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Gli Uccelli
11 October 2005, 19:14

Es difícil comentar estas cosas, y todos sabemos bien por qué: si no estás con Hebe o con Jorge Rafael, explicar tu posición te lleva párrafos y párrafos de matices y pantanos, siempre con culpa y siempre insatisfactorios. Pero hay algo que nos gusta y unas cuantas cosas que no nos convencen en la nota de Carlos Eichelbaum que publicó ayer Clarín, y por eso es un buen tema para volver al nene genérico ahí arriba, ese que expresa a más de uno de nosotros, con las consiguientes contradicciones.

Lo que nos gusta es leer algo que no pasa casi nunca en la prensa porteña (y cuando pasa, aparece siempre en chiquito): un periodista que dice lo que piensa sobre los setenta. Hace poco Verbitsky había dado su explicación sobre la guerrilla, definiéndola como tres o cuatro episodios sin importancia con objetivos militares, no civiles. Más allá de que uno esté de acuerdo o no (en general tendemos a creer que fue algo más), se agradece la sinceridad. En 2002, todas las columnas de Wainfeld eran ideología pura; con la normalidad y la rosca, volvió la inanidad y la interna infantil. Eichelbaum, entonces, justifica la violencia política no sólo poniéndola entre comillas sino asegurando también que

“la militarización de la política fue obra de (...) una relación entre poder económico y partido militar que proscribió formas tradicionales de expresión y participación democrática”.

Una explicación demasiado jotapé para nosotros, pero, otra vez, se agradece la honestidad, sobre todo al final de una columna en la que se corre por izquierda a todo el mundo. Eso sí, no cierra mucho con el resto del discurso de la misma generación, según el cual, antes de 1975, la Argentina era un país “próspero y equitativo” —textual de Verbitsky cada vez que analiza los deprimentes cuadritos de distribución del ingreso de Consultora Equis. Si era tan equitativo, ¿por qué dinamitarlo? Uno hace el ejercicio de ponerse en la cabeza y los zapatos de aquellos muchachos (ver TP Podcast 1). En el peor de los escenarios se imagina como un simpatizante pusilánime, pero siempre cuesta aprehenderlo. En cualquier caso, aunque uno no coincida, empieza por darle la bienvenida al outing peroncho de Eichelbaum. Sigue pidiendo más: Blanck, Bleta, Bandercoi, Pepe Osvaldo; sin la careta de “una de cal y otra de arena” que es la marca registrada de Clarín. Pero bueno, el tipo parece haber dicho lo que piensa, y eso nos gusta, de entrada.

Lo que no nos convence es todo lo demás. Empezando por la oportunidad.

La idea de salir del armario sugiere sinceramientos saludables —soy puto, me gusta Kiss, no me gusta laburar, no entendí el Ulises. Cualquiera de estas afirmaciones desafía un orden de cosas opresivo en el que enunciarlas implica algún riesgo. Y hay que decirlas porque está bien, porque son la verdad. El outing de Eichelbaum podría haber tenido ese signo si lo hubiera escrito hace veinticinco años (hace veinticinco años Eichelbaum ya trabajaba en Clarín), incluso si lo hubiera escrito durante el menemismo. Lo dice ahora, cuando queda bien, cuando decir lo contrario empieza a ser punible, y en ese sentido su nota podría encuadrarse, en realidad en la más rancia Tradición Clarín. Tal vez nuestra primera lectura sea benigna y Eichelbaum esté anunciando el alineamiento inminente los pocos que quedan sin alinearse. Avisando, como suele avisar Clarín, que las cosas ahora hay que leerlas así. (Ahí lo tenemos hoy a Kirschbaum diciendo que el hundimiento del Belgrano fue un genocidio).

Los setenta son un lugar común, y haber sido monto es fashion. Es en ese contexto que empezamos a leer la nota al revés, y entonces la declaración jotapé de Carlitos sobre la falta de expresión política como promotora de la violencia nos termina pareciendo especialmente deshonesta. Es decir, puede ser. Pero es también el argumento más a mano, el más fácil, el que te justifica más rápida y más económicamente que te hayas cargado a gente que no tenía un pedo que ver con tu inexpresión política. Los hijos fueron a la guerra por sus padres en los setenta. Los montos por sus padres peronistas cagones o ignorantes del 55, los del ERP por sus padres radicales con campos que perdían renta a favor de la industria. Claro, puede no ser verdad. Puede haber otros escenarios: el hombre había llegado a la luna y por qué no vamos nosotros a llegar a dónde se nos antoje si somos buenos católicos, tenemos un líder genial, tenemos tiempo, tenemos huevos y somos hijos de madres multíparas; “por un voto más o un voto menos, no nos vamos a preocupar”, los relativizó el General por televisión.

¿Violencia política en los setenta? Nos quedamos charlando después de la cena y se nos ocurren dieciocho explicaciones más interesantes que la de Eichelbaum. Ya vendrá Horacio González a encarnar lo contrario en cuerpo y alma; igual nos permitimos intuir que las explicaciones más interesantes, las que te sorprenden, suelen ser las más verdaderas.

Pero las notas de Clarín salen en blanco y negro y el blanco y negro da gris (y Wainfeld en la novena vez que cita Fausto, dice el domingo “gris es la teoría, verde y dorado el árbol de la vida”), y gris es la vida de casita en el Tigre de fin de semana. Asado, “vos sos un marciano para mí”, a la cuarta copa de mediodía de Rincón Famoso rosé. Haber conocido un muerto te da la estatura moral del heroísmo del muerto, siempre que haya sido heroico. En tu imaginación. Podés pasarte la vida escribiendo notas pedorras, notas que no te importan, notas policías, notas que no. Y, ay, un día una declaración de Carrió te hizo pensar mientras meabas con el antebrazo descansando a todo el cuerpo parado frente al urinario de chapa. Se te armó la oración, la escribiste y volvés realizado a tu casa. Porque te agradeces el gesto de decir lo que pensás. Y lo agradecemos, todos, Hernán en Manhattan, Esteban en Buenos Aires.

Bueno. Eso mismo, Carlitos.

Pero ahora con todo.


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