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Pablo Plotkin
3 01 2006 - 22:51

Es inútil seguir engañándome: estoy infectado. Tengo todos los síntomas. La fiebre mundialista me agarró esta vez demasiado temprano, mientras estaba en Brasil y O Globo publicaba los resultados del sorteo con el regocijo de un polvo mercosureño: le dedicaban casi tantos centímetros a la fortuna de la selección verde-amarelha por su zona de “timis fracos” como a la condena argentina a encabezar cuanto grupo de la muerte ande rifándose por ahí (y se lo atribuían todo, jubilosos, a una artimaña de O Rey Pelé). Desde ese café da manhá con las páginas deportivas manchadas de dulce de maracujá, el Deutsche Virus anidó en mi organismo y las noticias relacionadas encontraron el cultivo perfecto para fermentar y fundar otra base de propagación de esta peste planetaria. Y aquí me tienen, convertido en la mitad del hombre que alguna vez fui, revisando diariamente los puntos estratégicos de la red global de noticias y escuchando la afonía de Pekerman como si allí fuera a encontrar la pista para desbaratar un acertijo improbable.

Convaleciente, me pongo a recapitular mi vida en mundiales. El primero del que tengo memoria es México 86. Yo tenía sólo 8 años, así que los recuerdos se me confunden con el triunfo electoral de Alfonsín, ocurrido tres años antes. Creo que la confusión tiene bastante que ver con que tanto la final de México como la derrota de Italo Argentino las vi por televisión en la casa de Beto, un amigo de mi viejo que tenía un proyector y una pantalla grande en su departamento de Corrientes y Rawson, hoy Palestina (el rebautismo de esa calle fue lo peor que le pudo pasar a Beto, que con el tiempo fue convirtiéndose en un sionista reaccionario). En ambas ocasiones tiramos papelitos y celebramos la conquista. La del Diego y la de Alfonso. Pero de aquel Mundial me quedaron recuerdos borrosos, más ligados a spots de AM (“Maradona no perdona”), cierta fascinación estética provocada por la mascota del torneo (que era un ají verde con mostachos y sombrero mexicano, y hacía una chilenas tremendas) y la sombra en forma de sol que se proyectaba enigmáticamente en el césped del Estadio Azteca. Pese a que no terminaba de entender los pormenores del deporte –sutilezas inextricables como la ley del orsai– ni su verdadera incidencia popular, algún tipo de inteligencia sensitiva me ayudó a figurarme la trascendencia que ese certamen representaba para todo el mundo. O al menos para el mundo que yo tenía a mano. (En la víspera de la última Navidad, mientras atravesaba la segunda semana de mi enfermedad, vi por TyC algunos resúmenes de los partidos de aquel Mundial. Me sorprendió el modo en que un mal relator –Mauro Viale, en este caso– es capaz de convertir la más gloriosa gesta deportiva en una tibia victoria circunstancial, despojándola de toda noción de posteridad y sintonía con la época. Involuntariamente, el relato de Viale está más cerca de la justa dimensión del acontecimiento –un partido de fútbol– que los desaforados –y a veces contagiosos– relatos de Víctor Hugo Morales o José María Muñoz. Pero no hay forma de reivindicar semejante ineficiencia narrativa, así que quedémonos con el barrilete cósmico del dandy uruguayo.)

El Mundial de Italia 90, jugado cuando yo tenía doce años, fue el que viví con mayor fanatismo. Esa selección de Bilardo debe haber sido una de los peores finalistas de la historia, junto con la Alemania de 2002, pero esa sucesión de clasificaciones providenciales te tenía con el corazón en la boca y te hacía querer más. Hubiera sido el Mundial de Menem, que por entonces ya se había lustrado las patillas nevadas y emprolijado un jopo que parecía untado en betún. El presidente recibió al plantel subcampeón en el balcón de la Rosada y saludó al pueblo a la par de Maradona, que ya llevaba más de cinco años de consumo de merca. Viéndolo hoy, con ese rictus de estrella aturdida y derrotada por la noche, no logro entender cómo es que todavía no había saltado la ficha.

Estados Unidos 94. El equipo del Coco Basile, mi preferido, el que tenía a Caniggia, Batistuta, Redondo y un Maradona recompuesto después de las redadas, el bajón y el fin de la Camorra. 4 a 0 a Grecia, 2 a 1 a Nigeria y el Efedrina Affaire. Yo estaba en la escuela secundaria y fui uno de los pelotudos que lloraron con la suspensión del capitán. Como todos sabemos, con ese dictamen terminó el Mundial más triste de la era moderna.

No voy a detenerme en Francia 98, porque el ciclo Passarella es un gran agujero negro, por más que haya accedido a la mejor posición de los últimos tres torneos (cuartos de final). El civil con más cara de yuta del país no sólo les hacía cortar el pelo a los jugadores, sino que había montado una filial transnacional de River, e incluso se sospecha con bastante fundamento que priorizaba a aquellos jugadores con los que tenía algún tipo de relación monetaria. Ahora se añora mucho ese triunfo por penales contra Inglaterra, pero sólo porque fue nuestra última alegría mundialista.

Porque después vino Bielsa, el loco, el sufrido, el Scalabrini Ortiz del fulbo. Pensemos en aquel junio. Duhalde haciéndose fuerte en Balcarce, Adolfo prendido fuego una vez más y comentando en los asados de San Luis, con esa bocaza blanca que le ilumina la geta oscura, cómo sería su próxima reinvención. Agulla & Baccetti aturdiéndonos con ese espantoso jingle de Quilmes que berreaba “tanta gloria, tanto fútbol, desplegado por el mundo” y que es el sonido mismo de la derrota. El viejito con la radio portátil gritando un gol agónico en una ciudad a oscuras, privada súbitamente de electricidad, primitiva y heroica. Amasábamos una épica de la nada. Las marcas y los creativos especulaban con que la Copa emergería de las ruinas para alumbrar el camino dorado de una nueva patria. “Si somos un país perdedor, seamos perdedores en todo”, me decía mi amigo Hernán, que suele encarnar al Calabró de La fiesta de todos (a propósito, cada tanto la dan en Volver; es interesante ver cómo ahí aparece casi todo el arco ideológico del periodismo deportivo). De cualquier modo, madrugamos o seguimos de largo para ver esa penosa primera ronda en el Lejano Oriente. Los recuerdo como partidos cebados, cebados de mate y frío de madrugada invernal. Nunca tomé tanto mate como durante aquella derrota contra Inglaterra. Y a mí el exceso de mate me produce un efecto inquietantemente similar al del MDMA, así que salí a la calle a eso de las 8 de la mañana (que era la hora promedio en que terminaban los partidos) y me enfrenté extasiado a una de las Buenos Aires más cenicientas que me tocó caminar. Encima me tomé el subte A, que con sus vagones medievales y su iluminación mortecina es, en sí, una especie de fantasma. Los pasajeros parecían zombies, pero la única carne humana que se hubieran comido en ese momento era la del hermano del ex canciller. Todo empeoró después, cuando vino el empate con Suecia y la eliminación. La vi con dos amigos en el living de la casa de mis viejos, borrachos a las cinco de la mañana, restándole importancia al asunto y anhelando más mi colchón que el gol de Batistuta que nunca llegaría.

Fue uno de los momentos en que pensé que no había nada más estúpido que cifrar esperanzas en algo tan distante, esporádico e inasible como una Copa del Mundo. Debo decir que, siendo hincha sin condiciones de un club de tercera categoría (Atlanta), mi filiación pasajera a la selección argentina (o, eventualmente, la polaca o la paraguaya) en instancias de un Mundial tiene el dudoso atractivo de los hechos de primera plana, de la participación masiva. Pero no encuentro una explicación racional para un interés que se activa cada cuatro años.

Como sea, ahora que me contagié de la fiebre mundialista antes de lo aconsejable, ahora que supe que mi inmunidad no era más que una ilusión pasajera, se me ocurre que el desarrollo lento –aunque fulminante– de la enfermedad puede darme el tiempo suficiente como para encontrar el antídoto.

Hace algunas semanas, en la terraza de un edificio de Alvarez Thomas y Jorge Newbery, Coca Cola montó un cartel electrónico que anunciaba, en cuenta regresiva, los segundos que restan para que empiece el Mundial. Cuando todavía faltaban más de catorce millones de segundos, el contador se averió y desde ese día, en vez de números, parpadean unas luces rojas que parecen ideogramas de un futuro distópico. Teniendo en cuenta mi enfermedad y el hecho de que paso al menos una vez al día por esa cuadra, el desperfecto para mí fue una gran noticia. En la era de la ansiedad, aproximándonos a un Mundial, medir el tiempo en millones de segundos es una crueldad inaceptable.

(Nota: Mierda. Acabo de pasar por esa esquina. Arreglaron el contador. Faltan trece millones ochocientos mil y pico de segundos.)


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