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Esteban Schmidt
4 December 2005, 14:53

Mis cañas de la india crecen muy altas en el patio, de modo de superar la altura de la pared que me separa de los vecinos de Planta Baja C y que siendo corta me deja a la intemperie cuando salgo del baño. Como no tengo cortinas, porque me dan calor, necesito un resguardo de la intimidad, en especial, este resguardo natural que aprendí a desear mirando las fotos de Casas y Jardines. Estas cañas sacan unas hojitas delgadas y largas y verdes y todo es más bien vietnamita o chino, incluso rellené con piedritas blancas el medio del patio donde no coloqué cerámicos, de manera de orientalizar la vista, y a la moda de las nociones de paz y tranquilidad que suponemos provienen de la profundidades reflexivas de Lao Tse, de quien no sabemos nada, pero releído por algún maricón de vivero de Nueva York de quien sabemos más por las películas.

Pero cuando todo parece ser perfecto e ideológico y banal, cuando el ideal se ha concretado, el mundo real irrumpe en la persona de un rollo de papel higiénico que cae al patio y arrastra en la caída dos hojas muertas de una de las cañas, y se queda quieto sobre las piedritas, más o menos cuando advierto que el protagonista de “El hombre del bosque”, (la película que puse para pasar una tarde feliz), un tipo que trata de zafar de su adicción a sentar en sus rodillas pendejas de once años, no la tiene fácil con su problemita porque empieza a seguir los pasos de una nena que hace avistaje de pájaros en un parque.

En los patios de las plantas bajas se reciben los objetos que los vecinos de los pisos superiores no pueden, no quieren o no saben tirar en sus propios tachos y que integran el subgrupo de las cosas que creen que nos pueden tirar a nosotros. Otras cosas las arrojan a la calle y otras se van por el inodoro y otras se las comen y otras las dejarán pudrirse hasta que sepan qué hacer con ellas, y a quién le corresponde ese desperdicio preparado con paciencia.

La porquería que recojo de mis patios es tirada desde el segundo piso, donde una familia numerosa realiza sus últimas comidas en común, antes de una separación que llegará, esperamos, antes que la policía con las bolsas naranjas. Hace algunos días, por la noche. el marido le recriminaba a la mujer que hubiera hecho una denuncia sobre violencia familiar. “¡Pelotuda, sabés el quilombo que se va a armar! No te puedo creer, no te puedo creer”. Idea que repitió de cien maneras distintas durante media hora. El aviso de la orden de inspección quedó varios días en la caja del correo, de modo que todos los vecinos la leyéramos. No escuchamos, esa noche, la voz de la mujer recriminada por el esposo, sólo el quejido de unos perros y el rebote de la luz azul de la tele sobre las paredes del pulmón del segundo cuerpo. Los chicos estaban todos en un mismo cuarto mirándola y escuchando, escuchando todo, me contó la vecina que además los ve a través de su ventana.

Ayer dejé una caja de cartón sobre la mesada de mármol que está en el pasillo oscuro de la planta baja, pegado a la escalera que lleva a los pisos superiores de mi edificio de dos pisos y en esa caja escribí, con un marcador negro grueso: “Objetos encontrados en los patios de planta baja. Por favor, recoger” y en el interior de la caja puse una bolsa de plástico blanca y pequeña sin inscripciones, un herraje oxidado que es como la cerradura de un arcón y el rollo de papel higiénico rugoso y barato. Al poner la caja con el cartel pensé en un golpe de efecto que ayude a acelerar la crisis de esa familia y que lo que tenga que pasar, pase pronto.

El exhibicionismo es una forma de pedir ayuda. Vecino por vecino de mi edificio, pensando en ellos, puedo identificar momentos de ternura, una caricia, una demostración de cuidado por el otro, una sonrisa que haga bien, un enojo prolijo. Con estos del segundo no hay solución, con los adultos. Aunque sus orgasmos de asmático, que escucho desde hace ocho años y por las madrugadas, indicarían lo contrario, no deja de ser un pedido de ayuda con ventrílocuo. Ella abriendo la ventana, incluso en invierno, entornándola y pidiéndole al oído: “gritá, puto” y que todos escuchen el maltrato, y que sus hijos en los cuartos de al lado también escuchen a papá descargando en mamá, pobre.

Mamá, pobre, fuma y es la vecina que más veces cambia de peinado en el edificio y fuma sin descanso. En las reuniones de consorcio ella se queda pegada a la ventana para no echarnos el humo en la cara. Pero es cuando nos ve, porque cuando no nos ve apaga los puchos con los zapatos en la escalera y ahí quedan, hasta que su hermana, a quien la administradora contrata para venir a pasar el Pinoluz, los recoje miércoles y sábados y luego baldea la vereda y empuja a manguerazos la caca de los perros hacia la calle Paraguay.

Pisamos al cruzar la calle, la caca ya lavada de los Golden, los perros oficiales de Palermo.

El papá de la familia del segundo es de Independiente y todos son de Independiente. Pagan el codificado para el fútbol pero no pagan Venus, según consta en la factura del cable que dejan vencer en el correo. Padre e hijos se clavan frente a la tele en cada partido y gritan y el hombre se desespera, como le pasaba a Alfonso de Grazia con Boca. Ese exhibicionismo no parece pedir ayuda pero a lo mejor sí, a lo mejor papá le dice a los vecinos y a sus hijos: “busco el patatus”. Los tres chicos gritan los goles con el padre pero no insultan. Sólo el padre dice: “la concha”.

Por las tardes los chicos quedan solos y escuchan música y ellos también se cuidan de que todo sea bien alto, bien a los gritos y con las ventanas abiertas. Escuchan a los Redondos, al Indio en solitario casi siempre y a Callejeros siempre, durante todo el año, la canción de la noche fría, la de Cromañón. En enero, febrero, marzo durante todo el tiempo que una familia sin aire acondicionado, tiene las ventanas abiertas, los chicos escuchan Callejeros, El varón mayor tiene 17, es alto, huesudo y tiene acné para regalar en la rural. La nena tiene trece y parece que va a debutar en diez minutos y el chiquito de nueve completa la historia de ese matrimonio que empezó dándose besitos en una plaza.

El nenito de nueve pasó el viernes dos horas en los pasillos del edificio esperando que llegue alguien a abrirle la puerta de su casa. “Mi mamá se fue de viaje”, me dijo y me dijo: “papá, no sé” y “mis hermanos están en casa de amigos” y “me parece que me voy a la casa de mi tía” pero antes subió a hablarle a través de la cerradura a los perros para que se callaran, porque en ese departamento que no puede tener más de sesenta metros cuadrados, tienen dos perros también, dos perros de mierda, caniches, que comen barato pero que no puedo captar que función cumplen. Los perros ladran y lloran todo el día y desde hace cuatro días parece que se les desató la primera guerra mundial de los perros en sus cabezas.

La noche que los padres discutían por la denuncia, eran sus perros los que acompañaban con ladridos la pelea. Pues entonces, esa es la función de los perros, quejarse en nombre de los hijos.


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