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Paula Conde
1 December 2005, 15:21
Locación desafortunada, el Hogar Devoto está ubicado justo a una cuadra de Plaza Serrano, pleno Palermo y, combinación fatal, es un lugar de residencia de abuelas solas, solísimas, de más de ochenta años. O sea, en una de las esquinas, y como si se tratara de un cruel contraste entre la vanguardia y lo demodé, está el Sullivan’s Bar, tan irish, tan irish; en la esquina de enfrente, Meridiano 58°; más allá, un local de Ferrari; más acá, uno de ropa diseñada exclusivamente para el no menos exclusivo que entre a ese local y, a una cuadra, todo el meneo de Plaza Serrano. Así, los 1400 metros cuadrados del Hogar que se levanta (o se derrumba) en una de las esquinas de Borges y El Salvador valen oro. Hasta el más ingenuo, por qué no, alguien que nunca hizo un curso de mercadotecnia en la UADE, es capaz de darse cuenta de que vender esa propiedad le garantiza un futuro próspero, lleno de viajes, lujos y confort. Le “salva la vida”, diría cualquiera de las abuelas a quien, justamente, la venda. Es que en este momento, y en ese lugar, esos metros cuadrados se cotizan en alza. Sí, es un negoción. Y compradores no faltan.
Los vecinos de Palermo Viejo —a algunos de los cuales no les hizo falta leer Diario de la guerra del cerdo para apoyar el “abrazo solidario” al Hogar Devoto, que se hizo el miércoles a las ocho de la noche— dicen que el edificio está venido a menos, descuidado, en mal estado. Que los de la actual administración dejaron que se degradara al extremo para que, al límite de la debacle (en la que no faltan graffities o pegatinas de afiches de Metrópolis o de la revista Plan V en sus paredes, y esto es sólo lo que se ve del lado de afuera), el tema “remodelaciones” fuera algo así como urgentemente necesario y hasta un favor que les hacen a las grandmothers. Un favor, claro, a pedido del Gobierno de la Ciudad, atento que está, je, a la funcionalidad de los inmuebles. Estas señoras pagan un alquiler de setenta pesos mensuales, y a eso le suman el gasto de agua, luz y gas. ¿Teléfono? Las que tienen a quien llamar. ¿Cable? Las que no encuentran mejor entretenimiento que asimilar las recetas de Bernarda, la monjita cocinera. Es decir, en general tienen un gasto promedio de unos cien pesos. Los cuartos del Hogar son individuales, de exactamente cuatro por cuatro, con cocina y baño. Un lujo.
Uno siempre se imagina que un hogar es un lugar con cuartos grandes repletos de camas marineras y un comedor con mesas largas y manteles de plástico. En este caso, el Hogar Devoto es como un hotel para abuelas pobres, sin room service. Esto es, que de las puertas de las habitaciones no cuelga ningún “do not disturb” o “ya puede limpiar mi cuarto”. Nadie pasa a cambiar las sábanas y toallas blancas por otras más blancas, ni a reponer los M&M del frigobar. Y tampoco es un geriátrico con enfermeras full time —full time las veinticuatro horas— que recuerdan los horarios de las visitas y, tal vez lo más trascendente, de las pastillas. Eso sí, verdaderos taxman de la tercera edad, para cobrar la renta siempre hay alguien disponible.
Cada abuela sobrevive sola, con sus muebles, sus ropas, sus comidas. Y si hay una mancha de humedad en la pared, habrá que colgar un cuadro para disimularla. El tema es que llegado el momento de las “remodelaciones” la propuesta no es de ningún modo inocente. La Sociedad de San Vicente de Paul en la Argentina (¡qué alcurnia!) quedó a cargo de la administración del Hogar después de la muerte de Filomena Devoto, la mujer de José Devoto y, atenti, en octubre interpeló a las inquilinas con una gentil carta en la que comunicaba “las obras” que comenzarían “en noviembre y terminarían en febrero”. Y qué habilidad para escribir formalmente que “de nuestra mayor consideración” le comunicamos que como miembros a cargo de la Sociedad bla bla bla y “siempre pensando en su comodidad” bla bla bla adjuntamos un plano y esperamos su respuesta bla bla bla. Marche un traductor, sí. O un alma noble. Es que nadie entiende estas cartas engatusadoras. Y acá, el trato engaña-pichanga.
Las remodelaciones, además de mejorar “el sistema de electricidad, la terraza, los sanitarios, el jardín, la pintura y un lavadero que será para uso del hogar”, incluyen otros beneficios: cada abuela de ochentilargos pasaría a estar acompañada en un cuarto, con “el área de la cocina y del baño compartidas” —remodelados, ojo— con otra Sub 90, y que no vaya a darse la situación en la que una ronque y la otra tenga el sueño liviano. O que se confundan las agujas de tejer o la crema antiarrugas. Pero además cada abuela tendrá un ropero de dos metros cuarenta (pero ¡cuánta generosidad!) y si alguna quiere conservar alguno de sus muebles, habrá que alquilar un galpón en Juan B. Justo. Porque estas nonas, o son solas o se quedaron solas, pero la cuestión es que están solas.
Siguiendo con la tan amable carta, en la que además de sugerir las propuestas, el “descanso” es el “descanzo”, los firmantes se proclaman en nombre de Cristo nuestro Señor. Y ante cualquier duda o consulta puede hablarse con Dolores Barthé de Lanusse —otra que Legrand de Tinayre—, la señora esposa del ingeniero Fernando Lanusse (otro apellido vinculado con las causas populares) o con Irma o Lucía Monti. No es que interesen los apellidos, sino que el negocio queda en familia. Mi mujer, mi ¿testaferro?
Para que sean menos las señoras con las que hay que negociar, hace tiempo que la administración ya no alquila más cuartos. Con una capacidad para noventa señoras, hoy por hoy son cuarenta las que pasan sus días entre estas paredes. Así, la idea no sólo es apretujarlas en un cuarto. La idea es aprovechar la esquina (porque obviamente el Hogar no ocuparía semejante esquina, sino de mitad de cuadra hacia el otro lado, digamos, la menos recomendada por Sal o Ticket) para construir un paseo de compras. Esto es, que algún hippie venda sus lámparas de papel reciclado, velas hechas con restos de jabón no-biodegradable o aros de alambre de púa, entre otras artesanías, o, directamente, pasar la topadora y levantar algún shopping u hotel al estilo Alan Faena, con bar psicodélico en el que las paredes sean de papel maché o papel de diario o algo que combine mejor con la nueva onda del lugar.
Afortunadamente hay vecinos solidarios dispuestos a cortar la calle para quejarse. Claro que a las ocho de la noche de un miércoles en Borges y El Salvador, que casi treinta señores mayores hagan un piquete no es algo que genere un caos de tránsito. Tampoco que toquen cada tanto un bombo (es que a partir de una edad hasta respirar resulta agotador) y revoléen un par de cartones corrugados de cajas de televisores o tapas de cajas de zapatos con un “No al hotel cinco estrellas y al paseo de compras, sí al Hogar Devoto”. Y, menos, que una señora grite desesperadamente por un megáfono al conductor más cercano “apóyenos, son abuelas, son abuelas”. Algunos autos, más por misericordia que por comprender lo que está pasando, tocan bocina respondiendo al pedido de una tapa de caja de zapatos: “toque bocina”. Pero no, no más que eso. O peor todavía: con la excusa de “vivo a media cuadra”, algún adolescente subido a una cuatro por cuatro, casi en armonía con el tamaño de las habitaciones de las abuelas, amenaza con pasar y aplastar a las señoras apenas se levanta la barricada. Así y todo, los viejitos apechugan el frío —hizo calor toda la semana, menos ayer— durante más de una hora. Un patrullero con dos policías, una mujer y un hombre, alcanza para custodiar a los revoltosos. El reclamo sigue el viernes.
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