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Disidentes y nacionalistas
Quintín
16 10 2005 - 12:08

Esta nota parece parece muy a contramano cuando en la Argentina vuelve a florecer la idea de que es posible un nacionalismo progresista. No solo el gobierno sino muchos intelectuales comulgan con este pensamiento que atrasa al menos medio siglo, pero que aquí se agrava con la idea de que el poder debe ser lo más absoluto posible.

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La que pasó fue mi semana judía. Con Flavia, mi mujer, nos dedicamos a acompañar a Avi Mograbi, un cineasta israelí. Además de pasear con Mograbi y presentar las funciones de su película, pude ver parte de la obra de Eyal Sivan, otro cineasta israelí, que también vino para el festival DOC BS AS. Sivan y Mograbi, dos importantes realizadores, se oponen frontalmente a la ocupación de los territorios palestinos. Mograbi estuvo preso como desertor en ocasión de la Guerra del Líbano y su hijo lo está ahora, mientras que la frontalidad de Sivan provoca escándalos en Francia. Tanto coraje cívico, intelectual y artístico motivó una muy poco feliz protesta del embajador de Israel ante el festival, pero también un gran interés del público, no solo por la calidad de las películas sino también porque, aunque el conflicto palestino-isrelí aparece en la prensa, el tratamiento que recibe suele ser condescendiente con el gobierno de Sharon y aun con lo más extremista del espectro judío, como se pudo leer en las crónicas sobre la desocupación de Gaza. Acaso el culposo antisemitismo local, que no distingue bien entre judíos, israelíes y sionistas, sea responsable —paradójicamente— de este curioso tabú.

El tema me interpela también por razones personales. Mis abuelos maternos llegaron en 1906 a la Argentina desde lo que hoy es Ucrania. Hablaban yiddish, respetaban vagamente algunos ritos y en Nochebuena se iban a dormir más temprano que de costumbre, como protesta porque una religión ajena le impusiera los feriados a la suya. Mis abuelos no solo eran judíos, también eran ateos y no eran menos feroces con sus propias tradiciones. A dos cuadras de su casa (que fue también la mía) había una sinagoga y mi abuela acostumbraba dar un rodeo para no pasar por la puerta como repudio hacia la religión, ese opio de los pueblos que dejaría de hacer daño con la inminente llegada del socialismo. El sionismo, por supuesto, les parecía a mis abuelos una aberración y se hubieran cortado una mano antes de depositar una moneda en las alcancías azules y blancas en las que algunos de sus parientes recaudaban la ayuda a Israel.

Opuestos a cualquier estado religioso, supongo que también hubieran rechazado la ocupación y las atrocidades que vinieron de ella. Pero se hubieran sorprendido tanto como yo al encontrarse con un personaje como Yeshayahu Leibowitz, protagonista de un film de Sivan y referencia obligada de disidentes laicos como él y Mograbi. El profesor Leibowitz (1903-1994) fue un científico y un filósofo de inspiración sionista y religiosa, que combatió por la independencia de Israel pero que, después de la Guerra de los seis días, se convirtió en un opositor radical no solo de la ocupación israelí, sino también de la militarización, del desprecio por los derechos humanos, de la pedagogía basada en el mito y la obediencia. Para Leibowiz, la creación del estado de Israel representa el derecho de los judíos a no ser dominados por nadie pero también la responsabilidad de no dominar a nadie. En cambio, según él, Israel decidió a partir de 1967 olvidar que sólo dios es sagrado, abandonó la democracia por el colonialismo sobre dos millones de palestinos y educó a sus ciudadanos en la idolatría del estado y el territorio, utilizando el lugar de los judíos como víctimas (de los faraones, del holocausto, hoy sería del terrorismo árabe) como excusa para la violación de los derechos ajenos. Leibowicz (que llegó a proponer la insurrección directa de los soldados) acuñó el término “judeo-nazis” para designar a aquellos de sus compatriotas que, como los fascistas y los totalitarios, depositaban valores religiosos o morales en el estado y actuaban en consecuencia. Esa idolatría —para Leibowitz camino infalible hacia la barbarie— tiene un nombre: nacionalismo.

En sus charlas con los espectadores, Mograbi los exhortaba a mirar también su propia herencia ideológica y, como le tocó pasar aquí el 12 de octubre, se sorprendía de que en el país se siguiera celebrando el “Día de la raza”. Si hubiera venido para el 2 de abril, habría que haberle explicado que en ese día de 1982, militares, políticos, sindicalistas, músicos, guerrilleros, intelectuales y ciudadanos de credos diversos (pero todos nacionalistas, dirían Leibowitz y mis abuelos) se agruparon para celebrar una invasión militar aberrante. Más sorprendido estaría si supiera que esa locura patriótica se sigue celebrando y una película casi oficial solo le reprocha a sus ideólogos el haber sido ineficaces.


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