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Eliseo Brener
31 December 2005, 18:44
Algunos recuerdos son confesiones que uno mismo se hace.
Por ejemplo, yo a los diez años estaba interesadísimo en las versiones que decían que las civilizaciones antiguas habían sido visitadas por extraterrestres. Los extraterrestres habían provisto la tecnología necesaria para hacer todo lo que de otra manera nuestros antiguos no hubieran podido. Ese cráneo de cristal con un pulido tan perfecto hubiera sido imposible de tallar sin instrumentos modernos y sofisticados, decía Erich Von Däniken, que era una especie de rey de este tipo de suposiciones y que se cansó de vender libros a mediados de los ’70 explicando sus conjeturas como si fueran teorías. Algunos ejemplares de esos libros se compraron en mi familia, a instancias mías.
Después (o durante) se le encontraron cantidad de trastadas a Von Däniken. Desde haberles robado plata a los boy scout hasta cometer distintos tipos de estafas, al punto de haber sido puesto en prisión por tres años y medio (durante los cuales escribió Gods from outer space). Pero su mayor aporte consistió en el descargo que hizo al descubrirse que unos jarrones milenarios con inscripciones de platos voladores que él había fotografiado y presentado como pruebas, habían sido hechos en realidad por un ceramista amigo. Al ser enfrentado con la verdad, Von Däniken repuso que:
el engaño estaba justificado, puesto que algunas personas solamente creerían en (mis) teorías si veían pruebas
El libro más famoso acá se llamaba Recuerdos del Futuro, y yo recuerdo cómo me impresionaba el poder revelador de ese título ¿cómo se puede tener recuerdos del futuro? No se trataba de saber por anticipado el número ganador en la lotería u otros hechos puntuales, sino el futuro de la humanidad en su conjunto: se suponía que los extraterrestres eran seres avanzados, que si por ejemplo los humanos en esa época íbamos por el estadío 6, entonces los pueblos de la antigüedad eran estadío 1 y los extraterrestres estos que habían visitado a los de la antigüedad irían por el estadío 25, más o menos. Que todo evolucionaba y era una sucesión de etapas. En realidad, la suposición era que los extraterrestres habían alcanzado hacía mucho un estadío absoluto, lo máximo posible, porque no se concebía la idea de que hubieran seguido evolucionando en el interín que va desde tres mil años atrás hasta el presente, y de ahí la naturaleza inalterable que hacía que el cuento de los extraterrestres no fuera muy distinto del cuento de Dios, al menos en el aspecto absoluto de la cuestión.
Puedo suponer ahora que creía verosímiles esas pruebas de visitas extraterrestres inmemoriales debido a que era un nene, pero al mismo tiempo recuerdo a gente ya mayor en ese entonces y digna de credibilidad, como mi tío el psicoanalista, que veía factibles los argumentos de Von Däniken. O bien que creía en los extraterrestres como una posibilidad no demasiado descabellada, irremediablemente más evolucionados que nosotros e indicándonos por dónde iba el (único) camino de la evolución. Las teorías extraterrestres vendían mucho porque pescaban algo que flotaba en el aire.
Más o menos por la misma época empecé a escuchar hablar de las computadoras, que no se sabía muy bien qué eran. O bien, sí, se sabía qué eran porque ya aparecían en películas, pero no se sabía muy bien para qué servían. Lo único claro es que ya se especulaba sobre la posibilidad de que las computadoras piensen, como las personas. La respuesta en ese momento era rotunda, unánime y tranquilizadora: “NO, las computadoras JAMÁS podrán llegar a igualar a los humanos, porque son los seres humanos quienes las programan”. No puedo distinguir si era una época de respuestas únicas y firmes porque (nuevamente) yo era un nene, o si había en general respuestas únicas para todo. Quizá sea parte y parte, pero yo no percibía en ese momento el nerviosismo de mito frankensteiniano que conlleva esa respuesta: ¿Y si efectivamente los humanos eran capaces de crear cosas que los superaran y eventualmente los esclavizaran?
Poco tiempo antes de todo esto me habían comprado un libro que explicaba el cuerpo humano para chicos, y mi recuerdo más vívido es que en alguna página se especulaba sobre cómo sería el hombre del futuro, y mostraban a una persona pelada, de cabeza grande, una ropa de color azul claro ajustada al cuerpo que parecía un traje de buzo, y una apariencia sexual neutra, o bien hermafrodita. Yo pensaba si acaso para cuando fuera grande y viniera el futuro, nosotros mismos ya tendríamos ese aspecto. El futuro era el año 2000. Mi abuela auguraba que para ese entonces yo tendría 35 años y ya habría formado una familia y a mí eso me parecía remotísimo.
No sé qué relación tiene todo esto con el asunto del que quería hablar. Resulta que hace un par de días leí esto:
Microsoft experimenta con guardar todos los recuerdos de una persona.
Y veo que se trata de un experimento para el cual se prestó un tal Gordon Bell, de 71 años. La explicación dice “grabar cada minuto de su vida con tecnología avanzada” y me pregunto cómo será guardar vida, pero enseguida la frase se completa “para crear una base de datos sobre cada instante de su existencia”. Ah.
Brevemente, el tipo utiliza “cámaras portátiles, grabadoras pequeñas, videos y otros aparatos electrónicos de avanzada tecnología” para “registrar cada minuto de su vida y conservar todos sus recuerdos”. Experimento que comenzó en 2001, financiado por Microsoft.
La historia viene levantada de The Guardian, que titula de manera un poco más apropiada:
The man with the perfect memory – just don’t ask him to remember what’s in it
No deja de ser pretencioso (porque lo que se está describiendo dista bastante de ser una memoria perfecta), pero al mismo tiempo hace una observación bastante precisa: se almacena (supongamos que) todo, pero quién puede encontrar algo en el medio de eso es otra cuestión.
Hasta este momento no encontraba la relación entre las antiguas fantasías extraterrestres y las antiguas fantasías computacionales, pero resulta que en ambos casos se trata de seres mitológicos que tanto pueden ayudarnos como esclavizarnos. Los extraterrestres, tal como se los entendía hace treinta años, fueron desapareciendo poco a poco, fundiéndose en el racionalismo biologicista del adn. Si antes se enviaban mensajes cifrados grabados en las placas de oro que se colocaban en las sondas espaciales resumiendo las coordenadas de nuestra especie, ahora apenas se tienen esperanzas de encontrar algún rastro perdido de nucleótidos en el supuesto hielo marciano. Nada que ver.
Esta hipótesis no pretende ser apocalíptica ni reaccionaria: con el advenimiento de la informática como herramienta al alcance de todos, se profundiza la gran fantasía de la acumulación, esa de que si acumulamos todo lo posible parece que viviéramos más tiempo, o que obtuviéramos algún otro tipo de beneficio adicional. Que la informática es una herramienta orientada hacia la acumulación debería ser evidente al repasar algunas de sus características más prominentes: la función más importante, sobre la que siempre se hace mayor hincapié independientemente de la aplicación: save; la medida preventiva fundamental: el backup; la tendencia más pronunciada: el aumento constante en la capacidad de almacenamiento (y en la velocidad que permita acelerar el acceso a dicho almacenamiento).
Pero la otra idea central que trajo aparejada la generalización de la informática a cada aspecto de la vida es la de la digitalización. Básicamente, que mediante funciones matemáticas se puede obtener una representación binaria de la información contenida en cualquier cosa, y con esa representación reproducir la ilusión de esa cosa en algún otro medio, lo cual en infinidad de casos funciona muy bien a la vez que crea confusiones respecto de sus implicancias: los registros sonoros, las fotografías y las películas son las clases de objetos más cercanos que dejaron de ser lo que eran merced a la digitalización. Pero está claro (debería estarlo) que la representación digitalizada no es el objeto en cuestión. No es una aclaración tan nimia.
Uno de los primeros textos alusivos que leí hablaba de teoría de la información. El autor, para dar un ejemplo, partía de la frase que dice que una imagen vale más que mil palabras. Se ponía entonces a hacer una serie de cuentas, calculando en promedio cuántas letras hay en mil palabras, a qué cantidad de información corresponde eso, tomaba una imagen standard y calculaba la cantidad de información que contenía de acuerdo a determinada representación aceptable para, finalmente, llegar a la conclusión de que, efectivamente, una imagen vale más que mil palabras. Esto, que bajo determinadas condiciones no deja de ser cierto, pareciera dar vía libre al imperio de la representación binaria del mundo.
En algún capítulo de la ochentista Spitting Image (creo) aparecía un cartelito en un costado, un mensaje al margen de la acción (que no recuerdo de qué se trataba) y que era un chiste admonitorio:
Xerox your life: at least if you die you will have a copy
En ese momento, el consejo de fotocopiar la vida para –en caso de muerte– tener al menos una copia, no podía dejar de ser un chiste, una ironía sobre la insalvable diferencia entre el original y la copia. Hoy, de acuerdo a la digitalización imperante, la decodificación del mensaje no sería tan directa. Gordon Bell, que experimenta consigo mismo y confía a ciegas en la tecnología recordatoria, dice:
Hay gente que tras el huracán Katrina caminaba desolada por las calles de Nueva Orleáns llevando cajas de zapatos con los recuerdos que encontraba. Mi vida entera se mueve conmigo, no necesito llevar estas cosas para recordar
Y más allá de que esconde que en alguna parte estará cargando con su camarita automática y el grabador que alimentan su base de datos de recuerdos, hay algo que no cierra al comparar un extracto de la información contenida en cierto recorte de su percepción auditiva y visual con los objetos reales que se puedan llevar en una caja de zapatos.
En el brevísimo desarrollo de todo esto, estoy dejando de lado el hecho importante de que la acumulación de información que plantea este proyecto no toma en cuenta los procesos inconscientes que asocian un recuerdo con otro y que operan sobre los mismos deformándolos, estilizándolos, recontextualizándolos de acuerdo a la circunstancia del recuerdo. Se presenta la idea del recuerdo exacto que en primer término se confunde con el ángulo subjetivo al momento del registro, hiperrealista en tanto supuestamente sería más fidedigno que el recuerdo interno de la persona. Bajo esta perspectiva, el proceso de recordar se ajustaría a un cotejar recuerdos verdaderos (los que nosotros producimos) con los recuerdos registrados en la base de datos para llegar probablemente a la conclusión paradójica de que ¡nuestro recuerdo verdadero es falso!
Al intentar hablar de este tipo de proyectos, que responden a fantasías ancestrales, se corre el riesgo de adoptar una postura reaccionaria e intentar prohibir o regular la forma que adopten. Como siempre, el proyecto es el emergente de determinada visión del mundo, y seguramente no muy pasible de regulación. Sin embargo, basta pensar en alguna invitación que hayamos recibido a presenciar el video de una boda para imaginarse lo que podría llegar a ser un intercambio social en un futuro no muy lejano.
El infierno de pensar un mundo en el cual exista un registro de cada uno de nuestros actos, toma en mi caso particular la forma de una imagen concreta: lo veo una y otra vez a Silvio Soldán repitiendo “la cinta, Gonzalito”
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