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Maira
Walter Lezcano
Nov 4, 2009

La escuela me queda lejos de casa. Eso lo sé ahora. Antes de tomarla me habían dicho que quedaba en Claypole. Lo cual era cierto. Así que la tomé sin dudarlo, pensando con alegría que estaría en un toque, veinte, treinta minutos como mucho. No sabía que para llegar iba a tener que tomarme dos colectivos y madrugar. Dos cosas que cada vez me gustan menos.

Me levanto a la seis de la mañana, porque el horario de entrada es a las 7:45. ¿Es posible aprender algo a ese horario indecente? Desayuno un té con leche con lo que haya (galletitas, pan o nada), le doy un beso a Patri y salgo hecho un zombie para la parada. Me tomo el 271, que por algún milagro de los dioses pasa siempre a horario. Le pone treinta minutos hasta la estación de Burzaco, en ese tiempo hago el intento de pensar en la clase que preparé el día anterior, o por ahí agarro la novela de Gonzalo Garcés, Los impacientes, que tengo en el bolso con al intención de hojearlo, releer lo que subrayé, pero me resulta imposible concentrarme en algo. De la estación me tomo otro. El 510. El único colectivo que se mete en barrio donde está inmersa la escuela. Viajo siempre con el mismo chofer, un tipo inconmovible que cada tanto se manda una puteada por lo bajo.

El barrio se llama Esther, ¿Quién fue esa mujer? ¿Qué hizo para merecer ese reconocimiento? ¿Cuál era su apellido? Seguramente hay una historia detrás de ese nombre que todavía no pude descubrir. Es un barrio como todos los de zona Sur pero con las desigualdades todavía más marcadas. Algunas viviendas se mantienen enteras y otras, la mayoría, resistiendo la adversidad con maderas, lonas transparente y cartón. Mientras atravesábamos Monteverde y nos metíamos en este territorio, veía varios negocios pequeños. Armados en las casas, de esos que te atienden por la ventana y venden pan, leche y cerveza, nada más. También había algunas verdulerías, un negocio de Todo suelto, una carnicería en una esquina y, por supuestos, el local para apostar a la quiniela. Este era el centro comercial del barrio.

El bondi me deja en la esquina del colegio, no tengo que caminar demasiado. Llego a horario y conozco a la directora que se encarga de toda la burocracia. Tomé dos cursos. Un séptimo y un octavo. Mientras espero el momento de entrar al curso llegan los otros profesores y la preceptora. Somos pocos pero ya nos queda chica esta oficina tamaño haiku en la que nos encontramos. Me entero en el recreo de que es todoterreno: es dirección, sala de preceptores y de profesores. Todo junto y a la vez. Observo que en un rincón están, en una caja, las zapatillas horribles y que nadie quiere que manda el gobierno para los chicos carenciados. Sobre un mueble esperan los recipientes para la comida que todavía no llegó. En otra esquina una bolsa de consorcio con pelotas recién compradas. Y sobre eso los listados, el libro de firmas del personal, todo el papelerío propio de una escuela.

Por suerte, los profesores son todos amables. Los tres. Esta ESB es pequeña, apenas tres cursos, así que somos sólo tres docentes. Me hacen las preguntas de siempre y me atengo al guión para intentar caer bien. Y a continuación me informan que esos cursos, sobre todo el séptimo, aclara una colega, “son un desastre”. Yo los escucho pero le presto más atención al reloj. No me interesa recibir ese tipo de prevenciones disfrazadas de ayuda, que lo único que produce es temor. Y uno ingresa a un curso donde hay pibes de doce o trece años. No es un campo minado.

La preceptora me lleva el curso. Hoy tengo al séptimo. Las caras de los nenes son de curiosidad. Me presenta y termina diciendo:

—Así que préstenle atención al profe porque va a estar hasta fin de año.

Me acerco y le pregunto si eso es verdad, porque la designación decía que era una suplencia de apenas quince días.

—Sí, yo creo que continuás hasta fin de año. La otra profe— ¿porqué carajo las preceptoras no dicen las palabras completas?— está embarazada. Así que ahí ya tiene todo el embarazo de licencia y después se toman el post-parto y luego el periodo de lactancia así que ahí ya tenés, fijate —hace una cuenta mental— yo creo que seguís hasta mediados, fines del año que viene— me larga una sonrisa que significa el fin de la conversación y se va. Todavía no sé si me acaba de dar una buena noticia.

Digo buenos días, chicos y me responden menos de la mitad. Es en ese momento en el que siento el eco de los vaticinios que escuché unos minutos atrás. Y es un despertar brusco, como si esas palabras me fueran inyectadas con violencia.

—Dije buenos días, chicos— Levanto un poco la voz. Me contestan unos cuantos más, pero no todos. Entonces siento que si no me hago ver, si no demuestro que hay un adulto frente a ellos, la clase se me va ir al carajo. Todo esto ocurre de una manera vertiginosa, uno pone quinta a fondo y le da con toda la furia porque la reflexión es un momento posterior, no es patrimonio del presente. Modulo la voz para que parezca seria, enojada, molesta y digo:

—A ver si nos entendemos —ahora los tengo a todos atentos, mirándome— parece que algunos no escucharon lo que acabo de decir.

Los saludo nuevamente y ahora responden todos. Lo que viene después es un intento de discurso sobre la importancia de la buena educación y el respeto. Dos de las cosas por las que estoy luchando de un tiempo a esta parte. Y cuando termino de hablar me doy cuenta que me puse la gorra. Que me calcé innecesariamente el traje de profesor autoritario y jodido que no deja pasar una. Sin embargo, hay primeras impresiones que perduran en la mente. Noto en el diálogo con los pibes que me contestan con cierta deferencia.

Lo primero que hago cuando arranco en un curso es hablar con los alumnos. Preguntarles algunas cosas, nombre, edad, qué materias les gustan y qué piensan de Lengua, como para conocerlos. Ver cómo es el grupo con el que voy a trabajar. Acá tenía muchos repetidores. De eso te das cuenta al toque por que resaltan naturalmente. Comparten el aula con nenitos preocupados por perdurar en la infancia mientras sus mentes y sus cuerpos vuelan mucho mas allá: las salidas, le pilcha, las parejas. Tienen otras preocupaciones, que nunca incluyen a la escuela.
Iba preguntando de a uno, mientras los demás hacían silencio sin que yo tuviera que pedirlo. Eso me puso alegre y me pude sacar esa máscara con la que había entrado al curso.

Hasta que llegué a una de las repetidoras. Maira se llamaba, con i latina, aclaró. Era su rasgo de distinción. Tenía dieciséis años y se le notaba en los ojos que había más de dos bondis en su vida. Sabía perfectamente dónde estaba parada. De una belleza suburbana, alejada de las tapas de la revistas.

Cuando termina me pregunta si me gusta.

—¿Qué cosa?— pregunto.

Maira sonríe. Ningún diente adelante. Seguí preguntando otras cosas a los demás como si nada hubiese pasado. Pero esa imagen me quedó grabada y aún no me la puedo sacar de la cabeza.

La clase después se desarrolló normal. Terminamos todos vivos. En casa, más tarde, leía la pequeña autobiografía que tuvieron que redactar los pibes.

Padres ausentes, familiares presos, hacinamiento, hambre.

Y pensaba, ahora mientras escribía, en el descuido que destruye lo hermoso de este mundo. Y que me canso de confirmarlo todo el tiempo, en los detalles ínfimos, cotidianos, que son los que hay que reconstruir antes de pensar en cosas más ambiciosas. Primero tiene que estar Maira, todo lo que ella representa.
Y así con todo. Hasta que uno pueda volver a sonreír con ganas. Cosa que cada vez me cuesta más.


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