ARTICULOS RELACIONADOS















Eliseo Brener
24 December 2005, 18:52

Es nochebuena, y el sol viene rajando la tierra acá en Rosario. Yo dejé para último momento el asunto de postear, lo cual es frecuente que me pase con casi todo. Cuando me quiera acordar, me van a estar llamando a la mesa familiar, y eso tampoco sé cómo va a ocurrir, porque no dejé referencias a nadie del lugar en donde me encuentro, ni traje el celular encima, es decir, estoy de incógnito, más o menos.

Por las dudas, voy a revisar las noticias. Sin embargo, estoy seguro de que no ha pasado nada en estas horas, porque navidad es tiempo de suspensión de actividades. Eso involucra prácticamente a todas las noticias, a no ser por la repercusión de los asuetos de ayer, los accidentes por el caos de tránsito y mañana seguramente la cuenta de los hospitalizados. Hay algo de clima que ya empieza a disiparse, al cual solamente le falta una cena para dejar de ser y convertirse en otra cosa, empezar de nuevo. De pasar algo, sólo podría tratarse de un infortunio, porque la hora de los anuncios findeañeros ya pasó, de manera que mejor no pase nada y a esperar un rato a que esto termine.

Efectivamente, la temática acostumbrada de los diarios en esta navidad está más gris que de costumbre. Resúmenes del año, de cómo los pasajes se agotaron, de cómo algunas vacaciones se adelantan, cómo vienen las ventas y recomendaciones para comprar y no encontrar el super cerrado, mucho policial, ancianos muertos a golpes, tiroteos; relleno, en fin.

En otras épocas, a mi me preocupaba cuánto de cierto hubiera en la historia de la navidad. Más que de cierto, porque nunca dudé de que todo hubiera ocurrido más o menos como se cuenta, me preocupaba tratar de imaginarme los detalles que la mitología oculta. Empezando por la cuestión de si José y María habían cogido, que daba por tierra con toda discusión ulterior, porque con el asunto del Espíritu Santo la controversia quedaba en cogida sí / cogida no y dejaba afuera una serie de detalles interesantes que quizá hayan sido tratados en las discusiones bizantinas, pero habría que ver.

Sobre todo, siendo los partos un tema que en TP nos interesa tanto, ¿qué podía significar en ese entonces tener que ir a parir como paria? ¿cuáles serían los beneficios de los cuales no se podría gozar por tener que buscar un pesebre? ¿qué tanto stress provocaría esa clandestinidad? En las noticias científicas que suelen aparecer en los diarios digitales, podría aparecer un titular como “Comprueban que María no superó una dilatación de 9 y que el parto fue inducido” o bien “Rastros de que Cristo tenía el cordón enredado”, y esa extrapolación de conceptos modernos me suena no tanto a herejía como a una especie de sedante para no ahondar en el tema.

Tuve que cambiar de ciber. Rosario no es muy diferente de cualquier punto que yo conozca con respecto a esto: pido máquina, voy, me siento y descubro que tengo todos los parlantes de las radios fm apuntándome, como si se me estuviera advirtiendo de algo. En el último que entré, estaba sonando Annie Lennox con la consabida materia de la cual están hechos los sueños dulces al momento de irme: cumplí una hora pensando e intentando relacionar la navidad con algo, pero consideré necesario volver a ayudar un poco con el vithel tonné.

Mi ayuda consistió en hacer fetas de peceto con un cuchillo bastante berreta. Ya en el camino venía lamentando no haber traído alguno más afilado de Buenos Aires, porque suponía que me iba a encontrar con este problema. Uno abandona el pensamiento para dedicarse a las actividades pueriles y después de trabajar un ratito y renegar con las fetas que son más gruesas de un lado que del otro, se empieza a preguntar nuevamente por el origen del vithel tonné o las distintas calidades de acero que hacen posible cortar fetas como la gente. Hora de volver a intentar contar algo.

La peatonal Córdoba que es el pleno centro de Rosario se encuentra desolada en las altas horas de la tardecita de nochebuena. Cuando el reloj marca las 19:14, el tiempo se fue poniendo gris y ya definitivamente se ha terminado la actividad comercial exceptuando los cibers, que cuando pregunto me dicen van a trabajar hasta las 22 más o menos. Obtengo una nueva máquina y esta vez me toca un salón silencioso y oscuro, en un primer piso que mira a la ochava de la peatonal y Maipú, lo cual considero una especie de bendición del cielo, pero al acudir a la máquina 11, que es la que me ha tocado en suerte, compruebo que hay un chabón en la de al lado que trabaja sacándoles impresiones a quien se las solicite, y escucha una música de rave infinita en los parlantes de su pc. El tipo va y viene, y en alguna de sus escapadas aprovecho para bajarle el volumen de los parlantes. Cuando vuelve lo sube nuevamente, pero menos, de manera que pienso que no ha sido todo inútil.

Con el correr de los últimos párrafos se me fue ocurriendo una idea que tiene que ver con mi fobia hacia los ruidos molestos, especialmente si se trata de música que me impida concentrar (prácticamente toda la música, pero en el caso de la fm es peor): ¿y si María y José se hubieran estado escapando de cibers ruidosos? Parir es algo tan glorioso como traumático: no se puede hacer en cualquier lugar. Estamos en la celebración mundial del parto, que es en realidad la celebración de la búsqueda del lugar apropiado para parir, el más tranquilo.

Cuando yo era adolescente, mis viejos se fueron de paseo a Israel. Al volver, contaron que habían estado en Belén el 5 de enero, que al aproximarse a la localidad miraron el cielo y se veía una sola estrella, enorme (así de grande, decía mi viejo marcando un gran círculo con índices y pulgares de ambas manos) y que los conmocionó tanta coincidencia astronómica, algo que parecía un indicio que corroboraba la historia al menos en parte.

Todos los padres consideran a su hijo como una especie de dios, especialmente si es hijo único. Algunos terminan creyéndose la historia y después terminan muy mal. Por ahí no crucificados, pero mal de cualquier manera, o en el mejor de los casos con años y años de psicoanálisis y nada de terapias cognitivas u otro tipo de cosas más limitadas, sino el diván más crudo y duro, porque el problema es una especie de via crucis bastante largo.

Al momento del parto todo esto es inimaginable, sin embargo. El primer parto convierte a una pareja en una familia, y hay un espacio mítico en el cual ese hecho es inalterable, más allá de que hace dos mil años la asepsia fuera bastante peor, no existieran las ecografías ni las licencias por maternidad o paternidad ni las guarderías pero sí los oficios.

Tercer ciber de la víspera. Parir un texto tampoco es tarea fácil y no va a ser este el caso, sin dudas. Ahora me tocó un salón más caluroso. En las proximidades de la entrada hay unos televisores gigantes donde unos chicos juegan fútbol virtual con hinchada sintetizada. Ya me están asignando máquina al lado de la hinchada y tengo que pedir que si no puede ser lejos de ahí, porque los ruidos del fútbol. Es así como me mandan al fondo del salón y tengo un poco más de calma, aunque no deja de sentirse la hinchada, y la característica del lugar son los celulares de los asistentes que suenan con diferentes ringtones a todo volumen, pero radio contínua no hay, al menos.

En el ciber anterior, de donde me rajaron hace algunos minutos, suponía que el horario se extendería un poco más. Para el momento en que el regente decía que había que cerrar, el pibe que se encargaba de sacar las impresiones le decía tengo que mandar como ocho mails todavía y entonces eso me tranquilizaba un poco, porque mandar tantos mails me hace pensar en un margen de tiempo razonable, pero a los tres minutos el chico de los ocho mails dio por terminada su actividad y entendí que no había entendido nada. Así fue como caí en la sala de los ringtones.

El parto que convierte a la pareja en una familia, decía. Como siempre que me pongo a escarbar un tema, intento preguntarme por qué la navidad tiene tanta importancia. Como siempre o más todavía, tengo miedo de decir cualquier cosa cuando hay tanta gente que estudia los temas importantes desde distintas perspectivas. Como toda mi vida me la pasé oscilando en la oposición religiosidad-ateísmo o alguna de sus variantes, tiendo a quedarme ahí, y de esa oposición es bastante difícil sacar algo en limpio a esta altura del partido. Si pienso en las miradas psicológicas o mitológicas, que siempre me interesan más, tengo bastante temor de decir burradas. Lo más sencillo entonces es hacer preguntas. Quizá estén ya recontra contestadas y yo no lo sé, pero si son genuinas las preguntas, siempre tendrán valor y posibilidades de encontrar respuestas nuevas.

¿Hay otra mitología celebratoria de un parto? Seguramente sí, pero ésta es muy acorde. Una pareja de parto huye del mundo porque su hijo corre peligro. Deambulan por un montón de lugares hasta que finalmente encuentran en lo recóndito el sitio más apropiado. El mejor lugar era el más impensado, el que terminó siendo. Así como los programas infantiles de Cris Morena suelen explotar el espacio mítico de los miedos de los chicos, el mito del nacimiento pega fuerte en todos nosotros ¿a qué puede lugar un nacimiento? ¿hasta dónde pueden llegar sus consecuencias? Si las personas dejamos de ser lo mismo a partir de tener un hijo y lo endiosamos, no podía no haber un mito celebratorio de ese endiosamiento, y si hay un mito así de bien hecho, es este.

A las canciones navideñas en Venezuela se las llama aguinaldos. Hay uno que dice hagamos el nacimiento por armar el pesebre, y quizá sea que le dicen nacimiento al pesebre por ahí, no sé. Hay las formas más exóticas de llamar a los pesebres. Desde que lo escuché me quedó sonando sin embargo en un sentido literal, con todos sus contrasentidos: ¿Cómo se haría un nacimiento? Parece una quimera.

Ya se hizo de noche y el vithel tonné me espera para los últimos toques.

Feliz Navidad.


————————————

Del mismo autor:
Pagliaccio
Big Band Revival
Las dos caras de la enfermera
Rewind
Un final
Ceremonias de iniciación
Esclavos
Del orden de las verduras
La Más Mínima Sospecha
Destitutio