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the south downs
Acá falta algo. Ya va.
Estamos ordenando.
Mientras tanto:
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Julieta Mortati
16 02 2006 - 21:31
Hay gente que sabe contar. Muchos no terminaron la escuela secundaria, tienen poca plata, viven afuera de la gran urbe y si alguna vez hicieron un viaje, fue al pueblo provincial donde nacieron sus padres, para el casamiento de algún primo lejano. Sin dormir, con los ojos atentos sobre la velocidad de la ruta, la estampita en la cartera y los sanguchitos aguardando en el taper. Trabajan. De lunes a viernes, a eso de las seis y media de la mañana ya prendieron la ducha o llenaron el balde. Si no cobran por hora, lo hacen en negro. Y si se toman el tren, lo hacen en las horas pico, cuando en la masividad tipo ganado, a cada uno le sale lo peor de sí.
De vez en cuando miran la tele. No leen el diario, no van al cine, ni al teatro, ni a comer afuera. Y no es por la plata, sino porque por más cine gratis que organice el Gobierno de la Ciudad al aire libre, no se les ocurre. (¿Debería ocurrírseles? o ¿Una política cultural progre efectiva debería abarcar a todos?) Como no quieren quedar involucrados en los problemas de nadie tienen poco trato con los vecinos.
Matan el tiempo. Llevan una vida de sacrifico interceptada por los problemas de salud familiares. Se la pasan resolviendo. El nene llora, el chupete. Se vuelca la leche, se baja el fuego. El colectivo no viene, se espera. La única satisfacción que encuentran en la escritura es poder dejar una nota que se entienda. Por eso no les preocupan los errores de ortografía y agradecen a la suerte saber leer para no firmar lo que no se debe. A esa ecuación lógica se les reduce la vida.
Si ya terminaron de planchar, de baldear la vereda o de dormir a los nietos, se sientan en un banquito del patio delantero a tomar mate amargo con la pava recién pulida. Como si no necesitaran de ningún estímulo salvo la tranquilidad de haberlo hecho. Para que las responsabilidades, una vez resueltas, pesen menos, aunque al otro día, haya que repetir la misma secuencia. Preparar el mismo desayuno, en la misma taza, sobre la misma mesa, con las mismas pantuflas puestas, y en el mismo movimiento, abrir la puerta.
Pero saben contar. Como si cantaran una de esas canciones que te sientan y te dejan los ojos embobados. Pueden hilar diversos temas por una hora y media seguida sin perder el hilo de sensaciones, argumento, descripciones, concepciones y dilema.
Así me cuenta Gilda, la señora que viene a limpiar casa los viernes, cuando me habla. Antes de ir a trabajar a la fábrica de los caracteres y las páginas en blanco la escucho. Parada sobre la mesada de la cocina agarra las tazas de los modulares altos y con la franela en la mano me cuenta los nuevos episodios de su dramática vida, que no necesita engrosar con ningún drama de ficción. Porque no se aburre o probablemente porque el aburrimiento no sea una de cus preocupaciones.
Creo que Gilda estaría de acuerdo en decir que el último momento de tensión que vivió fue el casamiento con el padre de sus hijos. Viven en el mismo terreno pero en casas diferentes de La Ferrere —Los Ciudavitecos cantan: “En La Ferrere mucha gente muere/ y en Isidro Casanova el 38 está de moda…”. Él le lleva más de veinte años y ella quedó embarazada por primera vez a los 15. Él le pegaba y ella lo abandonó. Al tiempo, por la bebida, dice Gilda, al tipo le agarró diabetes. Por eso quedó ciego, con una úlcera en la pierna y sin los dedos del pie izquierdo. Ella volvió para cuidarlo. La cuestión es que se tuvieron que casar para que cuando él muriese a ella le siguieran pagando la pensión.
—¡Gilda, cásese, son sólo papeles! ¿Qué está esperando?
—¡Ay, Juli! Es que con sólo pensar que tengo que llevar el apellido del padre de mis hijos, me agarra escalofrío…
Fue un acto civil. En el momento de la declaración, Gilda le dio un beso en la mejilla y listo, ya está, como si fuera una vacuna, ya pasó.
A Gilda la ponen feliz los siete perros pequineses que le mueven la cola cuando vuelve de trabajar. La ponen furiosa las gallinas del marido. Se ríe de su nieto que caza palomas y después se las come.
Gilda sabe contar. Y además tiene buenas historias para contar. Pero no por lo segundo ocurre lo primero, más bien lo contrario.
Esta mañana, apenas entró me dijo que estaba mal. Ni triste, ni más o menos, sino mal, directo, al frente. Y una pregunta obvia –“¿Qué pasó?”– bastó para que me terminara hablando de su concepción de la muerte: un viaje lejos, lejos… Y para que me contara que su suegra tuvo una “muerte rara”. Parece que la señora empezó a engordar y engordar y un curandero le pidió a los hijos que le llevaran pis de ella para salvarla. Cuando estaban en camino, pincharon una rueda de la bicicleta y el pis se empezó a endurecer. Cuando llegaron a lo del curandero, él les dijo que ya no podía hacer nada, ella ya estaba muerta. Gorda, engualichada y con un sapo adentro de su panza que empezó a croar.
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Ahí estaba yo, disociando la cintura de la cadera frente a un espejo del Shopping Abasto, mientras mi papa metía la cabeza adentro del baúl del Ford Fiesta Max que estaba en exposición.
Si hay algo que disfruto de los shoppings y de los supermercados y de los aeropuertos y de las estaciones de trenes modernas, es el piso. Son lisos, brillantes, claros, limpios y resbaladizos con la suspensión justa para bailar cuando nadie mira. Es en esa especie de anonimato panóptico que puedo marcar con más ímpetu los pasos de tango que me dejaron de tarea los profes Sebastián y Eugenia. Como si fuera una estrella de los “Encerados del Consumo y del No Lugar”.
En el subsuelo del shopping, debajo del asfalto de la avenida Corrientes, estaba Daniel 27 millones con su gorrita de guardia de seguridad, los pantalones gris oficial y el pelo corto reglamentario. Entonces le digo, porque me mira, y porque en ese momento mi papá se puso a inspeccionar la parte delantera del nuevo Ford, en cuatro.
Estoy tratando de ver si puedo separar la cadera para relajar las piernas y que los pasos me salgan mejor.
Yo jugaba al golf y también tenía que practicar.
¿Al golf? Pero ese es un deporte caro… ¿como hacías? ¿Qué hacés acá?
Bueno, esto fue hace dos años, yo era caddy y empecé a jugar. En el deporte hay que tener paciencia, estás un tiempo practicando y de un día para el otro das un paso de golpe.
¿Cómo?
Mirá, yo practicaba y practicaba y parece que no avanzás, que siempre estás en el mismo nivel… –y en el mismo tono de la conversación siguió– ahí viene mi jefe, viene mi jefe.
¡Ah! —dije, señalando la escalera mecánica—¡Los cines arriba!
Me alejé, apenas se dieron vuelta se volvió a acercar. El handy hacía ruido y en menos de 5 minutos que duró la conversación fuimos interrumpidos como seis veces y Daniel dijo por lo menos cuatro veces que el baño queda “a veinte metros hacia la izquierda”.
Entonces… estaba en el mismo nivel hasta que un día hice 300 yardas de una. Ya te digo, es de un día para el otro, hasta que te das cuenta de que empezás a tirar más fuerte que tus compañeros. No sabés por qué, pero lo ves.
Pero cuánto tiempo estuviste hasta “el gran golpe”.
Unos tres o cuatro años.
Hablamos de Tiger Woods
¿Es el swing?
Sí, pero también tiene mucha fuerza. La técnica hay que sentirla.
Esa fue su última sentencia, yo me sentía hablando con un gurú de la expresión corporal. Y le dije: “Woods es el deportista mejor pago, así que por favor, reestablecé contactos con la gente del club de golf o ponete a dar clases en un country. A ver verde y tocar verdes. Se cobra un montón.” Le dije que se cobra un montón.
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¿A qué iba todo esto? ¿A que no hace falta saber para contar? Puede ser. Es más, cuanta menos instrucción, menos formateo. Porque lo que se sabe es lo oficial y cuanto menos se conozcan sus privilegios (la comodidad, básicamente, de escribir como se debe, de vivir como se debe, de trabajar como se debe, de dormir cuando se debe), menor es la tentación de formar parte, de estar adentro. Salvo que seas muuuy inteligente, y te des cuenta de todo.
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