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Desmontando a Kirchner
Hernán Iglesias Illa
Oct 28, 2009

Estoy leyendo un libro buenísimo, Anatomía de un instante, de Javier Cercas, cuatrocientas cincuenta páginas dedicadas al puñado de minutos transcurridos desde que un bigotudo con sombrero raro entró al Congreso español, el 23 de febrero de 1981, gritó “¡Todo el mundo al suelo!” y trescientos diputados le dieron la razón, arrugándose debajo de sus escaños. Todos menos tres, que se quedaron donde estaban mientras empezaban a volar las balas: el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez; el vicepresidente, un general liberal de setenta y pico de años; y Santiago Carrillo, el líder del Partido Comunista. El golpe de Estado, obviamente, fracasó, y desde entonces España está orgullosa de su transición y de la fortaleza de sus instituciones, pero el libro de Cercas intenta recordar lo cerca que estuvo todo de irse a la mierda y sugiere que quizás fue el gesto de estos tres tipos, más un llamado por teléfono del Rey, lo que finalmente salvó a la democracia.

En cualquier caso, el libro de Cercas está bueno no sólo por sus teorías histórico-políticas sino, sobre todo, por lo ridículo de su empresa –cuatrocientas páginas mirando fijo unos minutos grabados por las cámaras fijas de Televisión Española– y por el efecto hipnótico del estilo, que en cada bucle de páginas repite lo anterior y después hace avanzar un poquito, pero sólo un poquito, su argumento. Lo de Cercas es no-ficción como una letanía, repitiendo y agregando, repitiendo y agregando, como un salmo o una demencia.

No quiero decir demasiado del libro porque no lo terminé, pero anoche me llamó la atención uno de estos bucles, del que copio (tipeo, letra por letra, como en el siglo veinte) un párrafo. Acá va:

[En septiembre de 1979] Suárez era ya íntimamente un político acabado. Antes apunté una razón de su súbito hundimiento: Suárez, que había sabido hacer lo más difícil –desmontar el franquismo y construir una democracia–, era incapaz de hacer lo más fácil –administrar la democracia que había construido–; matizo ahora: para Suárez lo más difícil era lo más fácil y lo más fácil era lo más difícil.

Leí esto, y las páginas anteriores y posteriores, y pensé, como a esta altura ya no podría ser de otra manera, en Kirchner, un tipo del que siempre me sorprendió su incapacidad para meter los goles fáciles y su insólito (pero cada vez menos frecuente) talento para ver jugadas geniales y clavarla en el ángulo cuando está todo el equipo rival en la barrera. Lo que se me ocurrió era que Kirchner, como Suárez, había sabido hacer lo más difícil –desmontar el noventismo y crear un orden posterior, pos-Consenso de Washington– y había sido incapaz de lo más fácil: administrar la democracia que había construido.

Pensémoslo de esta manera: los momentos más brillantes de los Kirchner han sido aquellos en los que lograron desmontar, con fuerte contraste, medidas o procesos construidos en los años noventa. Nunca que atacaron a los emblemas de los noventa les fue mal: las joyas de los primeros años (derechos humanos, corte suprema, renegociación de la deuda pública) fueron todas lanzadas con un marcado y apasionado espíritu antinoventista, casi como un espejo: si algo había sido hecho en los noventa, merecía ser demolido y reemplazado.

Pero la segunda fase de medidas antinoventistas, a medida que fueron pasaron los años, tuvo, me parece, menos éxito. Casi todas fueron exitosas políticamente –los Kirchner pudieron seguir ofreciéndose como contraste antimenemista, desde el fútbol para todos hasta el fin de las AFJP, con quejas más bien menores por parte de la población–, pero su reemplazo fue cada vez menos consistente. Quiero decir, un poco a los tropiezos, algo así como: Kirchner tuvo mucho más ojo biónico para detectar que política e ideológicamente era una buena idea estatizar el fútbol y las jubilaciones que para diseñar los nuevos sistemas posteriores. El Fútbol Para Todos es casi un no-sistema, igual que el nuevo sistema jubilatorio: el que había era regular o malo; el de ahora es inexistente: hay un gran caja en la ANSES de la que sale o a la que entra plata sin demasiado control ni planificación. Con respecto a los ’90, la mirada de los Kirchner ha sido nítida; con respecto a los ’00, más bien borrosa; con respecto a los ’10, invisible. (Faltan un montón de medidas, por supuesto, pero no quiero arruinar el tempo del párrafo ni la claridad prístina y transparente de mi argumento: sólo aclarar que el fracaso del conflicto con el campo, que no tenía aristas claramente antimenemistas, refuerza mi argumento; y que la Ley de Medios puede pensarse como una ley perfectamente antinoventista: el grupo Clarín nació gracias a un decreto de 1990 que le dio mucha más forma al mapa de medios actual que la famosa ley de la dictadura.) Como Adolfo Suárez, un extraño político franquista-dandy-socialdemócrata, uno tiene la impresión de que Kirchner le ha sido mucho más útil al país desmontando las rigideces y lugares comunes de los noventa que montando cualquier cosa que haya querido montar después. La mirada destructora de Kirchner ha sido láser, clínica. La constructora, en cambio, más bien miope, fofa.

Un año después de Suárez, vino Felipe González y terminó de cerrar el ciclo histórico del viejo modelo, que se resistía a morir. Suárez fue, a su manera, el último presidente del franquismo; quizás –muchos dirían ojalá: no yo, que ya tengo bastantes enemigos y sé cómo los peronistas esquivan discusiones al grito de “¡Gorila!”– Kirchner sea el último presidente del peronismo, otro modelo viejo, mucho mejor preparado para el siglo pasado que para éste.


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