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Pablo Plotkin
12 January 2006, 05:42
El trayecto que hace el 176 desde la estación Villa Urquiza hasta Chacarita es perfecto para leer y pensar en cualquier cosa. Buena parte del viaje transcurre sobre calles empedradas (casi la única forma de arrumaco público que le queda al hombre cosmopolita en estos días) y el bondi tiende a soltar más gente de la que absorbe. A diez cuadras del final del recorrido, por lo general me quedo solo con el colectivero, lo que deriva en una falsa sensación de intimidad que, a diferencia del compartimiento de un ascensor, no exige el fruncimiento de comisura, el arqueo de cejas o el comentario meteorológico. Como sabemos, el colectivero es un ser con el que normalmente no intercambiamos saludos, y aquellos que lo hacen pasan a formar parte de un mitológico cuadro de honor de las empresas de transportes. El hecho es que, con los del 176, yo he desarrollado una relación particular. Porque la última parada es la de Dorrego y Corrientes, pero en verdad el colectivo sigue viaje unas siete cuadras más hasta la terminal de la línea, un islote de cemento cercado por paredes con grafittis hiphoperos sobre las calles Castillo y Humboldt, a media cuadra del lugar donde trabajo.
Al principio de mi historia como pasajero del 176, casi todas las mañanas el chofer de turno me permitía seguir con él hasta el playón, lo que me convertía en el usuario más aventajado de la línea. De un tiempo a esta parte, los tipos me espetan un seco “no” cada vez que les pregunto si puedo seguir con ellos hasta ahí. Aunque nunca me decido a preguntar el porqué de semejante descortesía, intuyo que tiene que ver con la falta de seguridad jurídica que domina ese tramo, que, en términos bondísticos, sería algo así como una zona muerta, un estado de coma o un minuto de sonambulismo. Tierra de nadie.
En las últimas semanas, fui un poco más allá en mi deducción. La circunscribí a un estado de cosas post Cromañón, a la paranoia de verse comprometido civil o penalmente en algún caso por no haber respetado las normas. Supongamos que yo decido asaltar al tipo en esas cuadras, o me bajo del bondi y me atropella una bicicleta o un Scania, o me vuelvo súbitamente loco y empiezo a rasquetear con un punzón los paneles de laminado; entonces el tipo tendrá menos herramientas para ampararse frente a la empresa o la justicia. Está terminantemente prohibido cargar pasajeros fuera del recorrido oficial de la línea, le dirá el bigotudo que se entumece al lado del ventilador en la oficinita de la terminal. Y la cosa podría llegar más arriba. Así que mejor no, pibe, bajate acá y andá caminando. Ni pensarlo.
En el especial sobre Cromañón que hizo MTV Argentina, la madre de un chico muerto aquella noche decía desde el núcleo de una manifestación: “En este país, basta un minuto para andar con una foto colgando”, aludiendo a la imprevisibilidad y la inmediatez con que podés convertirte en un familiar-de-víctima. El anverso de ese estado de paranoia, no menos implícita o explícitamente difundido, sería: “En este país, basta un minuto para que andes refugiado en un chalet en el Delta, con una base de Prefectura acampando en el patio trasero para evitar que te linchen”. Puede sonar un poco exagerado pero, de algún modo, Cromañón plantea una transición de la anomalía a la nomalofobia (suponiendo que esa palabra exista). De ignorar la norma a tenerle pánico. Y tenerle pánico a una norma no equivale necesariamente a respetarla, sino más bien a mantenerla lo más lejos posible. Sería la diferencia entre no nadar más allá de la segunda rompiente o mirar el mar desde la sombra de la carpa. Y desde ahí es imposible barrenar.
La verdad es que a mí no me copa mucho la idea de una sociedad de personas obsesionadas con eximirse de cualquier hipotético conflicto judicial. Y no creo en eso de “empezás por prenderte un porro en la plaza y terminás prendiendo una bengala en Cemento”. O “empezás llevando al tipo hasta la terminal y terminás cerrando la puerta de emergencia con candado”. Hay infracciones mejores y peores. Y más allá de que lo del colectivo tiene que ser una maquinación delirada, el estado de alerta máxima puede acarrear efectos colaterales malísimos. Y ya parecen estar entre nosotros.
Pero yo no quería hablar de esto. O al menos no tanto. Lo que me pasó fue que fui por tercera vez al hotel de Faena (¿o fue la cuarta?), esta vez de mañana para ver una proyección privada de la nueva película de Marcelo Piñeyro, que se llama El método y está basada en la obra teatral El método Gronholm. A esta altura hablar del Faena (sobre todo hablar mal) es una especie de vicio de todo porteño que tenga una máquina a mano, así que me voy a ahorrar las descripciones minuciosas y voy a decir que me senté en el cabaret (no sé qué garcha le pasa a esta gente con la República de Weimar) y que no olía muy distinto a cualquier salita céntrica de proyecciones privadas.
Voy a hablar un poco de El método. No porque la película valga demasiado la pena, sino por lo que pretende transmitir, o por lo que una buena campaña de marketing debería enfocar en este caso. El Método Gronholm (el método, no la película) sería una especie de pequeño Gran Hermano que monta el departamento de Recursos Humanos de una corporación para elegir a un nuevo ejecutivo. Sin saber que serán sometidos a un test de este tipo, los candidatos finalistas de pronto se ven encerrados en una oficina aséptica y hi-tech, teniendo que eliminarse entre sí mediante una serie de pruebas indicadas desde sus monitores personales. La película intenta mostrar hasta qué límites de perversión pueden llegar las corporaciones y las personas dispuestas a entrar en el juego. O eso parece. Nada que no sepamos de antemano sin la necesidad de adentrarnos en esta suerte de thriller psicológico que empieza a enfriarse allí cuando debería hervir. De todas formas, tratándose de una coproducción argentino-española, podría ser infinitamente peor. Además, no deja de ser una pequeña noticia el hecho de que Piñeyro haya rodado una película en una sola locación. Lo que me lleva a pensar en una película del 2001 que acaba de salir en DVD por aquí: Tape, de Richard Linklater, también basada en una obra de teatro, también filmada (en digital) en una sola locación (una mugrosa habitación de hotel de Michigan). Esa sí que es buena. Actúan Ethan Hawke, Robert Sean Leonard (el que se suicidaba en La sociedad de los poetas muertos) y Uma Thurman. Tape es toda una sesión de latigazos, puro diálogo y pura tensión, pero también te hace reír y pensar en el abismo que separa la autopercepción y la percepción que el resto del mundo tiene de uno. Y también el abismo de la memoria: el recuerdo de una violación o un polvo violento, o fogoso, y las cientos de formas del castigo, la redención y el olvido. Todo a través de conversaciones sin pompa, llenas de eso que Linklater sabe hacer muy bien cuando se lo propone: convertir el lugar común en virtud. El lugar común no como atajo a una emoción universal, sino como el único lugar posible al que se accede luego de un itinerario escabroso.
Me puse a pensar en Tape cuando me cansé de la batalla de sideresios y husihuilkes que describe Liliana Bodoc en Los días del fuego, el tercer y último libro de La Saga de los Confines, y cuando el golpeteo de la sien contra le ventanilla me había hecho brotar un pequeño chichón. El 176 ya estaba llegando a Chacarita, doblando en Corrientes en dirección a la última parada oficial, la de Dorrego. Estaba solo en el colectivo, como es costumbre a esa altura del viaje. Pero esta vez no le pregunté al tipo si me dejaba seguir con él hasta Castillo. Directamente toqué el timbre y me bajé sin saludar.
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