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Eliseo Brener
29 October 2005, 19:40

Me pasó pocas veces en mi vida, y hoy es una de ellas. Un golpe horrible, de hierro en la punta de un dedo me lo puso de color azul primero y violáceo luego. Como esto sucedió en medio de la ruta, más precisamente al borde de la banquina y en el exacto momento en que intentaba cambiar un neumático destrozado por otro un poco más sano, no dispuse del hielo necesario de inmediato. Lo único fresco que tenía a mano era un resto de Ser naranja-durazno, una bebida que me sabe a hiel y cuyo único poder refrescante consistió en dejarse aferrar por un dedo índice sin superar la temperatura ambiente, y su acción antiinflamatoria fue equivalente a ese dulzor de los sorbitoles o los ciclamatos o los aspartames, que durante algunos instantes puede parecer un buen sucedáneo, pero a poco que se vacía la garganta se empiezan a sentir los efectos nocivos.

Mi sensación es entonces de un desagrado bastante intenso. (Leo esta frase que escribí y me hago acordar a Laura Ramos. ¿Qué se habrá hecho de ella?) Decía, cuando tengo un dolor tan intenso (que íntimamente sé que es algo pasajero, puntual y que no reviste mayor importancia), comienzo a fantasear con gangrenas, mutilaciones y pérdidas irreversibles. Mi tentación más firme es entonces la autocompasión, acompañada por una impugnación inmediata y equivalente en intensidad. Debo sobreponerme, me digo, porque estos arrebatos de pobrecitez no condujeron nunca a ninguna parte.

Entonces agarro el diario.

La verdad es que tengo terror de enfrentarme con el nuevo panorama político post-eleccionario. Mi miedo es el de tener que argumentar o leer entre líneas textos aburridísimos, como suelen ser los que se producen luego de una elección: toda la adrenalina disuelta en el espejo de agua que dejó la acción. Toda la situación de campaña ya es historia. Los dichos fuertes ya se olvidaron, porque no significaban nada más que fintas o chicanas. Y a las chicanas se las lleva el viento, porque el poder está más allá de las alarmas.

Desde hace poco más de quince años, estamos acostumbrados a que los resultados de las elecciones nos entristezcan o nos frustren. Así, nuestro primer impulso es la tristeza de verlo a Mauri obtener la primera minoría, pero nos olvidamos (o bien, no nos olvidamos, pero parece que esperásemos distintos resultados dadas las mismas o muy parecidas premisas) de hace dos años el menemismo, de hace cuatro años el duhaldismo (sin elecciones, pero con poca oposición), de hace seis años el chupetismo (cuando la noche del triunfo el quía en el auto sacó un papelito para leer un discurso con menos emoción que el locutor de los tp-podcasts, ya sabíamos internamente lo que venía, aunque un wishful thinking nos hiciera pensar que algo pudiera ser diferente), del chupetismo sobre el gracielismo poco antes, del menemismo sobre el bordonismo y del bordonismo sobre el chachismo, y así. ¿Se acuerdan de cuando JotaPe Feinmann avizoraba un cambio porque lo veía a Chacho sacarse el mocasín debajo de la mesa?

Todo es una reverenda puñeta.

Mauri no representa un peligro, se nos dice desde los focos supuestamente progres, porque no tiene estructura ni prédica fuera del ámbito de Capital. Y claro. De la misma manera que nos impactaban el peligro bulldog o el peligro caballo o el peligro chancho en su momento: no pasan de ser animalejos con los que creemos estar viviendo una especie de Rebelión en la Granja, mientras que lo que pasa es otra cosa: nada es tan alegórico en la realidad, y no va a venir un representante de la oligarquía dominante a aplastarnos en una especie de solución final, como sería la delicia de los troskos (porque cuanto peor, mejor), porque las cosas no son tan sencillas.

En el caso de Mauri además, lo vi dando su discurso de ganador y miré hacia mis costados cuando dijo algo así como “…hay que recuperar al estado…”, y a nadie que yo tuviera cerca parecía llamarle la atención esa afirmación, o en todo caso escuché expresiones de indignación como que el mismo tipo que primero propugna destruir al estado, después propone reconstruirlo, y me sorprende que su discurso sea visto como el de un prospecto de dirigente del estado y no como el de un lobbysta a gran escala.

El único mensaje claro de la semana tiene un enunciador gestáltico. Es una proposición conjuntiva que parece ser contradictoria, pero de ningún modo: hay que insertarla en la dialéctica de la sorpresa y recurrir a lógicas no aristotélicas para descifrarla. Se podría enunciar simplificadamente de la siguiente manera:

– Cristina es presidenciable.

– Cristina no es presidenciable.

Si uno entra en la fantasía del espacio-tiempo y supone que una sucesión cronológica de dos proposiciones aparentemente contradictorias le da validez a la última y entonces el silogismo se diluye en una contradicción, se equivoca. Es la cohabitación de los asertos lo que le da sentido a un enunciado complejo, donde cabe esperar una resolución que se remita a esos términos y nos mantenga en vilo como cuando éramos chicos y veíamos Piel naranja durante mucho tiempo y no sabíamos si Marilina podría escaparse con Arnaldo, o si vendría al final Raúl Rossi y los mataría a los dos, pero en el interín nos comíamos infinidad de escenas donde se veía largo rato un teléfono sonando, y jamás protestábamos por semejante morosidad.


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