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Xiao Baroque
Walter H. González
11 05 2006 - 17:00

Cuando se baja del tren en Xi An al mediodía, una atmósfera ardiente y brumosa oculta el extremo sur del andén. De esa luz repentina, del temblor de los ojos cansados por la lectura en marcha, surgen decenas, centenares de chinos cargando bolsas, canastos y bebés. Más bolsas que bebés. Algunos de los viajeros llevan el bai zheng, el gorro cilíndrico de tela blanca de los musulmanes. La estación Xi An Zhong Zhan, a diferencia de las otras dos que tiene la ciudad, está frente a la muralla de la ciudad vieja. Xi An fue capital imperial, y tiene una muralla impactante, oscura, altísima y en impecable estado. En las afueras, pueden verse los restos de la vieja muralla Han, pero esa es otra historia.

La entrada de la estación reverbera en reflejos cobrizos. Son las bicicletas-taxi, oxidadas, que revolotean en torno a la estación. – Dao zhong de da zhan -”a la torre de la campana” digo en chino a una mujer de boca larga y ojos cansados – shi wu kuai a -la mujer responde “son quince kuai

Me subo en el sillón de cuerina roja. La mujer pedalea. En cuanto dejamos la agitación del tumulto y cruzamos la muralla, entrando en la ciudad vieja, el tiempo y mi angustia de detienen. Ya no importa llegar.

Un hombre de piel oscura y barba blanca, con su gorro y su hajir musulmán sale de una mezquita. El templo está disimulado detrás de un puesto de venta de carne de cabra, y la aguja de la entrada está custodiada por un millar de moscas carnívoras. Estas son los argumentos de la brvedad de la mirada: la mugre y la sombra. Así los musulmanes son entre los budistas, y entre los hijos de los hijos de los maoistas.

Llegamos a la torre, pagué y despedí a la conductora de mi bicitaxi.

Después de dar unas vueltas para orientarme en la simetría de Xi An, encontré mi rumbo, y ejecuté los pasos conocidos. En encuentro, la charla, la disputa, el engaño y el éxtasis. Cena a las cinco de la tarde, con menos pez que serpiente. Algo de cerveza tibia y té verde.

Por la Xi Lu hacia la muralla, desde la torre, se llega a la altura de la gran mezquita Ab Bahar. Después del atardecer se percibe la cercanía del templo en el murmullo ancestral que aplasta el espíritu, y obliga a internarse en los callejones desde Xi Lu hacia arriba, al este. Las moscas, la mugre nuevamente. Entre toldos y carros llenos de animales muertos está la mezquita, blanquísima, recta y absurda, llena de luz.

Caminé entre los barrotes gastados de un jardín centenario, hoy alternados por el robo de las barras. Un chino me siguió con la mirada desde que entré a la calle principal, desde su ventana frente al tolderío. Yo también lo miré, y pensé en su vida, en su dentadura y su almuerzo.

Saqué algunas fotos, comí un bash bajiar de arroz con melaza y semillas. Eso me dejó satisfecho. “El tren de la noche sale en media hora, tengo que correr” pensé saboreando el bajiar pegoteado en mis dedos, y decidí pasar la noche en aquel inframundo atemporal, en el Xi An del atardecer. “Mañana será otro día, otro tren”.

Estuve un rato frente a la mezquita sin animarme a entrar. No porque supusiera que, tal vez, no fuese bien recibido. Nada de eso. Tan solo mantuve mi postura en la medianera que me toleraba como una medida de resguardo, para preservar la tibia serenidad en los movimientos del mundo. Me dejé observar, y eso fue todo.

“Tengo que buscar dónde pasar la noche”

Caminé de vuelta por el mismo camino hasta la Xi Lu, la avenida principal de la ciudad amurallada. Algunas luces me hirieron, y dejé el bolso en el piso para decidir que rumbo tomar. Fuera de las luces. La cerveza de la tarde latía en mi nuca. La memoria del sol, el sudor y la tierra pegadas a mi cuerpo.

Kan Kan Liu Liu decía un cartel a cien metros de la avenida, sobre una transversal. Me llamó la atención el arreglo de neones, complejo, fractal. Masajes. Entré, subí una escalera y esperé en un living adornado con un Buda de plástico dorado con dos velas-lamparita color naranja. El sonido a mi espalda me provocó recordar un Barock en Ciudad Universitaria. Tenía 4 o 5 años. Mi viejo tocaba, y yo estaba en el camarín. Me impactó el cambio en el ambiente, de la euforia del campo a la expectativa de los músicos aburridos. El silencio del sonido. Las caras, el viejo en calzones mirando el piso. Dejé el bolso entre las patas de la única silla y me senté. Tosí adrede para llamar la atención. De una puerta que no había visto surgió un chino han, flaco y morocho. Me ofreció un masaje.

-¿Va a pasar la noche en Xi An? -Preguntó en chino mi interlocutor.

-Así parece. Aunque todavía tengo la opción de tomar el micro de medianoche hacia Shanghai.

-Pase con Xiao Jie: un masaje con aceite de oliva y va a querer quedarse para siempre, dijo el chino y me señaló la puerta. 160 yuanes, escribió en un papelito que me entregó. Le dí la plata. Caminamos por un pasillo de madera, y al fondo golpeó una puerta. Xiao Jie, la masajista, abrió. Entré.

Escribo desde Xi An. Tal vez hoy vuelva a Shanghai, a la euforia del campo.


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Precalentamiento: El título.