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Denominación de Origen
Fernando Tebele
26 04 2006 - 11:13

Soy judío. Ser judío está tan ligado a lo religioso, por propios y extraños, que a menudo me encuentro explicando que soy judío agnóstico; judío cultural, agnóstico filosófico.

Luego de la primaria de la cole en el Maimónides, mis viejos me mandaron al estatal Hipólito Vieytes de Caballito. Corría el año 1983, así que —al menos durante el primer año— la rigidez todavía gobernaba en el colegio. Aún recuerdo al preceptor Macías pasando todos los días por detrás de cada uno de los alumnos; nosotros bien sentaditos, controlando que el pelo no superara el cuello de la camisa. También recuerdo que fue la primera vez que me discriminaron. De los 50 compañeros, unos 20 éramos judíos. Mariano de Pedro fue el primero que me dijo judío de mierda. Es el mismo que me puso de sobrenombre Tatú, apodo que me acompañó durante la secundaria y algunos años más. Nunca se lo admití, claro, pero me caía exacto: negro, peinadito al costado y el más chiquito de todos, sólo me faltaba gritar: “el avión, el avión” ¡Cuánto odié que me llamaran así!

Lamentablemente, de Pedro no era el único que nos despreciaba de hecho y palabra; muy pronto se sumaría el tano Cifarelli y luego otros. A mí me costaba entender dónde habían aprendido eso, porque estoy seguro de que no era algo que nosotros, esos pelotuditos de trece años, hubiésemos generado. Ya en quinto año, unos diez chicos decidieron encarar su propio viaje de egresados. Por supuesto que allí no había ninguno de nosotros. El resto, judíos y cristianos, viajamos juntos.

Hace algunos días, un diálogo espantoso me transportó nuevamente a lo peor de aquellos años.

Soy periodista desde hace dieciocho años, pero como no me gusta escribir cualquier cosa en el medio que sea, vivo económicamente de otra actividad. Eso me permite llevar adelante mi profesión con gusto, aunque cada vez me resulte más difícil sentirme cómodo en algún lugar. La esperanza no es, de ninguna manera, lo último que se pierde, pero aún la conservo en mi mochila cargada de sueños.

A la empresa familiar entonces. Colaborando en la fabricación de llaveros.

En uno de los talleres con los que trabajamos, regenteado por un par de hermanos y sus empleados, cualquiera de estas tardes, ni recuerdo cómo, llegué a mantener el siguiente diálogo con uno de los dueños:

—Che, ¿vos sos judío?

—Sí y vos sos prejuicioso me parece —respondí, también prejuicioso.

—¿En serio son judíos? —ya lo agregó a mi hermano, abandonando la personalización.

—Sí, ¿por qué? ¿qué tiene?

—No, es que no parecen.

Sé que debí haberme sentido afortunado. El tipo, en realidad, aún sosteniendo uno de los primeros mandamientos del decálogo antisemita, nos estaba elogiando. No nos parecemos a lo que él piensa generalmente de los judíos, que no es nada bueno por lo visto. Aunque luego intentó arreglarla diciendo que había conocido algunos macanudos (el segundo mandamiento antisemita: tener, por lo menos, un amigo judío), entre los que estamos nosotros supongo.

Podría ser una anécdota. Un hecho aislado. Pero la verdad que no es así. Me sucede, aunque no en forma tan grosera, bastante seguido.

Debo aclarar que no lo mandé a la mierda. Todavía no entiendo por qué. Sobre todo teniendo en cuenta que suelo enviar al demonio por mucho menos que eso.

Conozco La alameda. Era la sede de la Asamblea de Parque Avellaneda en los días gloriosos de 2001/2002, antes de que la clase media porteña regresara a sus privilegios y abandonara el canto: “piquete y cacerola, la lucha es una sola”; la cacerola nuevamente a la cocina y los piqueteros otra vez detrás de la General Paz, que es una suerte de alfombra debajo de la cual los porteños barremos la miseria ajena, que no es más que nuestra propia miseria sufrida por otros.

Como la gran mayoría, esa Asamblea se rompió. En el viejo bar abandonado de la esquina de Directorio y Lacarra, que había sido recuperado, quedó en funcionamiento un comedor comunitario. Gustavo Vera, permaneció allí como referente de un grupo de fieles militantes. Se sorprendieron al ver que casi la totalidad de los asistentes eran bolivianos. En el trato diario, comenzaron a conocer la modalidad del trabajo esclavo. Decidieron armar una cooperativa, al tiempo que denunciaron esas frecuentes prácticas esclavizantes ante la comisaría de la zona y la defensoría del pueblo porteña. Mientras tanto, resistieron varios intentos de desalojo motorizados por la Liga de rematadores. Aprovechando los planes estatales “Manos a la obra” compraron máquinas y comenzaron a coser su dignidad: siguen siendo pobres, pero ya no humillados.

Luego de los muertos en el taller clandestino de Caballito, parte de los trabajadores esclavos y sus punteros talleristas (también bolivianos, intermediarios entre los empresarios y los trabajadores) comenzaron una serie de movilizaciones. Durante las marchas y escraches, recorrieron los puntos de la discordia.

Comenzaron con La alameda, pues tras sus denuncias contra el trabajo esclavo, sumadas a los cadáveres calcinados e indocumentados de Caballito, se “descubrieron” y cerraron muchos de esos talleres, con la consecuente pérdida de cama y trabajo para los inmigrantes; siguieron con los comercios de la calle Avellaneda y terminaron en los de Once, quienes compran una parte de la mercadería que los bolivianos producen. El cartel más grande decía: “Coreanos y judíos explotadores”. Más allá de que los dirigentes bolivianos se disculparon ante los judíos y coreanos en una reunión organizada por el Gobierno porteño, me interesa lo que sucede por debajo de ellos. Y para mucha gente esa consigna es verdadera.

Los explotadores de esos trabajadores son hijos de puta; ni judíos, ni coreanos, ni bolivianos, ni nada más que hijos de puta; y en todo caso, si quisiéramos encontrarles un denominador común, quizá debiera ser de clase, no de comunidad. ¿Acaso quienes aprovechan la mano de obra barata, extranjera e indocumentada en España o Francia son también coreanos y judíos? El ser impiadoso e inescrupuloso no es patrimonio de una comunidad; forma parte, más bien, de una manera de concebir las relaciones humanas, donde el dinero es poder y el poder se ejerce de cualquier manera sobre aquel que podamos. Eso, hasta dónde llegan mis conocimientos, es una cuestión de clases sociales y no de comunidades. Si los bolivianos hubieran sido necesarios para otros rubros, hubiesen sido explotados por otros patrones, argentinos “puros” ellos, aunque habríamos evitado el facilismo de coreanizar o judaizar a los malos.

De todas maneras, me detuve en el antisemitismo porque es aquella discriminación que más conozco; porque hoy, en la Argentina, es mucho más difícil ser boliviano, gitano, homosexual y tantas otras minorías antes que judío.

Así como luego de la explosión de la AMIA fuimos todos judíos por un rato, tras el incendio del taller de costura —por denominarlo de alguna manera— todos fuimos bolivianos por un lapso. El problema es que esa identificación solidaria nos dura poco y muy pronto cada cual vuelve a ser lo que es y olvida que podría ser como el otro.

Cualquier persona que desea habitar el suelo argentino y pertenece a una minoría sabe que lo discriminan, explícitamente o con el silencio perturbador de una mirada de reojo. Somos una sociedad que mira altanera a todo aquello diferente que la rodea. Una sociedad que discrimina, somete a quien tiene a su alcance y que decidió organizar sus relaciones humanas, sociales y comerciales con el sistema más adecuado para tal fin: el capitalismo.


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