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Aplaudan, burros
Miguel Mora
19 06 2006 - 05:37

La llegada a la Estación principal de Gelsenkirchen, un pueblito ínfimo, con un pasado medianamente importante por sus minas de carbón, fue a las seis de la mañana. Apenas se veían algunos serbios y los primeros hinchas que llegaban e inmediatamente miraban hacia los cuatro costados en busca de algún indicio como para donde rumbear. Por la hora, casi todos los locales de la estación principal de Gelsenkirchen estaban cerrados, menos uno que ofrecía un modesto desayuno por € 4. Allí estaba él, con su bombo en su funda blanca y una remera bien fea con la leyenda “Las malvinas son argentinas”. El Tula no sabía cómo manejar su anonimato en tierra germana y buscaba argentinos como desesperado para desplegar su pobre verborragia de celebridad poco atractiva. Unos cuatro pibes de 25 años promedio lo miraron con simpatía y allí se arrimó el Tula con su bombo.

“Yo te juro que no estaba ni enterado, pero en estos folletos del mundial en la parte de argentina, la foto de la hinchada que pusieron estoy yo”. Una horrible realidad que aún no se explica bien cómo llegó a concretarse, qué cretino de la embajada o la AFA, cedió esa foto. La cuestión es que el hincha más mercenario del peronismo está en los folletos. Para que sus momentaneos admiradores no perdieran interés, desenfundó el bombo, el mismo que tiene esos espantosos adhesivos de Perón y Evita, y ahora en el parche luce con letras de contact “Alemania 2006”.

Poco a poco Gelsenkirchen comenzó a tomar su ritmo de pueblo chico, y en el centro (una peatonal de ocho cuadras de extensión), los locales subían sus persianas. Casi todos los empleados de los comercios se habían vestido para la ocasión: remera de argentina y gorrito de serbia, o viceversa. De ese centro al estadio, donde habitualmente juega el Schalke 04, se tardaba unos 15 minutos en el tranvía que servía como el medio de transporte público más importante del lugar. A medio camino estaba el Fan Fest —chiquito, como todo Gelsenkirchen—que se había transformado en el punto de encuentro de toda la fanaticada serbia. A los gritos se encontraban, abrazaban y hablaban, cono tono de optimismo del partido que se venía.
Ya en el estadio, confirmé una sensación que tuve en Hamburgo. Con luz natural y sin tragos en la mano, es lo más parecido a una fiesta institucional de un multimedio. Con media hora en un punto más o menos estratégico, uno puede ver pasar a famosos de todos los estratos. Fantino con cara de “qué agotador esto de la fama” y aceptando sacarse fotos de mala gana, Daniel Grinbank y su novia, Roberto Giordano, el ex embajador James Cheek junto a Cúneo Libarona y otros tantos que me debo haber perdido por ir a sentarme a mi lugar. Lo que es una constante, es ver pasar a ex jugadores, en un abanico tan grande que va del Beto Acosta al Pibe Valderrama.

A minutos del partido, la sensación de la tribuna era de cautela, con cierta fe, pero también con los fantasmas del 2002. La barra brava de River volvió a tomar su lugar detras del arco donde Argentina atacó en el primer tiempo, y un grupito de hinchas de Gimnasia con bombos, cencerros y redoblantes nos taladraban los oídos a nuestras espaldas. Esta vez parecía que había más hinchada que en el primer partido. Llegó el tempranero gol de Maxi Rodriguez y se desató cierta euforia. Con el segundo, esa obra de arte llena de identidad futbolística rioplatense, dio inicio a la locura. En cada abrazo la frase era la misma “que golazo“ y la confianza que ante semejante sopapo, iba a ser difícil que se diera vuelta la historia.

Largó el segundo tiempo con el 3 a 0 puesto y la clase de fútbol era baratísima para los euros que nos había costado la entrada. Me conmovía el Ruso Verea (uno de los integrantes de la comitiva con la que vamos a los partidos) gritar a los cuatro costados “aplaudan, burros, no canten boludeces, que esto es fútbol! Aplaudan!”. En el cambio de Saviola ovación unánime y el cantito que hasta ese día sólo se había ecuchado desde la tribuna riverplatense “Saviooooola, saviooooola”. Al rato hubo una confusión demagógica con “vení vení, cantá conmigo que un amigo vas a a encontrar, que de la mano de Maradona, todos la vuelta vamos a dar”. Por suerte después se hizo un poco más de justicia con “Y ya lo ve, y ya lo ve, es el equipo de José”. Llegó el cuarto, el quinto, y el sexto de Messi. El partido soñado. Pitazo final y a festejar. Primero en el estadio, que no se vaciaba nunca, y después en las calles internas con la gente colgada en las escaleras y revoleando remeras o lo que tuviera a mano. Cuando salíamos del estacionamiento lo cruzamos a Prosinecki, aquel wing rubio oxigenado que nos complicó la vida en el partido contra Yugoslavia en Italia 90. Tenía una cara de fastidio impresionante. No era para menos.

Después del partido, la peatonal de Gelsenkirchen se transformó en un hormiguero de argentinos que desbordaron los bares y las tiendas de lo que sea, con el pecho inflado. Me quedé con amigos en un bar hasta que Holanda la ganó a Costa de Marfil 2 a 1, y después tren hacia Berlin con la sonrisa del Guasón que me dura a dos días del partido con Holanda.


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