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Eliseo Brener
16 October 2005, 02:36
La semana fue bastante corta. Entre el feriado corrido al lunes para favorecer el miniturismo con el último finde largo del año, el feriado no corrido del miércoles que coincidía con la preparación de yom-kippur y por último el jueves de yom-kippur propiamente dicho, sumado esto a las expectativas comerciales por el día más importante del año para las ventas, además de ser la semana previa a la de las elecciones, se puede asegurar que prácticamente no pasó nada.
En mi caso particular, esta semana fue bastante especial.
Vivo en un edificio de cien años de antigüedad, en un segundo piso por escalera. Desde hace años, cada vez que uno entra al edificio y empieza a subir, siente un olor a gas proveniente de los medidores. Nada tremendo, pero el olor está ahí, uno se acostumbra, las escaleras las subimos desde los jóvenes pujantes con o sin hijos hasta la señora jubilada que vive hace sesenta años en el mismo departamento, y todos lo tenemos más o menos incorporado como algo natural, sensación que solamente se altera cuando viene alguna visita que husmea y dice ‘¡pero qué olor a gas!’ El olor es una presencia fantasmagórica, de la cual hacemos todos oídos sordos u orificios nasales congestionados; es como tener un invitado indeseable a la mesa, una persona a la que todos conocen y tratan con cortesía pero de quien cabe esperar que en cualquier momento tire del mantel y vuelen los platos por el aire.
Todo esto hasta el jueves a la noche, porque a la mañana siguiente el olor desapareció.
Cuando, al intentar hacer el mate, mi mujer me dijo no sale gas de la hornalla, supe de repente unir algunos indicios que hasta el momento eran aislados. Para empezar, la última vez que había subido la escalera, vi entreabierta la puertita que está debajo y que oculta los medidores. Un par de días atrás había visto el pasillo de la entrada lleno de pertenencias de alguien recién mudado: una fila de muebles y bártulos alineados a la vista de todo el que pase es una carta de presentación forzosa, una especie de impudicia como lo son todos los estados intermedios. Uno puede ver en ese momento las grietas de una mesa, la pantalla de una lámpara con un hollín grasiento que no sería advertido fuera del ámbito del pasillo, un poco de goma espuma que escapa por debajo del tapizado abierto de un sillón y que es como ver una panza poco atractiva que se escabulle por el borde de una remera y que uno simula no haber visto. Los estados intermedios son lugares indefinidos y cuando pienso en ellos me remito a la teletransportación. En una fantasía compartida, alguien inventa un dispositivo que haga desaparecer una persona de un lugar para hacerla aparecer en otro. Más allá de que en el proceso se pudiera colar una mosca o algo parecido ¿Cuán inmediatamente sucede todo? ¿Qué pasa en el medio? ¿Dónde está entonces la persona en cuestión?
La cuestión es que el estado intermedio de la mudanza terminó enseguida y así nos enteramos de que una nueva mujer vivía en el edificio. Cuando a los dos días concordó la puertita de los medidores abierta con la falta de gas y la mudanza reciente, yo bajé las escaleras buscando a la portera para que me diera su versión de los hechos y sin encontrarla volví a subir corriendo, convencido de saber lo que había pasado. Empecé a contarle a mi mujer mis deducciones: sin duda la nueva cohabitante de nuestro edificio, inadvertida, había hecho lo que cualquier otra persona incauta haría en su lugar: llamar a Metrogas diciendo que había encontrado una pérdida. Metrogas en un caso así acude prestamente, corta el gas y después más o menos tenés que volver a construir tu casa para que te lo vuelvan a conectar. Mientras yo desarrollaba este hipotético encadenamiento, se escuchaba por la ventana de la cocina, que da a un patio de la planta baja, como un eco, la voz de la portera contando la misma historia, sólo que lo suyo no era especulación.
Como suele suceder en estos casos, la gran culpable del momento es la señora que se acaba de mudar. No solamente es advenediza, foránea, forastera aunque se trate de una copropietaria y no de una inquilina, sino que apenas traspuesto el umbral se atreve a desafiar a los espectros y sacudir las telarañas respaldándose en una mísera institución terrenal, una corporación miserable que cobra bimestre a bimestre sus facturas incluyendo en la discriminación de los cargos el impuesto al cheque ley 25413, a pesar de que los suscriptores pagan el servicio en efectivo.
De inmediato se forman conciliábulos sordos a lo largo de los pasillos. Pasillos larguísimos, tanto que es difícil ver qué hay en el fondo y cuesta creer que en aquellas lejanías vivan vecinos de la misma propiedad horizontal que uno habita. Los habitantes históricos (como la portera, que nació hace más de medio siglo en el mismo departamento que hoy sigue ocupando junto a su marido) no pueden explicarse cómo un intruso tan insignificante puede provocar semejante conmoción. Como un tábano que distrae a un conductor que va por un camino de cornisa, se desbarranca y termina así, de una manera cruel y miserable, una travesía construida a base de quietud, de lograr el estado que sólo alcanzan algunas nubes, que no se sabe si permanecen o se desplazan por el cielo.
Cuando vinimos a vivir a esta casa, hace ya más de ocho años, el departamento era una ruina de tal magnitud que hubiera intimidado a cualquiera que no tuviera un corazón de fantasía. La blancura de la pintura blanca que cubría techos, paredes, vidrios sanos y rotos, dinteles y contramarcos, con restos de pelos dejados caer a las apuradas y aferrados a las puertas, esa blancura parecía la de las telas blancas que cubren los muebles en las casas de las películas donde alguien se murió.
Entonces, en medio de nuestras sospechas de que algún fantasma pudiera estar habitando nuestra casa en obra, apareció una tarde golpeándonos la puerta el vecino de abajo, a quien todos llamaban Juancarlitos y veían con una mezcla de reverencia y temor propios de quien enfrenta a un patriarca. Juancarlitos no solamente había nacido en esa casa, sino que sus padres habían tomado parte en la construcción de la misma. Su categoría de segunda generación al frente del edificio le daba cierta cualidad de mando.
Juancarlitos, parecido al maestro Osvaldo Pugliese pero despojado de sus rasgos de persona querible, pispeó por encima de nuestros hombros, que cubrían la puerta entornada. No traspuso más allá de la segunda baldosa, y nos contó que antes que nosotros, en nuestro departamento, había vivido un pintor. Que ese pintor estaba loco, se paseaba desnudo por los pasillos y cuando los caños se habían convertido en una masa de óxido descascarado y entonces llovía a mares en casa de él (del patriarca), el pintor demente se rehusaba a dejar entrar a alguien que reparara los desperfectos de su porción de red sanitaria. Que la mujer del pintor solía permanecer encerrada por él en esta buhardilla donde ahora escribo, y que se había despeñado por esta misma ventana que ahora estoy mirando, estrellándose mortalmente contra el patio de la planta baja al intentar escaparse como tantos presos, colgada de una sábana como si fuera una soga.
Cuando se hubo declarado la guerra de los caños con el pintor desbordado, una comisión de propietarios ancestrales tomó la resolución de cortarle por las suyas el suministro de agua. Entonces el pintor, lejos de ceder, bajaba hasta el cuartito de la planta baja con un balde en cada mano y se subía los dos pisos, cincuenta y siete escalones en total, con los baldes hasta el borde de agua. Las vecinas miraban a un costado cuando lo veían pasar.
Sacaba el agua del mismo cuartito del cual hasta hace dos días salía el olor a gas.
Pero los muertos están en cautiverio, parece decirme la portera cuando logro tener una charla con ella en un pasillo. La conversación ha ido derivando poco a poco, y al enumerar los diversos problemas e incontables reformas que va a tener que sufrir el edificio para obtener la reconexión de gas, ha empezado a contarme cómo unos ladrones se le metieron en una quintita que tiene cerca de Merlo, que le robaron el inodoro y la máquina de cortar pasto, y que sabe que son chicos que viven por el barrio, chicos jóvenes de casas bien, porque en las inmediaciones no hay villas. Me explica cómo fue a hacer la denuncia a la policía y la policía se encogió de hombros hablando de la puerta giratoria y entonces ella repuso que si se encontraba dentro de la quinta y alguno de estos chicos intentaba entrar, no iba a dudar en bajarlo con su arma, y la policía entonces le daba precisiones respecto de cómo matar a un delincuente. Cuestiones perimetrales. Que si el delincuente es muerto dentro de la propiedad asaltada no hay problemas. Que sí los hay si la muerte se realiza de los límites hacia fuera. Sabe además de estas cosas, me dice, porque va a menudo al Tiro Federal, suele hacer prácticas ahí y tiene permiso para portar armas. Ahí se pone explícita y hace la distinción: porque de la cárcel salimos todos, pero del cementerio no sale nadie, dice. Todo esto mientras vamos a entrevistar a la administradora del edificio, que nos dará la noticia del presupuesto con la montaña de guita que habrá que poner para que se empiece a arreglar el problema y podamos recuperar uno de los atributos esenciales que hacen a la civilización y nos protegen contra los peligros del exterior.
Necesitamos recuperar, sanos y salvos, a nuestros fantasmas.
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