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Gli Uccelli
9 January 2006, 17:57

Desde que encontró una buena noticia en Página/12, la nena del tobogán lo compra todos los días. Y se decepciona todos los días.

—¿Vieron esta encuesta? ¿Quién las hace? ¿Quién las pide? ¿Para qué las publican?

Los pocos chicos que están jugando ahí todavía no se fueron de vacaciones. Hay pocas ganas de discutir.

—Bueno, tampoco hay que caerle con todo a un diario por sus elecciones del segundo lunes del año, fecha páramo para material de tapa. Página ya lo había usado hace poco en otro lunes de nada, el 26 de diciembre, con otra encuesta-estudio-informe sobre el estado de ánimo de los argentinos (que, por supuesto, aún cuando el copete dice “cuatro de cada diez”, es boyante: felicidad y optimismo).

—Es cierto, en enero no hay nada. Después de los muertos de las rutas y el clima en la costa supongo que están las estadísticas en general, para pasar después a las estadísticas con adolescentes.

—El problema son los expertos , esos talking heads a los que los periodistas llaman para que les digan lo que ya saben. Cristian Alarcón, un progresista insospechable, llama entonces a una señora de la UBA y al señor que hizo el informe, amucha unos párrafos y tiene una nota de tapa de Página/12, lo que no estaría mal si no repitiera, en la vagancia que dan estas semanas del año, cosas que se podrían haber escrito mejor sin llamar a nadie.

La nena del tobogán necesita más que eso para cambiar de tema. Lee en voz alta:

“Son formas lúdicas, pero lo lúdico a veces también es creativo”, dice esa persona, Wortman, la titular de la cátedra de Sociedad de Consumo de la UBA.

¿A veces? ¿También?

La hermanita menor del nene con jardinero tiene, como mucho, cuatro años. Se aburre como un hongo. Le roba el celular a la mamá y saca esta foto:

—Yo parto del punto que más me interesó (o que me horrorizó) de la nota —dice el nene del jardinero—. El que se refiere a que, siendo los chicos tan apegados a la computadora debería interesarles la informática. Es algo como decir que si a alguien le interesa manejar autos debería interesarle la mecánica, o que si le interesa andar en bicicleta debería interesarle la cinemática, o que si le interesa mirar televisión deberían interesarle los principios bajo los cuales funcionan los rayos catódicos (o el plasma o el cristal líquido, bueh). Un ejemplo extremo sería sostener que si a alguien le gusta coger, entonces debería gustarle la materia Educación sexual. Capaz que después se puede seguir por ese lado sin bandearse demasiado. ¿Por qué dictar una materia sobre informática entonces?

—¿Y por qué no?— pregunta la madre, única persona capaz de pensar en esa dirección— Una materia sobre informática tiene la misma validez que Física o Historia.

—Bueno, pero entonces: ¿Por qué deducir de eso que esa materia debería resultarle a los chicos más interesante que Física o Historia? Si el precepto es que “descubrir el mundo” debería ser interesante (yo creo que sí, que debería serlo –aunque no compulsivamente) ¿Por qué suponer que una materia sobre algo que es tan mediático para descubrir el mundo debe ser más interesante que algo que es menos mediático?

—Un poco confuso, lo tuyo—dice la nena del tobogán.

—A ver, al decir que la informática es algo mediático quiero decir que es una herramienta sumamente inespecífica, a la que se le puede dar usos muy diversos. Salvando las distancias: como un cuaderno, en el que tanto se pueden tomar apuntes como hacer dibujos o escribir un cuento o pegar una foto o anotar una receta de cocina. Sin embargo, aún en la época en que los cuadernos hayan sido una novedad, no creo que a nadie se le haya ocurrido dictar (ni mucho menos que se haya implementado) una materia Cuadernos. Tanto los cuadernos como las computadoras podrían no existir, son accesorios, reemplazables y vehículos de las codificaciones más arbitrarias (y prescindibles en mayor medida). En un cuaderno se pueden escribir fórmulas trigonométricas, textos en alemán, partituras de música barroca y signos estenográficos, entre tantas otras cosas. Como nunca existió la asignatura Cuadernos, es bastante difícil imaginarse sobre qué versaría. Bueno, yo supongo que versaría sobre cosas tan arbitrarias como las fórmulas trigonométricas o los textos en alemán, y entonces los estudiosos como De Angelis o Wortman podrían sorprenderse de los chicos a los que no les gusta la materia Cuadernos, cuando se pasan el día jugando al Tutti Frutti.

—¿Estudiosos como quiénes?

—¿Jugando a qué?

—El sociólogo Carlos De Angelis, de la Fundación Diagonal Sur, que cree que no sé qué cosa “se trata de un fuerte ‘efecto demostrativo’ en el que se comienza con el celular, pero se continúa hacia el iPod o el MP3.

—El primero te lo regalan; el iPod es la droga dura.

—Y Wortman.

La nena del tobogán niega con la cabeza:

—Wortman es el nombre que tiene ahora. Se lo cambia cada 80 años, para evitar sospechas. Pero estuvo en primera fila el día que lo hicieron abjurar a Galileo. Y a fines del Siglo 19 ya decía lo mismo, reemplazá celular por heladera y decía lo mismo.“Todo el mundo se compra heladeras; hay una actitud consumista global”.

—No diría “global”, seguramente.

—”Mundial”, algo así. “Terrestre.”

El nene del jardinero agarra el diario y lee en voz alta lo que le interesa a él:

—“La computadora y el celular son los elementos que en este momento más representan el consumo de la clase media argentina. Tienen un valor muy simbólico, y se compran por contagio”. De Angelis dice esto. Es una prueba de lo concluyentes que son los estudios que dirige esta gente.¿Está diciendo algo más específico respecto de esos ítems que lo que podría aplicarse a la vestimenta, los consumos culturales o prácticamente cualquier cosa que consuman los adolescentes? También dice: “No les importa la escuela, les es indiferente, sólo les importan los amigos”

—Wortman agrega: “No es algo para celebrar. Pero tampoco creo que sea un problema para culpabilizar a la escuela.”

—Y sí. No sólo no creo que sea un problema para culpabilizar a la escuela, sino que no creo que sea un problema. Por lo pronto, un problema nuevo no es. No escuché nunca testimonios de ninguna época en que eso haya sido distinto. ¿A quién le interesó alguna vez de la escuela algo más que los amigos? La escuela es para socializar.

—¿Solamente? —pregunta la madre.

Todos asienten.

—Para aprender no es necesario segregarse con otros 35 de la misma edad en el mismo recinto durante 6 horas. La sistematización de las formas para “aprender” responde más bien a una necesidad económica que a una optimización de la manera de “saber y conocer” o de “adquirir conocimiento”. Hace más de cien años los jóvenes de la alta burguesía aprendían con un tutor en su casa, junto al piano.

—Y los pobres no aprendían nada.

—Y no había escuela. Muchas no había.

—A lo sumo se juntaban con un maestro y disecaban muertos para aprender anatomía.

—Wortman lo tiene que saber, esto, si está viva hace siglos.

—No sé si está viva—aclara la nena del tobogán—. Yo dije que está hace siglos. No sé en condición de qué.

—¿Cómo sabés?

—Se nota. Mirá.

La nena del tobogán sumerge su dedo en el helado del nene medio pelado que acaba de llegar y subraya unas líneas de la nota con chocolate:

“No me sorprendió, esto se constata cotidianamente, estudian muy poco y les produce más atracción la computadora. Tienen poca curiosidad por saber y conocer.”

—¿Viste?

—Y sí. Es el discurso es el de quien habla de los buenos viejos tiempos: antes estas cosas no pasaban. Las cosas que no pasaban son los estudios estadísticos como los que dirige esta gente, que siempre tienen dos motivaciones básicas (y no necesariamente excluyentes): 1) vender un producto 2) encontrar métodos de control social. Los que persiguen 1) son más honestos, o bien más transparentes, en tanto que sus motivaciones son más claras y medibles. Wortman y De Angelis seguramente persiguen 2), y cuando se quejan tanto del universo que estudian es porque no pueden encontrar ya no alguna explicación, sino al menos una curiosidad, algo que los justifique a ellos como investigadores, y probablemente se los vea en la próxima oportunidad persiguiendo 1).

La hermanita menor sigue dando vueltas con el celular en la mano, pero recién ahora saca su segunda foto.

Click.

—Hoy voy a sacar sólo ojos —dice.

La madre, que se quedó pensando, arriesga otra hipótesis:

—También puede ser que la gente que hace encuestas sólo consuma encuestas, y esta especie de inbreeding va produciendo hijitos cada vez alejados de todo lo que no está estrictamente comprendido adentro de una encuesta, y por eso terminan diciendo esas cosas que uno, fuera de Encuestilandia, encuentra tan disparatadas. Ejemplo: la obsesión por la educación —un tema que no tendría por qué tener nada que ver con el resto de lo que están hablando, acá— podría originarse en esta otra encuesta, la que sentencia que la institución con mejor imagen es la universidad.

—Ah—se entusiasma el nene del jardinero—.Del mismo modo, la próxima vez que hagan una encuesta como esta otra, de OPSM, se verán obligados a incluír al iPod como variable. “A la gente le preocupa el estilo Kirchner, pero no lo ven relacionado con la función shuffle del iPod.”

La hermanita menor saca su tercera foto de ojos:

y da por concluída su tarea. Le devuelve el celular a la madre y le dice:

—Después repartimos fotocopias a todos los chicos.

—¿Fotocopias?—pregunta la nena del tobogán.

—Como no tienen clase los estoy llevando a la oficina esta semana. Y ayer se fascinó con una fotocopiadora. Pero no creo que me pida que le compre una.

Todavía no es de noche, pero ya va siendo hora de comer. Como siempre, la nena del tobogán está entre los últimos en irse. Se queda charlando un rato más con el nene del jardinero y su madre.

—Hace varios años—dice la madre, mientras trata de sacarle al celular una costra de origen desconocido— , recuerdo que el “tema” era que los jóvenes (ni se decía adolescentes, esa palabra sólo la usaban los psicólogos y otros egresados de carreras humanistas) estaban todo el día con el walkman, “desconectados” del mundo en su propio bodrio privado, sin leer ni escribir nada. Se hablaba del peligro de sordera también asociado al volumen de la música en las discotecas. Ahora resulta los jóvenes están todo el día “conectados” hablando con otra gente. Es más, están escribiéndose con otra gente, y leyendo lo que esa otra gente tiene para decirles. Lo triste, (o no) es que esos jóvenes un día van a dejar de serlo (algo cierto, irrefutable e inexorable) y si la música no les apela mucho se van a sacar los auriculares porque van a tener que estar disponibles para escuchar al jefe, o a la esposa o a los hijos, o a los alumnos o a los pacientes o a cualquiera de los vínculos personales o laborales que conformen. Con la computadora, igual. Cuando no tengan tanto tiempo libre, y bueno, van a usar menos Internet. No entiendo el objetivo de las encuestas ¿adónde van? ¿quieren predecir el futuro? ¿Me parece a mí o siempre se predice un futuro de autistas o de sordos o de buenos para nada?

—Se ve que el futuro de una generación depende de cuáles sean sus objetos de deseo.

—O no. Más bien no. Pero decir que esos objetos tienen, para padres y adolescentes, un valor simbólico, ¿no es una obviedad monumental? Cuando yo era adolescente, en mi grupo de pertenencia, el objeto de deseo eran las zapatillas importadas. Nike o New Balance era el summum. Yo tenía unas Le Coq Sportif grises que estaban bien para el entorno barrial en el que me movía, pero cuando un cambio de escuela me colocó súbitamente en escuela bilingüe de zona norte, hubiera dado todo por unas Nike y por poder viajar a Miami y comprarlas. En fin.

—En fin. No nos metamos con el leve pero claro retintín de clase —dice la nena del tobogán.

—Muy Mafalda, eso.

—Para nada. La expresión se la debo a Mario Wainfeld: así llamaba él a sus problemas con Enrique Olivera. Esa cosa de que los chicos de clase media, obsesionados por la tecnología y la vida social, son unos giles insolidarios porque no les interesa la cultura ni la política (en comparación con los niños pobres, esos sujetos históricos).

—Pero no nos metamos con eso.

—No, porque también sería demasiado: hace un millón de grados y el Página de hoy, diez horas después de publicado, ya no sirve para casi nada. Mañana habrá que volver a hacer otra tapa.

—Y aquí volverán a estar ustedes —agrega la madre—, con lupas malvadas, haciendo comentarios chispeantes y fugaces, haciendo como que no les importa mucho.

—Pero mintiendo—asiente la nena del tobogán.


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