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Pablo Plotkin
26 December 2005, 16:17

La semana apretada entre Navidad y Año Nuevo suele ser un agujero negro, un parador de ruta provincial, y este año no es la excepción. Podría ser una semana tan productiva o improductiva como cualquiera otra (especialmente este año, que las fiestas caen fin de semana), pero algo hace que sintamos la necesidad de estar al pedo, de elaborar la resaca y preparar las fauces y la kinestesia para la próxima bacanal, aunque no haya tal cosa y todo se reduzca a una ingesta desapasionada de fiambres y turrones de consistencias variadas (gomosos, pétreos, relativamente digeribles). Pero la pasamos bien, para qué negarlo.

Eso de que los shoppings estén abiertos hasta las cinco de la mañana es un poco como la Noche de los Museos: a uno nunca se le ocurriría ir, pero da una idea de prosperidad que se diluye antes de Reyes. Mi mujer trabajaba hasta hace poco en un negocio de ropa del Paseo Alcorta, y padeció un par de veces esa versión no aliancista de Buenos Aires No Duerme. Los Altos no duermen, podría ser, pero sus empleados tienen ganas de prender fuego el pino ornamentado que se alza, magnificente, en la fuente central del palacio. A las 4 de la mañana, cuando el sueño y la sinrazón empiezan a provocarte alucinaciones, un empleado del shopping pasa con un carrito lleno de pebetes y latitas de Coca. Y después, si la cosa anda más o menos bien, también pasa un changuito de Häagen-Dazs y te deja un picolé para refrescar el insomnio. Hay que entender a los empleados que celebran esa módica ofrenda corporativa sin ninguna vergüenza gremial: de pronto te sentís en una ciudadela refrigerada con splits colosales y villancicos sintéticos, todo medio Tierra de los muertos de George Romero, y un helado en palito premium, en ese contexto, es lo más parecido a un pedacito de cielo.

Pero decíamos que ésta es la semana transitiva y por todas partes reina un espíritu de asueto no del todo justificado. Por todos lados excepto por los lados en que las cosas tienen que salir sí o sí para que el mundo siga funcionando. Alimentos, transportes, diarios, basureros, mesas de ayuda. Las cosas que verdaderamente importan. Por aquí, una compañía editorial de mensuarios, hay una abulia oficinesca de las que dan ganas de huir. Acá no hay ecos de pirotecnia, apenas un par de pendejos con remanentes de chasquibún matando hormigas en el empedrado. La otra noche, en Nochebuena, sí que se veían las flores de fuego en el cielo de Guernica, donde vive el honorable matrimonio duhaldista de Oscar Rodríguez y Mabel Müller. Era el Jardinero Cruz, el goleador del Inter, haciendo volar su artillería de Euros por los aires del partido Presidente Perón. Hoy me fijo en las noticias y por suerte no hay ninguna relacionada con un anciano acribillado en su domicilio. Ya se trató ese tema por aquí, pero yo sigo sin entender la tendencia. Esta vez no tengo ganas de atribuírsela a ningún sagaz editor de policiales que ató cabos y fundó el fenómeno, no puede ser. Debe ser alguna psicosis contagiosa, que se transmite a través de los noticieros y los diarios. Es algo más científico que comunicacional. Antes nadie le pegaba seriamente a un viejo, excepto los locos y alguna vieja brava.

El otro día estuve en la casa de mi abuela, que tiene 87 años y es una rusa muy terca, que se niega a que la acompañen al banco a cobrar la pensión. Me dijo que no tenía miedo, aunque ya la habían asaltado arriba de un taxi una vez, a la salida del Ciudad sucursal Villa Crespo. En definitiva, me dijo, desde que murió mi abuelo José, a ella no le importaría morir. Más bien es lo que está esperando. Y ya lleva más de diez años de sobrevida. Así que me cocinó unos píreshkes (unos pastelitos rellenos de dulce de ciruela que sólo ella sabe hacer, y cuya receta se llevará a la tumba) y me habló acerca de la vejez y la soledad. Mi abuela me habla de esas cosas sin piedad, sin molestarse en convertir un verdadero drama (estar viejo, cansado, solo, triste, lúcido) en un asunto del tipo “qué le vas a hacer, así es la vida”. Las pelotas. Mi abuela no parece creer en la existencia de las fuerzas redentoras, así que no tiene que cuidar las apariencias. La vida es una mierda, y se pone mucho peor cuando llegás a viejo. No hay forma de arreglar eso. Y encima detesta a casi todos los viejos del mundo, no quiere socializar. Mientras pueda usar el cerebro a voluntad, nadie la va a meter en un geriátrico. No señor. Y tampoco la van a arrastrar a esos grupos de viejos de la sinagoga Ioná, como pretendió mi tía Ruczia (pronúnciese Rujche, polaca y sobreviviente de los campos, ella), donde se juntan a conversar y a representar obras teatrales. Nada le resultaría más deprimente a mi abuela que eso. A ella déjenla sola, rumiando su bajón crepuscular, pensando cada minuto en lo injusto que es el mundo y en cómo cambiaron las épocas. Ahora a la gente le interesa viajar, ir a comer afuera, dejar a los hijos con una niñera para poder ir al cine. Esa malasangre es lo único que la mantiene viva, aun contra su voluntad. Mucho más que los fármacos y las vueltas a la manzana. Es una especie de obra existencial que viene llevando a cabo desde hace un tiempo largo. Llegar hasta el fondo de la Angustia sin la ayuda de nadie. Y está cerca de lograrlo.

Feliz año para todos.


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La Inseguridad
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