Las Pléyades
Nicolás Cassese
Bitácora de un libro - Día 31
Gustavo Noriega
Realismo Modal en la Escuela Media
Huili Raffo
Bitácora de un libro - Día 23
Gustavo Noriega
Fiaut
Pablo Perantuono
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TPP 31 - Las Comunidades Primitivas
Conspiración en el mundo de Olvido y Recuerdo.
Gacitua en MDQ #6: La Restauración
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#05 - El Dream
El Brain, el Mind, y el alma de David Mamet.
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Breve historia epistolar de Los Trabajos Prácticos
Huili Raffo
26 August 2005, 10:08

1982-3. Nos conocimos ahí, a principios de los ochenta, todos en la secundaria, distintos colegios. Salíamos a pintar consignas imposibles, leíamos y discutíamos cosas que hoy nos abochornan pero que no está mal haber leído. Durante la primavera alfonsinista compartimos pasiones saludables que se confundían con errores y vicios históricos (que para nosotros eran nuevos). A mí la política partidaria me duró dos años, pero no así el interés por encontrarle la vuelta, que persiste. Cada uno hizo su vida. Algunos seguimos en contacto, la mayoría no.
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2001. No sé por qué pensaba en reencontrarme con algo de esto cuando volví a Buenos Aires después de cuatro años en Los Angeles. Me encontré, en cambio, con el fin de la Alianza. No vi a nadie. Un desastre.
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Mayo 2002. Recién llegado a Europa, aprendiendo a empezar todo de nuevo por tercera vez, me permití una escapada a Londres para ver The Coast Of Utopia, la obra de Stoppard. Nueve horas de rusos hablando de política (no cualquier ruso; rusos escritos por Stoppard, no te aburrís un segundo). 100 UKP la entrada, lo que hubiera dicho Bakunin. Imposible no salir del teatro pensando en los amigos, y uno de esos amigos, Daniel Nieto, me estaba esperando afuera. No nos habíamos visto en quince años. Mucho menos pelo (él). Imposible no hablar (pestes) de nuestra generación, después de las nueve horas de Herzen, pero Nieto es un verdadero optimista.
“Uno: ellos tenian menos tiempo de vida que nosotros. Dos: es decir que el segundo tiempo tedremos mas piernas y tres: podremos hacer algún gol. Cuatro: ellos tenían un manejo racional astuto o estaban chapita. Cinco: nosotros no tanto, ni de una ni de otra. Seis: ellos no tenian tele, o si tenían no la miraban. Siete: había clase obrera. Ocho: ¿vos volverías a hacer la revolucion francesa o la rusa?”
Caminando desde el West End hasta Notting Hill a las cuatro de la mañana, pensando que algo habría que hacer.
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Julio 2002. Me proponen escribir una película de temática profundamente argentina. Me interesa, pero dudo. Para sacarme la duda, empiezo a leer los diarios locales (locales de allá), costumbre que había abandonado a principios de los noventa. Hooked again.
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Octubre 2002. Nos reencontramos por mail, de la manera más inesperada. Cuatro o cinco de nosotros, todos en países distintos, somos suscriptos de prepo a la lista de distribución electrónica de una agrupación progresista más o menos gaseosa. Reacciones diversas a lo que leemos allí nos alientan a iniciar una discusión más interesante entre nosotros. Un domingo a la noche me tomo un rato para organizarlas por escrito y le escribo a Gabriel Puricelli, responsable de la iniciativa original:
Puri:
Hará usted lo que quiera con las sugerencias y opiniones que siguen. Lo que le pido por favor es que las imprima y las guarde para ser discutidas en diez o quince años. Nada sugiere que dejaremos de ser amigos antes de eso, y no quiero que me pase dos veces lo mismo. No sabe cómo me hincha las pelotas darme cuenta de que estoy, ahora, diciéndole cosas que ya le dije hace diez años (aunque seguramente peor que ahora). Esta vez quiero que haya registro escrito. Si en diez años seguimos discutiendo lo mismo, me remitiré a este mail y listo.
Recordábamos anoche con [otro amigo común] una charla en la cual usted, hastiado como corresponde, había expresado su decisión de encarar un “proyecto iluminista”. Usted sabe de qué le estoy hablando – juntar diez tipos que entiendan algo de la vida y ponerse a pensar las cosas en serio. Yo me había olvidado de esto, pero al acordarme me di cuenta exactamente de por qué me estaba atormentando tanto esta cuestión – de que no era invento mío, digo, ni estaba yo tratando de llevarlo a usted en una dirección caprichosa (mía).
Tal vez me haya equivocado al identificar a esta nueva agrupación como ese proyecto iluminista en un principio y la altura de mi decepción derive de haberla pifiado ahí, de entrada. Pero si no me equivoqué, lo que sucede es grave. Y si me equivoqué, también, puesto que incluso si no se hubiera propuesto usted una módica Nueva Ilustración, coincidirá en que entre Voltaire y Daniel Viglietti no hay mucho espacio para la duda. Lo veo ahí naufragando más cerca del segundo, y no puedo evitar una intervención más, aunque me siento un pelotudo por perder horas de sueño con esto.
Yo a usted lo quiero mucho. No solamente porque nos llevaba a todos a casa cuando éramos chicos, ni por la cantidad de misiones frustradas que compartimos, desde la Federación de Estudiantes Secundarios hasta intentar que sonara la sirena en el videogame joint más sórdido del universo, Serena, Chile. Además de todo esto sé que es una buena persona. Y no me refiero a lo que comentábamos antes de que, en última instancia, somos todos buenas personas para nuestro entorno. Me refiero (si existe) a una definición ligeramente menos relativa; su pasión por la acción política es verdaderamente valiosa, porque es “buena”, a eso me refiero. Es infantil — por más inteligente que usted sea, se entiende: es de una pureza y de una energía que nadie más tiene. “Vamos a descolgar carteles de Fangulo”. Sé por experiencia y por intuición (no me joda con eso; tengo un buen radar en este terreno) que incluso íconos político-culturales que usted respeta o admira carecían de esta cualidad suya. Bah, muy atrás en el tiempo no sé: en una de esas Marx también descolgaba carteles con esa alegría. Pero usted sabe a qué me refiero. Por eso, le juro, y no por lo contrario como alguna vez puede haber parecido, es que le digo lo que sigue.
Está usted rodeado de gente monstruosa.
Si me dice que lo sabe y que es parte de su plan, no le discuto más. Le deseo suerte, y la posteridad dirá si era un buen plan o no. Pero nuestros intercambios recientes (y otros, personales, de años) me sugieren que no entiende así las cosas, así que heme aquí diciéndoselo con calma, en un contexto menos trasnochado de lo que nuestros Jueves permitían.
Está usted rodeado de gente monstruosa.
Por favor, por una vez en la vida, no me lo relativice con pelotudeces ni me venga con que son minoría. No estoy hilando fino. Tanto los orígenes como la manera en que se expresan las intenciones de sus “compañeros” son insanos. Enfermos. Sé que a usted no le gusta hablar en términos de bien y mal, y menos con mayúscula, pero acepte mi torpe intento de political correctness. Las agrupaciones políticas comparten con la religión organizada y el universo corporativo la desdichada tendencia a convertirse en un magneto de gente que está mal. Los suyos están muy mal, y sólo puedo ver una catástrofe acechando salvo que usted replantee sus alianzas (como le dije antes) o bien asuma cruelmente que los usará para fines urgentes, desechándolos luego con relativa facilidad. No me opongo a esto último, mind you, aunque lo cuestiono en términos puramente pragmáticos: no tengo a mano un ejemplo histórico similar en el que esto haya salido bien. Usted sabe más de historia que yo, así que tal vez me refute.
En cualquier caso, por favor note (pese a la similitud en la forma con un mail que le mandé hace poco) la diferencia sustancial en mi planteo. Ya no lo veo dilapidando su escasa juventud entre pelotudos; lo veo desperdiciando lo que tal vez sea su última oportunidad de relevancia generacional entre gente peligrosa, en pos de vaya uno a saber qué. Se me ocurren dos: o su comprensible ansiedad por dejar marcas visibles se ha convertido en desesperación, o se aferra usted a un folklore que a esta altura sólo puede conducirlo a la masacre o a la nada. “Conducirle”, dirían acá en España, pero no me gusta mucho como escriben acá.
No se le escapará que estoy siendo intencionalmente genérico. ¿Me haría un favor? Descarte los aspectos pintorescos de mi texto y piense en lo que le digo antes de responderme. Finalmente, y como sé que va a estar tentado de decirme que se trata de retardados inofensivos, le planteo lo siguiente. Sus retardados inofensivos impiden que pueda usted contar con gente como yo para lo que se propone (que no queda del todo claro aun, pero ese es otro tema). “Gente como yo” podrá no querer decir mucho, pero incluso considerando el escenario (que no comparto) de los retardados inofensivos me pregunto qué gana usted en esa transacción.
Yo también estoy ocupado. Conteste como corresponde, dele.
Besos,
Huili
Termino citando entero este mail no por los ecos ominosos que pueda tener ahora, habiendo sido escrito en una era pre-K, sino porque su respuesta, que llegó enseguida, desembocó en la primera sugerencia, azarosa, de que debíamos intentar algo como TP.
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Página 2

Puricelli respondió así:
Raffo:
En primer lugar, me encantaría que abandone por un momento el inductivismo y el profiling grafológico de la gente que participa en la lista, que constituye, además un colectivo social distinto del grupo al que usted se refiere. Créame que los participantes de la lista no constituyen una muestra sociológicamente válida del grupo.
En segundo, la iniciativa es mucho más sencilla y menos ambiciosa que un “proyecto iluminista”, sino que es un experimento que va andando a los tumbos, pero proveyendo un módico nivel de satisfacción a sus integrantes, consistente en juntarse una vez por semana a discutir la política y de política en un grupo constituido sobre la base de una intuición: que los que nos socializamos políticamente entre 1982 y 1987 compartimos una base ideológica y política que hace innecesarias grandes disquisiciones teóricas antes de encontrar terreno común para dialogar y eventualmente ponernos de acuerdo en algunos temas y actuar puntualmente sobre la base de esos acuerdos. Eso se traduce en algo tan sencillo como agarrar la libreta de direcciones y llamar a cuanto ex-militante del FSI, la JUI, la Franja, la Fede o la JP uno conozca y sepa que está un poquito angustiado viendo la crisis desde su casa, ha hecho algo con su vida desde que uno dejó de frecuentarlo (estudiar, trabajar, tener hijos y llevar a cabo todo eso sin fraudes, ni ilícitos). Hecho lo cual, el ejercicio consiste en tratar de poner en evidencia que es posible constituir algún tipo de sujeto político con esa gente (un agrupamiento político, un think tank, un grupo de presión o lo que sea), que contribuya modestamente a hacer menos angustiante la vivencia de la crisis y —si cabe— intervenir con ideas, polémicas y acciones, en el desenvolvimiento (no digo pretensiosamente “solución”) de la misma. Ello equivale a venir reuniéndose con un grupo perseverante que incluye a esos muchos que usted conoce, y a otros.
El experimento resulta prometedor. Pero, por supuesto, el 90% de los que participan de él tienen el hábito de la discusión medio oxidado y hay que afrontar permanentemente todo tipo de malentendidos, explicar muchas cosas dos veces y poner un poco de entusiasmo a la práctica, sin espantar a ninguno que crea que vamos demasiado rápido.
Nuestra generación, se ha dicho, no figura en el mapa de la política argentina, salvo por la fulgurante y efímera actuación del grupo Sushi en el olvidable papelón delarruista o por los muy organizados y bien financiados jóvenes turcos de la derecha con sus fundaciones varias. Estamos tratando de encontrar el modo de poner en el mapa a ese sector mayoritario del que todos somos parte, para ver si eso resulta en algo positivo para un sistema político que se cae a pedazos y que no tiene canales para el acceso más que a través del carrerismo más berreta y de la promoción del delator, el buche, el comedido (en el mejor de los casos) o del pariente (cuando la imaginación se agota).
Que gente de nuestra generación pueda decir burradas setentistas (de las que se han dicho en la lista) es preocupante, pero también es cierto que esas burradas no son convicciones profundas como lo eran en los setenta sino, sobre todo, modos de expresión refractados por el vocabulario de un tiempo que fue y que nunca terminó de ser reemplazado por uno propio, como no ser la jerga politiquera de la “rosca”, el “cierre”, el “acueste”, los “operators” y tantos otros términos semejantes que plagan el lunfardo político (y periodístico, agrego) contemporáneo.
Vivimos en la Argentina, tal vez sólo provisionalmente, y algunos nos sentimos compelidos a hacer algo al respecto. Para que sea posible, se nos ocurrió intentar transitar un camino medio obvio, tal vez, que fue ir a buscar a los conocidos que se habían ido hace diez años a la casa, para hacer cosas más significativas que militar, y estamos en ese momento torpe de redescubrimiento de las palabras y las prácticas que esperamos pueda dar a luz algo bien modesto pero a la vez necesario según lo veo y lo veré hasta que alguien me demuestre lo contrario: ayudar a construir el partido de izquierda democrática que cualquier país en el que vale más o menos la pena vivir tiene y que (en esos países) tiene tanto que ver con el hecho de que valga la pena vivir allí. Todo esto dicho sin la pretensión de ignorar que las vanguardias artísticas y tantas otras esferas de la vida social tienen que hacer su aporte a ese país que valga la pena, y en el cual vanguardias y militantes están articulados por hilos tanto visibles como invisibles.
Le pedía que dejara de lado el inductivismo y que se acuerde que la vida no se vive al pie del teclado y que la gente es mucho más que lo que sabe escribir. Ello no obsta aclarar que buenos vecinos de años, se levantan de la cama un día acordándose de que son hutus o serbios y que los que viven al lado son tutsis o croatas y pasa lo que pasa: no creo que nadie esté ontológicamente exento de terminar actuando así y son años de paciente autodisciplina los que nos alejan provisoriamente de ello.
Por último, Raffo, sáquese de la cabeza la idea de que es posible hacer política rodeado de amigos: hay que hacerla con quienes aceptan un conjunto de valores comunes y los practican, punto. Se va a encontrar allí con insufribles, imbéciles y toda una variada fauna. No me ponga en la situación de tener que ejercer la defensa individual de cada uno de los que postea al grupo porque el tiempo para hacer eso ya lo tengo consumido por años de defenderlo a usted de ataques similares.
Ernesto Semán, que sería pronto co-fundador de TP, pasaba por ahí y agregó la tercera posición que hacía falta:
Hay algunas cosas interesantes en esa respuesta de Puri (como lo de que no se puede hacer política con amigos nada mas, aunque uno después se empecine en defender y ser defendido), y otras más dudosas, como el hecho de elegir una muestra de “los viejos conocidos” porque “compartimos valores comunes”. Se me hace la idea de que hay que llegar a elevadísimos niveles de abstracción para pensar en “valores comunes” en toda esa gente que escribe todas esas cosas en la lista. Si suponemos que el hecho de que Massera, Alfonsín y yo habláramos en el 78 de volver a la democracia no significa que compartamos valores comunes, digamos que tengo serias dudas sobre eso en este caso. Y no me refiero a las personas sino a la convocatoria, que es lo que vale, porque es lo que permite sacar lo mejor o lo peor de cada uno de ellos. y me pregunto si la convocatoria, en ese sentido, no es deliberada y perjudicialmente vaga.
Por lo demás, el argumento es tan cierto como “too wide”, vale para un barrido o para un fregado. Quiero decir, si uno asume que va a hacer política con un montón de gente incongruente, que habrá tontos y tonteras, que conducirán los buenos, los malos y los tarados, si todo eso es —como creo yo— cierto, ¿qué diferencia hay con el Frepaso? ¿Qué tiene de mejor que vos dirijas el grupo equis a que hicieras algo desde el benemérito gobierno de la ciudad, cuya calidad es mas o menos igual a la del grupo, aunque sus partes componentes no lo sean?
En fin. De todos modos, si lo que nos dejan los de antes son reflexiones como las de Chacho el domingo en La Nación, creo que todos nosotros juntos nos ponemos de culo al sol a tirarnos pedos, y nos sale algo más interesante, y más productivo.
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Página 3

Febrero 2003. Me encuentro con Quintín en el festival de Berlín, después de mucho tiempo sin vernos. Comemos milanesas. Me pregunto por qué conversaciones como las que tengo con él —o con mis amigos residuales via mail— están tan lejos de encontrar un correlato en lo que uno lee por ahí.
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Agosto 2004. Nos sentamos con Semán, cada uno en su casa, mail de por medio. Armo Los Trabajos Prácticos en una semana y nos ponemos los dos a escribir sin planear demasiado. La ventaja de haber estado dándole vueltas a la idea durante más de dos años es que uno va desprendiéndose de la necesidad de enunciar objetivos. Lo que tenemos que hacer ahora es esto. La desventaja es que, un año después, seguiremos sin tener demasiada idea de qué es esto. Posiblemente no sea lo mismo para cada uno de nosotros. En cualquier caso, aparece gente, escribiendo y leyendo. Mucha más de la que preveíamos.
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Julio 2005. Viajo a Buenos Aires. Me encuentro con los viejos amigos que dieron origen a TP, cada uno en lo suyo. Me encuentro con Schmidt y Brener, a quienes no he visto en mi vida. Me caen bien.
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Agosto 2005. Escribo esto, en las afueras de Madrid, a las tres de la mañana, con un perro ajeno chupándome los zapatos. El cumpleaños de TP fue ayer, con el domain server caído y nada funcionando. Si fuera supersticioso lo tomaría como un signo de algo horrible, pero no. Aunque Semán y yo tenemos cada vez menos tiempo para escribir en TP, hay otros motivos para que las responsabilidades de edición empiecen a rotar y nuevas firmas se incorporen al sitio. Deberíamos haber escrito esto juntos, pero Semán está en un avión. Nos encontraremos la semana que viene y le diré (si no lo lee antes acá) que después de un año, justo ahora que nos estamos retirando (aunque nunca del todo) se me empieza a ocurrir una función específica de TP. O por lo menos, una característica que a mí me parece importante rescatar.
La reducción de la distancia abismal que separa hoy el discurso público del privado.
No me refiero contarle al mundo con quién cojés o cómo te gusta, o qué películas de las que viste esta semana te parecen mejores que otras (por eso TP no es un blog, not that there’s anything wrong with that). Sí me refiero a los mails que cité más arriba, y a lo que escriben los diarios vs. lo que piensan los que escriben en los diarios, y a lo que se dice en los discursos de campaña, y a lo que dice el MPAA vs. lo que hace, y también a lo que dice, qué se yo, George Clooney en un reportaje vs. lo que le cuenta a su amiga mientras espera que avance el tráfico insoportable en la 405.
Claro que no podés tener el mismo discurso para todo el mundo. Te volvés loco o te volvés Charly García. Pero tampoco podés vivir de sobreentendidos, porque así también te volvés loco, y las cosas no mejoran. La escena pública en la Argentina es sobreentendido puro. No parece haber otra cosa. En la medida que TP siga siendo una no bullshit zone, a mí me sirve, y creo que a otros también.
Estemos de acuerdo o no, dará para larga sobremesa.