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Eliseo Brener
3 November 2005, 21:37
Tuve que vender un auto, primera vez en mi vida que lo hago.
Este auto había sido de mi abuelo. Lo compró cero kilómetro en el año 72, y cuando se murió yo manifesté interés en la familia por hacerme cargo de rescatar ese coche que había estado durmiendo en un galpón en Concepción del Uruguay por alrededor de diez años, ya que el viejo hacía mucho que no lo usaba.
El mundo de los fierreros es bastante recóndito, y a mi me resulta absolutamente ajeno. Jamás estuve enterado de los principios más básicos de la mécánica, y soy de los que (si el auto se les queda) son capaces de parar, abrir el capot, levantarlo (hasta ahí llego) y mirar como si buscara algo concreto, cuando en realidad estoy en babia, algo así como quien intenta descifrar de una el código de Hammurabi. Por eso, para mí resulta imprescindible que el auto que poseo no demande absolutamente nada. Es decir, comprendo la necesidad de cargarles nafta y el trámite es bastante sencillo (hasta ahí, nomás. Alguna vez tuve que cargar nafta en Estados Unidos y no comprendía el concepto do-it-yourself aplicado al abastecimiento al pie de un surtidor. Me quedaba esperando un rato a que viniera algún dispensero a atenderme y nadie me aclaraba que ningún dispensero vendría). Incluso pude ir comprendiendo que llevan otro tipo de fluidos necesarios para su funcionamiento, tales como aceite, pero no me pidan mucho más que cumplir con lo imprescindible. Ese mundo de piezas, piecitas, repuestos y oficios diversos aplicados a una máquina de desplazarse es para mí algo inexpugnable como la entrada a la justicia vigilada por un guardián de la cual hablaba Kafka. Sé que moriré sin haber logrado trasponerla.
La cuestión es que el universo de los automotores tiene, además del aspecto mecánico y autopartista, un aspecto administrativo y burocrático que uno debe enfrentar en el momento de comprar o vender un auto. En el caso de que uno sea el comprador, estará expuesto a la estafa y a ver esfumarse el dinero que haya atesorado de alguna manera, y si es vendedor, el riesgo será entregarle el auto al nuevo dueño y que éste salga de ahí donde lo dejamos estacionado y mate a alguien, o lo incruste contra la puerta de un banco y lo asalte a punta de pistola, y entonces uno, que es el vendedor, cargará con una parte importante de esa responsabilidad, porque estoy hablando del hipotético caso de compradores o vendedores que –como yo– no son ricos y para quienes estas preocupaciones son importantes.
Cuando hablo con alguien que entienda un poco más del asunto, mi hermano por ejemplo, empiezo a recibir información de cómo eran estos asuntos antes y cómo son ahora. Aparentemente, existió un tiempo en que los autos pasaban de mano en mano sin que eso quedara registrado en parte alguna, algo así como los cheques voladores. Entonces muchas, pero muchas personas, tenían en su poder autos que no eran formalmente suyos aunque lo fueran de hecho. Por eso, la pregunta que formula todo el que compra un auto (especialmente si es viejo, pero igual), incomprensible fuera de este contexto:
“¿cómo está de papeles?”
Ese tiempo mítico, de autos que pasan de mano en mano sin que se hagan los papeles, sospecho que tiene que ver con una contraparte de tiempos idealizados, esos de los cuales nos hablan los viejos nostálgicos cuando nos dicen ‘antes era otra cosa’, ‘antes la palabra era la palabra’, ‘antes había confianza’, ‘antes dejabas la puerta abierta’, o alguna otra de estas expresiones que nos hacen echar de menos momentos que no vivimos o que nunca llegamos a saber del todo cómo fueron. Sí, en esa época todos éramos íntegros, y los pungas no compraban autos. O bien: sí, compraban. Pero una cosa era una cosa y otra cosa era otra cosa, y los pungas y los canillitas se sentaban a tomar café junto a Raúl González Tuñón, recitaban La Crencha Engrasada de Carlos de la Púa y cuando se les moría la vieja le ponían luto a la guitarra y eran todos gente de bien, cada uno en lo suyo.
Da la sensación de que antes los autos no se consideraban máquinas de matar, como bien puede considerárselos ahora. No es descabellado verlo de esta manera, dado que son las máquinas que ocasionan más muertes de personas, y no se suele hablar de un permiso de portación de auto. No digo esto en el sentido de los que vienen y te dicen ‘aahh, en Europa no es joda tener el registro: tenés que hacer un curso de seis meses para poder salir a la calle, no como acá’. Quiero decir, en cualquier parte del mundo un auto puede ser una máquina de matar por el peligro que representa. Las armas están hechas específicamente para matar, se podría decir, y los autos no. Habría que ver.
Hay un señor bastante mayor, tullido, con una silla de ruedas de las que son motorizadas, parecen una especie de tanquecito y pesan una tonelada. Este señor, que anda siempre trajeado, sale cada noche de algún rincón de la esquina donde está el Bank Boston de Diagonal Norte y Florida y busca un colectivo 50 de los que tienen rampas para subir discapacitados. Se sube al bondi y hace el recorrido desde ahí hasta que cruza la Nueve de Julio por Sarmiento. Ahí le pide ayuda a alguien, y hasta ahora, de todas las veces que lo vi, ninguna pude ayudarlo yo, porque siempre hay alguien que me gana de mano. Algunas veces otro pasajero que me primerea, otras como ayer, que el mismo conductor, que se mostraba muy afable con el señor motorizado en silla de ruedas, se bajó por la puerta de adelante y volvió a subir por la del medio, con gestos ampulosos, como si fuera el dueño del circo cuando anuncia el número fuerte de la noche y entran los elefantes, los leones, los malabaristas hacen volar clavas a la vez que caminan rodando sobre pelotas gigantes, y mientras tanto los trapecistas saltan haciendo dobles y triples saltos mortales.
Mientras veía al señor de la silla bajar del colectivo asistido por el conductor, un conductor de película, con camisa celeste subido y corbata, tan de punta en blanco que hasta el arremangado parecía un accesorio planificado del vestuario, ayer, decía, al ver a este señor me imaginaba un ejército de señores en sillas de ruedas motorizadas ocupando las calles y congestionando el tránsito, no en una suerte de manifestación, sino ocupándolas porque sí, porque salen a pasear, y entonces me respondí a mí mismo ‘¡pero las calles son de los autos!’ e inmediatamente me pregunté por qué tiene que ser eso así, si son tan agradables las calles cuando no hay autos.
Al intentar pensar una ciudad sin autos, surgen inmediatamente los cuestionamientos del posibilismo. ¿Cómo harían las personas para desplazarse en tiempos razonables sin autos? Porque al decir autos uno se radicaliza y se refiere a todo tipo de vehículos motorizados que ocupen la calle: las calles para las personas. Podríamos admitir bicicletas. Podríamos admitir segways, aunque sean motorizados. Los segways son unos aparatos parecidos a los monopatines, que andan solos y que Steve Jobs dijo una vez que se construirían ciudades pensando en ellos. Habría que ver, en promedio, cuánto tarda cada uno en llegar a su trabajo en bicicleta. Hoy es prácticamente imposible porque están los autos. Tengo un cuñado que es vendedor de autos. Casi siempre está dispuesto a admitir que es un despropósito que se utilice una maquinaria tan descomunal para transportar la mayoría de las veces a una persona, pero a su vez vende coches de lujo para gente acomodada, y ahí aparece otro aspecto de la cuestión: como los autos son un objeto preciado y distintivo para los ricos o casi ricos, es natural que se les otorgue a ellos la prebenda de llevarlos consigo adonde quieran.
Después están los distintos matices: las calles no están ocupadas simplemente por ricos que van luciendo sus autos por ahí. Están los que hacen repartos de cosas: los fleteros, los corredores de las mercerías, los camiones de los supermercados, los motoqueros que reparten las pizzas de La Continental, los tacheros con o sin mandataria, los colectiveros y otros no ricos que van motorizados: gente que normalmente cuando se les echa en cara una mala maniobra responden ‘estoy laburando’, o bien ‘estoy laburando, padre’. Y entonces, cuando decimos que el trabajo tantas veces empeora la calidad de vida, hay que poner estas cuestiones en la balanza para tenerlas en cuenta como una parte importante de todo lo malo del trabajo: cantidades y cantidades de tipos que día a día están a punto de embestir al prójimo en aras de cumplir una misión con fines cuando menos dudosos. Se podrá decir que es difícil organizar la vida sin autos en las calles, pero es bastante claro que los autos en las calles empeoran la calidad de vida, y no al revés. Estoy hablando, en principio, de las ciudades y en particular de Buenos Aires, que es lo que tengo a mano.
Son días raros estos últimos. Por diversos motivos, que parecieran tener origen inmediato en la cumbre de la ciudad fortificada con sucesivos anillos de seguridad que alguna vez alguien llamó la feliz, hay inconvenientes con el transporte acá en Buenos Aires. Manifestaciones atípicas. Hace un par de días se armó una terrible batahola con quema de trenes incluída y entonces el ramal que va hacia el oeste cerró. Después, los subterráneos casi dejaron de funcionar, porque los rumores de atentados y las amenazas de atentados parece que resultan bastante atendibles, al menos para el personal que maneja los subtes. Los jerárquicos tuvieron que arremangarse y ponerse a manejar trenes y entonces las frecuencias están por el piso, porque los capangas no dan abasto para mover toda la maquinaria. Entonces un paisaje bastante común en la ciudad son las colas larguísimas de personas que están esperando un medio de locomoción para llegar a sus casas. Esto es por la tardecita, suele darse en Avenida de Mayo o en Rivadavia a la altura del centro, y a los que esperan se los ve relativamente apacibles, que no sé si mansos o resignados. Pero aparentemente, con crisis, con alteraciones que modifican los hábitos, todos siguen regresando a sus casas y la vida parece continuar. No se trata precisamente de una veda de autos, pero es una situación casi tan inusual como lo sería dicha veda.
Algunas veces, raras, pasa por la puerta de mi casa un caballo arrastrando un sulky misérrimo, de los que usan algunos botelleros. Los botelleros, hay que recordarlo, son antecesores de los cartoneros. Son de otra época, pero sigue habiendo algunos, y a veces pasan por mi casa. El gato se asusta muchísimo y huye del balcón corriendo. Nosotros escuchamos esos pasos extraños, de herraduras, y lo peculiar del sonido nos alivia como alivia una lluvia esperada, de esas que se anuncian con sudestada y que le dan tiempo a uno de volver a casa y ponerse las ojotas para salir a la vereda a mojarse. No podemos volver todos a usar caballos como medio de desplazamiento, pero no hay que olvidarse de que tenían sus ventajas, que no es absolutamente mejor la forma que tenemos de desplazarnos ahora, especialmente cuando somos muchos y solemos amontonarnos en muy poco espacio.
Al auto de mi abuelo lo vendí porque me compro uno más nuevo, pero igualmente no dejo de pensar estas cosas.
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