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Ernesto Semán
30 October 2005, 16:10
Domingo frío y cielo claro, el sol contra el río, un día peronista dice uno en estos casos, dando por hecho que hay un grupo de personas mas o menos grande que entenderá qué quiere decir, porque ha nacido en el mismo lugar, o vivido mas o menos cerca, o leído los mismos diarios, o escuchado las mismas historias; porque, en fin, comparten un mismo origen. De ahí que el cielo, el sol y el río le suenen a uno con cierta naturalidad a “un día peronista” aun cuando esté ocurriendo en Nueva York.
La Patria, agh. Un par de días atrás, en un día no peronista, una asociación casual entre The Independent, Página/12 y tp desencadenó en esta página una serie de equívocos sobre la patria en los que se confunden los hemisferios y los idiomas, Mario Wainfeld con el nazismo, Inglaterra con Europa, y así.
Todo arranca porque el bueno de Robert Fisk dice en The Independent que no le gusta el Homeland Security norteamericano, por “the word ‘homeland,’ with its dodgy echo of the German ‘Heimat’.” El traductor de Página/12 hace su trabajo: “Esa palabra, Homeland, tiene un molesto eco de la palabra Heimat, o ‘Patria’”.
La oportuna ocurrencia del traductor de incluir la palabra “Patria” en castellano para que nadie se quedara (suponemos que para eso le pagan) descencadenó en tp unas asociaciones que, para mi, resultan curiosas, curiosas: 1) que el traductor era “desideologizado” ya que 2) había colado “una visión negativa de la patria”, que es 3) “una palabra mucho más jodida de lo que creemos los argentinos”, de ahí que 4) “para el progresismo en el hemisferio norte ‘patria’ suena a Hitler”, algo que Mario Wainfeld trataría de contradecir diciendo que en verdad, 5) “patria es pueblo,” una torpeza de Wainfeld que, a diferencia de los ibéricos, formaría parte de los progres porteños 6) “que se han subido a todos los barcos que pasaron cerca”, incluyendo 7) unas “batallitas en las últimas décadas: privatizaciones, comercio internacional, globalización”, un enorme lamento que nos ubica muy lejos de los anglo parlantes que, en cambio, 8) “no tienen palabra para patria –hay parecidas, más suaves, menos bélicas—“, muy lejos de 9) “los alemanes, los tanos y nosotros [que] tenemos patria y tenemos pueblo, y las cagamos a palos, nos las tiramos por la cabeza, como si sirviera para algo; las usamos demasiado.”
Justo eso mismo iba a decir yo, las usamos demasiado.
En primer lugar, que el traductor actuó “desideologizado” porque introdujo “una visión negativa de la patria” supone que una visión neutra o positiva sería ideologizada (lo cual habla más de quien hace esa afirmación que de la palabra “patria” en sí), y que Página/12 cuida que la patria quede siempre del lado de los buenos, a resultas de lo cual el diario debería hacer una reescritura de la historia universal (no niego que eso tiente a alguno).
Puede que el problema arranque con Fisk, o con quien lo leyó, o con ambos. Al tipo le molesta “el eco de la palabra alemana Heimat”, según tp, “porque suena a Hitler”. O a Fisk todo lo alemán le suena a Hitler, o le molesta otra cosa de Heimat, o de los alemanes (nota: Si ese es el caso de alguno de ustedes, por favor no lean esta nota, que le ha tocado editar a Esteban Schmidt, alemán como pocos). Heimat no es, por cierto, una palabra asociada exclusiva ni particularmente al nazismo, que se deleitó tanto más con la Vaterland y el Volk supremo. No hay mención a Heimat en el himno nazi, ni probablemente en ninguno de los cantos oficiales de la época. Sí hay, en cambio, reflexiones con variado grado de simpatía hacia el (o la) Heimat alemán en Goethe, Marx, Nietzsche, Kafka o Freud, entre otros notorios representantes del nazismo.
Heimat refiere sobre todo a las localidades y pueblos de Alemania: a la patria en su sentido más antiguo, el lugar de los orígenes compartidos, el lugar fundador, distinto a la ciudad como construcción política (y bastante previo a los Estado Nación). El (o la) Heimat de Hitler, por caso, era Viena, aun cuando hubiera nacido en Braunau-am-Inn. Hubo distintos movimientos políticos Heimat en Alemania, ninguno de ellos durante el nazismo, y sí tanto durante la primera guerra como durante la República de Weimar. Sobre todo, fue fuerte en la década del ’50, como una idealización ingenua de la vida en el interior alemán. Fue parte de un esfuerzo general de reconciliar a los alemanes con el lugar donde vivían, más precisamente, como algo distinto al nazismo.
Como Fisk es británico, ha mamado de chico una cultura con una noción muy específica de los alemanes, pero lo cierto es que los británicos tuvieron movimientos culturales contemporáneos y similares al Heimat.
Por lo demás, una palabra que arrastra 2.500 años de historia tiene altas chances de cargar con una variedad de significados. Si uno se cruza con un Irakí en Falluja un martes a la noche y le grita “¡Democracy!”, lo más posible es que el tipo busque para qué lado está la Meca y se prepare para su ración diaria de torturas y simulacros de fusilamiento. Desconocer ese sentido específico que adquirido la palabra en una situación específica sería apenas menos estúpido que suponer que ese es su único significado.
O dicho en sentido inverso: que las palabras puedan tener muchos sentidos no significa que podemos hacerles decir absolutamente cualquier cosa. Suponer que las presuntas resonancias de Heimat a Hitler en el norte tienen algún contacto con las referencias (si las hubiera) de Wainfeld a la patria en el sur sería (además de medio canalla) difícil de sostener en una conversación de más de 30 segundos en la que las palabras se ubiquen en sus respectivos contextos.
Lo que nos lleva a la segunda ristra de equívocos, y es que la palabra patria goza de prestigio en la progresía porteña y de rechazo en el hemisferio norte.
La primera parte es dudosa: recién en los últimos años parece haber algún punto de encuentro entre alguna idea de patria, nación, democracia e izquierda, que no ha sido la constante precisamente. Mi abuelo diría (si viviera) que es todo culpa del peronismo, que se quedó con las primeras dos para despreciar a la mitad. La ensalada montonera de los ’70, ciertamente, despreció la democracia (y el progresismo). Luego, Alfonsín, el PI, la Renovación, el Frente Grande, la UCR y la Alianza hicieron intentos más o menos deslucidos por combinarlos. Lo de este gobierno (contemporáneo con la experiencia del ARI, pero cuantitativamente más expandido) es un intento por hacer esa combinación desde adentro del peronismo. Algo que irritaría muchísimo a mi abuelo, aunque si hubiera visto todo lo demás estaría dispuesto a darle una chance, incluso a entusiasmarse. O al menos eso creo yo. En todo caso, ideas como patria, nación o república (la elección no es menor), en alguna de sus formulaciones con consecuencias relevantes, deberían servir para anclar a algo más o menos estable los derechos y obligaciones que garanticen mínimas condiciones de libertad e igualdad. Renegociar la deuda nacional con los acreedores, exigirle a la justicia que actúe como algo más que como un mecanismo de discriminación social, hacer que las fuerzas de seguridad sean exactamente eso, pueden ser todas aspiraciones de un grupo de gente que estaría en mejores condiciones de lograrlas si eso tomara alguna forma más universal.
La segunda parte de la afirmación (que el progresismo en el hemisferio norte reniega de ideas de nación o patria) no es menos desafortunada. En Alemania y Francia (sólo por poner el ejemplo de dos pequeños países al norte del Ecuador) la relación es algo más compleja. Lo que en la nota se describe como un pormenor (“batallitas”) bien puede ser visto como el punto crítico (y quizás final) de la idea de patria: en buena parte, es la insistencia en el caracter nacional de sus sistemas lo que las ha preservado contra algunos de los datos más nefastos del proceso de reforma del Estado. El hecho de que Alemania y Francia sean aún países notablemente libres e igualitarios comparados con Estados Unidos le debe mucho a la feliz asociación del progresismo con la idea de patria. En Alemania, ha sido más nacionalista la socialdemocracia (e incluso los verdes) que la coalición conservadora, súbitamente travestida en un cosmopolitismo global, llamando a que Alemania se suba al tren de la globalización (al último vagón no, porque ahí va Angeloz desde el ‘89). Al reves del fantasma nazi sugerido en la nota, la “causa nacional” de la defensa de la lengua en Francia funciona como un garante de la diversidad cultural frente a lo que se percibe como una homogeneidad creciente (incluso más allá de la voluntad de quienes lo impulsan).
Lo que nos lleva al último punto, el de que “los alemanes, los tanos y nosotros tenemos [las palabras] patria y pueblo” a diferencia del inglés que “no tienen palabra patria” (comentario al margen: Pocas afirmaciones como ésta, están tan cargadas de una idea de patria, como una comunidad moldeada y limitada por su lenguaje). Valdría aclarar que los franceses también “tienen” la palabra patria (como todas las lenguas derivadas del latín. También la tiene el inglés en sus respectivas traducciones anglosajonas como en las incorporadas del latín, “patriot” y “patriotic” en sentidos más restrictivos). No podría olvidarse en este contexto que el mayor símbolo de la universalización de derechos arranca con “Allons enfants de la Patrie”. Ni “enfants del iPod” ni “enfants del 1 a 1” ni “enfants sin fronteras”. Para nada casual, sobre todo teniendo en cuenta el desgano con el que la Revolución extendió los derechos universales a sus colonias, y la fuerza con la que las colonias, en verdad, “universalizaron” la idea de patria para acceder (o no) a esos derechos universales.
Es muy posible que Patria y Nación ya sean ideas insuficientes y mezquinas para organizar a una comunidad (aunque aún son lo suficientemente fuertes como para que dos personas discutan sobre un diario argentino y varias ideas del país pese a vivir a unas seis mil millas de ahí). También es posible que la universalidad en su actual puesta en escena nos ponga frente a un panorama menos ingenuo y nos muestre que sus sentidos no son menos diversos y conflictivos.
Dicho de otro modo, cuando el cosmopolitismo democrático lo encabeza un tejano que hasta hace unos años sólo había viajado al Caribe (y no sabía qué era la democracia) y otros se atan a la idea de nación para mantener altísimos niveles de prosperidad e igualdad, es un buen momento para revisar nuestra mirada sobre el localismo de la patria y la generosidad del mundo global.
Un buen punto de partida sería leer el libro de Daniel Cohn-Bendit (de dónde surgen algunos de los argumentos usados en esta nota). El tipo es francés y educado en Alemania, todo mal, pero se le puede perdonar.
El libro se llama, perdón, Heimat Babylon.
Y feliz domingo para todos.
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