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Siete años después (Steffy)
Helena Pérez
Dec 30, 2011

Las peores pesadillas son las de la siesta. Casi escribo: las peores pesadillas son las de los sueños. O sea todas. Pero las peores son las de la siesta. Te levantás transpirado, sin reconocer exactamente el lugar donde te dormiste, tu propia cama. Si se hizo de noche la desorientación es aún peor. Por eso no se puede dormir más de una hora de siesta.

Patricio Fontanet. “Pato”. Un cínico, un manipulador. Sigue en la tapa de la Rolling Stone con la cara que tuvo siempre. De nada. La cara de un gran pesar, pero al mismo tiempo de nada. Tocó como diez años con un psicópata, un golpeador. Día a día en la sala de ensayo con Eduardo Vazquez, que le prendió fuego a su mujer para despues negarlo. Lo negó. Viene de familia la negación. Está en los genes, en el backstage. Negar negar negar. ¿De quién es la culpa? le preguntaron una vez a un Callejero. “Del Estado” contestó. Así sin más, y de nadie más.

Una piba que escribe sin parar “Pato te amo” en el cuaderno con el que va al colegio secundario. Con un jean metido para que se le marque bien la raya. Arriba, no bien empieza la cola, tiene las siglas de Callejeros tatuadas. Va a un secundario de cuarta, de repitentes, ahí en Boedo e Independencia. Boedo tiene el glam de la joven bohemia pero una educación de cuarta. Se llama Steffy y tiene la boca como una frutilla de Río Negro. Una vez me vio salir de la sala de ensayo que tenían Los Tipitos y me empezó a hablar. Me firmás un consentimiento para hacerme un tatuaje, me dijo. Te doy 15 pesos si me firmás. Yo la miraba pensando como hacía para maquillarse los ojos como un tigre de bengala. Qué te queres tatuar, le pregunté. El logo de Callejeros. ¿Cómo una piba de 17 años se quiere tatuar el logo de Callejeros en la raya del orto? Me quedé mirándola por muchas cosas, por atrevida y también un poco por tarada, que es lo primero que le quise decir: vos sos tarada. ¿Desde cuándo te gusta Callejeros a vos? Desde hace bocha, me dijo Steffy que tenía 10 años cuando se iban muriendo todos esos pibes ahí adentro, cuando los que tenían suerte ligaban traquetomías, cuando los que no iban a aguantar iban a conocer el desorden de pánico, las pesadillas eternas, el intento de suicidio. Steffy va desde hace años, desde los 12, ponele, a ver al Pato Fontanet por las partes del país en donde puede tocar. Primero como Callejeros, ahora como Casi Justicia Social. Sí, le puso ese nombre, sí, es un hijo de puta, sí, todo sí. Steffy no va sola, va con el hermano, Pablito o El chupete, fan de Callejeros, sobreviviente de Cromañón. Pablito perdió algunos amigos el 30 de diciembre del 2004 pero sigue agitando en cada juicio para que no juzguen a Callejeros porque ellos sólo querían tocar y no tienen la culpa de nada. Y aparte a ellos también se les murió gente ahí adentro. Pablito cree que los Callejeros son como ellos y entra en el espiral infernal del “nosotros”. Los defiende a morir y los sigue a todas partes, lo ama a Pato, cree que es el mejor letrista del rock nacional. Le gustan también Jovenes Pordioseros y La 25. Piensa que Cordera es un pelotudo y en eso coincidimos, pero un poco un poquito le cabe la Bersuit.  No tiene un disco de los Redondos, ni siquiera bajado de Taringa, pero escuchó algunos temas en You Tube. Steffy es su hermana menor y la inició en el rock hace unos años. Le gustaría que fuera novia del Pato porque es un buen pibe que sobrevivió a todo. Steffy mira a su hermano mayor con adoración y lo sigue a todas partes. Son muy parecidos fisicamente, Steffy y Pablito, esas paletas salidas para adelante en los dientes. El mismo pelo castaño oscuro bastante encrespado. La altura promedio. La misma manera exagerada de reir.

Me vas a firmar o no me vas a firmar para hacerme el tatuaje. Me conoce hace 10 minutos pero no le importa en lo más mínimo. No, le digo. Me pone cara de odio y me pregunta por qué. Porque esa banda es una mierda, le digo. Me putea. Careta, forra, me dice. Ya llevamos 15 minutos de relación y vamos quemando etapas. Sí, le digo, no te firmo para que te metas esa sigla del mal en el culo. Me dice que yo nunca voy a tener el éxito de Callejeros, que a mi no me conoce nadie, que no existo. No existís, me dice. Me preocupa seguir adelante con esta relación que ya encamina para los 20 minutos pero como no sé crear mundos y me las tengo que seguir arreglando para escribir no me queda otra. Morrissey dice que escucha las conversaciones en la fila de los supermarket; yo hablo con pendejas que quieren tener 20 hijos con Fontanet. Empiezo a caminar para el lado de Boedo, me esperan en un bar para comer algo. Steffy me sigue, se me pega como una chinche. Tocás hace mucho, me pregunta. Cambió el tono, cambió también la estrategia. Unos años, le contesto. No decimos nada y seguimos caminando en silencio. Callejeros es mi vida, me llora. Entiendo lo que dice porque tuve vida con muchas bandas como medium, pero ninguna se cargo a ningún pibe. Ah, pará …Bulascio. Pero es diferente, es otra historia. Es diferente, aunque no es tan diferente, pero es uno solo, fue en la comisaría, pero es diferente, es otra cosa, fue otra cosa. Igual sigue siendo un pibe muerto en las cercanías del rock. Me voy a tatuar igual, me dice Steffy. Ya sé, le digo, ya sé. Son casi las 8 de la noche pero no parece. Me tengo que ir, le digo. Vivis por acá, me insiste. Sí, le digo. Ya sé, te vi cantidad de veces con la guitarra, me responde. Para qué me preguntas, le digo. Encoge los hombros. Para joder, me dice. Le suena el celular, le cae un mensajito. El ringtone es ese hit de CJS, el del video en blanco y negro, que suena como una lata, la voz de mierda de Fontanet que decía “hace tiempo que escucho voces y ni una palabra”. Ese, el de la alta rotación, el que explotaba los parlantes de La Mega. Ese riff suena en el celu de Steffy como una pantomima en calidad sub-mp3. Mi hermano, me dice. Es extraña esta familiaridad, esta curiosidad mia por ella que fui desarrollando en ya casi media hora. Dónde te compraste esos jeans, me pregunta. Me miro los bolsillos y le contesto que en Levís. Ah que cheta la piba, me dice y se rie grande y le veo por primera vez las paletas de los dientes.

Y ahora siete años después de todos esos pibes muertos ya no sé cuál es la verdad, tampoco tengo por qué saber. Pero seguimos acá en este limbo de complicidad, un poco ¿no? Estamos todos de acuerdo en que fue terrible, pero no hicimos nada. Siete años, ni uno adentro y la naturalización total. 30 de diciembre del 2004 Él volando junto a Ella para recibir el año nuevo en el sur, donde el asfalto no te quema, el calor no te sofoca y no tenés ganas de morirte porque una noche, alguien te avisó por chat, che pone Crónica y ahí la fila de muertos, de pibes, de chicas y de chicos con aires de pasado y presente rolinga, muertos, apilados, terminados, se fue la vida, empezó el fin de las cosas, del rock, de la noche, de las escenas, de la posibilidad de salir de esas cárceles de mierda, las virtuales, las militantes, las de la condena de la vejez temprana, del disfrute clausurado, del riesgo anulado, de la negación de la exploración.

Siete años después el Estado Nacional te dió una alternativa, una respuesta. Anda a tocar a la ESMA. Qué coincidencia que todo tenga olor a muerte.

Del mismo autor:
Sola
El verano
La mesa chica y la realidad
La muerte y la mano izquierda


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