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Marina Mariasch
29 September 2005, 17:36
El otro día, Kusnetzoff junior llamó a la casa de Carrió. Lo atendió la mucama. El diálogo fue algo así:
–Hola, buen día, habla Andy.
–La señora no está. Se fue para la Iglesia.
–¿Usted la va a votar?
La mucama repitió que la señora no estaba y colgó. Claro, a la señora (la empleada doméstica digo, no Carrió) la deben tener amenazada: “Vos no digas na-da”.
Yo, adelante de Isabel ando en bombacha, y hasta me tapo sin éxito con una mano cuando no tengo puesta ni remera. No es que seamos íntimas –hermanas, amigas. Al contrario. Estamos tan lejos como la punta del obelisco del suelo y así es imposible pensar en tocarse. En el Cosmos, viendo la película de un padre de la escuela a la que van mis hijos, pensé todo el tiempo en que le daría un aumento, si no fuera porque ya le pago un buen porcentaje de mi sueldo. Un número que a Isabel –uno de los 253.522 paraguayos registrados en el último censo que emigran a la Argentina para colocarse, la mayoría, en la construcción ellos, en el servicio doméstico ellas–, aunque escaso, le viene bien por el cambio. Y encima, en vez de adoptar, una idea que me venía dando vueltas, decidimos que su hija venga a vivir con nosotros. Tiene el mismo efecto expíaculpas pero es muchísimo más práctico. Y si tiene más suerte que nuestros hijos, Yamila podrá conseguir una plaza en el Lengüitas.
En la peli, a la peruana te la mostraban pasando la aspiradora, y también bailando embalada con una amiga alrededor de la mesa de plástico de la habitación alquilada y hablando de la política y de la vida en esa misma habitación. La peruana, además, hablaba de la vida con el patrón. No es raro. Cuando éramos chicas, en la casa de mi mamá trabajó la bomba tucumana. Nos contaba de sus romances con Sebastián (El Conejo) y nos mostraba la pose –agachada y con rosa en la boca— que iba a poner para la tapa del próximo disco. Mi hermana ahora no se acuerda, pero ella era la que ensayaba con Gladys y le marcaba las coreografías. Mi mamá no se la olvida más: después de la pachanga del finde, todos los lunes, indefectiblemente, faltaba.
La vida privada de Isabel para mí es un misterio. Bah, mentira, nos contamos todo casi. Una vez el novio la dejó, era sábado a la noche y ella me llamó a mí. En la semana, en medio de un inmenso espíritu corporativo, hubo sendos tés yo, mates cocidos ella, sobre la cuestión. Hasta que un día me dijo: “Yo sé por qué me dejó, porque nada más quería el sexo por atrás, y yo siempre no quería.” Lo mismo le escuché decir hace poco a una oyente de Andy. También lo podría haber dicho cualquiera de mis amigas. Pero Isabel no es mi amiga. Entonces me levanté y, dejando flotar en el aire una frase vaga, diplomática, me fui de la cocina.
Qué loco que la señora de Carrió no haya dicho: “¡Claro que la voto!”. Da que pensar, reflexionó Andy, palabras más, palabras menos. Yo no la voto, y eso que mis amigos dicen que voto progre. Pero no. Eso ya fue. Y eso que mi compañero de banco en el oscuro bosque de signos de Sociología de los intelectuales, el que elogia mis intervenciones en clase, que son poquísimas porque me pongo violeta, da clases en el Hannah Arendt y es candidato a senador por el ARI. Pero no lo voy a votar, menos ahora, después del debate de los tres posibles legisladores por TN. Por el ARI va Olivera, el galán bicolor, que me hace acordar tanto a… ¿quién era? ¿Tu Sam? No. Un actor yanqui… tipo Burt Lancaster, uno de esos. No, a ese muñeco del Capitán Escarlata no lo voto. Lo que dice no está lejos de lo que dice Elvio Vitali, pero tampoco está lejos de lo que dice Marcos Peña. Se le escapa la sonrisa al pibe este, a Peña, no la debe poder creer. Pero lo malo es que se le escapan otras cosas peores, como que todos sabemos que la educación privada es mejor que la pública. O que queremos escuelas públicas con techos que se vienen abajo, con maestros mal remunerados, aunque es probable que haya dicho “tenemos”. Yo escuché “queremos”.
A Elvio se lo ve un poco chupado. Es sin dudas el menos suelto de los tres. Estará cansado. Pero no pierde las mañas. Al pibe lo llama por su nombre y asiente frente a los dichos de Olivera. Un canchero. Aunque en sus dos minutos de fama se acueste en el refugio de la industria cultural y diga que en los colegios deberían capacitar para formar iluminadores, sonidistas… No sé, Elvio. La cultura es un poroto, hay vida después de Gandhi. Pero igual, comí asados con él en lo de mi papá y siempre me miró con cariño. Aunque, ¿qué hizo en la Biblioteca Nacional? No sé. Vamos a averiguar. Pero igual, todos votamos por las muecas, por los afectos. Hasta Any Ventura, casi sin poder mover la boca, lo dijo el lunes, que no estamos dispuestos a escuchar propuestas, ideas. Nos importan otras cosas. A mí, que sean como las once de la matina y Lilita siga rezando. Que los del PRO (me da cosita decir esta sigla; la sumaría a la lista de los peores nombres) digan “seguridad” cada dos palabras. Que Bielsa reciba visitas de la Virgen, también. Pero es poeta, y eso me late.
En la peli de Marcelo Burd, la ucraniana progresa en la escala social. La peruana se va a Perú para las vacaciones y, aunque no le dice nada al patrón, no piensa volver más. Típico. Una vez, Isabel me dijo que se iba y lloré toda la semana. Estaba en cualquier lado, en la ducha, tomando uruguayos con Cecilia, en el gimnasio, y tenía que salir corriendo a secarme las lágrimas. Por suerte al final no se fue. Y por ahí es como decía mi abuela: prefiero quedarme viuda a que me deje la muchacha. En realidad lo decía en idish. Y al menos a ella le surtió efecto.
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