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Eliseo Brener
12 December 2005, 11:34

Hernanii mencionaba días atrás una película argentina que no me gustaría ver, en la cual una chica se hace puta por necesidad y en la cual todo parece una excusa para lamentarse de la maldad del mundo y, en particular, de la maldad argentina, que es mucho más pior que la del resto y hace nuestro derrotero triste y sufriente. Y cuando yo ya estaba inquietándome por el tema del cual voy a pasar a hablar enseguida, en la redacción de TP recibimos comentarios de lectores que son más bien diatribas en contra de aquellos artículos (putas #1 y putas #2), que ya tienen un tiempo. Nos sorprendió que –siendo como somos en TP tendientes a la queja– justamente provocaran tanta irritación unos artículos en los que, en vez de protestar, nos preguntábamos acerca de un mundo que, en tanto ajeno, nos intriga y nos provoca curiosidad de una manera que no nos pasa con otros mundos ajenos, como ser el de la bolsa de comercio.

Desde que publicamos aquellos artículos pasó demasiado tiempo. Al menos para nosotros, que intentamos tener cierto registro de lo que sucede alrededor y vivimos peleándonos con la agenda de los diarios (que lo invade todo), pero al mismo tiempo cayendo inevitablemente en sus garras, ya sea por miedo a convertirnos en autistas o por irritación que necesita convertirse en palabras para que el veneno no altere nuestro hígado. La tapa del Clarín del sábado fue ocupada en un 70% por el titular:

Argentina, en otro mundial para sufrir.

Y sabemos entonces que la exhortación de Hernanii a abandonar el lamento no ha tenido éxito, de manera que tanta coincidencia entre putas y sufrimiento resulta un motivo suficiente para reavivar el tema y seguirlo un poco más.

Decía yo la otra vez que hay una tradición machista, un mito por el cual todas las mujeres son putas, sólo que algunas ejercen de manera explícita o por un monto determinado y otras no, o bien su acto de prostitución reside en el hecho de ser mantenidas por hombres o en algún otro tipo de intercambio más complejo. Esto forma parte de cierto acervo de uso cotidiano y enraizado quién sabe dónde, pero paralelamente hay una valoración de la puta como una especie de ser particularmente propenso a la redención. De María Magdalena a esta parte hay algo de intocable en las putas, algo sagrado. Como si a falta de los misterios que normalmente se encuentran en cualquier mujer, existieran otros misterios más profundos, más insondables.

Al momento de escribir esto, me pregunto si acaso habrá una relación entre las quejas que recibimos por expresar curiosidad hacia el mundo de las putas y el momento político actual, en el cual de repente dos mujeres acceden a ministerios insospechados para el género, mientras la mujer del presidente se reafirma en el poder por medio de una compulsa sin precedentes y con el agregado de componentes eróticos innegables. En la tradición del peronismo, las mujeres que se acercan al poder parecen ser juzgadas de acuerdo a la relación puta-martirio-redención. No cuenta demasiado el ser putas en sí, o el haberlo sido. Busco la manera de insertar a Evita en esta historia, porque la veo dando vueltas desde que mencioné a María Magdalena, y no es la cuestión de si Evita era o no era puta lo importante, sino que se la puede pensar capaz de todo, es decir, capaz aún de eso en pos de resguardar algo (o conquistar algo) que todavía no sé bien qué es.

Este camino no puede ser sino opuesto al del feminismo tradicional y sus reivindicaciones, encarnado por Sandra Russo en su nota del domingo pasado. En un supuesto diálogo con otra mujer, que siendo docente, progre y culta estaría actuando como reaccionaria y machista por tomar como una provocación hacia los militares el hecho de que se nombre a una mujer en el ministerio de defensa (suposición bastante sensata, la verdad, tomando en cuenta el contexto), intenta acallar las dudas o las quejas desde la formalidad de una supuesta equidad de géneros. Según Russo algo distinto pasa si hay más mujeres ocupando cargos importantes y entonces todo suena un poco a la fantasía setentista de tomar el poder y los medios de producción por asalto. Algo parecido también a las empresas que en lugar de tomar empleados toman socios para que hagan tareas de empleados y crean estar en pie de igualdad.

Entonces rescato en el diario de hace varios días la historia de Bruna Surfistinha, una chica brasilera que a los 17 años se hizo puta sin necesidad aparente (porque provenía de una familia acomodada y estudiaba en uno de los mejores colegios de Sao Paulo, dice la cronista), ejerció durante tres años e hizo un blog donde fue narrando su experiencia. Empezó a tener tanto éxito con el blog, que se hizo famosa, escribió un libro que agota tiradas, le hacen entrevistas de distintos países y está negociando los derechos para que se filme una película con su historia. Finalmente, abandonó la actividad de puta porque sus nuevas actividades de celebridad le dieron un piso para independizarse nuevamente.

La chica quería hacer dinero rápidamente, a pesar de su (otra vez) origen de clase alta. No sufría penurias económicas como Antonella Costa en la película que vio Hernanii, y hasta se podría decir que lo suyo fue una actitud de coraje, o de chuparle todo un huevo en pos de independendizarse de algo que no está muy claro qué era. Las mujeres tienen la fantasía de ser putas y esta realiza su fantasía y vive el asunto, si no con alegría, al menos con un desparpajo tal que le permite publicar sus experiencias con cierta frescura y simpatía.

Como suele pasar, uno se entera cuando Bruna ya es famosa y su sitio está tan desbordado que apenas si se lo puede visitar porque es el boom del momento. Sin ponerse a investigar demasiado, uno encuentra que la chica fue escribiendo un diario de los encuentros que tenía con gran esfuerzo metódico, como realizando un estudio minucioso y pasible de estadísticas. En los posteos, Bruna hace unas fichas especificando perfil del cliente, estilo de encuentro y midiendo como variables química y afinidad, además de hacer un breve relato de hechos graciosos o hechos interesantes.

Establece una relación con sus clientes a través del blog, en donde los trata a todos con mucho respeto y delicadeza: si dice que uno en particular no es su tipo, se ocupa de aclarar que no es nada personal. Es claro que los hombres que transan con ella (aunque sea algunos) después van y leen en el blog cuáles fueron sus impresiones del encuentro. Un tipo reincidente a quien ella no recuerda le dice que es el que en el blog figura como “un cuarentón que no era su tipo” y entonces Bruna se avergüenza un poco e intenta darle explicaciones, pero el tipo le dice que no se gaste, que esto ya lo habían hablado la vez anterior y ella le había dado la misma explicación, con lo cual su desmemoria es doble y su avergonzamiento crece un poco, pero de manera casual y nada traumática.

Una fantasía de los hombres, quizá la fantasía, con respecto a las mujeres es la del narcisismo: ser, para siempre, quien mejor se las haya cogido. Me imagino que eso se debe potenciar en aquellos que recurren a putas por razones de escala: ser el mejor entre tantos no es lo mismo que entre algunos. La verdad, en uno y otro caso es parte del misterio del universo femenino (y dentro del mismo, del universo de las putas). La novedad de Bruna es el servicio que brindaba para acceder al misterio en forma mediática: el diario personal de una puta hecho blog. Un avance de la prostitución hacia el modelo Total Consumer Satisfaction. Tanto por parte de los clientes como de los mirones, el asunto empezó a redituar y entonces la historia de la fama, el libro, las entrevistas y así hasta llegar al momento de la redención: hay un post determinado en el que la chica habla de su último cliente, a partir del cual dejó de ser puta porque ya no atiende más, y resulta muy curioso que la condición de puta sea algo tan intercambiable como un vestido. Siempre creí que no debía ser tan sencillo para una puta dejar de serlo.

En la ficción, es habitual que una puta logre salvar su vida encontrando un príncipe azul apuesto y acaudalado que la quiera. Julia Roberts y Richard Gere en Mujer bonita, por caso. El milagro lo opera el amor. El tipo al principio es un cliente y mantiene la distancia, pero la sombra del amor anda rondando y finalmente ambos sucumben y se transforman: él es capaz de enamorarse de una puta y ella es capaz de dejar de serlo. Pero el asunto no deja de ser melodrama poco verosímil, y los mitos cobran nuevas formas manteniendo una estructura inalterable, creo que decía más o menos Levy Strauss. Parece que Bruna tiene también un novio que le hace el aguante, pero de un modo no tan convencional, que la chica sigue encaminando su carrera en pos de mayores ganancias y no va a quedarse a ver la novela y a planchar. La salvación concebida de una forma bien diferente.

El asunto de Bruna Surfistinha conserva un trasfondo misterioso que da lugar a las teorías conspirativas: la chica existe, aparecen sus fotos, la gente la reconoce por la calle pero ¿es cierto todo lo que cuenta o es un trabajo fino que alguien organizó para vender el libro? No importa mucho la pregunta desde el momento en que el libro se vende bien y hay unos cuantos que piensan que la chica es un buen negocio. Su construcción del relato resulta convincente para quien la compre, así que uno puede pensar que refleja algunas creencias actuales:

Que siendo mujer se puede elegir ser puta como una entre tantas otras opciones, y que quizá sea la mejor en términos de costo/beneficio.

Que se puede abandonar la actividad de un momento para otro.

Que todo se puede hacer sin la figura protectora del cafishio.

Que hay límites concretos y delineados entre lo que alguien decida ser en un momento o en otro, los cuales pueden ser traspasados como si se jugara a la rayuela: “ahora soy puta”, “ahora soy escritora”

Con la extensión del concepto de prostitución a cualquier cosa, parece que se hubiera desacralizado o desmitificado la prostitución propiamente dicha, que al fin y al cabo pasa a no estar tan mal si es una motivación para el progreso, una ocupación. En la ambigüedad de Clarín, el relato puede servir tanto de motor para la indignación como de estímulo para seguir el ejemplo, y sólo depende desde dónde se lo lea o en qué parte uno se enganche. Si uno se cuelga de la decadencia de estos tiempos, entonces será censurable. Si en cambio el enganche es con un mundo de posibilidades, se convertirá en un ejemplo a imitar.

El punto de inflexión hace que la historia de Bruna Surfistinha se torne sumamente aburrida: de narrar encuentros sexuales (que podían ser monótonos en el fichaje pero siempre tenían algún detalle interesante), a partir de haber dejado se la pasa contando los reportajes que le hacen, los prospectos de contratos que tiene y cómo la reconocen por la calle y no la dejan en paz. ¿La condición mediática se parece a ser puta, en tanto la persona mediática no puede negarse a determinados juegos? Suponiendo que este parecido sea cierto, ¿el consumo mediático compulsivo se parece al ir de putas? La persona que se expone ahí construye un personaje que en el mejor (o en el peor) de los casos estimula cierto sentir común de los mirones, y a partir del momento en que la persona puede medir las estadísticas de su llegada y empieza a amoldar el personaje para capturar mayor cantidad de rating y tener más beneficios a futuro, la cosa se vuelve cada vez más estereotipada e irreal, a pesar de que el éxito pueda ser cada vez mayor.

El final provisional de la historia de Bruna Surfistinha (que hasta reveló su verdadero nombre: Raquel Pacheco) es que su libro está dedicado a un target de mujeres que buscan consejos para evitar que sus maridos vayan de putas, y parece bastante triste para una puta tan exitosa terminar haciendo algo que se parece a la autoayuda. Pero la redención puede tomar las formas más insospechadas.

Y en todas las vueltas que le dí a este asunto, recién ahora caigo en la cuenta de que estuve aplicando todas nuestras (o mis) categorías de ser argentino, retorcido, paranoico y triste, mientras que Bruna Surfistinha es, como la alegría, brasileña.

A ellos les tocó, otra vez, la zona más fácil en el próximo mundial.


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