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Para atrás
Raúl Vieytes
23 05 2006 - 20:41

La nota de tapa de Ñ, escrita por una crítica de arte y curadora, Ana María Battistozzi, atrasa cuarenta años. Esta señora –que alguna vez ha considerado posible que la crítica sea un género perimido (y aquí apreciamos su esfuerzo por demostrarlo con su propio texto)– señala que el arte tiene un problema. ¿Cuál sería según ella? Que no se sabe a quién le importa, aunque en las dos últimas décadas se abrieron más galerías, museos, centros culturales, ferias y bienales, que nunca antes. Cualquiera puede darse cuenta de que, partiendo de esas premisas, dicho dilema es un sofisma. No hay misterio: se deduce que el arte le interesa a un número creciente de personas de todo tipo, que van a mirar cuadros y esculturas como un paseo de índole cultural. Punto.

Sin embargo, aquella vacua pregunta de tan simple respuesta, le da pie a Ñ para tirar una edición especial, 50 centavos más cara, y a Battistozzo para agobiar al lector con un texto en el que otra vez deberemos comernos el superpancho sin mostaza, ni salchicha, y con el pan mohoso: de nuevo, como en una calesita vieja, desfilan el inodoro de Duchamp; las composiciones de Mondrian (sic) utilizadas como motivos en cafeteras (Rietveld fabricó las sillas basadas en la estética de Piet Mondriaan en 1917, ¿hay que plantear éste como un tema actual?); los rezagos y desperdicios en las pinturas de Berni; ¡otra vez!, Andy Warhol… Inquietante es la forma en que se utiliza la palabra “hoy”, mientras se habla en presente de estos muertos solemnes. Todo el refrito se presenta en tono de maestra ciruela, mechado con lecciones básicas sobre el Renacimiento y el clasicismo, las paranoias de Baudelaire sobre el progreso en las artes y el manifiesto Suprematista de 1915, cargadas de frases huecas –”una cantera invalorable para el arte actual”, “las poéticas contemporáneas”, etcétera: flatus vocis, sanata escrita pensando que –total– nadie la va a leer. Grave error –diría Falcon, el malo de Stuart Little 2: nosotros la leeremos subrayando con la birome, como cuando estudiamos el programa del hipódromo.

Battistozzi tampoco evita la tentación de invocar, por medio de la cita y como potencial validación de su supuesta autoridad, los nombres de Benjamin, Vattimo, y Adorno, indispensables para el bolsillo de la dama, o la cartera del caballero: en lo referente al filósofo autor de Teoría estética, no sería malo recordar que lo suyo era la música, no la pintura, y que, inclusive en música, sus escritos estéticos pertenecen a una época de moralización y politización del arte que para bien o para mal fue completamente superada, como dice Gerard Vilar en su prólogo a Sobre la música, de Theodor Adorno (publicado en el 2000, por Paidós). Otra frase sintomática: “Hubo un tiempo en que, tanto por su factura como por los materiales utilizados, los objetos de arte se mostraban claramente como pertenecientes al universo del arte. Se trataba de pinturas al óleo, sobre telas o tablas, debidamente enmarcadas, o esculturas realizadas en mármol, piedra o bronce que representaban algo del mundo exterior que por fuerza debía ser reconocible”. Aquí queda expuesta la desorientación en que vive la autora de la nota, inmersa en una polémica actual (pero de la actualidad de 1968). Porque en la ciudad de Buenos Aires existen cerca de 500 galerías de arte privadas, que en un 99% exhiben pinturas al óleo, sobre telas o tablas, debidamente enmarcadas, o esculturas realizadas en mármol, piedra o bronce que representan algo del mundo exterior que por fuerza debe ser reconocible (se incluyen en esta definición de “mundo exterior” las pinturas y esculturas abstractas del siglo pasado, a las que las actuales hacen alusión reconocible). Faltaría que Battistozzi se pregunte si hoy el rock debería realmente ser considerado música, después de que los Beatles han tocado en un estadio deportivo.
 
Tabula rasa

Sigamos con la edición especial de Ñ. Llega el turno de las mesas redondas: la primera está integrada por cinco artistas plásticos, un fotógrafo, un coleccionista y una galerista. Si ya el formato “reportaje” es una promesa de bodrio, ¿qué esperar cuando se rejunta a dialogar todo un lote de cultores del no–verbo? Después de leer un rato, ahora sí, empezamos a sospechar que el arte tiene un problema, aunque no parecería estar entre los que tratan los implicados en la charla (términos como “debate” o “discusión” les quedan grandes, a este cúmulo de anécdotas aburridas y opiniones sin controversia). El coleccionista Fiterman es el más potable, porque habla poco, mete algún bocadillo para justificar su presencia en la mesa, y después, con sabiduría, se reclama hacia un digno silencio. De los artistas, zafan dos: el reconocido maestro Eduardo Stupía, que formula algunos comentarios, muy por encima, sobre algo en lo que se siente seguro, pero en cuanto le hinchan las pelotas, se calla y –suponemos– se dedica a pensar en la hora de volver a su taller; y también Juan Doffo, que pinta paisajes pampeanos, así que imaginate lo que tiene para decir, casi nada, para alivio del lector –que, si desea enterarse de qué le pasa a Doffo, vaya a ver sus pinturas.

Los ilustres desconocidos que rellenan el panel se exhiben con verborragia, acaso exista una relación inversamente proporcional entre el reconocimiento del público, y la necesidad de decir todo lo que se pueda, en estos treinta segundos de fama. Las opiniones personales de los reporteados son irrelevantes y daría lo mismo no leerlas, pero molestan, porque traslucen gestos infectados de sorna, en clave de queja, mezclados con una competencia envidiosa, celos del éxito ajeno, mezquindad, cosmovisiones miserables opuestas a cierta imagen de dignidad artística que pretenderían transmitir. La galerista, una dama que dejó de pintar hace 18 años, habla sin empacho; sus banalidades pueblan las seis páginas tamaño sábana, de esta nota dura de tragar.

Hay que tener ganas de seguir adelante. Este comentarista, confiesa que lo hace movido por una fe profunda; cree que es la ira de Dios, la que le dicta sus palabras: tal vez, si, por el fuego de la destrucción, prende su mensaje en otras almas, esta especie de inmolación suicida abra la posibilidad a que no se nunca más se escriban impunemente esas nefastas notas de arte. El objetivo final es difícil, pero hay que hacer el intento. Seamos precisos: las exposiciones de pintura no son aburridas; recorrer una muestra en una galería cualquiera lleva, a lo sumo, quince minutos, no da tiempo al espectador para aburrirse. Y cuando las obras muestran cierto oficio y habilidad técnica, la contemplación hasta puede ser deslumbrante. Lo tedioso es leer estos desabridos artículos sobre pintura.

Siguiente mesa, integrada por dos artistas jóvenes, otros dos menos jóvenes, una galerista, y también por Gabriel Levinas, que en esta ocasión la va de galerista y coleccionista. Otra vez empiezan con Duchamp, la sanata de “la jerarquización de los espacios expositivos”, las anécdotas irrelevantes, el fastidio, infieles a la ligereza y el sentido del humor implícitos en la mayoría de las pinturas. El único que pega una es Levinas, porque vos viste lo que es Levinas cuando se pone a hablar, que no para, una escopeta de perdigones: tira cien al bulto, y entre todas las que tira, emboca una. Es a él, a quien, por fin, se le ocurre acordarse de Federico Klemm. Bien, por Levinas, sin ironías, aunque después achique y descategorice como “fantochadas” las presentaciones televisivas del crítico: Federico Klemm fue uno de los contados críticos de arte que hablaba de las obras desde el discurso propio, interno, de las artes plásticas. Por eso encantaba, atraía al público, y lo divertía. ¿”Fantochadas”? Quien ponga en duda la jerarquía que asume lo monigotesco en las bellas artes, échele una ojeada a los cuadros de Petorutti, Soldi, Roux, y Mantegani, sólo para enumerar cuatro argentinos de distintas generaciones.

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Página 2

El futuro llegó hace rato

Hermano, si te digo que todavía faltan seis notas (=12 páginas) de fraseo en el mismo tenor, clave menor baja, monocromático, sin chispas de luz, ¿me prestarás tu hombro fraternal para que llore, o duerma un rato? «¿Cómo es el arte post–2001?», ha de preguntarse la autora del siguiente bodoque, Mercedes Pérez Bergliaffa, curadora de arte y especialista en nuevas tecnologías (?). Podría decirse que estos “curadores” son como médicos, que necesitan sostener la hipótesis de que el arte está enfermo, aunque goce de buena salud, para poder seguir “curándolo” (o currándolo). Hacen diagnóstico clínico, te dan la recetita, y pase el que sigue. La paleta, de nuevo, es gris plomo, pero rica en sanatas del tipo “tecnologías nuevas no utilizadas en forma ascéptica” (sic). Como su análisis de la situación actual de la plástica en Argentina se basa en las excepciones, el dictamen resulta ambiguo y vacilante, y el lector llega al punto final igual que como había empezado, pero más podrido.

Sin darnos tregua, Pérez Bergliaffa arremete por más: 6 columnas para una nota de maravilloso título: «¿Cómo se hace para ser artista?». (No sé, Mercedes; déjese de romper los huevos.) Prestemos atención a este párrafo: “El artista crea la obra, pero al mismo tiempo, durante ese proceso, también va creando su ser artista en el mundo; su identidad artística, por medio de la reflexión, sobre sí mismo y sobre su obra, y también por medio de toda una serie de estrategias que no son fundamentales, pero ayudan”. Se me ocurre que el carterista afana las carteras, pero al mismo tiempo, durante ese proceso, también va creando su ser carterista; su identidad carterística, por medio de la reflexión sobre sí mismo y sobre su trabajo, y también por medio de toda una serie de estrategias que no son fundamentales, pero ayudan. Lo mismo harían el optometrista, el gimnosofista, y el hermano marista. Cuesta elegir, pero uno intuye que ésta nota es la peor. Aquí, Pérez Bergliaffa se olvida por completo de lo aséptico, y manosea sin pudor la imagen pública de los artistas, con esa mala conciencia burguesa que es contracara de cierta dudosa “actitud bienpensante”. Ya decididamente orientada hacia el chisme –que el look y el marketing, que tal se hacía sus propios accesorios, que si son sucios, o limpios, o forman una tribu, y blablablá– no escatima su dosis de malicia: «¿Todavía hacen los artistas argentinos obras literalmente con cacerolas, como en 2001–2002? ¿O sólo les quedó una y la usan para comer?» Es la voz del resentimiento, de quien ya se resignó a que nunca alcanzará ni la modestísima gloria del artista no reconocido, que practica su tarea en la intimidad. ¿Cuántos, de las decenas de miles de artistas argentinos, hicieron obras con cacerolas? ¿Cuántos de ellos pasan verdadero hambre? Pérez Bergliaffa prefiere abonar el mito del artista indigente, y quiere acercarse a éste con intención de curarlo, amamantarlo si es posible –pero con tal mala leche, que terminaría envenenándolo. Como es otra mentira, después se ve obligada a reconocer, a regañadientes, que «hay también en Argentina otro tipo de artistas, que trabajan estilo hormiga produciendo obra, concentrados solo en el goce que esto les proporciona». Sí, los hay, Mercedes, son casi todos los artistas plásticos; se entrenan seriamente en talleres y escuelas, son bastante reservados, pudorosos, no simpatizan con el palabrerío, ni con la exhibición pública de sus personas. Las puestas en escena con elementos no convencionales forman una mínima parte del panorama de la plástica argentina, son rarezas que quedan fuera de la serie de su producción, a veces puro juego incidental con el objetivo de transmitir cierto mensaje. Y los que en serio pasan hambre tienen suficiente amor propio, no les gusta que cualquiera les tome el pelo.

A continuación, para ponerle un poco de sal a su insípido potaje, Pérez Bergliaffa transita por lo obvio en la mención especial de Marta Minujin –una personalidad excéntrica al corazón del discurso artístico, más preocupada por su permanencia en los medios que por pintar o esculpir (en este aspecto se acerca a las divas de la farándula televisiva, nada que ver con el carácter peculiar de los artistas plásticos). Pero el tono superfluo, falaz, hipócrita y ambivalente de este informe consiguen quitarle el escaso atractivo que el cholulismo podría haberle prestado. Porque, al mismo tiempo, la autora de la nota, como buena pequeña burguesa, tiene que rasgarse las vestiduras y echar cenizas sobre su cabeza para declamar, junto a uno de sus entrevistados, que «vivir acá haciendo arte es muy duro». Voilá; se puede decir lo mismo de vivir acá sosteniendo una pyme, trabajando en un estudio jurídico, empaquetando medias en una fábrica, o de electricista. Sin embargo, esta vana prédica, de que acá se está peor que allá –lugar común, si los hay, de la neurosis urbana–, también pudre, porque según convenga, acá es lo mejor que hay, o la peor desgracia posible. Si uno alguna vez vivió allá, ya se habrá dado cuenta de que la tragedia es esencial a todos los seres humanos, y no hay “islas de la pura felicidad” en este valle de lágrimas, porque todos padecemos la tiranía del deseo.

Finalmente, con formidable empeño, trepamos unos renglones más de esta escarpada subida, y clavamos nuestra bandera en la cima de la estulticia. A estas alturas se siente la falta de oxígeno; leemos: «uno aquí está muy lejos de los centros culturales, de los grandes centros de poder, eso es indudable», aseveración proseguida de los consabidos párrafos mendicantes a los funcionarios, que nunca deben omitirse. Pregunta: cuando Pérez Bergliaffa señala aquí, ¿a dónde se está refiriendo? ¿A Buenos Aires, la ciudad –junto a San Pablo– con mayor movida cultural de Sudamérica? ¿Por qué, en nombre del arte argentino, los críticos posan como víctimas, mientras, en realidad, se la pasan concheteando día y noche? ¿Qué mendigan, apelando a ese gimoteo?

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Página 3

La tres de última

Ya cuesta abajo, no por eso se hace necesariamente fácil la tarea de leer esta edición especial de Ñ . El cansancio mental, de lidiar con estos mamotretos, apenas permite levantar los párpados. A continuación, “Con los ojos en Latinoamérica”, redactada por Andrea Giunta, Premio Konex 2004 al ensayo de arte, doctora en filosofía y letras de la UBA, profesora de arte latinoamericano contemporáneo, investigadora del CONICET y del instituto de historia del arte Julio Payró, donde dirige el proyecto “Jorge Romero Brest y la Crítica del Arte en América Latina”, nota acerca del relativo interés que los museos estadounidenses demuestran por incorporar a sus colecciones las obras de los artistas latinoamericanos. Es un chaparrón otoñal: las letritas caen como gotas de lluvia, inundan de tinta el papel; cuando uno empieza a leerla, se da cuenta de que únicamente moja y da frío, así que lo mejor es guardarse a reparo, leerla desde el otro lado del vidrio, con ojos nostálgicos, pensativos y distantes, hasta que termina, igual que como había empezado, sin que haya ocurrido nada digno de mención. La gente vuelve a la calle, los árboles están un poco más pelados, la vecina barre las hojas, el perro mueve la cola. Y ya está, casi no dolió.

Falta menos. ¡Fuerza, compañeros! El reportaje a Mario Gilardoni podría terminar siendo lo más potable de esta edición, porque habla de guita y no se mete con el arte. Si a uno le interesa saber cuánto dinero mueve el mercado de las artes plásticas en Argentina, eso está comentado con claridad, sin versificación acerca del “arte como reconfigurador de representaciones”, o desvaríos por el estilo.

Luego, viene un informe sobre arteBA –acontecimiento que habría motivado, seguramente, todas estas “notas especiales”–, quizá la única que tiene razón de ser. Hace prensa sobre el evento, es un artículo normal y corriente sobre una feria de arte. Bah…

Y “Memoria electrónica del arte argentino”, se titula el último artículo del lote. Escribe Fernando García. Uno se siente inclinado a pensar que el propósito de los editores con esta nota sería ventilar, con un poco de aire fresco, el tufo de todo ese pategrás rancio que nos tiraron antes sobre la mesa. ¿Un toque de actualidad, quizá? No es simple darse cuenta; porque si las anteriores están escritas en una lengua muerta, acá nos da la impresión de estar leyendo cantonés: con el uso de ciertos términos importados de la órbita de la computación, García pretende darle a su nota un estilo actualizado. Pero no profundiza en el factor tecnológico, y al aterrizar estas categorías en un contexto extraño a las mismas, los “chat”, “juke box”, “computer”, “hardware”, “CPU”, “mouse”, “Laptop”, se posan en la página como moscas que uno desearía aplastar. Luego, al mezclar esta terminología en el mismo tono con otra más añejas –”flash”, “TV”, “happening”, “modélico”, “arty”–, más algunos ingredientes orientales de moda –”manga” y “animé”–, sin dejar de lado a Minujin, Warhol, y esa cháchara abstrusa de los “paintant”, “infotainment”, “videoesculturas” y “ZKM”, adivinamos que, en el fondo, se agazapa la misma afectación moribunda de las notas anteriores. Lo único que cambia es la textura de la sanata. Otro prejuicio muy estúpido, en el mundillo de la crítica de arte, desde hace unos cuantos años, ese de que se adquiere chapa de moderno, o especial, con sólo intercalar un guión en medio de una palabra: “media–art”, “tecno–pop”, “Minu–phone”, “Celu–Laren”, “cine–arte”. Que la corten, con la “pub–hada”.
 
R. I. P.

Final de la maratón. Levantemos los brazos, no por haber triunfado en nuestro cometido, sino porque los 50 centavos extra que nos han costado esas 25 páginas monótonas, latosas, inaguantables, son un asalto a mano armada. Está bien; llévense la guita, pero no nos hagan sufrir más. Un pobre escriba considera que, para redondear, sería necesario hacer la autocrítica. Allá vamos: Vieytes habla de sí mismo en tercera persona, o en neutro, o en modo potencial, como un vano intento por quedar menos comprometido en estas opiniones que vierte; luego, utiliza la primera persona del plural, refiriéndose a los lectores de estos artículos, aunque es consciente de que, excepto los correctores del suplemento Ñ, nadie (incluidos los editores) se habrá propuesto leer completas aquellas monsergas intragables. Ahora bien, ¿por qué tomarse el trabajo de analizar renglón por renglón todos esos folios, que a nadie le interesan? ¿Es envidia, o una revancha personal? ¿Alguno de esos críticos, o de los editores, le hizo una perrada, y Vieytes quiere vengarse? Tal vez; pero como le tenemos afecto al personaje (de hecho, es él mismo quien escribe estos renglones), dejémosle argumentar en su favor.

No, ni es una cuestión personal con ninguno de los columnistas analizados, ni un reproche que atañe con exclusividad al modo en que Ñ aborda sus notas sobre arte. Los defectos, vicios, prejuicios, ñoñerías y lugares comunes que exhiben estos artículos son la norma vigente, al menos en la prensa especializada argentina (en los medios españoles, por ejemplo, la crítica de arte se expresa con mayor desembarazo y vivacidad, ignoro por qué). Aquí, el problema es que el universo de la plástica se desarrolla al margen de las palabras, y es casi incompatible con ellas. Lo que pasa en los cuadros y las esculturas no se puede explicar con palabras: si se pudiera, el pintor no pintaría, se dedicaría a escribir, o a narrar. Recíprocamente, al especialista en redacciones de textos cortos –llámese periodista, columnista, o crítico– le resultan inaprehensibles las pinturas y esculturas, se le cierran de un modo hermético, lo miran ellas a él desde su muda bonanza, sin simpatía ni horror. Este fenómeno podría compararse con lo que ocurre en la prensa de música clásica, o jazz, o danza, o fotografía, disciplinas no ligadas en sí con la palabra; la misma sensación de aburrimiento nos acomete al leer las notas especializadas en estos temas, porque sus autores se ven limitados al aspecto técnico, o episódico, sin acercarse mínimamente a la experiencia estética. Pero como esos aspectos técnicos son tediosos, y los músicos clásicos, los jazzeros, las bailarinas y los fotógrafos suelen ser metódicos y rutinarios en sus costumbres, los cronistas se encuentran con que hay demasiado poco que decir. Teniendo en cuenta que los colaboradores en estos suplementos cobran proporcionalmente a la extensión de la nota publicada, entonces se entiende que rellenen con textos vacíos de contenido, veracidad e interés. Sí, lo verdaderamente pesado es este clima de solemnidad, grandilocuencia y prosopopeya de obituario (es notable que, en el cuerpo principal de Clarín, la sección “Panorama de la plástica” siempre comparte página con las necrológicas). En cambio, cuando entra en juego la palabra, y la música se hace canción, el movimiento escénico se transforma en teatro, la fotografía en cine, o televisión, ahí sí, el genio literario de cualquier periodista se despereza, actúa con frescura, talento, riqueza expresiva, ritmo, oportunidad, sentido del humor. Pero coloquemos a éste mismo periodista frente a una escultura y veremos cómo su espíritu empieza a apocarse, se oscurece y la fuerza, como Súperman en la proximidad de la kriptonita verde.

No es culpa de los periodistas; ni tampoco de aquéllos que hemos tomado como ejemplo arquetípico –Ana María Battistozzi, Mercedes Pérez Bergliaffa, o Fernando García (aunque éstos sí serían responsable, como “especialistas” que se dicen, por ofrecer sus servicios profesionales en la engañifa de hacer creer a los demás –igual que los adivinos– que ellos sí son capaces de explicar lo inexplicable). El obstáculo está en la imposibilidad de la tarea. Nada de lo que uno diga sobre la poesía, será poesía; valga lo mismo para la pintura. Casi todos los filósofos han encarado una reflexión sobre la estética, y ni aún reuniendo todas las versiones que han producido en su conjunto, se llega al meollo de la cuestión. El hilo de su discurso rodea la esfera, sin aproximarse nunca al centro.

¿Existe un remedio para este insalvable problema de comunicación? A simple vista, no lo hay. Solamente la sinceridad se nos ocurre digna. Sería más genuino decir «ese grabado de Berni le hace acordar al observador la alegría de cuando era chico, y se iba a bañar a la playa»; o «esta exposición tiene unos cuadros muy lindos, uno con membrillos que dan ganas de comérselos»; o «el artista usa mucho el celeste, pinta abstracto, son cuadros grandes que andarían bien en un living pintado de verde, y que, si no fueran tan caros, el público los compraría por docena»; o simplemente «se sale de esta muestra con ganas de mandar a los chicos a aprender dibujo con un profesor». La pintura y la escultura pertenecen al ámbito doméstico burgués; los pintores y escultores, desde siempre, son burgueses que producen objetos para ser vendidos a otros burgueses. La necesidad de un mensaje político, o social, o moral, que es menester interpretar, tuvo unas contados decenios de existencia, y fue nada más que un pequeño desvío del arte en su trayectoria natural, extravío prácticamente superado cuando caen el Muro de Berlín y la Unión Soviética, y se terminan las grandes guerras ideológicas del siglo pasado. Hoy los artistas quieren vender más cuadros, más esculturas, más grabados, como quien vende muebles, o adornos; la etapa del arte como medio para hacer las revoluciones habría concluido. Los museos y las galerías hacen las veces de vidriera, igual que la internet. Sin ánimo desafiante, después de hojear esas notas de Ñ, invito a los que tengan dudas, a que den una vueltita por las galerías: van a comprobar que la plástica argentina, hoy, va para atrás, vuelve a sus raíces burguesas, hacia el realismo y el naturalismo, hacia la abstracción académica, hacia el objeto que no perturba, y da tranquilidad y satisfacción a su propietario –el señor que se sienta a tomar coñac junto a la estufa, acompañado por su esposa y su cachorro de labrador.


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