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Acá falta algo. Ya va.
Estamos ordenando.
Mientras tanto:
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Esteban Schmidt
15 12 2005 - 02:52
Dios mío, mantener esto a diario es delirante.
Somos cuatro y cuando no se cansa uno, se cansa el otro y cada cual tiene sus líos en sus casas, con sus autos, con los hijos y toda esa parte de la vida llamada trabajo.
Menos mal que esto es libre. Que acá no hay que respetar géneros ni formas de decir. Pero sí, la onda es que se diga algo, y aunque nunca lo hablamos entre nosotros, algo en el sentido de Sartre “no se puede escribir para no decir nada”.
O sea, no me digas “estoy contento”, decime por qué.
No me digas que estás “triste”, decime por qué y no me digas “porque se me murió mi abuela”, decime por qué la muerte de tu abuela te hace llorar. ¿Se entiende? Algo así.
Sin tiempo para nada, quedé en hacerme cargo del día jueves de TP. Mal hecho. Para hacerlo tengo que sacrificar ganancias que ni siquiera me llevarán de vacaciones a ningún lugar y menos mal que ahora creo que las vacaciones son una porquería porque si creyera lo que creía cuando podía irme de vacaciones estaría resentido. Vendrán tiempos mejores, seguro.
Gracias a Dios, apareció en la bandeja de entradas el siguiente mensaje:
“Queridos,
Nuestra hijita Alma nació bien el 12-12 a las 23.45 hora sionista.
Buen peso, buen aspecto y aparente buen humor.
Les debemos una o varias fotos que en el suceder de los días mandaremos.
Gracias a todos por los buenos deseos y perdón por las pocas palabras.
Ampliaremos.
Mariano y Marina”
Es mensaje de Mariano Man, uno de lo mejores cronistas argentinos vivos, que está en la diáspora en Israel, en el grupo de la diáspora del 2001. Mariano tuvo su primera hija con Marina, una vieja vecina del quinto c de un edificio de clase media de Caballito. Le escribo enseguida.
“Felicidades, ches!
Escribite un daily para TP sobre la burocracia hospitalaria israelí, si es que la hay.
Besos a marina.”
Sin esperanzas, sigo con mis trabajos. Pero al ratito, enseguida, entra un mail de Mariano.
Dice: Sale. Me arengaste.
Llegás al hospital más importante de Tel Aviv y de entrada te confundís. Todo el mundo conoce al establecimiento bajo el nombre de Ihilov –apellido ruso– pero una vez adentro desde los carteles indicadores hasta los formularios y las batas dicen Sourasky Medical Center.
Entrás con contracciones en el útero –ellas– y en el cerebro –nos los representantes paternos– a una especie de guardia donde una gorda te hace llenar papeles, te pregunta hasta la fecha de llegada al país y después te deriva a otro mostrador donde dos ex soviéticas (atención al dato) te dicen que esperes que una enfermera también pertenciente al antiguo Soviet te revisará.
Dedos que miden la apertura y como esta no es suficiente, despacho automático a casa. Como la sangre latina es más caliente, se le explica a Soia (puede ser ucraniana) que con terribles dolores es imposible volver a casa.
A regañadientes, como aceptando a Lenin, dice que habrá entonces internación.
Un doctor, el primer israelí neto de la jornada, te deriva a un sector de habitaciones donde Dyta y Larisa (presuntas siberianas) instruyen sobre como domar la contracción, como si fuera tán facil como tomarse un vodka en la estepa. Pasan las horas y las representantes del Politburó te derivan a la sala de parto, donde una argentina se presenta como partera mientras afirma que nunca volvería a vivir a Buenos Aires porque allá los que manejan los partos son los médicos.
Horas de sudor, dolor, lágrimas y ansiedad pasan volando y cuando uno ya se imaginó que su hija nacería con la ayuda de manos argentas, o al menos Manos del Uruguay, todo se derrumba cuando a la porteña se le acaba el turno y nos presenta a Tania, procedente de Crimea, particularmente de Sebastopol (comprobado luego de horas de hacer preguntas inútiles con tal de que pase el tiempo).
Nace la nena, el papá intenta cortar el cordón pero no puede porque Tania le puso la tijera en la mano gagá, la mano izquierda.
Claro, ¿en qué otra mano podría haberme encajado el instrumento aquella nostálgica de los bonos racionados y los gúlags?
Tiro un liberalismo y corto con la derecha. La pesan (3.450 kg, como dos tres botellas y media de Smirnoff) y a llenar una autorización sobre vacunación para la criatura.
Todavía no sé bien qué firmé pero por las dudas puse spasiva.
A horas de llevarme a la madre y a la hija a casa, todavía no sé si tendre que sortear muchas más instancias burocráticas, que si bien no fueron tantas e insoportables fueron suficientes como para perder la noción de espacio y por un momento creer que dimos a luz en San Petersburgo
Le digo a Man que es un genio, que Raffo lo va a dibujar con la hija, cien chupetines, para que escriba más, pero no sé ni a qué hora me escribió de allá. Acá eran las siete de la tarde del miercoles. Esperé hasta las dos de la mañana y dije lo pongo así, seremos comprendidos y es seguro que hay disfrute igual, que sabemos algo más, que su hija no es una “gordita hermosa” sino que pesa como tres botellas de Smirnoff y que me la corten en rebanadas si no es esa una descripción justa.
Bueh, saludamos la llegada de Alma.
Mañana tendremos desde Londres un Daily muy esperado, Martín Sivak escribe sobre su compañera de estudios Monica Lewinsky.
Yo digo adios.
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Del mismo autor:
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