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Esteban Schmidt
24 January 2006, 12:56
Cuando sea grande quiero tener un vice jefe, un vice amigo, un vice algo como Jorge Telerman. Leal y copado que cuando yo inicie la segunda semana de juicio político por algo así como crímenes como contra la humanidad (por eso lo contraté a Strasera) él esté abrazando a una mamá con su hija trasplantada en brazos, rodeado de cientos de guardapolvos blancos salvadores, como hizo esta mañana en la Casa Cuna. Cuando tenga vice algos así, seguro que voy a poder dormir sin Rivotril.
Mientras tanto, mientras no tengo nada, nada de vices, una bici apenas, bises, si querés, que escucho de recitales que me bajo como un loquito, como un nerd con el emule, tratando de atrapar la felicidad de una banda en vivo, en mi cuarto de trabajo, solo, con un copón de vino o un farol de JB o un porongo enorme verde de mate caliente hecho con agua mineral, depende la hora. Así es este mediodía. Este es el tono.
Más tarde seremos más felices. Hay que olvidar a Telerman, por lo pronto, y a todos los Telerman para seguir intentando algo en la calle, en la vida, algo que no sea la pura renta. Algo como llevar un proyecto a una oficina, que alguien crea que es bueno, y que cumplido el tiempo de ejecución tenga algunos resultados. Telerman deprime. Lo veo solo en la casa, poniéndose prolijo como Patrick Bateman, ensayando en el espejo el punto exacto entre el maricón fino y el macho perverso, reteniendo nombres propios para que lo sientan cerca.
Un diputado macrista me dijo en una comida que una de las cosas que más lo calentaban de su trabajo en la legislatura era cuando Telerman lo invitaba a su oficina y al entrar sentía el olor de un café recién hecho, un café que Telerman le contaba se hacía traer de tal lado, y el pobrecito macrista, macrista de casualidad, acomodoba su culo gordo en el sillón, excitado por esa sensación de clase business y el otro le contaba de sus viajes y anécdotas. Eran los días que se armaba Cromañón, Callejeros sonaba en las radios, Juan di Natale entrevista al faseado del baterista como si fuera a Zizek, los amigos de Vilma hacían la vista gorda e Ibarra hacía el fino de cuánta necesitaba para ser el vicepresidente y en varias oficinas se hacían las cuentas de cuánta les hacía falta a ellos para otras cosas, más del orden de las piscinas y los autos.
Y este macrista hacía los movimientos mentales y físicos de sofisticación y acomodo para entrarle en el cerebro a Telerman y Telerman, el propio, para capturar la atención del derechista.
En fin, casi vomito el café con leche tardío en el Piacere de Gurruchaga y Paraguay al ver que Telerman escuchaba con atención a los médicos que trasplantaron a Berenice en la Casa Cuna. Pero tanto mejor me hallaba concentrado mirando la tele que leyendo el diario donde todo es cada vez peor. En La Nación, por ejemplo, ayer pusieron “Falleció la ballena del Tamesis”. ¿Falleció hijos de puta? ¿Desde cuándo fallecen las ballenas? ¿Qué intento de aliviar es ese? Porque cuando uno escucha que alguien dice “la tía falleció” es para darle un toque de dignidad, viste, a algo más oscureli, que la tía se está pudriendo desde ayer a las 21:37. No, no es por el sinónimo, no es para mostrar lenguaje, es para ocultar la muerta. Como en un velorio bien organizado. Ahora estas frígidas de La Nación resolvieron que la ballena falleció. Bueh. Hoy se les ocurrió que lo de La Tablada fue hace 16 años. Pero si fue en 1989, son 17 años. ¿Para qué titulás con los años que pasaron si titulás mal, pelotuda?
Por lo tanto la tele muda, el cuello para arriba eran mejor plan. Al lado mío, además, había un señor que me guiñó el ojo al entrar al bar y que si yo mostraba alguna desconcentración se me hubiera puesto a hablar, como hizo las últimas cuatro veces que lo vi. Porque resulta que él vive a la vuelta del Banco Río en Acasusso. Y bueno, esa casualidad para mí debiera ser increíble. Algo que qué lo parió. Bueno, no, flaco. Yo viví toda mi vida a una cuadra del Pato Carret y no enganché nada por eso. Gracias a Dios nunca tuve que ir a bailar ni mencionar mi vecindad con Carret. Quién sabe en el geriátrico eso sirva para algo. Morite.
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