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Gabriel Puricelli
7 February 2006, 15:05
Si usted quiere una versión in your face de Caracas, intente tomar, de noche, un atajo en el camino entre el aeropuerto internacional y el centro de la ciudad: le puede pasar lo que a uno, verse atrapado en un interminable embotellamiento en la ladera de un cerro del que cuelga un barrio (cosa que quiere decir algo bien distinto de lo que significa en Buenos Aires o Madrid), con el bus en el que uno se encuentra a menos de un metro –a izquierda y derecha– de las paredes de las casas precarias autoconstruidas por los pobres del extremo metropolitano que mira el Caribe azul. No es la situación en la que uno se sentiría menos amenazado, a pesar de que esté a bordo de un micro del Ministerio del Trabajo venezolano y de estar acompañado (amén del audaz chofer) por un funcionario del mismo.
Como probablemente algunos sepan, el viaducto que permitía a la autopista que unía los dos puntos geográficos de que hablamos sortear a gran altura el hondo valle que se extiende entre dos cerros de la cordillera que muere junto al mar, colapsó hace algunas semanas. El gobierno ha debido entonces recurrir a la habilitación por turnos de la vieja carretera Caracas-La Guaira, que no puede ser utilizada en simultáneo por el tránsito pesado que va en una y el que va en la otra dirección. Como primera consecuencia, algunos calculan una caída de un punto porcentual en el crecimiento del PBI venezolano durante el año 2006. Como segunda, una incomodidad difícil de adjetivar y que alcanza con democrática magnanimidad a viajeros de negocios, ociosos turistas y atareados trabajadores que viven en barrios como ese en el que el destino nos atrapara después de aterrizar en la terminal aérea que no puede llevar otro nombre que el del ubicuo Simón Bolívar.
Pero volviendo al micro atascado en el laberinto de esa versión venezolana de las favelas, después de admirar cómo en esos empinados y altísimos cerros se pueden no sólo construir casas, invariablemente de material y de dos plantas, sino establecer algo así como un sistema de calles, lejos de la mano del estado y ajenos a cualquier noción –siquiera vaga—de planificación, llega el contacto con los vecinos. Primero están esos laburantes que vuelven a sus casas desde el centro de Caracas, La Guaira o Catía La Mar, trepados a camiones con materiales para la construcción, apretujados en minibuses (que allá llaman camionetas) o aún en desvencijados taxis, que llegan a sus casas quién sabe después de cuántas horas de tribulaciones con el tráfico. En segundo lugar, la “barra de la esquina” (si se puede llamar esquinas a las intersecciones incongruentes de las tortuosas calles), que se dedica con particular entusiasmo a dar indicaciones a los vehículos, de los que no caben más de uno en la calzada: sólo en algunos improvisados descansos se puede retomar o pueden pasar dos al mismo tiempo, lo que obliga a constantes parates mientras se negocia cuáles suben y cuáles bajan.
El sueldo módico de ese entusiasmo equivale a la generosidad circunstancial de los que van al volante. Pero la reacción de la barra de la esquina es una si sus integrantes dan por descontado que los que viajan en los vehículos son nativos, en el sentido más estrecho del término, y otra, si perciben un color de piel o un acento disonantes. La duración de los embotellamientos y la cercanía casi íntima a que obliga lo exiguo del espacio facilita a los curiosos inventariar el contenido del micro en que viajamos: dos empleados estatales venezolanos y cinco pasajeros de tez un poco más clara que los curiosos, que ya asoman sus cabezas coronadas por gorras de béisbol por las ventanillas.
Primera reacción instintiva de los que ahora están haciendo el censo del micro:
– ¡Aquí no queremos escuálidos!
Se refieren a las clases urbanas acomodadas antichavistas, que los pasajeros del micro no han tenido aún la oportunidad de conocer y que los de la barra probablemente hayan visto sólo por la tele. Aunque, claro, la rotura del viaducto lleva seguramente a gente insospechada a perderse por lugares insospechados, una vez que se ven obligados a abandonar la autopista, produciendo encuentros interclasistas del todo azarosos.
El chofer del micro reacciona con rapidez (el otro empleado ministerial ha descendido para negociar con el tránsito que circula en dirección contraria), diciendo de la carga que transporta:
–¡Son compañeros de Argentina que vienen a apoyar la Revolución!
Dicho lo cual (conjetura audaz del chofer), la sospecha de que se trata de escuálidos se desvanece y aparece súbitamente una corriente (unidireccional, por cierto) de confianza:
–¡Ah! ¡Boludos!
–¡Boludos! (a coro).
Los minutos breves e interminables que siguen, transcurren en esa zona de confusión en la que uno se pregunta si lo están cargando o lo están insultando, aunque últimamente el porteño hablado abusa tanto del “¡boludo!” que el apelativo se sobrelleva con alguna hidalguía. Eso, hasta que uno de los de la barrita que se asoma a la ventanilla (mientras otro se fija si las puertas del micro están cerradas) se dirige a sus cómplices diciendo:
–Son cinco…
Lo cual no hace sino poner de relieve la leve inferioridad numérica en que se hallan los pasajeros, que se hace abrumadora por la condición de visitantes de éstos y por la diferencia en kilos que separa al aguerrido pack de forwards local y al desprevenido seleccionado de delicados fullbacks de la academia argentina. La providencial vuelta hacia el micro del funcionario venezolano que se había apeado anteriormente del mismo da lugar a una cacofonía en la que los de la barra nos manguean algo “para tomar un fresco” y nuestro anfitrión les recuerda que “los compañeros vienen a apoyar la revolución y ustedes les vienen a pedir”. Finalmente el tránsito se mueve y el embotellamiento se disuelve.
Dos horas después, el micro está de nuevo en el punto de partida, cerca del aeropuerto, adonde tuvo que volver para cargar nafta y para empalmar el camino largo, que se había querido evitar con el desafortunado atajo. Faltan más de tres horas para llegar a Caracas, atravesando los sinuosos y elevados caminos de las montañas que dan al mar, en el que la lluvia es una compañía constante y las nubes, un obstáculo que acecha apenas se asciende una cuesta.
Para completar la inmersión en la realidad (La Realidad, que no es sólo una localidad chiapaneca bajo control zapatista), la llegada a Caracas no depara otra cosa que un hotel ubicado en una zona de tugurios nocturnos (que de día amanece como una Avenida Warnes llena de charcos de aceite hidrogenado y gasoil), que tiene una reja por puerta de entrada y por guardia de seguridad a un gordo retacón con incongruente voz de soprano y unos ojos verdes, de pupilas pequeñísimas, incongruentes con el resto de su humanidad.
–¿Habría algún lugar cerca para ir a comprar unos refrescos? (no hay máquina expendedora en el albergue, desde ya).
–A esta hora, no les recomiendo que salgan a caminar por aquí…
–…
–¿Van a salir igual?
–Msé, volvemos enseguida.
Sólo nos atrevemos a atravesar el tumulto de gente que se agolpa ante la puerta del tugurio a metros del hotel, porque hay una patrulla policial detenida allí mismo, pero más allá sólo hay un amenazador hueco techado por una autopista y la expedición termina antes de que nos hayamos alejado más de una cuadra de la seguridad que espera tras las rejas: la de la puerta del hotel y la que hay que abrir antes de abrir la puerta del cuarto.
Caracas da oportunidades para reconciliarse con ella de día, con su subterráneo impecable y puntual, las vistas de sus cerros verdes y los escenarios post-apocalípticos que dejó la arquitectura moderna del boom petrolero anterior. Pero eso sólo lo sabrá uno después de dormir intranquilo en el hotel, preguntándose durante el duermevela qué vino a hacer a este lugar.
Continuará.
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