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Todos los riesgos

5 12 2005 - 15:35

Evento social irrelevante en el Círculo de las Bellas Artes, Madrid.

—¿A que no sabes quién estuvo hoy en la tienda? Natalie Portman.

—¿Fue con Bardem? ¿Compró algo?

—Orgasmatrones.

Suena mucho mejor de lo que es. El orgasmatrón debería ser un artefacto inventado por Woody Allen para The Sleeper, pero es en realidad una garrita de metal con puntas de silicona que apenas sirven para rascarse la cabeza. O tal vez el mío anda mal, porque no reproduce ni remotamente la sensación del primero que probé, hace mucho, en la feria calllejera de Notting Hill, al final de Portobello, al lado del Thai barato y rico. Pero el problema debe ser el nombre. Te dicen “orgasmatrón” y esperás algo más que cosquillas.

Algo parecido pasa con Wainfeld. Quizás lo que describe en su reseña del viernes no sea particularmente siniestro, pero después de leerlo un par de veces con atención uno sólo puede preguntarse qué extraña idea tiene Wainfeld de un día agradable. Ah, boludo, no sabés qué bien la pasé hoy: De Vido “regocijó al gobierno”. Es tan anodino, tan blando, tan choto el concepto de lo “agradable” cuando uno lo saca a jugar en terrenos menos subjetivos, que hasta David Lebón le dio uso alguna vez. Halperin Donghi, por su parte, quiere creer que a Kirchner le va a ir bien, porque

”...ha logrado una cosa peligrosísima, que es la coalición de toda la gente desagradable que hay en la Argentina.”

En contra de K, aclara. Y el razonamiento sorprende tanto, por inaplicable (¿dónde está la coalición? ¿cómo se expresa?), que uno no se ofende ante la posibilidad de integrarla. Pero sí se preocupa ante la imposibilidad de conseguir un agradabilómetro consensuado. ¿Hay que asumir entonces que la tensión política se reduce a una cuestión de gustos?

No estaría mal. A Wainfeld le gusta Bonasso y a mí me gusta Pynchon. A K le gusta más Alberto Fernández, que tocó con Duhalde. A mí me gusta más O’Rourke, que tocó con Wilco. No gana nadie, vos tenés tu verdad y yo la mía, convivimos en un discurrir sincero, que ambas partes respetan porque enriquece nuestra apreciación de lo que existe y nos ayuda a producir más y mejores cosas.

Bullshit.

Verbitsky se volvió loco del todo esta semana. Cebado por la impunidad de asignarle a distintos funcionarios los apodos que se le ocurren mientras se afeita, ha decidido que a cargo de Economía está Anjelica Huston. Sus chistes de adolescente han pasado a ser alucinaciones. Wainfeld dominará el mundo cuando lo internen a Horacio. El día menos pensado, nos despertaremos en un mundo agradable. Antes de que esto suceda, hagamos el intento de:

1) Explicarle a Wainfeld por qué resulta, él, profundamente desagradable.

2) Invitarlo a charlar del tema, que así se entiende la gente, se reconocen los errores, y se aprende, dirimiendo apreciaciones tan discutibles.

Más de una vez celebramos acá los análisis semanales de Mario de Palermo. Eso fue hace mucho, cuando Semán escribía en tp a menudo y nos señalaba los buenos momentos de Wainfeld. Es posible que esos buenos momentos sigan existiendo (seguramente existen en privado) pero yo hace rato que no los encuentro. Lo que veo —abriéndome paso a través de la prosa imposible que ha generado, a esta altura, otra coalición espontánea, obsesionada por lo mal que escribe Wainfeld— es un corpus de obsecuencia que tiene tan poco que ver con el periodismo como la resistencia biliosa que encarna Morales Solá. Ambos manejan más y mejor información que uno; ambos la usan discrecionalmente en beneficio de púlpitos ideológicos que uno sospecha, con todo derecho, obedecen más a la conveniencia que a la convicción.

Ahora que —gracias a la cena de fin de año de TP Buenos Aires— Quintín y Puricelli se han reconocido mutuamente como personas falibles, a merced de todo tipo de influencias y matices, de ninguna manera enemigos, podemos agregar que Q. tenía motivos para preguntarse acerca de “la conciencia de un periodista que abandona su imparcialidad y su obligación de informar para servir al gobierno y usurpar así la presunción de independencia que su oficio le otorga”. Wainfeld sabía hace un año que iban a rajar a Lavagna en diciembre. ¿Era su obligación publicarlo? Tal vez sí, tal vez no. Es un poquito desagradable que escriba hoy como si no lo hubiera sabido, pero no es precisamente su cautela lo que uno cuestiona.

A mí me parece que Wainfeld, como la mayoría de sus colegas en la Argentina de hoy, opera más como telemárketer de lujo que como periodista. Evidentemente, tengo standards distintos a los de ellos. Si uno tiene acceso a información relevante y no la divulga, ofreciendo a cambio análisis que sólo pueden ser sesgados y deshonestos a partir de esa serie de ocultamientos, la verdad es que no sé para que sirve. Suena raro eso, pero es cierto: no sé para qué sirve Wainfeld. A mí, como lector acostumbrado a privilegiar a quienes escriben lo que saben y lo que piensan, no me sirve. Y Wainfeld tampoco es de ninguna utilidad como representante de una visión del progresismo (o de la “izquierda”, según quién la defina) opuesta o en franca contradicción con la de uno, porque él no quiere serlo ni reconoce abiertamente que tal contradicción exista.

En público, esta resistencia se expresa de la manera más tortuosa. Tres párrafos después de definir la retórica de De la Rúa, en oposición a la del oficialismo actual, como “una máquina de hablar sin decir, de emitir tópicos generales e imprecisos, de hacer de la vaguedad un valor”, Wainfeld escribe:

Muchos argentinos informados saben que Jorge Taiana y Nilda Garré son a esta altura funcionarios moderados, con alto compromiso democrático y cierta experticia en trabajar en gobiernos para nada rupturistas. Pero son, y serán para siempre, ex militantes comprometidos de una izquierda que se propuso cambiar el país. Y luego fueron consistentes defensores de los derechos humanos. Para el mapa político usual en Argentina eso es izquierda o cuando menos un sesgo a la izquierda que ningún gobierno de la restauración democrática ha osado jamás tener.

A ver, decí “Montoneros”, en vez de emitir tópicos generales e imprecisos.

Hay una Biblia ahí (en el sentido televisivo del término) que marca claramente Transformación Del País como valor a enarbolar. Se pusieron de acuerdo. El demente de Verbitsky dice exactamente lo mismo, pero extendiéndolo a su generación, que

pese a los errores cometidos y la cruel respuesta represiva se comprometió con la transformación del país.

Supongo que, como representante igualmente válido de la generación siguiente, puedo acotar que se trataba de una transformación de mierda. Sufrimos los efectos de su fracaso durante toda nuestra infancia, y nadie puede decir cuánto habríamos sufrido los efectos de su éxito. Sabemos, en cambio, que Videla y Kim-Il-Sung también se propusieron cambiar el país. Difícilmente un piropo. Habrá que aclarar, tal vez, antes de que alguien mencione la nunca enunciada teoría de los dos demonios, que sí, por qué no; no veo cuál es el problema en suscribir a ella. Siempre y cuando entendamos que no eran demonios de veras (como los demonios de Buffy, por ejemplo, que son mucho más interesantes) sino grupos de personas con problemas, abocados a prácticas criminales. Es materia de debate cuán coincidentes u opuestas entre sí puedan haber sido esas prácticas, pero el desagradabilómetro se agita al comprobar que tanto Verbitsky como Wainfeld y Morales Solá comparten una actitud de respeto ante el psicópata que valida su enfermedad por la vía militante.

Morales Solá (1): ¿Para qué, por ejemplo, permitir que flameara en el Salón Blanco la antigua bandera de los montoneros? Los combatientes de aquella guerra, también inútil, ni siquiera son peligrosos; ya están viejos y a la Argentina joven le esperan combates más nobles.

Verbitsky (2): Los errores cometidos en aquellos años son inocultables y esa es una de las razones del fracaso de aquellos proyectos políticos, pero eso no desmerece la entrega desinteresada de quienes corrieron todos los riesgos sin aspirar a ningún logro personal.

Wainfeld (3): Vale la pena subrayar una de las varias diferencias enormes que distancian al kirchnerismo del Frepaso. Es el modo desafiante en que asume las identidades del pasado, que la experiencia de la supuesta ala izquierda de la Alianza, muy culposa, hacía mucho por camuflar.

1: Ya no son peligrosos. 2: Y siempre fueron buenos. 3: Y no les da vergüenza su pasado, como a esos nabos de la Alianza.

Tiendo a pensar que si 3 es cierto refuta 1, salvo que uno esté lo suficientemente loco como para convencerse de 2. Dicho de otro modo: es difícil creer que alguien esté dispuesto a abjurar de un pasado que reivindica pero no se anima a nombrar.

¿Por qué los eufemismos? ¿Por qué ex-militantes comprometidos de una izquierda que se propuso cambiar el país? Racionalización y torpeza, si son muy tontos. Si no lo son tanto, se me ocurre que, de este modo, la línea que delimita los dos campos deseables en una disputa ideológica se traza automáticamente, y ni siquiera la trazan ellos. La derecha tradicional cae en la trampa de llenar los espacios en blanco con su tourette macartista —uno ve el brillo en los ojos de cada columnista de La Nación que tipea la palabra “montoneros”— y el precio lo pagan quienes no tengan mucho que ver con ninguno de los dos mundos definidos por esa línea divisoria.

“A mi izquierda, la pared”, dice Wainfeld que dice Kirchner. Y uno, que creció con The Wall, sabe que las paredes se erigen dejando cosas afuera —no necesariamente a Zamora y Altamira. También se deja afuera a quienes puedan tener una apreciación menos laudatoria acerca de la entrega desinteresada de quienes corrieron todos los riesgos. También a quienes vean en la organización y los métodos del gobierno algo más parecido a un híbrido eficaz entre una organización militar y una corporación de historieta. A quienes privilegien las libertades individuales por sobre la lealtad y la obediencia. A quienes no vean la relación entre una sociedad más justa y la invocación de valores nacionales que son obsoletos hoy y fueron vacuos siempre. A quienes leyeron más que ellos, o vieron otras películas. A quienes dicen cosas que ellos no entienden. A uno, bah. Y a unos cuantos más.

¿Cuántos somos? Ni idea. Si, como parece, somos una minoría alarmante de este lado de la pared, esto no es culpa de K ni —mucho menos— de Wainfeld, por supuesto. Y es una situación a la que me puedo resignar perfectamente, porque siempre fui minoría en el escenario de una izquierda que construye su identidad en contra de bloques cerrados que suelen contener, andá a saber por qué, casi todas las cosas que me gustan en la vida. ¿Soy de derecha por eso? ¿Soy gorila? Nah. Si la peor pesadilla del redneck de 48 Horas era un negro con chapa, la del oficialismo actual es cualquier cosa que le haga sombra al carácter absoluto del progresismo que declama.

TP, sin ser oficialista ni opositor en sí mismo, es un experimento en otro tipo de progresismo, uno que ignora a propósito las jerarquías propias de la experiencia militante y la direccionalidad de las agendas corporativas. Más por aburrimiento que por convicción, supongo, seguimos teniendo un altísimo grado de disenso dentro de la redacción improvisada de este site. Por eso me sorprendió que Wainfeld —que lee tp o lo leía hasta hace un tiempo, no sé con qué asiduidad— se excusara en su momento de discutir sus diferencias con nosotros porque no nos percibía “abiertos al debate, sino regodeados en [nuestro] microclima.”

El desagradabilómetro no se inmuta. Si así es como Wainfeld, que escribe en el Granma, percibe el improbable cocktail de apátridas como yo, patriotas como Schmidt, aproximaciones a la política tan responsables como las de Puricelli y tan irresponsables como las de Quintín, visiones del mundo oblicuas e impredecibles como las de Ivana, medidas como las de Semán, obsesivas como las de Brener y optimistas como las de Hernanii (entre otros), concluyo que se trata solamente de una excusa. Esta noche no, me duele la cabeza. Como quieras. Nosotros no estamos abiertos al debate, y el presidente da conferencias de prensa todas las semanas.

Pero después Wainfeld me manda decir (por interpósita persona, porque así se dicen las cosas en su planeta) que

la corte con el maestro [Jauretche] y con Pino Solanas bajo apercibimiento de enviar[me] la brigada Leopoldo Marechal para que [me] cague a cadenazos.

Esto fue hace unos meses, y no me había molestado tanto porque era obviamente un chiste. Un chiste de esos que no se hacen si integraste alguna vez una organización que, efectivamente, cagaba a la gente a cadenazos, pero bueno, un desliz.

Retroactivamente, sin embargo, es muy desagradable.

Y reaparece cuando leo cosas como esa impugnación de lo único bueno que debe haber tenido la Alianza (la hipotética culpa del infame ex-cuadro). O cuando leo alguna de estas constantes reivindicaciones de la izquierda militante que quiso cambiar el país. Porque esa gente estaba muy mal, y lo sigue estando. Y la brigada Leopoldo Marechal podrá no haberse materializado todavía, porque no hace falta, pero uno nunca sabe.

No son estas —la salud mental de Verbitsky y de lo que él entiende como su generación; la incapacidad de mencionar lo que el gobierno y sus exégetas reivindican, más que indirectamente y con eufemismos; la dificultad del oficialismo para conversar con alguien que no piense exactamente lo mismo que ellos— discusiones que estén abiertas dentro de los límites (difusos, pese a la pared) del progresismo. Y ahí es donde serían interesantes, porque el Doctor Grondona no nos importa. Como interlocutor en estas discusiones, Wainfeld sería válido y creíble. Como analista político, me parece que ya no.


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