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Esteban Schmidt
1 January 2006, 19:44

Buen comienzo de año, familia argentina.

Einstein abre la puerta, me saluda en la pantalla y se pone a mi servicio por si necesito alguna ayuda para procesar con el Word. No creo, Albert. A los trece años tuve una TI 99 4, que se programaba con Basic, y yo escribía cosas como “GOTO 120” y podía inventar una calculadora tirándole órdenes. Ponerle negritas a Einstein, 25 años después, no es tan complicado. Einstein, a quien el creador del Office hace pestañear cada treinta segundos, es una compañía amable y menos infantil que los perros, los gatos, los smilies y los clips que me presentan como opción para cambiarlo.

Es una compañía, como todas las fotos que tengo en el corcho de mi cuarto donde trabajo, y donde tengo fotografiados a todos los varones de mi familia, y también a Philip Roth, muy serio, con los anteojos colgando de su mano izquierda y debajo a Louis Ferdinand Celine, dibujado por Rep, que dibujó también a Gramsci, chiquito, que está en otra punta del corcho al lado de Venus Williams tirando un revés a dos manos, en papel Kodak regalo de Nike. Debajo de Venus está el Padre Múgica, en una estampita clásica, donde aparece acomodándose la sotana con un texto que dice: “Nada ni nadie me impedirá servir a Jesucristo y a su Iglesia luchando junto a los pobres por su liberación. Si el señor me concede el privilegio, que no merezco, de perder la vida en esta empresa, estoy a su disposición”.

Al lado de Mugica, la foto de una señora obesa con aspecto de india sosteniendo en 1951 un cartel que dice: “Perón-Evita” y mira para arriba, hacia un balcón, una ventana o al cielo. A la derecha, una estampita de la virgen de Luján que reza “Madre, ayúdanos a seguir a tu hijo” y, al ladito de la Virgen, una foto en colores del Cardenal Antonio Quarracino que daban como souvenir a los asistentes a su velorio en la Catedral en febrero de 1998. Escribí la crónica para Página/12 de ese funeral con ocho ventiladores en torno al féretro. Y cuando salió publicada, su hermano Domingo me llamó para agradecer que no le descargara un balde de odio a un hombre que había sido malo pero que también había sido bueno.

Debajo del cardenal, tengo a la izquierda a Julián con los ojos muy abiertos y una remera que dice Trash junto a Federico con una mamadera en la boca. Son quienes un día de dentro de mucho se llamarán para decirse: “Qué cagada lo del tío”. A la derecha, la imagen de Reem Saleh Al-Riyashi, la primera mujer bomba de Hamas, besando a su hijo minutos antes de inmolarse y matar a cuatro israelíes. Debajo de esa foto, ya en el límite del corcho, una alineación histórica. De izquierda a derecha: el gallego Vázquez, Tom Costanzo, Jesús Rodríguez, Bravito, el ruso Stubrin, Gabriela, Chiche Canata, Coti, el flaco Escalada, Facundito y Quique Carelli. Es el 10 de diciembre de 1983 y están en un salón del Concejo Deliberante felices y en blanco y negro. Hace 22 años.

Después tengo textitos en el corcho. Un volante de “Ibarra, la tiene que pagar”y dos cosas de Bukowsky. Una reflexión sobre el tiempo libre donde dice: “¿sabes qué me tiraba para abajo? El primer rostro humano que veía en la vereda. Esa cara monstruosa, sin expresión, tonta, sin sentimientos, cargada de capitalismo” Y otro, un poema, donde dice que “atrapado entre mi padre y los vagabundos no tenía dónde ir y fui hacia ahí, rápido y lento”.

Hay algunas cosas más, un boleto capicúa del 37 (3) que llevaba a Ciudad Universitaria y un ticket de la RATP, la Metrovías de Paris. Y un dibujo de Alfredo Grondona White en el que su personaje Piccafeces tirado en una reposera con un trago largo en la mano y dos yeguas sonriendo a los costados dice: “Hoy comienza el resto de tu vida”.

Piccafeces era un atorrante como cualquier legitimo argentino, y la historieta era, viendo las cosas con la debida distancia, lo mejor de la revista Humor, una publicación que empecé a leer hace 25 años y dejé de leer hace 22. Piccafeces hacía negocios berretísimos y rentables, maniobras cortas, como ir al casino y volver a casa. Entre el final del proceso y el comienzo de la democracia, Piccafeces hizo como 75 curros, todos le salieron bien y al final de cada tira no se arrepentía de nada. Era un mal ejemplo que me hacía matar de risa. Ni se le ocurrió decir “marchemos” jamás. En el último cuadrito con una bolsa llena de plata les decía a las mujeres: “Chicas, armemos las valijas”.

Revisaré, no hoy, que tomé mucho vino a mediodía, si todas estas imágenes y frases me acompañarán en el 2006.

Que ande todo más o menos bien.


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