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Eliseo Brener
22 January 2006, 14:47
En Esmeralda casi Corrientes, a mano izquierda, hay un autoservicio coreano con verdulería en la parte de adelante. El verdulero ahí te vende a precio de oficina, considerando que le vas a comprar un durazno antes que un kilo, y así los frutos dificilmente bajen de un peso por unidad. Lo cual tampoco es excesivamente abusivo, teniendo en cuenta que en unos cuantos metros a la redonda (y en esa zona hablar de algunos metros es una inmensidad) la alternativa alimentaria más natural que se puede encontrar deben ser los superpanchos que se venden en los quioscos cercanos al Ópera o al Gran Rex.
El local de los coreanos tiene la pátina mugrienta de lo establecido mucho tiempo atrás pero, hasta hace pocos años, en su lugar había un restaurante vegetariano, eterno al menos desde que yo ando por ahí. El dueño era una rata que tenía instrumental de precisión para lograr que la perforación de las latas de aceite de oliva no permitiera extracciones mayores a tres gotas por minuto, y el ir a comer a ese lugar era como prepararse para una batalla, en la cual había que mantenerse alerta para detectar alguna comida que no tuviera gusto a optimización de recursos, o para que no te quisieran cobrar extra por ponerle mucho queso rallado a los ravioles. En el mostrador, en lugar de algún tipo de folletos relacionados con la macrobiótica, solían tener volantes de cursos de management para miniemprendedores, y te recomendaban que los hicieras si querías ser como ellos.
Todos los días, la gente del autoservicio deja bolsas con desperdicios en la vereda de enfrente, no sé si a raíz de algún convenio con los camiones de basura o con los cartoneros de la zona. Viernes a la tarde pasaba por al lado de la montaña de bolsas que habían dejado, y mientras un tipo manoteaba tostadas que estaban sueltas en una de esas bolsas, a otro que estaba al lado le había tocado una que tenía las hojas de lechuga que no se pueden vender, y decía:
– Es fresco todo esto.
Y en el momento me parecía que lo estaba diciendo con pesar, como que no le servían para un carajo esos alimentos perecederos, mientras que a su compañero le habían tocado unas tostadas que podía conservar fácilmente en un tapper, cosa que estaba haciendo. Me resultaba entonces paradójico que el tipo se quejara de encontrar algo fresco, cuando normalmente a quienes no sacamos comida de la basura, las cosas frescas nos parecen lo mejor del mundo. Ahora que lo pienso, quizá el tipo lo dijera en el sentido opuesto, algo como “¡es fresco todo eso!”, y en ese caso me parecería ya no paradójico sino motivo de otro tipo de reflexión el intento de encontrar el límite tras el cual las hojas de lechuga invendibles son algo fresco-malo o fresco-bueno, y en qué medida influye el hecho de que se encuentren dentro de una bolsa de esas negras, de consorcio.
La bolsas se acumulan al pie de la reja de la playa de estacionamiento famosa, es decir, no tan famosa como prominente, controvertida hace muchos años porque en su lugar estaba el teatro Odeón, que fue demolido porque algún número no daba y entonces se le cantó a alguien poner la playa ahí. Los medios que en esos momentos propugnaban los valores de la tradición y las cosas nuestras, es decir, prácticamente todos como siempre, se rasgaban las vestiduras porque se demoliera un edificio histórico, tan importante para nuestra cultura, para realizar algo tan miserable como una playa de estacionamiento. Pero el asunto no pasó de ser unas quejitas breves, unos grititos caprichosos que a lo sumo seguirá rumiando José Gobello en la Ideal, que todavía se salva de la demolición porque pondrán unos mangos los que organizan milongas en el piso de arriba, o porque quizá tenga algún subsidio del Gobierno de la Ciudad, o porque simplemente no dan los números para hacer ahí otro estacionamiento, y eso a pesar de que alguna vez sucede que se le cae a algún cliente una araña encima y parte la mesa en dos.
Yo me acuerdo muy vagamente de la época en que demolieron el teatro Odeón. Se escuchaban esas quejas porque la esquina del tango era muy importante y se iba a perder todo eso, pero no puedo recordar en absoluto cómo era el teatro, la forma del edificio, la carpintería, nada. Sé que detesto a esa playa de estacionamiento, pero no es una animadversión particular por el hecho de que se haya terminado con una parte tan importante de nuestra cultura. Quizá en un primer momento sí se trataba de algo prejuicioso, pero yo detesto prácticamente a todas las playas de estacionamiento por igual, en particular las que tienen origen en una demolición, es decir, que los tipos que la hicieron descubrieron que les resultaba más barato y rentable demoler y no hacer nada que hacer algo, como que eso sería el colmo de la renta improductiva.
Las voces que en ese entonces se alzaban en contra de la demolición podrían usar mi testimonio como un ejemplo del atentado a la memoria que significó la destrucción, algo como que esa destrucción es lo que hace que yo no recuerde. Yo no sé qué pasaba con el teatro Odeón, pero por algún motivo me da la sensación de que pareciera estar justificada esa playa de estacionamiento ahí, excepto por el hecho del teatro previo. Algo como que a ninguno de los que les molestó la demolición le molestaría el emplazamiento de una playa semejante a no ser por la demolición del teatro, y para mí es injustificable de cualquier manera. Un lugar abominable, horrible, un terreno abierto con sombrillas cuadradas para cubrir vehículos, con una cola de autos en las horas pico pugnando por entrar y un ñato en la puerta que a veces les hace señas de que sigan de largo y no estorben el tránsito, que no quedan cocheras libres.
Buscando información sobre el teatro Odeón, me encontré con esta nota de hace más de ocho años (está bueno darse cuenta de que disponemos de material de archivo que se ha transformado en perlas, y que está online. Me pregunto cuánto tiempo más durará esto sin que se cobre aparte). Ahí se cuenta que un empresario llamado Finkelstein, que fue productor de La Historia Oficial (la película), que maneja una empresa llamada Antonio Griego (originalmente dedicada a la importación y exportación de productos metalúrgicos pero que con el correr del tiempo se reconvirtió y reorientó hacia los negocios inmobiliarios), y que en su haber tiene una causa saldada con la justicia norteamericana por la quiebra de un banco, promete volver a levantar el teatro Odeón en su sitio original, junto con un hotel cinco estrellas y no sé cuántas cosas más. Claro que como parte del proyecto figuraba el Banco Mayo, y entonces uno entiende que no se haya realizado nunca. Pero además, esta especie de historia contra contrafáctica debiera ilustrar en qué suelen transformarse las promesas de reconstruir mejor que antes algo que previamente se había destruído porque no era negocio.
En Corrientes, pero del otro lado de la 9 de julio, también hay proyectos semidemolidos prominentes, desde hace años. Al lado de la librería Libertador, que debe ser la más grande de saldos, estaba el cine Libertador. Creo que funcionó hasta el año 94, más o menos. Yo fui por última vez a ese cine a ver Como agua para el chocolate, y en el camino de vuelta, de paso por Plaza Miserere, mi novia se puso a llorar y nunca pude averiguar por qué. Creo que no dieron ninguna película después de esa en ese cine, porque la siguiente imagen que tengo presente es la de verlo cerrado, con la roña que se junta en los pisos por debajo de las puertas de vidrio y con correspondencia que alguien tira y que se va poniendo amarilla porque nadie la junta, mientras los afiches de Como agua para el chocolate iban perdiendo el color y parecía otra falsa detención del tiempo. En el cine Libertador, primero intentaron hacer la playa de estacionamiento sin demoler, y durante algún tiempo los coches entraban a la sala tal como había quedado, excepto por las butacas y las puertas vaivén donde se paran los acomodadores y te piden la entrada. Uno tenía incluso la sensación de que los mismos acomodadores eran los encargados de ubicar a los automóviles, o que incluso entraban estos rodando sobre las mismas alfombras que cubrían anteriormente los pisos. Algún problema habrán tenido los propietarios o los locadores, porque finalmente se acabó el negocio (ese) y el edificio se terminó demoliendo. Es un predio que ocupa la tercera parte de la cuadra de Corrientes entre Talcahuano y Uruguay, y se encuentra más o menos en las mismas condiciones desde hace unos diez años. Las mismas condiciones quiere decir que hay un baldío gigantesco en el que se plantaron unas columnas como si se fuera a construir algo, pero al final todo quedó en eso.
Hay otro predio similar, aunque quizá más grande, que se encuentra en la cuadra anterior, entre Uruguay y Paraná. Está en condiciones parecidas, pero desde hace mucho más tiempo. Creo que los dueños aprovecharon una planta subterránea para hacer un garage, pero uno pasa por ahí y tiene otro baldío en el cual se viene anunciando algo que nunca será, desde hace más de una década. Antes, durante mucho pero mucho tiempo, en la vereda de ese predio estuvo instalada una especie de gruta de madera para pasar por al lado de la boca del subte (que ahí es donde se encuentra esta cosa), y se armaba un embudo de peatones insoportable. Sacrificio prolongado de los transeúntes en pos de algo que nunca se terminó de concretar.
Trato de ordenarme algo, porque de repente me veo utilizando este espacio para despotricar contra las playas de estacionamiento de los emprendedores que disponen de grandes predios y ni los venden ni construyen nada con eso, en virtud de que la propiedad privada es lo último que se cuestiona, pero parece ser que son cuestiones que van de la mano, el hecho de disponer de grandes extensiones en lugares muy valiosos y el extraerles la renta de la manera más vulgar posible. La última solución que escuché proponer para estos problemas, la había planteado De la Rúa cuando era Jefe de Gobierno de la Ciudad, y era muy graciosa: poner unos paneles con publicidades que disimularan que los baldíos eran baldíos. Lo habían tematizado metafóricamente al proyecto, y llamaban muelas a estos emparches, como si el perfil de Corrientes fuera una dentadura.
(La primera vez que escuché a Joni Mitchell fue en un cassette donde cantaba Big Yellow Taxi:
Don’t it always seem to go
when you don’t know what you’ve got till it’s gone
they paved paradise
and put up a parking lot.)
Corrientes se está angostando nuevamente. De haber sido una calle angosta que se convirtió en avenida en 1936, se están terminando ahora las obras que le sacan un carril para ensanchar las veredas y recuperarla como paseo para los transeúntes, pero solamente entre Cerrito y Callao. Proyecto bienvenido, porque es agradable caminar sin que te estén pisando o empujando, sólo que ahora falta completar el paseo y que no se encuentren las moles de vacío ahí, sin nada, con aspecto de playa de estacionamiento que ni siquiera es. Y es que hay algo en la actual situación de superávit que no cierra. Mientras que con el erario público algunos sitios se ponen esplendorosos (como estas veredas) por otro el contenido viene afeado desde hace mucho, y cantidad de transeúntes aportan su tedio diariamente para que la especulación de los propietarios siga evaluando si conviene hacer algo con sus casi playas o no. Ahora que les hicimos las veredas nuevas y más anchas, y que hay un boom de consumo, quizá evalúen hacer algún centro de compras ahí, aunque el paseo La Plaza mostró que no cualquier oferta de consumo es viable en avenida Corrientes.
En resumen: el tedio de atravesar lugares horrorosos donde debiera haber cosas bonitas, debería verse como un subsidio que la ciudadanía les otorga a quienes se dan el lujo de mantener lugares horrendos, y habría que ponerse a estudiar quién otorgó ese subsidio, y por cuánto tiempo rige la concesión.
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