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Huili Raffo
27 January 2006, 06:03

“Nos sentimos felices, aunque siempre confiamos en la victoria. [El nuevo gobierno] quiere poner fin a la pobreza de este pueblo, a la falta de trabajo y de libertad.”

Es emocionante la gesta boliviana, y afirmación anterior no tiene nada que ver con ella. O sí.

¡Sí! Los blogs son literatura y el triunfo de Hamas es parte del giro a la izquierda gracias al cual no hay más Marchas de la Resistencia. En cuanto termine de desayunar me vuelvo a meter en la cama y me quedo ahí para siempre.

¿Para qué? ¿Para qué? ¿Para qué? Eso es lo único que dicen los pocos loros que se quedaron a pasar el invierno en Europa. Me los sigo encontrando todos los días en el parque. Tardé meses en entender a qué se referían. Siempre me pareció que hablaban de TP (¿para qué hacés eso?), pero lo que me perdía en la traducción era el alcance del diagnóstico. Los loros pretenden que uno abandone toda inclinacion social. No llegan a desarrollar una argumentación objetivista (son loros), ni les hace falta, con el pragmatismo que les da una vida de comer, volar y reproducirse. Los loros quieren que uno se dé por vencido porque son buenos y simples, porque saben que la batalla está perdida de antemano. Y porque “izquierda” no quiere decir nada para ellos, ni les importa.

Me quedo sin argumentos muy rápido durante mis conversaciones con los loros, porque mi definición de “izquierda” es tan arbitraria como cualquier otra. Tiendo a pensar que el giro a la izquierda del que habla todo el mundo no es más que una cooptación del término, un andamiaje mediante el cual viejas supersticiones se funden con reivindicaciones igual de viejas pero remastered —24 bits, from the original tapes! El autismo con traje y corbata de los 90 es el autismo con poncho hoy; ambos dedican todos sus esfuerzos a la defensa corporativa de lo que entra en su sistema predeterminado, ambos basan sus acciones en no escuchar a nadie que no piense y diga exactamente lo mismo que ellos, y el tiempo pasa y después te morís. Los loros asienten, qué problema hay. Es una diferencia semántica. No le digas “izquierda”. Decíle “morcilla”.

Pero uno es obstinado.

Por algún motivo misterioso, Página publica hoy un reportaje a Perón. No es, lamentablemente, una entrevista de ultratumba sino una vieja, con respuestas pronunciadas por el General cuando estaba vivo:

—La historia tiene su lógica inexorable, y el porvenir pertenecerá, tarde o temprano, a quienes entiendan las premisas básicas.

Faltan unas cuatro décadas para que Página publique un reportaje a Simon Baron-Cohen, director del Centro de Investigación del Autismo en Cambridge, pero por suerte uno lo puede leer en Edge. Hace años que Baron-Cohen acuñó la definición de “systemizer” para definir a alguien cuyo proceso fundamental de pensamiento requiere entenderlo todo de acuerdo a leyes y reglas. Las premisas básicas. Baron-Cohen está bastante convencido de que una pareja en la cual ambos padres con esencialmente sistemizadores es el caldo de cultivo ideal para la aparición del autismo infantil.

Las premisas básicas cambian todo el tiempo, y no es la incapacidad de percibir estos cambios sino la de reconocerlos explícitamente lo que conduce a la patología que hoy expresan los diarios del planeta (con la Argentina en el Top 5).

Los loros acotan que se podrían hacer mil analogías de este tipo, de distinto signo, hablando a favor o en contra de medio mundo. La diferencia está en que si te ponés a charlar de política con Baron-Cohen, el tipo te sorprende con un planteo que sí es de izquierda. De “izquierda” según los parámetros de uno, no de morcilla.

Baron-Cohen sugiere la posibilidad de un sistema político basado en la empatía, en oposición a todos los que conocemos, que están basados en parámetros legales y sistemas de pensamiento preexistentes. Cortandolá con obtener poder a partir de la confrontación y después (en el mejor de los casos, el más democrático) revisar las reglas y las leyes mediante la confrontación y el combate.

“First you analyse the most effective form of combat (itself a system) to win. If we do x, then we will obtain outcome y. Then you adjust the legal code (another system). If we pass law A, we will obtain outcome B.”

Para Baron-Cohen eso es un embole (para mí también). Lo que él propone a cambio —una organización maricona y flexible de la política alrededor de la duda, las preguntas y el diálogo— cumple con todos los requisitos para ser igualmente catastrófico en términos de gestión, pero por lo menos es interesante. Hay una idea ahí. No hay un sistema. Y no es casual, porque Baron-Cohen desconfía de los sistemas. ¿Pero entonces cómo hacés? Ah, qué se yo.

Algo falta en la hipótesis de Baron-Cohen, y es reconocer el hecho de que en los estratos intermedios de la sociedad en la que él vive, la confrontación es anatema. Y gana Bush, igual. Mientras en las sociedades que nos son culturalmente más afines (y que son, curiosamente, mucho más dinámicas en lo político, aunque culturalmente estén hechas mierda), la confrontación es la base de cada sobremesa, cada desayuno, cada elección, cada tapa de Clarín. Más allá de estos reparos, lo de Baron-Cohen es interesante porque su reformulación —que se ubica en las antípodas de los métodos y las convicciones que hoy se proclaman “de izquierda”— parte de una convicción que es privativa del pensamiento de izquierda: que la gente es buena.

Yo tengo mis serias dudas, y más que nunca hoy, que ganó Hamás. Pero, de todos modos, “empatía” sigue sonando mucho mejor que “las premisas básicas”.


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