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Eliseo Brener
9 December 2005, 18:55
En un día de resaca me levanto temprano, acalorado. El tiempo está agradable, incluso corre una brisa por la habitación, porque la puerta del balcón quedó abierta y la cortina es un globo gigante y parece que los autos que están pasando por abajo hubieran enmudecido, que los árboles hubieran enmudecido, que el chorro de agua de la manguera de la portera que lava la vereda saliera más despacio para no molestar y que las rejas del balcón, negras y desapercibidas se rieran como el perro Patán, tan silencioso está todo, y entonces la resaca no se entiende muy bien. ¿Estará equivocado el contexto o estaré equivocado yo?
En mi caso, empiezo a imaginar que el mate amargo podrá atenuar algo, pero la imagen de un mate reconfortante y con la yerba espumosa y clarita choca con otra simultánea de mate hecho con agua muy caliente, yerba oscurecida que parece crisparse y gusto a mate quemado que exacerba aún más la resaca, así que despacio por las piedras, me digo: lo mismo que puede hacernos bien bajo cierta forma, nos puede terminar de reventar pasado cierto punto, o descuidada cierta medida. Recuerdo que una vez alguien me dijo que el vino blanco tenía una ínfima proporción de cianuro y que eso es lo que provoca el malestar después de tomarlo, pero la misma persona me había dicho mucho antes que conocía un método de envejecimiento acelerado de metales, para hacer que el hierro con el cual yo quería construir una biblioteca luciera como esos hierros antiguos, naturalmente parduzcos sin estar exactamente oxidados, y eso terminó siendo un bolazo: aparentemente la única forma de lograr un hierro con aspecto de viejo es esperar que pase el tiempo, mucho tiempo, o conseguir un hierro que haya juntado la crosta de otra espera menos ansiosa que la de uno.
Ese es el problema de distinguir lo que uno desea de lo que uno cree que desea, que es más bien lo que uno fantasea. Yo me la paso soñando con tener una arboleda, pero no soporto mucho la idea de conseguir un terreno y poner ahí unos arbolitos púberes y esmirriados; quiero mi arboleda frondosa y constituida en forma inmediata y alguien me dijo una vez pero esa no sería tu arboleda, sino la de algún otro. Mi fantasía se parece a pretender comprar tiempo usado en lugar de usar el tiempo propio.
Cuando era chico, teníamos una quinta en Glew, ahí donde Soldi vivió y pintó una capilla, sólo que nosotros estábamos del otro lado de la vía, siguiendo por la avenida Almafuerte hasta que se terminaba el pavimento. Mi viejo había plantado unos pinitos al lado del ligustro. Los trajo en el baúl del auto y venían con los terrones de las raíces metidos en latas de aceite, que hubo que cortar con tijeras para hojalata antes de plantarlos. Todos nos reíamos un poco de la pretensión de que fueran verdaderos esos arbolitos que parecían más bien una especie de arbustos. Mi viejo era optimista y decía que iban a crecer. Unos años después ya eran más altos que una persona y mi viejo se jactaba un poco, pero a mí eso me parecía insuficiente, y más tarde vendieron la quinta porque ocasionaba muchos gastos y también por otros motivos igualmente incomprensibles que ahora no recuerdo. Muchos años después, quise volver a ver esa quinta para cotejar recuerdos y llegué hasta la puerta y tuve palpitaciones cuando vi que esos arbolitos de mi viejo medían como quince metros de alto y eran la arboleda de otro que seguramente no se pondría a pensar si me pertenecía a mí o no.
El día de la virgen (o de la inmaculada concepción, no sé bien), es siempre el fin de algo, o el comienzo de otra cosa. Si normalmente la actividad oficinesca es tediosa, monótona y estresante, a partir del momento en que se realiza el encuentro de fin de año sigue siendo tediosa, monótona y estresante pero parece que no importara mucho, que hubiera algún tipo de recompensa al final del camino, que hubiera sonado la campana de largada para el tiempo de redención que vendrá con las fiestas. Desde que se convirtió en feriado, los empresarios (al menos los de medio pelo) se matan por conseguir lugar en los restaurantes para festejar fin de año el día 7 a la noche, porque de esa manera se aseguran que los trabajadores no se cobren la resaca en día laborable y así se siguen maximizando los beneficios o minimizando las pérdidas, que son optimizaciones que van de la mano.
Pero volviendo a la oficina, el microclima lo sigue constituyendo el sonido de teléfonos en cadena, con radios fm que en el mejor de los casos están reproduciendo a Steely Dan
Hey nineteen that’s ‘Retha Franklin
She don’t remember the queen of soul
Y a mí me resulta siempre grato escuchar esa canción aunque haya sido elegida para triturarnos los oídos como parte de una colección inalterable que aleje a los escuchas de la más peligrosa de las sensaciones: el extrañamiento. El tipo en la canción no puede entender que alguien no recuerde a Aretha Franklin, y cuando la pasan alimento esa sensación de melancolía preguntándome si alguien que esté cerca sabrá quién es ese que lamenta, ni mucho menos que se lamenta porque alguien no recuerda a Aretha Franklin. ¿Quién es Aretha Franklin? geynaintinaspenclassiccientodospuntotres dice la voz, y sigue el programa con Television Man mientras hago un fade out interno para ver si me puedo concentrar en otra cosa.
El hecho destacable de la semana lo constituye la finalización de las clases en las escuelas municipales.
Digo, suceden otras cosas más novedosas que salen en el diario y parecen ser irrepetibles junto con la linealidad de la historia, pero la historia se repite aunque cambien los personajes y entonces me cuelgo con esta noticia aparentemente irrelevante de las clases que terminan y pienso en los ciclos de la naturaleza y los indicios que tenemos en una ciudad grande para identificar esos ciclos, porque de la naturaleza estamos cada vez más lejos y entonces sabemos que se acerca el verano porque sentimos frío de aire acondicionado, aparece cotillón navideño por todos los rincones y se nos pregunta adónde iremos de vacaciones.
Ya no hay estaciones es un lugar común que se oye mucho últimamente, y prácticamente se nos hacen indistinguibles las estaciones, salvo por el día de la primavera (chicos ocupando todos los parques y los medios de transporte y uno se pregunta entonces qué carajo pasa y se responde al instante ah, si, la primavera). Al tener hijos, la regularidad de los ciclos se acentúa, y llega la hora de despedirse de las vacaciones fuera de temporada y ser cada vez más parte de la masa que llena sitios vacacionales y colma la oferta, que cada año es más insuficiente porque la demanda crece en épocas de consumo exacerbado, o de expectativas apocalípticas, y entonces los precios del rubro vacaciones suben y uno cada vez más siente que alguna fuerza extraña lo conduce por caminos que jamás hubiera querido pisar. Recuerdo haber visto golondrinas en bandadas migrando cuando la primavera estaba cerca. Nunca las veía irse, para mí siempre estaban llegando.
Golondrinas de un solo verano
con ansias constantes de cielos lejanos
alma criolla, errante y viajera
querer detenerla es una quimera.
Y la canción de Gardel se parecía bastante a las verdaderas golondrinas, porque yo jamás sabía dónde estaba guardada esa canción, ni cuando volvería o cuando desaparecería por tiempo indeterminado, pero la conocía muy bien y me resultaba familiar su presencia, aunque no recuerde una sola instancia concreta de haberla escuchado durante la infancia.
En realidad, el único indicio tangible que tenemos por acá para orientarnos en las estaciones son los árboles. Algunos: los que no son perennes. La única arboleda que hasta ahora pudimos establecer con mi familia, consiste en un ficus benjamina, un limonero lleno de púas nacido de una semilla perdida y un pinito que compramos hace años cuando se nos ocurrió armar un arbolito de navidad. Todos están en macetas en el balcón, y tienen la tierra tan apelmazada y compacta, que las raíces ya no pueden moverse para ningún lado porque ya ocuparon todo lo ocupable. Por otra parte, macetas más grandes que esas en el balcón no caben, de manera que estamos en un brete y los tiempos se acortan. Ayer le tocó el turno al pinito, que de tan poco espacio que tiene se fue convirtiendo en un tronco de ramas peladas y una especie de penacho verde que nos tiene paciencia y todavía nos deja colgarle unos globitos navideños. El arbolito así armado es medio tétrico, y parece otro personaje del mundo de los muertos de Tim Burton, pero todavía está vivo y me parece que vamos a alcanzar a trasplantarlo y quizá hasta verlo crecer y no dejárselo a cualquiera cuando nos traiga muchos gastos. Optimismo modesto y concreto, me dio sobre el final.
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