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La demolición de la UBA
Tomás Abraham
10 May 2006, 07:03

Comencemos por lo simple, que de todos modos es complicado pero necesario para el profano; me refiero al sistema de gobierno de la universidad. En cada facultad hay un consejo directivo que es elegido por profesores, graduados y estudiantes. Las elecciones son obligatorias. Este consejo elige al decano. El consejo superior de la universidad está compuesto por los decanos de las facultades, representantes de los profesores, de los graduados y de los estudiantes. Estos delegados, los de las facultades y los del consejo superior reunidos en asamblea universitaria, votan al nuevo rector.
FUBA es un asociación gremial estudiantil cuya dirigencia es votada por aquellos que quieren hacerlo y que no superan en número a unos pocos militantes. No representan a los estudiantes en el gobierno universitario. Son ellos los que no quieren que la asamblea universitaria funcione. En la universidad hay una población de trescientos mil, entre profesores y alumnos; los de FUBA deben ser quinientos. Dicen que el candidato de la mayoría fue funcionario de la dictadura. Horacio Verbitsky, a quien no se le puede adosar simpatías por el Proceso, sostiene que su cargo en la Municipalidad fue técnico.
La palabra técnico para identificar una relación laboral con los criminales de Estado es confusa. No había puestos técnicos salvo para los albañiles de las casas de gobierno, o para contadores de alguna administración. Ni siquiera los chapistas de los falcons pueden aducir neutralidad técnica. Ni siquiera Menotti. Pero tampoco es ético buchonear a diestra y siniestra, y menos con el poder judicial en donde buena parte de la izquierda progresista mantuvo su empleo jurídico en esos años.
Los de la FUBA afirman que sólo un mínimo porcentaje de los profesores están representados ya que la exigencia es que sean concursados. No pueden votar los interinos.
Los profesores auxiliares docentes votan en el claustro de los graduados. La desidia del sistema burocrático impidió que se lleven a cabo los concursos, de todos modos habría que modificar la legislación para que pasen de graduados al claustro de profesores.
Peripecias diferentes ocurren en lo que respecta a los concursos de profesores titulares. Soy profesor titular regular de la UBA, trabajo en ella desde 1984, fui profesor en varias facultades, dos veces concursado en el Ciclo Básico Común y no puedo votar porque mi recinto de enseñanza no tiene autonomía académica y depende del rectorado. Los dos mil profesores del CBC estamos esperando luego de veinte años que asuman la evidencia de que existimos. Así que en esta faena de la asamblea universitaria soy un kelper, o un profesor bastardo a pesar de mis concursos.
En el año 1994 me presenté al llamado a concurso de la materia filosofía de la carrera de sociología en la Facultad de Ciencias Sociales. Luego de doce años me acaba de llegar una carta en la que se anula el mismo porque pasó demasiado tiempo sin que lo efectivizaran. ¿Por qué no se realizó? Para que se mantuviera el interino toda la vida, quien compartía criterios ideológicos con el centro de estudiantes y otras adyencias del gobierno de la facultad. Mi caso, por supuesto, no es una excepción.
De ahí que el reclamo en nombre de la democracia para que se extienda la facultad electiva a todos los profesores, concursados o no, oculta maniobras poco limpias. Es cierto que el concurso no es garantía ni de objetividad ni de idoneidad. Tuve que sufrir más de un jurado cuyos miembros siempre provenían de pequeños grupos académicos que se autoelegían durante años y que tenían una concepción de la filosofía además de pobre y estéril, sectaria. Gané y perdí, los increpé públicamente y pude obtener a Dios gracias un lugar marginal en la universidad que me permite enseñar lo que quiero, formar docentes, y tener toda la libertad y el tiempo que necesito para crear mis propios espacios.
Hay que mejorar el sistema o inventar otro, pero los interinatos tutelados mediante coberturas ideológicas se deshace por su inmoralidad a pesar de las apelaciones a los derechos humanos y otros símbolos rematados en la subasta política.
El rector Guillermo Jaim Etcheverry no quiere terminar sus días penando un muerto. Ya con un herido, la FUBA tuvo lo que quiso, una víctima necesaria para poder movilizar un poco más de gente. Más allá de los entretelones, las alianzas y las trenzas que se deben armar en los corrillos y en reuniones off-shore de la universidad en las que quizás participe, Echeverri ha declinado su candidatura, y ha pasado de ser un hombre independiente de las estructuras políticas, alabado por los sectores liberales que admiraban su clamor por “ la tragedia educativa”, a la denostación generalizada por su blandura, falta de autoridad y resonancia delarruista. Pero parece que prefiere este tipo de caricaturización a que aparezca una víctima de la que se lo hará responsable dada la característica que tiene la lucha callejera en nuestro país.
Hay quienes hablan de que Alterini implica el retorno de la política schuberoffista, calificada como la más deleznable de todas. Aquel rector gobernó la universidad durante tres períodos, fue reelegido dos veces. Representó los intereses mayoritarios de la comunidad universitaria. Si tres asambleas universitarias lo colocaron ahí, no es para llorar ahora a la doncella engañada. Ya nadie cree en los lamentos de las vírgenes. Franja Morada y sus mayores del partido Radical, no hicieron más que satisfacer los deseos de la izquierda cultural y académica. Ingreso irrestricto, estancias vitalicias para estudiantes crónicos, libertades académicas, interinos eternos, un reino antimenemista que conformó a muchos. La plata de las fotocopias, los negocios de los centros de estudiantes, los nombramientos políticos en dependencias del rectorado y en el personal de la UBA, también beneficiaron a muchos y ahora a otros. Los bienes terrenales que el ex rector poseería según viejas denuncias periodísticas en Miami o Minessotta, no derivan hasta la fecha del presupuesto de la UBA, deben surgir, si existen, de negocios que permite el poder público y que aprovecha más de una autoridad.
El tema no es el chancho, sino quien le da de comer. Y ahora que el chancho ya no está, queda muy sexy denigrarlo porque no molesta, pero cuando ahí estaba, se lo reelegía.
Fui nombrado representante del CBC ante el Consejo Superior de la Universidad en tiempos de Schuberoff, asistí a cuatro reuniones y dejé de ir. Todo eso no servía para nada, un coro de decanos dormitando y diciendo burradas, con estudiantes protestando ante amenazas de destete, no era buen escenario para gente ocupada.
Dejo para los especialistas en política univesitaria, expertos en la anatomía de los intereses en juego, en la lucha entre fracciones, en las políticas educativas que representan, la colisión entre facultades tradicionales y otras de corte investigativo, conocedores de la torta presupuestaria, de la fusión entre la barra de Chacarita y los sectores que responden a Nosiglia, heraldos al tanto de la irrupción de los nuevos grupos kirchneristas que quieren poner el pié en la universidad, augures de las aspiraciones participativas de los enemigos de Franz Kafka –el que mejor los describió–. Me refiero a la falange de bedeles que se definen por la partícula privativa de no docentes; y a tantas otras cosas de las que no estoy al tanto y que muchos seguramente completarán con su saber. Dejo todo eso para ellos, aunque lo más triste que puede pasar es que los ineptos nos ganen por cansancio, por no querer tributarles todo nuestro tiempo para comprender las etapas de un intento de demolición.
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