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Fernando Pérez
17 February 2006, 20:29
La Comisaría 13° Certifica que en esta Dependencia se labran actuaciones caratuladas “ROBO Y PRIVACION ILEGAL DE LA LIBERTAD” con intervención de la Fiscalía Nacional en lo Criminal de Instrucción N° 10 a cargo del Dr. Juan Manuel SANSONE por ante la Secretaría a cargo de la Dra. Jaquelina AGUIRRE donde resulta parte damnificada el Sr. FERNANDO GABRIEL PEREZ, ARGENTINO DE 33 AÑOS DE EDAD, EMPLEADO, SOLTERO, DD. EN NICOLAS REPETTO XXX, CAP. FED., TEL: 4431-XXXX, quien declaro: Que vive en el lugar que aportara como domicilio desde hace unos cuatro años a la fecha, manifestando que su finca está compuesta por la planta baja, primer piso y terraza.
Y sí, cuando a uno le preguntan por su barrio preferido en las encuestas de tp de fin de año sigue poniendo Caballito. Para llegar a dicha elección uno prioriza las calles empedradas, los árboles que aún no taló el Gobierno de la Ciudad, los bares como el del gallego Manolo, que hace las mejores papas fritas con huevos fritos de la zona, sin marcar y como minuta, como deben ser. La parrillita JJ de la calle Rojas y el pasaje Ortega es como el living comedor de tu casa. En Acapulco, una cuadra más allá por Rojas, las pastas rellenas a la Príncipe de Nápoli o a la Scarparo hay que pedirlas como media porción porque con una comen casi cuatro. En fin, miles de razones. En esos momentos de debilidad no se te cruza por la cabeza que el frente de tu casa pueda ser usado como un muro artificial para practicar free-climbing a las tres de la mañana.
Respecto al hecho que motiva la presente refiere que en el día de la fecha (11 de Febrero de 2006) siendo las 02.30 horas aproximadamente, en circunstancias en que se hallaba en el primer piso, más precisamente en el dormitorio, mirando la televisión, momento en el cual sorpresivamente ingresa al mismo, una persona del sexo masculino, de contextura delgada, quien presentaba el rostro cubierto con un pasamontaña, a punta de pistola, al mismo tiempo que le refería “DATE VUELTA, NO ME MIRES” a la vez que se abalanza sobre el deponente, quien se encontraba en la cama, procediendo a atar sus manos en la espalda, bendando (sic) sus ojos.
Así, fue nomás. En realidad, el deponente estaba acostado en su futón leyendo el Anuario Brascó 2006 de los vinos argentinos, un poco harto de sus quejidos huachos contra el “Papa” de los vinos, Robert Parker, un crítico del Wine Spectator cuyos pequeños buches al catarlos define el mercado mundial de vinos, y por ende el nuestro, con sus puntajes del 80 al 100. Una especie de “Greenspan” (aún no retirado) cuyas pontificaciones inciden sobre los enólogos y bodegueros al vinificar desde Napa Valley, en California, hasta Martinborough, en Nueva Zelanda. Desde ese lugar (el futón), en las milésimas de segundo que tenés para ponerte en el lugar de descriptor con un chumbo apuntándote, cualquiera parece alto si no es bajo, flaco si no es gordo, sin rostro si lo tiene cubierto. De fondo, el televisor en el canal TyC Sports y la repetición de la final de la Copa de Africa que acababa de ganar Egipto por penales a Costa de Marfil y todo era vítores en los simpatizantes del país de las Pirámides. En eso estaba, cuando se abrió la puerta de mi cuarto y apareció un doble del subcomandante zapatista de su etapa insurgente y “a punta de pistola” me dijo lo que me dijo y sin mayores protocolos se me tiró en encima, y con una doble Nelson, pasó a atarme las manos. La sensación de verlo entrar en mi cuarto me remitió inmediatamente a la infancia, cuando uno se colaba en las quintas aledañas para afanar ciruelas sin imaginar al perro que esperaba adentro cumpliendo su rol de guardián. Y uno corría (y luego trepaba) a refugiarse en la copa de un árbol con el corazón dando flor de respingo mientras se acomodaba en el pecho. Pensaba esto mientras me ataban y me ponían una venda en los ojos. Marcos, con el arma como estandarte, me clavó una rodilla en la espalda.
—¿Sabés que es esto?
Nunca, aunque me afanaran cien mil veces, hubiere podido responder esa pregunta. El silencio me sigue pareciendo la mejor respuesta a pesar del coscorrón con el caño del arma.
—Sí —se resignó Marcos, jadeando un poco—. Esto es un robo.
Enseguida me pidió una autobiografía personal. Con quién vivía; si iba a venir alguien; si la perra mordía —se ve que la vio durmiendo al entrar. Ella se portó como una lady, no emitió ladrido hasta el mediodía cuando la saque a pasear y se cruzó con otro perro en actitud desafiante. A diferencia de su padre (el de la perra), que en una finca de Mendoza, me dibujó un ta te ti en el pecho con sus caninos. Se ve que la mordida no se hereda.
Seguidamente le exhigió (sic) le dijera el lugar donde guarda el dinero, mientras le apoyaba el arma de fuego sobre la nuca y al decirle el sitio, comenzó la búsqueda juntamente con el dicente, llevándolo hasta la planta baja, más precisamente en la cocina, lugar dónde hallo la suma aproximadamente del MIL ($1000) pesos en efectivos.
Justamente. Lo que faltaba eran efectivos. No es fácil, atado sobre la cama, explicarle a un ladrón que la plata está en el fondo de una caja de madera de té Mazawatee, en la planta baja, en la cocina, en los estantes laterales de la mesada, y que para acceder al dinero en cuestión hay que sacar primero la bolsa de Earl Grey en hebras. Desistí, “llevame a la cocina y te muestro donde está”, le dije. “Y yo soy boludo, no te hagas el vivo”. Cuando comencé de nuevo a recitar las coordenadas del botín, me agarró de un brazo, llevándome abajo. La escalera es bastante empinada y con la luz apagada el periplo era como una primera clase de manejo en los autitos chocadores del Italpark. Pero el tipo fue bastante galante. Cuando mi frente dio de lleno contra el marco de la puerta de la cocina, se disculpó: “Fue culpa mía”. Ya nos íbamos entendiendo.
Una vez que tenía el dinero en su poder lo trasladó nuevamente al interior del dormitorio, donde ató sus piernas; hace recordar que todo el acontecimiento fue siempre con los ojos tapados con un trapo.
Otra vez atado de “pies y manos”, acostado boca abajo con el cuello hacia un costado (acepten mi consejo: empiecen yoga ya) me enteré de que el botín no era suficiente:
—Esta no es la guita. Dónde está porque te quemo.
—No hay más guita, es toda la que tengo, aunque des vuelta la casa no vas a encontrar más.
Contó la plata y presionó aún más el caño contra la nuca.
—Esta casa no es de 550 pesos— insistió.
Ni tampoco de 43/70, pensé. Calculaba que en la caja de Mazawatee debía haber, por lo bajo, mil pesos. ¿Me estará probando?, me pregunté.
—No hay más plata, no te miento. Lleváte la computadora (la iBook ya estaba perdida, la tenía a lado de la cama y no iba a tardar en verla) y lo que quieras, pero toda la plata que hay estaba en la caja.
Cuando se fue bajé a revisar la caja, porque Marcos me había tatuado en la mente esos 550. Encontré otros 400 mangos.
En ese instante le solicita dos bolsos para luego comenzar a guardar en los mismos, UN (1) Reproductor de VHS, UN (1) aparato de DVD, UN (1) E-BOOCK APPLE MACKINTOSH, modelo G-3, UN (1) reloj pulcera (sic), marca HUGO BOSS y ropas varias, no pudiendo precisar la cantidad de las mismas, tomando además su Documento Nacional de Identidad Nro. 23.050.333, expedido por el Registro Nacional de las Personas, DOS (2) Tarjetas de Créditos, AMERICAN EXPRESS Y MASTERCARD, emitidas por American Express y el Banco Francés, respectivamente.
El poder de síntesis del ayudante de la Comisaría 13°. Me imagino que es la regla y no la excepción. Propongo pasantías como escriba de constancias de denuncias en las comisarías de la ciudad; me parece un ámbito más propicio que muchos talleres literarios para desarrollar las calidades literarias de nuestras jóvenes guardias. Hasta se podría implementar un concurso a la mejor denuncia escrita, con un primer premio que consista en una custodia de seis meses en el domicilio del ganador. Lo que está claro que Marquitos no pidió dos bolsos, sino que tomó los que encontró, luego de preguntar dónde había bolsos. Detalle menor si quieren.
El llenado de bolsos duró tres horas, en un constante ida y vuelta al dormitorio. La vuelta a mi cuarto era siempre igual: “Acá hay más guita, no me mientas, porque te voy a quemar.” A veces punteándome con el caño para inyectarle énfasis a la amenaza, otras mientras metía cosas en el bolso (son inconfundibles los bufidos de un bolso al ser llenado más allá de su capacidad). La salida de mi cuarto, hacia otros ámbitos de la casa, era más inquietante:
—¿Dónde están los artículos de limpieza?
Le dije dónde pensando que mi perra perdería el olfato en forma permanente a causa del Blem. En otra ida:
—¿Dónde están los peines?
—Te imaginarás que no uso —le dije—, pero en el baño debe haber alguno.
Yo estaba boca abajo en la cama y la única visión que tenía Marquitos de mí, era una calvicie incipiente y mi orto enfundado en un boxer negro. El sube y baja duró unas tres horas. Marquitos me mangueó fasos (se llevó mis cigarros correntinos), me tomó el cognac de la abuela, se vistió con mi ropa, previo acicalamiento (a eso se refería son “artículos de limpieza”). Ah, y me afanó el desodorante, de ahí venían los pssssssttttt! que yo imaginaba en el hocico de mi perra.
Antes de irse, mientras revolvía la pieza (cuando estaba en el dormitorio me tranquilizaba un poco, porque lo oía trabajar a conciencia), Marcos encontró una caja negra de estilo austero pero que se veía cara, la abrió y no encontró nada. Insistió y encontró una libreta con forma de documento que tenía números seriados y todo. No tardó en preguntarme si era mi documento, a lo cual respondí obviamente que no podía ver y por lo tanto no sabía de qué estaba hablando. Pero que mi documento tenía una cubierta o funda negra (para que no se desintegre con el uso, de esas que se venden en los trenes).
—Sí. ¿Vos te llamás Hugo?”
—¿Hugo?
Pensé que el boludo de Marquitos había confundido el dato que le habían pasado y se había metido en la casa equivocada.
—Si —algo irritado—, ¿Vos te llamás, Hugo? ¿Hugo Boss?
—No, Marquitos, esa es la garantía del reloj— dije, obviando el Marquitos. Chau reloj, pensé.
Deja constancia que, a prima facie, no vio signos de violencia en las puertas de ingreso o ventanas, creyendo que posiblemente el sujeto haya ingresado por un patio externo que se comunica a un living, saliendo del mismo existe un pasillo que da a su finalización con el dormitorio. Después de preparar los bolsos con los elementos sustraídos, le solicitó la llave de ingreso, procediendo a retirarse del lugar por la puerta de ingreso.
La última vez que subió, Marquitos se sentó a mi lado en la cama y me preguntó si me llamaba Fernando Pérez (había encontrado el DNI). Sí, le dije. “Gusto”, dijo en voz baja, apenas audible. Se levantó y salió del cuarto, y nunca más lo audí (sic).
Una vez que el deponente pudo desatarse, llamó por teléfono a su padre para que le hacerque (sic) unas copias de las llaves. Cabe destacar que el masculino dejó en el domicilio, la ropa que llevaba puesta, cambiándose con las prendas del declarante. Respecto al malviviente no lo podría reconocer por vistas fotográficas, ni en forma personal en razón de que en todo momento tenía cubierto el rostro, agregando que a raíz del hecho no resultó lesionado.
Sufrí más la denuncia que la visita de Marquitos. Al menos la de él no fue al pedo. El desfile de oficiales y compañía para sacar fotos con una Kodak descartable y la constancia del oficial de camisa Armada para alabar la arquitectura y el diseño de la casa (no estoy jodiendo, casi le paso el número de teléfono del arquitecto). La chica de Huellas o Rastros, o como corno se llame, con su pincel embadurnando cuando aparato se le cruzara por el camino (blanco para las superficies oscuras, gris para las blancas). Muy simpática, pero no encontrando una sola huella. Ni siquiera mía.
Es todo. LA PRESENTE SE EXTIENDE A SOLICITUD DEL INTERESADO. CONSTE. BUENOS AIRES, 11 DE FEBRERO DE 2006.
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