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Julieta Mortati
25 December 2005, 20:59
Es notable el espíritu navideño en la redacción de TP. Los que estábamos enojados nos reconciliamos, todos estamos más o menos contentos y más o menos tranquilos, nos mandamos xmas salutations entre nosotros y ni siquiera nos agobia la urgente agenda de dailies (para variar, está cubierta hasta el miércoles). Nos quedan cosas pendientes, como siempre. Pero por ahora saludamos a todos con la manito, agradecemos la curva ascendente de visitas y colaboraciones, y nos vamos a dormir dándole un espacio a la oposición:

julieta mortati, que odia la navidad
Esta soleada mañana de navidad mi papá levantó las persianas de mi cuarto, me preguntó por qué hay ropa mojada y enjabonada adentro del lavarropas y finalmente, sin que se lo pidiera, me despertó.
Desayunamos sobre el mantel de tela amarillo-naranja que quedó de la cortísima cena de nochebuena. En donde años pasados apoyábamos el centro de mesa rojo y verde con bolitas de arbolito, este año puse mi taza de té con leche y las dos tostadas de pan integral al lado del frasco de mermelada de frutilla. Un desayuno bien ácido.
Mi papá estaba mirando un dvd de un concierto de Emerson Lake and Palmer. sin las camisas de seda con dibujos caleidoscópicos y los pantalones símil cuero a la altura del ombligo, los tipos que estaban subidos al escenario podrían pasar por dueños de una ferretería. El gato-jopo se les movía con cada muestra de virtuosismo. Como toda muestra de virtuosismo.
—Pá, ¿no son un poco ridículos?
—… Sí, pero son leyenda.
Terminé el desayuno, lavé la taza, lo dejé eligiendo otro dvd para que musicalizara la tarde, subí las escaleras, cerré la puerta de mi cuarto y pensé: “Tengo la primera línea: La navidad es una celebración represiva.”
Cada vez más temprano, en Buenos aires, te empiezan a recordar que tenés que armar el arbolito, que algo vas a tener que poner en el arbolito y que vienen los últimos feriados y el fin de año. No podés mirar vidrieras sin que la pegatina roja con estrellas doradas de “Felices Fiestas” te tape el precio de ese buzito que te va justo para llevar a la playa. Los arbolitos, de todo tamaño en todas las formas del merchandising, se balancean propagando perfume floral sintético como un aerosol espantamoscas, en los taxis. Y el tachero, a una velocidad de una cuadra cada diez minutos, atascado en la esquina y con un colectivo que se le quiere tirar encima dice:
—Yo detesto la navidad.
Te pasaste un día entero en el sur: Remedios de Escalada, Lomas de Zamora, Banfield, Temperley y Adrogué. Paseás por Adrogué que es como pasear por San Bernardo, pero sin arena en los pies. Los edificios, como en toda la costa, se llaman Pirulo I, II, III, IV y más. Paredes blancas con granulitos y balcones de madera cuadrados de doble banda. Chatos. Sin playa, sin mar, sin tanta humedad. Hay una estación de tren, una vía, un señor que vende los boletos detrás de un vidrio sucio, encerrado en una especie de baño con la luz de tubo encendida.
En el tren, los vendedores ambulantes venden compilados de cumbia y para eso los hacen sonar en un minicomponente al mango y te ponés a bailar hasta que te das cuenta de que quedaste en el medio de una ronda formada por pasajeros que en cualquier momento empiezan a aplaudir. Lesbianas de bermudas, pelo corto y zapatillas mullidas blancas, de esas que se usan para jugar al tennis, pero truchas, venden el mejor mantecol de 250 gramos, como siempre, para toda la familia, y ven a los compradores entre manos, piernas, bolsos y camisas transpiradas.
A la vuelta te tomaste el colectivo con los de la provincia que vienen a pasarla a capital. Tu papá ya puso la carne al horno y vos, el pijama.
Por más que intentes aislarte y bajes todas las persianas: Christmas is here. A las doce, antes y después, se van a seguir escuchando los petardos que tiran los nenes recién bañados y perfumados con colonia Johnson’s Baby, que cuando prendan el fosforito, esperan el PUM con los dedos índices adentro de la oreja. Estés adentro o afuera, es navidad. Prendés la tele, pero pasan películas con PapáNoels; la radio hace la cuenta regresiva y si abrís el google para encontrar una respuesta, en la pantalla –evitando este año el cliché de los gorritos rojos que les hacen poner a todos los empleados de servicio de todas las marcas, los mismos del año pasado y pasado– aparecen animalitos jugando y riendo. Ufff.
Así que te rendís. Mirás el reloj, y cinco minutos antes de las doce, agarrás la botella de sidra que te regalaron en el trabajo, la abrís con los ojos cerrados y te servís. Brindás frente al espejo una y otra vez hasta que te quedás dormido entre convulsiones, tirado en el pasillo que une el living con la cocina. Te despertás a las cinco de la mañana con un dolor de cabeza que te quiebra. Tanteás la canasta de remedios que está encima de la heladera, te llueven los remedios y en el piso encontrás primero el Ibuprofeno Matrix y después la Buscapina. Una de cada una, con agua. Te quedás tirado en el suelo con la espalda contra la cerámica fría porque hace calor. Alcanzás al control remoto de la tele que está arriba de una silla y aparecen decenas de rusitos disciplinados vestidos de blanco haciendo verticales, vueltas carnero, abriendo las piernas como una tijera al aire, contorsionando el cuerpo con peinados bien tirantes y te decís que tenías razón, que el deporte a la Grecia Clásica es otra ridiculez. Otro canal, Joe Satriani: un tipo que aparece en el escenario con una guitarra blanca brillosa con tres diapasones para tocar sólo con el del medio y rozar los otros dos para que después entre la batería y el teclado, hagan un bochinche fenomenal que deja al público con la boca abierta, pero a nadie se le mueve un pelo.
El mundo (el mundo al que me refiero no son los árabes, ni los chinos) se junta a cenar con gente que durante el año no ve porque no quiere ver, a hablar de cosas que no le interesa escuchar y esquivar bombas de estruendo para escaparse del turrón, las avellanas y toda esa comida que se te pega en los dientes para llegar a una fiesta atestada de gente que quiso que este sábado fuera como todos los sábados o por lo menos, que no tuviera nada particular.
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