ARTICULOS RELACIONADOS















Eliseo Brener
20 December 2005, 02:02

–Nosotros somos monstruos, y comemos bebés.

–Ahí hay uno, vamos a comerlo.

Onomatopeyas y mímicas de monstruos devorando bebés. Mi hijo es el Monstruo de la Montaña y yo soy el Monstruo de las Cosquillas.

Inexplicable lo que pasa con el clima navideño, pero algo hay. Como si lo etéreo de la atmósfera nos invitara a deponer actitudes hostiles y ser más amables, a reconciliarnos prácticamente con todo. El tiempo acompaña también, este año. Fresco y soleado, al menos durante los últimos días. La presión atmosférica se siente poco y nada, salvo en los momentos que uno empieza a desear la tormenta cuando todavía no se anuncia. Esos momentos son breves por suerte, y hasta tenemos la posibilidad de experimentar la sensación de sudestada en viernes a la tarde. Uno se acuerda de la sudestada y la añora, se siente transportado, evoca muy al pasar las inundaciones en las inmediaciones del arroyo Maldonado entubado, que en una época se decía que el desagüe enrejado del arroyo estaba tapado de cadáveres ahí arrojados y que desbordaba por eso y uno creía en esas historias porque le daban un sentido más trágico a la inundación, o porque así uno se sentía parte de algo importante, pero el aire de tormenta se termina enseguida y sin más de tres gotas. Uno se encuentra entonces en la misma esquina donde durante tanto tiempo estuvo la Franco Inglesa, que con su cierre y desalojo del personal rebelde atrincherado se terminó también la última farmacia con un par de balanzas más o menos fehacientes en las que no había que pagar para saber lo que uno pesa. En su lugar se está instalando una megacasa de electrodomésticos, rubro que últimamente tiene sus bocas de expendio saturadas.

–Papá, ¿no es cierto que nosotros somos monstruos?

–Sí, somos bastante monstruosos.

En las inmediaciones, y durante el año 1982, que fue cuando empecé a frecuentar diariamente y casi sin interrupción hasta el día de hoy la zona de Florida para el lado de los bancos, se armaban corrillos de personas que discutían de política, y eso era novedoso en ese momento. Yo no sabía que Castrogé era un concurrente asiduo que intentaba imponer su postura en esos grupúsculos hasta que Schmidt me despabiló hace poco con uno de sus comentarios. Tampoco me hubiera imaginado que a discutir en esos grupos se arrimaban Raffo y Puricelli como complemento de un programa de cine. Al final, después de tantos años en que las películas y los libros en general te cuentan la historia de cómo se fue abriendo nuestro camino de las personas que teníamos cerca cuando éramos jóvenes, descubro que terminamos acercándonos a otras personas que estaban también ahí, a quienes no prestamos atención en su momento.

………………………………………

Una recorrida por calle Pasteur un martes a la tarde, en sentido norte-sur. Los cartelitos recordatorios al pie de los árboles me producen siempre una emoción bastante intensa. Es como si hubiera lápidas emisarias que habiéndose escapado de los cementerios habitan los árboles para que uno se entere de manera sencilla que la muerte convive con nosotros, que tenemos a los muertos ahí, en los canteros de la vereda, en esas plaquitas negras que dicen nombrecitos como quien te susurra en la oreja eh, estás despierto cuando ya se hizo de día y uno mantiene los ojos apretados para no escuchar.

Pero si uno continúa, se sumerge en la abundancia. Lo abigarrado de montañas de bienes interminables que no parecen ciertos. No parecen ciertos los reproductores de dvd apilados, berretas, que no pueden funcionar más que la primera vez. Otro signo de abundancia son los umbrales vomitados que uno rodea para no pisar, pero que al cabo aparecen los síntomas inconfundibles de la suela del zapato que se pegoteó un poco y durante algunos instantes se resistirá levemente a despegarse de las baldosas y uno sentirá una incomodidad que se combina con el amontonamiento de personas que están saturando los canales de distribución mayorista. Un profesor sostenía hace unos diez años que la civilización que encontrará a la Tierra devastada después de extinguirnos, no será capaz de decodificar lo que significan (o significaban) esos discos que nosotros leemos con un láser, y que aparecerán por todas partes porque son absolutamente imperecederos.

No es exactamente clima navideño lo que siento en Pasteur, y quizá sea que no miré la fecha y entonces me perdí un poco. A veces el no mirar la fecha hace que se pierda contexto, y entonces el extrañamiento es un poco mayor. Me pregunto qué estará pasando, o bien como no acostumbro atravesar el Once todos los días supongo que eso es el movimiento normal, el fluir de tantos hormigueros convergentes en un día como cualquier otro, pero con el tiempo voy relacionando y me digo pero todo esto es por la navidad y enseguida busco los motivos y encuentro que la música no acompaña la situación, que en calle Pasteur suena cualquier otra música que no es música navideña y entonces me pregunto si la música navideña es apropiada o no.

Tampoco es que me pregunte por lo pertinente de la música navideña a propósito de la época del año, sino que en general la música acompaña las situaciones y casi nunca lo advierto, o lo advierto demasiado tarde. Si recorro Pasteur y escucho Pompa y Circunstancia, probablemente estoy habitando algún tipo de documental que va al paso de la música, cansino o bien deslizante como si tuviéramos los ojos en una cinta transportadora, y donde todo es solemne y alguien intenta decirnos que estamos ante un sitio que debiera inspirarnos reflexiones trascendentes sobre la vida y la muerte, el colorido y el pintoresquismo de la actividad comercial en oposición al silencio recoleto de los muertos que están a pocos pasos, convertidos en plaquitas negras en los canteros de los árboles, y mi propia imagen me espanta un poco. Me hago trampas a mí mismo me digo, porque construyo una imagen grotesca y pretenciosa a propósito, para provocarme ese espanto del que quiero huir y no pensar la música apropiada a conciencia.

Lo mismo si construyo la imagen con planos entrecortados que impriman un ritmo falso a la acción y que en un desborde produzca ese efecto tan característico de la belleza de ciertos amontonamientos coloridos en la composición del cuadro, pero que si uno visita el mismo cuadro se encuentra con artículos de librería o con montañas de tapers o tubos de cintas para atar el pelo y todo eso conforma una realidad cacofónica de las que no tienen ninguna gracia. En ese caso, la imagen falsa podría estar acompañada por alguna especie indistinguible de música electrónica (tramposamente llamada electrónica, acoto desde mi resentimiento hacia la apropiación del nombre por un género bastardo) como sucedía en los cortos de presentación que se hacían en el Bafici unos años atrás, que uno veía antes de comenzar cada función en el Abasto y que intentaban dar una idea de mosaico multiculturalista en la programación en consonancia con el mosaico multiculturalista del Once, y percibo que fui armando una imagen más o menos parecida a los mosaicos del Bafici, a efectos de despreciarla como impostura.

Pero ¿cuál era la música que sonaba el martes a la tarde al atravesar Pasteur?

Vuelvo a pasar ayer por la tarde para cotejar ese recuerdo reciente con la realidad más cercana. Un detalle que se me había pasado por alto es que los arbolitos que tienen las placas son todos de la misma especie, con hojas de dos tonalidades distintas. Obviamente parte de un proyecto único de recordación, porque además tienen todos el mismo tamaño. Pero hay algunos, y son los que están precisamente en el lugar del atentado, frente al edificio, que están completamente pelados, sin hojas. El que está en el medio tiene una placa con nombre N.N. Más allá, las casas de cotillón se llaman Casas de Carnaval Carioca y lo que más abunda, por lejos, son los relojes.

El clima navideño, decía. Uno trata de evocar y la evocación va siempre a las épocas de cuando era un nene. El número navideño de la revista Billiken que me fue negado porque costaba una fortuna, como tres mil unidades monetarias de un año que debía ser 1975. Yo lo quería porque traía no sé cuántas cosas, tales como adornos de arbolito, pesebres, estrellas, mostacillas para enhebrar y hacer no sé qué cosa, es decir, artículos muy improbables en el interior de una revista en ese entonces, esas chucherías inservibles que venían en Billiken, pero que uno creía que eran cosas de verdad. Venía envuelto en un estuche de nylon que le daba un aspecto mucho más importante y secreto, porque para abrirlo había que pagar. Durante algunos años pensé que quizá se pudiera conseguir ese número de rezago en alguna parte y miraba buscando en locales de revistas usadas, aunque en el fondo no creía encontrar un ejemplar de esos, con el nylon intacto.

Como a mí de chiquito lo que más me interesaba en el mundo eran las revistas, me la pasaba buscando estrategias para abastecer mi consumo, y los locales de usadas, donde se hacían canjes de dos por uno, eran lugares propicios. Uno de los primeros libros que recuerdo haber adquirido ahí eran unos cuentos de O.Henry, que enseguida me encantaron. O bien, me quedó para siempre el recuerdo del cuento de los Reyes Magos en el cual la pareja es pobre y se quieren mucho y se viene el día de Reyes y entonces los objetos más preciados de esa casa, de esa pareja, eran la cabellera larguísima que tenía Della y el reloj de bolsillo que tenía Jim. Della se corta y vende su cabellera para comprarle una cadena de platino a Jim para su reloj, y Jim vende su reloj para comprarle unas peinetas de carey a Della. Todo termina en la frustración y fue el primer cuento en el que vi que la vida es puro desencuentro. Jim le dice a Della sobre el final:

Olvidémonos de nuestros regalos por un tiempo. Son demasiado lindos para usarlos en esta época. Yo vendí el reloj para poder comprarte las peinetas. Y ahora, será mejor que pongas las chuletas en la sartén.

La Navidad propiamente dicha estaba ausente en casa cuando yo era chico; supongo que eso sería porque en una familia judía parece que estaba un poco mal festejar la Navidad. Recién cuando un tío se casó con una goy se empezó a hablar del tema, tímidamente. Sí me concedieron durante algunos años la gracia de creer en los Reyes Magos, aunque sólo por un período muy corto. Después de que me revelaran la verdad (que tampoco recuerdo muy dolorosa) ya no se pudo negociar ni siquiera el beneficio de los regalos. Mamá, Papá, está bien, yo admito que los Reyes son ustedes. Sigan siéndolo. ¿por qué terminar con la ilusión de esta manera, sin dejar rastros siquiera?

Esta vez, recorría Pasteur llevando la música que quería probar para esa caminata: nuestro podcast más reciente se cierra con “Christmas time is here”, donde canta un coro de nenes para un especial de Charlie Brown que se hizo en el año en que yo nací. Esta coincidencia le va a dar un impacto especial a lo que tengo que escribir, pensaba. Recién ahora me entero de tal coincidencia y en realidad cuando escucho esa canción veo un mundo de nenes de fantasía que pasan la navidad con pinos entre la nieve, comen pavo y tienen un perrito que habla. Sus figuras se deslizan como en patines de hielo y me producen nostalgia de algo que ni siquiera sé qué es.

La cuestión es que al momento de estar haciendo la recorrida, la canción esa estaba lejos. Tenía que adelantar el podcast hasta llegar al final, y además de darme fiaca me parecía que el capricho de ponerle música navideña a mi caminata me haría perder otras cosas, de manera que dejé todo como estaba y no me acuerdo bien qué música habrá estado pasando, probablemente la del tipo que le faltan los dos dientes de adelante y se lamenta porque eso le impide desearnos feliz navidad.

Entonces siento que alguien me llama y me doy vuelta. Una mujer de aspecto muy discreto, esmirriada, vestida con colores claros y sonriente como recién salida de una clase de yoga me está saludando. Hago un esfuerzo por ubicarla en la memoria.

– No te acordás de mi… –se sonríe y me saluda con un beso.

– ………

– La Turca –dice.

Mi gesto sigue siendo el mismo, sólo que con un poco más de culpa por no recordarla. Empiezo a pensar que se me prendió una colgada que me confundió con alguien, y que cuánto durará esa tensión, que yo nunca quiebro una situación semejante vaya a saber por miedo a qué.

Sigo el protocolo, que estoy bien y que cómo está ella, mientras pienso y rebusco si será cierto que la conozco. Rompe el protocolo inmediatamente:

–Yo estoy muy mal. Con los chicos y sin un mango. Mal realmente. –Está mirándome fijo y la situación cada vez cierra menos. – Si querés anotá mi teléfono y hablamos –yo estoy buscando una birome preguntándome otra vez qué estoy haciendo ahí, y mientras busco en el bolso escucho:

–Y si tenés para darme cinco o diez mangos, me salvás.

–Yo tampoco tengo un mango. –sigo sacando la birome. Mentí.

–Bueno, bueno. Cualquier cosa yo paro ahí, en La Alameda. Nos vemos, eh.

Estoy todavía con la birome en la mano mientras La Turca ya desapareció de mi vista. Me quedo pensando. Tengo vergüenza de haber participado en una puesta en escena compulsiva, indignación por no haber reaccionado para alterar el juego, pero es al pedo: no hay nada que me duela más que desconocer a alguien y que me lo refrieguen en la cara.

En época de Navidad, este tipo de cosas me caen peor. Debe ser parte del misterio.


————————————

Del mismo autor:
Pagliaccio
Big Band Revival
Las dos caras de la enfermera
Rewind
Un final
Ceremonias de iniciación
Esclavos
Del orden de las verduras
La Más Mínima Sospecha
Destitutio