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Cambio de rubro
Quintín
11 09 2005 - 11:53

En esta primera nota anuncié que dejaba el cine para ocuparme de la literatura. No lo cumplí del todo. Pero otra previsión se cumplió: Coscia fue electo diputado.

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En 1991 me convertí en crítico de cine. Entonces, el cine argentino era una gran familia. Se hacían unas cinco películas por año y eran malas. Las salas se cerraban en las ciudades y en los pueblos. Los realizadores jóvenes tenían cuarenta años. Fuera de Aristarain, Favio o Solanas, casi todos los directores en actividad eran nulos como los hermanos Torre o falsos como Subiela. Sin embargo, cada vez que se estrenaba uno de aquellos bodrios, los diarios lo saludaban como una obra maestra. Es que la crítica también se sentaba a la mesa familiar donde todos comían. El público no era mucho mejor: en esa época se consideraba que James Ivory era un gran artista.

Después, las cosas mejoraron. El gobierno de Menem sancionó una nueva ley de cine y mientras dejaba hundir la mayoría de las industrias locales, aceptó subsidiar la del cine y hasta reflotó el Festival de Mar del Plata. Esta curiosa paradoja tiene una explicación: el cine, al que se suele considerar un entretenimiento, es también una cuestión de Estado. Antes de Menem, ya lo sabían Hitler, Stalin, Mussolini (que, con Venecia, inventó los festivales) y, para no cargar las tintas con las dictaduras, también Theodore Roosevelt que inventó la propaganda y Charles de Gaulle que inventó el proteccionismo. La ley trajo un importante aumento en la producción que se decuplicó en unos pocos años. Los multicines sustituyeron a las grandes y deterioradas salas en las grandes ciudades y los espectadores comprobaron que se podía ver bien, oír mejor y sentarse comodamente. Los festivales, las ediciones internacionales en DVD y aun la internet permiten mantenerse actualizados a cinéfilos, profesionales y especialistas. El dólar barato permitió comprar equipos y la Argentina entró en la era de la explosión digital con muy poco atraso. También crecieron la televisión y la publicidad audiovisual, fuentes de trabajo alternativas para los que hacen cine.

A principios de los noventa, una multitud de adolescentes se lanzó a estudiar cine. Cuando llegó la expansión del sector, los encontró ambiciosos y capacitados al punto que, cuando las cifras del desempleo se dispararon y contra todas las predicciones de sus padres, figuraron entre los menos afectados. La actividad no se detuvo ni aun durante la crisis de 2001-2002 y hoy es próspera. Entre los estudiantes, hubo varios aplicados y hasta algunos talentosos. La cartelera se llenó de nombres de nuevos realizadores. Los hubo para todos los gustos, desde el populista Campanella al elitista Alonso, desde la laboriosa Martel al intuitivo Trapero, desde el marginal Perrone al integrado Burman, desde el obsesivo Bielinski al desprolijo Caetano. Algunos triunfaron en la boletería, otros en los festivales. La mayoría apareció en los medios y viajó por el mundo. En un rubro, los recienvenidos fueron deficitarios: en la formulación de sus ideas. Se trata de una generación poco articulada con la palabra, poco interesada en la comunicación fuera de un pequeño círculo. Su discurso los suele acercar a la técnica y las finanzas más que al arte.

En estos años, los films argentinos tienen en general poco éxito en la taquilla. Para agravar las cosas, la televisión, hoy tan esencial para sostener el cine, es extraordinariamente avara y solo apoya sus propios productos. Tras una época en la que se insinuaron ciertos debates, las voces son hoy poco estridentes. El Instituo de Cine bajo la conducción de Jorge Coscia ha logrado disciplinar al medio cinematográfico al punto de que nadie formula en público objeciones a su política. Todos parecen participar en la ronda de los subsidios y la crítica tiende a acompañar los estrenos con invariables elogios. Por lograr una buena clientela y que nadie saque los pies del plato, el director del INCAA ha sido premiado con una candidatura a diputado. Bajo su vigilancia, el cine argentino ha vuelto a ser una gran familia.

Por mi parte, intento acercarme a la literatura. Las libros argentinos son, globalmente, mucho más interesantes que las películas. También despunta una generación prometedora, los debates vuelven a ser apasionados y hay menos dinero en juego. Pero, sobre todo, la literatura no es un asunto de estado ni existe un funcionario al que los escritores le tengan miedo y le atribuyan el poder de dejarlos sin trabajo si llegaran a enfrentarlo. La única sombra estatal sobre este mundo privado fue el anuncio por parte de un compañero de lista de Coscia, el canciller Bielsa, de que iba a iniciar una campaña oficial para que a un escritor argentino le dieran el premio Nobel. Pero ya se sabe que Bielsa es poeta y los poetas también son una familia.


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