA DE BLANCO
entra a cuadro, portando un cartel: “Momento Musical”.
Estamos en el estudio mayor del canal. El Sr. Arbos se
acerca al escenario seguido de cerca por el Hombre Ratón.
Ambos se detienen detrás de las cámaras que (igual que las
luces y el resto del equipo) son enormes, reminiscentes de
los años ’50.
La Chica sobre el escenario sostiene el cartel que dice
“Momento Musical” por lo menos durante el quíntuple de
tiempo que le llevaría a cualquiera leer esas dos palabras.
Luego lo da vuelta, mostrando otro título: “LA VOZ”
Las cortinas se abren revelando una orquesta en desniveles
con pretensiones de Big Band, pero sin el glamour ni el
profesionalismo habitualmente asociados a las viejas
bandas. Detrás de ellos cuelga una clave de sol que culmina
con el logo del canal.
INT. CASA DE TOMÁS – CONTINUO
Tomás se levanta al escuchar el SONIDO de aplausos grabados
en el televisor. La transmisión es en vivo y “La Voz” es
(aunque no lo sepamos todavía) ISADORA, la madre de Tomás.
Ocupa el centro del escenario vestida de blanco,
resplandeciente. Canta. La escuchamos cantar,
con su propia voz, la única voz de la ciudad.
ISADORA
(canta)
Sola
Sola
Viviré…
mientras vivas
Sola
Siempre sola
Con esta soledad
tranquila
Si bien es obvio que Tomás estaba esperando esta
transmisión, no se queda mirándola. En realidad, la
transmisión es más bien un indicador de que debe ponerse a
hacer otra cosa: va hasta la cocina, sobre cuya mesada hay
un pato crudo, vegetales y demás ingredientes culinarios.
Abre la heladera, elige un par de elementos más y empieza a
cocinar.
ISADORA (cont’d)
(canta)(O.S., en TV)
Sola
Llenando de recuerdos
el vacío
Sola
Sola y triste
Con mucha soledad
y mucho frío.
Vemos mejor la casa al recorrerla con Tomás, mientras
escuchamos a su madre cantar en el televisor. El contraste
con el resto de la ciudad es llamativo. Si en todo lo demás
lo geométrico es tajante y violento, en la casa de Tomás
está organizado alrededor de formas limpias y armónicas.
Hay elementos de Schindler y Neutra en los muebles, los
desniveles y las ventanas; modernismo humanizado por el
paso del tiempo.
INT. CANAL DE TELEVISIÓN – ESTUDIO – CONTINUO
ISADORA
(canta)
Sola
Sola y triste
Con mucha soledad
y mucho frío.
La canción termina y las luces se apagan. Isadora alza la
vista hacia el SONIDO solitario del Sr. Arbos aplaudiendo
exageradamente. Duda un segundo antes de avanzar hacia él.
Detrás, los músicos comienzan a guardar sus instrumentos.
Es la primera vez que vemos tanta gente junta en acción sin
emitir un sonido.
El Hombre Ratón se apresura a colocar un ramo de flores en
la mano del Sr. Arbos, quien lo extiende hacia Isadora con
una sonrisa.
Isadora lo toma delicadamente.
EXT. CALLES DE LA CIUDAD – ATARDECER
Un gran cartel de “SUME PUNTOS Y VUELE” — el dibujo de una
playa arquetípica, con pin-up girls en bikini.
Detrás, a lo lejos, el auto del Sr. Arbos cruza un puente
sobre un arroyo congelado, abandonando la zona céntrica. Es
la versión libre de un Packard Victoria de cuatro puertas
(circa 1940).
La nieve sigue cayendo suave y constantemente.
INT. AUTO DEL SR. ARBOS – ATARDECER
Isadora viaja en el asiento de atrás junto al Sr. Arbos,
mirando por la ventanilla. Al doblar una esquina, se
inclina hacia el Hombre Ratón (que es quien maneja) y
señala hacia afuera. El auto se detiene.
Cruzando la calle hay un pequeño local iluminado por un
cartel de neón: “PIZZA AMAZONAS”.
Isadora no habla hasta que el Hombre Ratón se ha bajado del
auto en dirección a la pizzería.
ISADORA
“No me gusta que nos vean hablar de esto.”
El Sr. Arbos alza las cejas, indicando que a él le da lo
mismo. Parsimoniosamente, abre su portafolios y extrae un
par de papeles. Isadora los toma con extremo cuidado, como
si pudieran deshacerse al contacto con sus manos.
Los papeles son una antiquísima partitura de una pieza de
de principios de los años ’20 (“Barrel Houses”, o
“Barrelhouse Music”).
ISADORA (cont’d)
“Gracias.”
SR. ARBOS
“No es un favor.”
Isadora acerca su cara a la partitura y sopla, llenando la
cabina de polvo. Desliza su mano por una de las hojas y
observa en su guante las partículas de papel
desprendiéndose por el paso del tiempo.
ISADORA
“¿Son todas así? ¿Todas tienen esto?”
Al Sr. Arbos no podría importarle menos.
SR. ARBOS
“No es un favor.”
Isadora guarda la partitura en su cartera. Se apresura a
contestar antes de que el Hombre Ratón, que cruza la calle
con una caja de pizza en la mano, llegue al auto.
ISADORA
“Mañana. A la tarde.”
El Sr. Arbos sonríe. Enciende un habano.
El auto arranca.
INT./EXT. CASA DE TOMÁS – NOCHE
Tomás está sentado en la mesa del comedor, que está
prolijamente puesta para dos personas. Al escuchar el RUIDO
de un auto acercándose, se levanta y va hacia la puerta. Se
asoma hacia afuera por la ventanita lateral.
POV de Tomás: El auto del Sr. Arbos, detenido a una cuadra
de distancia. Isadora se baja del auto.
EXT. CASA DE TOMÁS – CONTINUO
El Sr. Arbos baja su ventanilla.
SR. ARBOS
(a Isadora)
“¿Te paso a buscar?”
Isadora se inclina sobre el auto, asegurándose de no ser
vista (oída) por el Hombre Ratón.
ISADORA
“Mejor en tu casa.”
El Sr. Arbos asiente con otra sonrisa.
Isadora se queda parada en la calle viendo al auto
alejarse. Recién cuando se lo ha perdido de vista comiemza
a caminar por el callejón en dirección a su casa.
INT. AUTO DEL SR. ARBOS – CONTINUO
El Sr. Arbos también se ha quedado observando los
movimientos de ella, por la ventanilla trasera. Cuando la
ve entrar al callejón, le hace una seña al Hombre Ratón
para que doble.
SR. ARBOS
“Las luces.”
El Hombre Ratón apaga las luces del auto.
El auto da una vuelta manzana y llega otra vez a la entrada
al callejón con el tiempo suficiente: Isadora todavía
camina hacia su casa, con la caja de pizza en la mano.
El Sr. Arbos y el Hombre Ratón se quedan observando en
silencio, sin ser vistos, hasta que comprueban la ubicación
exacta de la casa a la cual entra Isadora.
INT. CASA DE TOMÁS – CONTINUO
Ante el suculento pato al horno humeando en la mesa del
comedor, Isadora alza su caja de pizza con cierta culpa.
ISADORA
“Traje pizza”
TOMAS
“¿En serio? ¡Gracias!”
No hay el más mínimo sarcasmo en la reacción de Tomás;
realmente prefiere la pizza. Se levanta de su silla, le da
un beso a su mamá y se lleva la caja de pizza a su lugar en
la mesa.
Los dos se sientan a la mesa y empiezan a comer, ella el
pato y él la pizza directamente de la caja.
ISADORA
¿Cómo te fue?”
Tomás asiente, con la boca llena.
(SIGUE…)
————————————
Del mismo autor:
TPP 31 - Las Comunidades Primitivas
#05 - El Dream
8. Gracias
TPP 30 - El Circo del Hambre
#04 - El Ultimo
TSD Trailer
Viedma Ayer
TPP 29 - Scheherazade
TP Podcast Remastered Vol. II
TP Podcast Remastered Vol. I