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Eliseo Brener
28 January 2006, 13:55
Ayer, en las playas del sudoeste de Necochea, cerca de algo que se llama Las Grutas y que todavía no sé qué es, el sol se puso a las 20:10 y (tal como lo indica la cartografía mental) bajaba allá al fondo, hacia nuestra derecha mirando el mar y sobre la arena. No sobre el agua ni tampoco hacia nuestras espaldas.
Para verlo, uno tenía que inclinarse y entonces corroborar que aún en ese momento y siendo una playa apartada, las personas que estaban ahí eran muchas. Más de las que yo quisiera ver ahí, al menos. Cuestión que en el preciso momento que el sol dejaba de lastimar la vista y se convertía en una esfera preciosa, tridimensional, un sol pixar, justo ahí se encontraban unos pibes antepuestos, en línea recta, que encendían una fogata que tapaba el hundimiento. Desde ese momento, me quedé pensando que esto debería tener algún significado más allá de quejarme porque unos pibes me tapan el sol.
Un poco antes, por la tarde (quizá fuera la tarde del día anterior, pero acá uno pierde noción del tiempo) yo intentaba comprar una leche chocolatada para mi hijo en la proveeduría del camping de Suteba. La puerta de la proveeduría es una lona verde con polietileno que hace de ventana, está cerrada y su conformación tan vulnerable me hace pensar en lo relativo de los impedimentos, en lo diverso de las codificaciones de acuerdo a los contextos. Un viejo albino, barbudo y pelilargo, sentado en una reposera bajo un árbol cercano me ve realizar toda la verificación sin decir una palabra (porque cerciorarme es llegar hasta la lona y ver que no cede así nomás). Al preguntarle a qué hora abre la proveeduría, me responde:
– No le escuché decir buenas tardes señor buenas tardes señor la proveeduría abre a las cinco señor de nada señor.
Y yo sé que ese camping pertenece a un gremio de trabajadores de la educación, y entonces este encuentro es una alegoría que dejaría de serlo en el país de las maravillas. Este viejito se parece a Hermeto Pascoal pero no es, y yo tampoco soy Alicia, aunque así me llaman los gringos cuando intentan pronunciar mi nombre. Algo debe haber ahí, pero no tengo encima el libro de Lewis Carroll. Prometo releerlo a mi regreso.
Nosotros estamos en el camping del Gremio de los Camioneros. Es un lugar tan nuevo que la proveeduría todavía no está habilitada, y entonces uno tiene que ir a hacer las compras al camping vecino de los Educadores, o al que está más allá de los Trabajadores Sanitarios, o más allá todavía, de los Trabajadores Rurales y Estibadores.
Necochea es una ciudad que parece apresada entre el río y el parque. Hacia el noreste el límite es el río Quequén, importante puerto de las épocas del Granero del Mundo. El río forma un estuario apto para barcos de gran calado, y en las inmediaciones hay silos, calles empedradas, cercos de esos que impiden acercarse a los puertos, prostíbulos y restaurantes donde el pescado es obsesión. Hacia el sudoeste se encuentra el parque Miguel Lillo, que en un mapa se lo ve tan grande como al resto de la ciudad (que ya es bastante grande). Aparentemente, en la planificación original se proyectó que hubiera un espacio verde que nunca resultara insuficiente, pero quedó desproporcionado.
La ciudad entonces crece alejándose interminablemente del mar, y como el parque es un patrimonio público, resulta escandaloso planificar algún tipo de crecimiento sobre la costa. De ahí la sensación de ciudad encorsetada. En el centro que se encuentra sobre la playa (porque también hay un centro viejo, el verdadero centro para los oriundos) el paisaje es abrumador: peatonales improvisadas donde los superpanchos pesan medio kilo cada uno e inundan las veredas de papas fritas secas, los sacoas se amontonan de a cinco por cuadra y todo da la sensación de esas kermesses que obsesionaban a Ray Bradbury, en las que uno se preguntaba qué corno sería el confetti: el futuro ya llegó y es bastante diferente, o bien cuando yo leía esos libros me imaginaba las cosas equivocadas. Las chicas que siguen los pasos de baile que les indican las máquinas y entonces pisan y patean los tateti gigantes como si fueran rayuelas inexplicables, algunas veces tienen onda. Eche veinte centavos en la ranura de nuestros días, para chicas.
Las playas en las que termina ese centro siguen el modelo de la familia peronista aggiornada: franja de estacionamiento, franja de carpas, franja de arena seca que está siempre hirviendo, franja de sombrillas pegadas unas a otras, franja de tejo, paleta y circulación peatonal, bañistas. Unos amigos de Coronel Pringles tienen departamento en la peatonal y ahí pasamos los primeros (dos) días. Ellos disfrutan de aire puro todo el año y parece que para ellos eso es el paraíso. Hace unos días yo le comentaba a la redacción de TP que nunca vi tan clara la relatividad de los puntos de vista, pero dejate de joder: acá hay algo más que todavía no pude descubrir. Lo seguiré intentando.
Por el momento parece que esto fuera una mezcla de revival con elementos de modernidad. En las épocas fundacionales del amontonamiento veraniego no existía el filtro solar, y las sombrillas no salían nueve pesos. Acá todavía hay veraneantes de toda la vida, que se encuentran por la playa y se saludan y el resto del año no saben el uno del otro. Hay vendedores en carritos que se van jubilando y les pasan la posta de los barquillos a los más jóvenes. Pero además hay tipos que van arrastrando por la playa unas canoas egipcias, cargadas de disfraces. Los clientes interesados se suben a las canoas y se ponen los disfraces, mientras los familiares los bañan con luces de flashes que se pierden en el sol y se forma una medialuna fértil, un páramo que el público presente libera. Porque la foto es, sigue siendo, de las cosas que inspiran mayor respeto en nuestra época.
El interés antropológico se termina pronto, y no porque el campo no sea interesante, ni tampoco porque no haya fundaciones que financien el paper. Una vez leí acerca de un antropólogo que se había internado en no sé qué tribu y que permanecía impávido mientras los aborígenes se despiojaban unos a otros. Los estudiados aparentemente le habían tomado cariño al investigador, y entonces uno se le acercó y le tiró un puñado de piojos en la cabeza, para que no se sintiera tan afuera del asunto. Acá es parecido, sólo que el antropólogo empiojado se sentía reconfortado.
Habrá más, sin embargo.
En el próximo número: algunos acercamientos a cómo expandir una ciudad balnearia cuando un río ancho y un parque irrenunciable le cierran el paso, una visita a la vecina y satelital ciudad de Quequén y su relación con las Islas Malvinas y un paseo por las playas alejadas de Costa Bonita. No cambie de canal.
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