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Dobles

30 03 2006 - 09:41

En retrospectiva siempre se es más inteligente, me dirán, pero yo tengo pruebas de que lo supe antes. Antes de las campañas de vacunación forzada, antes de que parientes y vecinos comenzaran a desaparecer al primer estornudo, antes de que las autoridades decidieran sacrificar, junto con las aves de cualquier tipo y color, a todos los animales domésticos, incluida “por lamentables errores logísticos” alguna que otra mucama eslava.

Lo supe, para ser precisos, cuando aparecieron las remeras con inscripciones supuestamente graciosas. Ya en el diario y en la televisión me había sorprendido la cantidad de bromas que empezaron a circular ni bien se detectaron las primeras aves enfermas al norte del país, como si la gripe aviar que desde hacía meses venía avanzando “a vuelo de pájaro” desde Asia no fuera una enfermedad mortal sino, para recurrir a otro de los chascarrillos comunes de ese entonces, un “ave de paso”. En vez de aprovechar el tiempo de ventaja para idear estrategias de prevención, parecía que todos nuestros expertos se hubieran dedicado exclusivamente a preparar humoradas de bienvenida. ¡Con lo buenos que somos los alemanes para desarrollar aspirinas y lo malos que somos haciendo chistes!

De todas esas remeras que empezaron a proliferar hacia enero de 2006 (“Yo sobreviví a la gripe”, “Mi esperma protege contra la gripe”, “Gripe on tour” y la lista de los países que ya habían sido infectados, “Protejan a sus pajaritos” y el dibujo de una gallina tapada por un profiláctico), de todas esas prendas 100% algodón; la más inescrupulosa, aunque la más elocuente también, era una ilustrada por un pato enfermo, con bufanda y ojos vidriosos, que llevaba una valija donde se leía: “Mundial 2006: Yo estuve ahí”. A más tardar con esa remera uno ya podía prever todo lo que vendría después, clara señal de que ellos también sabían. Sabían que el virus, en principio limitado a las aves, luego extendido a los animales domésticos, hacia abril ya había mutado y se contagiaba de hombre a hombre, por lo que una pandemia con millones de muertos como la ocurrida a principios de siglo XX en España era algo más que una mera hipótesis de hipocondríacos trasnochados. No por cautela ni por negligencia sino por un frío cálculo económico que al final se revelaría como trágicamente erróneo, las autoridades se mantuvieron siempre un paso atrás: cuando el virus mató a las primeras aves, se dedicaron a hacer bromas; cuando el virus ya estaba entre los animales domésticos, empezaron a matar a las aves; cuando el virus pasó a los humanos, se acordaron de sacrificar a los animales domésticos. Y después ya era demasiado tarde: los primeros turistas y los primeros equipos empezaban a llegar al país, el inminente campeonato de fútbol se comía como un cáncer toda la realidad.

Así es más o menos como ahora intentan explicarlo ellos, pero lo cierto, lo que yo intuí acertadamente desde un principio (tengo pruebas incontestables de ello), es que se trató de una decisión premeditada y por completo racional. Años de preparativos, millones y millones de euros de inversión, contratos internacionales de todo tipo, en una palabra: el negocio de la década no iba a ser arruinado por una gripe. “Nadie deja de salir a la cancha porque tiene catarro”, había bromeado Franz Beckenbauer para jolgorio de la prensa internacional (“Un mundo generoso: hasta los alemanes hacen chistes”, tituló el Daily News; más tarde, después de mi última carta de lectores, titularía “Auschwitz 2006: ¡Todos lo sabían!” con foto de Beckenbauer en el uniforme de la SS).

Porque Beckenbauer fue uno de los máximos responsables de que la máquina mundialista no se detuviera a tiempo. Con la gripe le pasó algo similar a lo que le ocurrió con los estadios. Como se recordará, a principios de 2006 el organismo de control Stiftung Warentest descubrió fallas severas en los sistemas de evacuación de los estadios, por lo que los calificó de “trampas mortales”. Beckenbauer, reconocidamente un hombre sereno de buenos modales, respondió diciendo que ese organismo obsoleto e inservible estaba conformado por sabelotodos pedantes que lo único que sabían era criticar a los demás. Su bravuconada futbolera fue aplaudida por todos los sectores involucrados en el negocio, es decir todo Alemania menos el organismo en cuestión (en el que tengo el honor de haber trabajado durante 35 años y del que ahora soy, por méritos acumulados, capacidad demostrada y falta de personal, director). Más tarde, como se sabe, la tragedia que tuvo lugar en el estadio de Gelsenkirchen mientras Argentina le ganaba a Inglaterra por 7 a 0 con seis goles del arquero Abbondanzieri demostraría que Beckenbauer se había equivocado severamente, incluso penalmente.

A falta de organismos oficiales (mi informe respectivo fue censurado por el entonces director de Stiftung Warentest, el cuñado de Beckenbauer, que fue quien reemplazó al director anterior, el que publicó el informe vilipendiando a los estadios, quien era el verdadero padre de dos de los hijos de Beckenbauer), a falta de mi informe, algún allegado o su propia inteligencia (no por nada Beckenbauer es handicap 7 de golf) tiene que haberle sugerido que con la cantidad de gente que vendría de todos los continentes, la gripe se difundiría a nivel planetario, diezmando la población terrestre en cuestión de semanas. Comparada con esa trampa global, la local de Gelsenkirchen, incluso si se computa la derrota inglesa, no es más que moco de pavo.

Pero el Kaiser hizo caso omiso a tan diáfana evidencia y, lo que es peor, no vivió para pagar su culpa. Ni él ni su doble. Porque la primera víctima fatal de alto rango, el Freddie Mercury de la gripe aviar por así decirlo, fue el Kaiser de Munich. Hoy que el rumor se ha confirmado parece fácil decirlo, pero yo tengo testigos de que lo supe desde antes del mundial. Ya se lo veía desmejorado cuando salió a hacer esa gira ridícula por los países participantes, gira que tenía como único objetivo alejarlo del epicentro de la peste pero que acabó matándolo. Nunca se sabría dónde lanzó su último estornudo, pero lo cierto es que a Alemania no volvió un bávaro sino un hombre de Baden-Württemberg tratando de imitar el acento de Munich. Era todavía un matiz manejable: el tercer Beckenbauer era un hijo de inmigrantes griegos de fuerte acento hanseático y el cuarto era un puertorriqueño al que tuvieron que declarar en constante afonía porque al parecer no hablaba ni el castellano de forma correcta.

El tema de los dobles fue clave durante el mundial. Los organizadores, los medios de comunicación, la policía, las panaderías, todos perdían a sus empleados precipitadamente, y no les quedaba más opción que reemplazarlos por otros. Tarea relativamente sencilla en su caso, pues sólo se aceleraban los procesos de renovación de personal que ya venían aplicando desde hacía tiempo, pero no así para los equipos. Para ellos, conseguir un reemplazo era prácticamente imposible. Sólo look alikes podían ocupar el puesto de los caídos en combate, y como todo el mundo conocía a los jugadores, los dobles debían ser poco menos que perfectos. Ahora bien: ¿cómo encontrar un tipo parecido a Ballack que también sepa jugar como él al fútbol? ¿Cómo conseguir, en casos de jugadores como Carlos Tévez, alguien con un rostro siquiera vagamente similar?

Cada seleccionado se las ingenió como pudo: los norteamericanos se hicieron asesorar por un equipo de dobles presidenciales, dobles de Hollywood y Michael Jackson; los alemanes reunieron a sus pensadores más excelsos en un congreso sobre “La importancia del doble en Dostoievsky, la filosofía de Heidegger y el fútbol actual”; los ecuatorianos adoptaron el pelo largo de los indios de Otavalo pero peinado para adelante, los angolanos salían con máscaras autóctonas y los argentinos con sombreros de tango bien calados; los árabes se cubrían con un velo (según ellos en defensa de los derechos de la mujer), lo españoles con las banderas vasca, catalana y gallega pintadas en sus caras, los checos con la bandera de Eslovaquia, los franceses con la de Argelia y los ingleses con la de Argentina (todos en defensa de las minorías de sus respectivos territorios) y los brasileros jugaban con el rostro embadurnado en betún (como advertencia sobre los efectos de tomar sol en exceso).

Los únicos que no recurrieron a estas estratagemas más o menos evidentes fueron los coreanos. Del principio al final del campeonato jugaron con el mismo equipo que el 9 de julio de 2006, frente a un mermado equipo alemán y para sorpresa de todos (menos la mía), se coronó campeón del mundo (“¡Mocosos! ¡Mocosos!”, coreaban los coreanos). La prensa local, que había convenido silenciar cualquier alusión a la gripe para no entorpecer la consagración de su equipo (que creían asegurada luego de que el plantel brasileño se retirara alegando que las frutas en Alemania no sabían a nada, que llovía demasiado y que las alemanas no estaban tan buenas como se dice), la prensa local comentó resentida que los “asiáticos sesgados que nos trajeron la peste” (_Bild Zeitung_, 10/9/2006) ya eran inmunes a ella y por eso pudieron llegar a la final con su equipo intacto. ¡Qué ingenuidad! Del equipo coreano primigenio no quedaba un solo jugador, pasa que como para nosotros son todos iguales nadie se dio cuenta de los cambios. El tintorero coreano de la vuelta de casa me confirmó la sospecha: él mismo había estado en el banco de suplentes del equipo campeón. “Pero no se haga mala sangre: si esto pasaba en el mundial de Corea en 2002, seguro que ustedes salían campeones”, me aseguró.

El coreano me pedía que no me hiciera mala sangre por haber perdido una final de fútbol mientras la gente desaparecía a manos de la policía sanitaria o caía muerta en la calle por falta de lugar en los hospitales, así de insensibilizado estaba el pueblo. Tan buena fue la campaña de ridiculización de la gripe que cuando terminó el mundial y las autoridades empezaron las campañas de vacunación forzada con jeringas en los asientos de los transportes públicos, en los teclados de las computadoras de los Cybercafés, en las manijas de las bolsitas de las promotoras callejeras de cremas humectantes de alta calidad, la gente no hizo caso: “Si ya nos vacunaron los amarillos”, bromeaban.

Se probaron otros métodos de concientización: sacar versiones de La Peste de Camus con dibujos de Günter Grass, mandar a Claudia Schiffer a modelar con paquetes de antigripales cubriéndole los pezones, poner “Mi enfermedad” por Fabiana Cantilo como cortina musical en todos los noticieros. Pero ni así la gente se lo tomó en serio. Y hoy, mientras se hipotetiza con que en cuestión de meses no quedarán más que algunos primates en la Isla de Pascua, mientras el mundo se hunde en una marea de mocos verdes, mientras se especula con enriquecer el número de energías renovables con la así llamada fuerza estornudaril, mientras Spielberg anuncia su próximo melodrama histórico y mientras a mí me empieza a doler la garganta, hoy el único consuelo que nos queda es que la gripe ha demostrado que el mundo es un pañuelo, y un pañuelo del tamaño del mundo es exactamente lo que ahora estaríamos necesitando.


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