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Eliseo Brener
1 October 2005, 18:44
Mi hijo se dirige a un auditorio de dinosaurios formados en hilera:
– Algunos varones que se están portando mal no van a salir al patio, hoy.
Trato de recordar cómo jugaba yo cuando tenía tres años como él tiene ahora, y no me acuerdo. Entonces trato de imaginarme cómo lo haría, o de hacer algún tipo de deducción, o bien inducción o extrapolación, que seguramente serán inapropiadas.
Cuando éramos chicos los dinosaurios no existían. Son un invento posterior, y de una variedad inagotable. Tampoco existían estos materiales con que están construidos los dinosaurios, y que parecen una mezcla de plástico con goma, pesaditos. Recuerdo unos soldaditos de plástico, porque de la era del plástico ya somos nosotros, eso no se puede negar. Se habla de los soldaditos de plomo en algunas canciones de las que escuchaban los viejos cuando eran jóvenes, o a lo mejor me lo estoy imaginando, pero nosotros no conocimos el plomo. Lo más parecido era el caucho de los camiones Duravit, que no tiene nada que ver. Un juguete de madera en ese entonces se consideraba una vulgaridad vetusta, mientras que ahora se lo considera una delicadeza, una forma de transmitirles a los chicos la nobleza de ciertos materiales. Algo ecológico, por otra parte, ahí donde este vocablo no se encuentra ya desprestigiado gracias a Greenpiss.
En ese entonces, estoy seguro, tampoco había mucho planteo entre los adultos por lo que se nos transmitiera en la escuela, más allá de ciertas diferencias de trazo muy grueso como ser entre la educación religiosa y la educación laica. Eran tiempos en que una cosa era una cosa y otra cosa era otra cosa, claramente. Se habla en general, uno escucha desde todos los espacios progres, ya sea de nuestra generación o bien de aquellas generaciones que vivieron en la época de la laica o la libre, que esa fue una época bisagra en nuestra historia, que la educación cambió a partir de ahí, que cambió para mal, que se abrió de esa manera la puerta a una marcada diferenciación educativa por estratos sociales y que, como la educación es el instrumento de la sociedad que permite ya sea equiparar de alguna manera la desigualdad social o bien perpetuarla y aún ahondarla, al establecer estas diferencias se abrió el camino para el abismo social que sufrimos hoy en día. ¿Se podrá repensar esto?
Hasta ahora, todas las veces que intenté contar cómo es que soy judío, fracasé. No es que sea una carga pesada, ni que me sienta marginado. No aprendí idish ni hebreo. No fui a clubes ni a colegios judíos. Si en algún momento lo institucional judío me rozaba apenas, mis viejos se ocupaban rápidamente de sacarme de ahí. Una vez, estando en quinto grado, éramos dos chicos judíos en la escuela José María Bustillo, que en ese entonces estaba en Serrano entre Córdoba y Niceto Vega. Este compañero me invitó a pasar una tarde de sábado en una especie de actividad programática que no recuerdo muy bien cómo se llamaba, y que se hacía en un colegio judío donde se juntaban niños judíos. La pasamos bastante bien, todo estaba muy limpio y jugamos a la búsqueda del tesoro, pero después de esa vez mis viejos no me dejaron seguir yendo: decían que ese tipo de actividades las organizaba el sionismo para lavarles la cabeza a los chicos y prepararlos para irse a Israel y no volver nunca más.
Más o menos para ese momento, algunos sistemas de creencias empiezan a afincarse, y entonces empecé a escuchar la versión de que los judíos mataron a Cristo. No sé si eso me daba algún tipo de culpa y ni siquiera si iba dirigido a mí, pero era bravo ir a llevarle ese rumor a mi viejo y verlo enfurecerse. El tipo se salía de sus casillas, vociferando que no fue así, que habían sido los romanos los ejecutores y únicos responsables. En mi casa, no obstante, el judaísmo siempre se vivió en una especie de ghetto dentro del ghetto. ¿O fuera de él? Con frecuencia me encuentro dándoles explicaciones a mis amigos sobre qué es ser judío, yo que viví siempre no solamente afuera del adentro, sino también afuera del afuera. Que qué diferencias hay entre el idish y el hebreo. Que si los judíos somos israelíes. Yo me pasé la vida repitiendo la cantinela de mis viejos, que ser judío no es necesariamente ser israelí y que incluso ser israelí es casi como ser un falso judío, como que se hubiera armado una especie de Disneylandia del judaísmo ahí en esos lugares supuestamente sagrados.
Ahí donde mis viejos (los dos argentinos) participaron en algún tipo de institucionalidad judía, la educación era impartida en idish, que fue la lengua madre de ambos. Eso fue así más o menos hasta que el sionismo empezó a aglutinar el grueso de la institucionalidad y entonces el hebreo empezó a ocupar el lugar de lengua oficial a todo nivel. La versión que yo siempre recibí, que era la del uso y la costumbre familiar, fue que el idioma de nuestros ancestros era el idish y que después vinieron “estos tipos” y arrasaron con todo e impusieron el hebreo, que era una lengua muerta. Todo bastante extraño. En realidad, el hebreo no era una lengua muerta, sino una lengua religiosa, usada exclusivamente para los ritos y a la que tenían acceso personas de ciertas jerarquía religiosa. Sin embargo, el idish, que es básicamente una especie de dialecto alemán con mezcla de vocablos de distintos orígenes (incluyendo el hebreo), se escribe con los caracteres hebreos y de la misma manera se lee “de atrás para adelante”, de manera que no es tan sencilla la separación de las aguas. Al repasar lo que escribo tengo la sensación de que cualquier judío que sepa más que yo del tema (es decir, prácticamente cualquier judío) se me vendría a quejar por algún matiz y/o imprecisión en esta versión que elaboro ahora. Lo siento, no me puse a revisar textos para esto, me falta un montón de background judaico y siempre me la paso jurando que algún día voy a averiguar esto con mayor profundidad y escribir mi tratado sobre el tema.
De cualquier manera, yo quería decir otra cosa. Estamos en vísperas de Rosh Hashanáh, y hay que preparar la cena. Quizá sea la época del año, del cambio de año que nunca puedo comprender, pero a veces a mí se me reblandece el sistema de creencias. O de no creencias. El convertirme en ateo fue una elección guiada por la familia. Yo siempre tuve la sensación de que el ateísmo que se nombra a sí mismo es fruto de un elaborado proceso intelectual, una decisión motivada por la rebeldía o una mezcla de ambas cosas. En mi caso, fue el resultado de acompañar una decisión familiar de oposición a instituciones que mis viejos sentían que no los representaban. El estereotipo (y también la autovictimización) dice que los judíos somos minorías aisladas, diferentes en una sociedad que está aglutinada bajo otro signo. No se suele hablar en cambio de cómo muchos judíos (no sé si muchos, pero a mi me pasó) se vieron forzados a hacerse a un lado de la religiosidad por percibir –gracias a una coyuntura histórica particular– que suscribir a la religión venía de la mano con suscribir a un sistema político particular, ajeno a la propia realidad. Esta situación probablemente sea similar en otras religiones, pero escape a la percepción normal por no vivir un quiebre histórico puntual. No vivimos (nosotros ni nadie cercano) la creación de un estado-nación donde “todos los cristianos del mundo puedan sentirse a salvo”.
[Digresión: Entre las cosas fabulosas del universo judío se encuentra una tradición del relato de ghetto, de ese otro universo que me es ajeno y propio a la vez, que nunca conocí y que forma una parte importante de mi fantasía. Isaac Bashevis Singer es un contador de este tipo de historias que, al menos si uno es judío, es empezar a leerlas e inmediatamente sentir olor a cebolla frita de varenikes y escuchar como una letanía lejana un “oy, oy, oy”.
Una vez, yo trabajaba para una empresa familiar conformada por padre, hijo e hija. Los tipos tenían la oficina por calle Ecuador, frente a una sinagoga, en el corazón del Once. Participaban de todos los ritos, conocían todas las fiestas y todas las tradiciones. Los rabinos de la sinagoga de enfrente, así como los de otras más lejanas, solían apersonarse a la oficina para mangar colaboraciones, pero también para proponer o aceptar negocios, y a mí eso me sorprendía mucho. El hijo me había preguntado en la primera entrevista “¿Vos sos de la colectividad?”. Una costumbre de la colectividad judía es no mencionar jamás la palabra “judío”. “¿De qué colectividad?” le pregunté yo, que me divertía con estas cosas. Se hizo un silencio. Al final dije “ah, ¿de la colectividad judía? Si, soy” y vi al tipo asentir confundido.
Esta gente desarrollaba diversas actividades, que abarcaban desde regentear una empresa de medicina prepaga a construir edificios o importar cerveza (eran los fabulosos años noventa). Se acercaba la fecha de Pesaj y ahí me enteré de una costumbre de la cual jamás había tenido noticia. Resulta que de acuerdo a los preceptos religiosos, no se puede pasar la fiesta de Pesaj conservando alimentos de antes de la fiesta. Una vez que llega la fiesta, todo lo que uno tenía acumulado en la despensa debe ser vendido o regalado. Cuestión que con la importación de cerveza se habían clavado con una buena partida que aún no habían logrado vender, y de acuerdo a estos preceptos, si llegaba la fiesta y no lograban vender…la iban a tener que regalar. ¿Cómo resolver semejante problema? Cualquiera diría que estos pruritos no pueden sacarle el sueño a un comerciante, pero estos estaban preocupadísimos porque, ¿qué iba a decir la colectividad si conservaban las cervezas? El asunto finalmente fue arreglado luego de una intensa negociación: los rabinos de la sinagoga de enfrente escribirían un documento diciendo que compraban las cervezas al momento de pesaj, y luego confeccionarían otro unos días después, en el que manifestarían que les vendían a su vez las cervezas a sus antiguos propietarios, todo eso sin que las latas hubieran cambiado de lugar en ningún momento.]
Decía entonces que, un poco a la fuerza, me vi alejado de experiencias que tuvieran que ver con la religiosidad. Para la época en que casi tenía la edad para la bar-mitzvá, mis viejos me planteaban el asunto como si fuera una cuestión de mi elección, y entonces me llevaban al templo más ortodoxo que fuera posible, donde uno parecía transportado al mundo de los muertos vivos y donde un número indeterminado de quienes para mí eran inconfundiblemente zombies se movían espasmódicamente, mientras tarareaban cosas incomprensibles y tenebrosas. Con mi hermano salíamos de ahí riéndonos nerviosamente y recordando lo que era el leitmotiv repetido hasta el cansancio. Barujataadonai canturreábamos con irreverencia, y todo nos daba un poco de miedo.
Yo la única experiencia verdaderamente religiosa que tuve fue una vez que tenía prueba de francés y no sabía absolutamente nada. Sabía que no podía zafar de ninguna manera y entonces apelé a un último recurso: empecé a rezar para mis adentros, en forma precaria porque no sabía ningún tipo de oración. “Dios mío” decía “hacé que a la profesora le pase algo”. Ese día la tipa faltó y entonces vi claramente la señal: Dios existía, me escuchaba y me hacía la gamba. Durante toda esa tarde mantuve un soliloquio interior con la certeza de estar manteniendo un diálogo y de que yo habría de ser bueno en honor a la mano que Él me daba.
Así es como cada vez que intento meterme y ver qué hay mío en la religión, llego de alguna manera a la educación, que es la versión moderna y laica de la religión. Si la religión originalmente constituía el sistema educativo cuando se suponía que la gente común no supiera demasiado, con el tiempo la cuestión se fue sistematizando y constituyéndose en entidad más allá de lo religioso institucionalizado, por más que las instituciones religiosas intenten aferrarse (tantas veces con éxito) al control de la educación. Hoy en día es bastante sencillo estar advertido de las garras de una educación basada en la religión, pero no así respecto de las posturas dogmáticas y esencialmente religiosas de la educación laica.
“Todos sabemos que la educación privada es mejor que la pública”, decía ayer en este mismo espacio Marcos Peña en la cita de Marina Mariasch, y tal afirmación parece equivaler a decir “todos sabemos que una empresa es mejor que un estado”. Sin poner en tela de juicio la afirmación en sí, que es largamente discutible, esencialmente en un tipo de institución el mensaje subyacente es la deificación de la empresa, mientras que en el otro tipo de institución, el mensaje subyacente es la deificación del estado. Lo que seguramente es cierto es que el primer tipo de institución logra transmitir su mensaje con mayor éxito.
En realidad, todo lo que escribí hasta acá oficia de preámbulo, porque lo que me tiene verdaderamente intrigado, haciéndome pensar y sin llegar a ninguna conclusión y ni siquiera a un abordaje, es la controversia que viene despuntando en USA respecto de la disciplina que se ha dado en llamar Diseño Inteligente, que viene a meterse en el medio de la discusión entre evolucionismo y creacionismo, elaborando un discurso científico que de manera tendenciosa conduzca al creacionismo como la alternativa más verosímil. Alguien descubrió que la ciencia puede ser una forma sutil de pensamiento religioso y parece que lo está aprovechando muy bien. Ahí donde antes un idioma era enteramente utilitario para una religión, aparecen nuevas codificaciones e idiomas ad-hoc que contruyen sentido religioso en formas novedosas.
Entre nosotros ese debate no parece existir, y uno sospecha que en realidad nuestro río revuelto de la crisis eterna se la pasa distrayéndonos con cuestiones más básicas, pero el hecho es que no parece tener mucha prensa la cuestión de qué se enseña en la escuela, qué creemos que debiera enseñarse y por qué.
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