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Pablo Plotkin
28 September 2005, 18:48

Es cada vez más difícil alquilar un departamento en barrios céntricos de Buenos Aires —San Telmo-Monserrat-San Nicolás-Balvanera-Palermo-Colegiales-Abasto-Villa Crespo— a un precio razonable. El flujo de extranjeros sedentarios (tipos que se quedan a estudiar, a trabajar o a joder durante seis meses o un año) hace que los propietarios prefieran, con bastante lógica, alquilarlos a precio dólar. Escuché decenas de quejas de gente que busca desesperadamente un hogar y se topa con madrigueras tasadas en libras esterlinas, pero estoy tan cerca de un beneficiario de la situación que en estos días sólo puedo verle el lado amable.

En los 80, el padre de un amigo mío construyó una casa gigante en lo que por entonces era el dark Villa Crespo y hoy es el primer cordón del conurbano palermense. Digamos, al sur de avenida Córdoba y al oeste de Juan B. Justo, o algo así (no soy muy bueno con los puntos cardinales). Hoy las inmobiliarias te lo quieren vender como Palermo Village, pero hasta hace algunos años la cosa era muy distinta. Sobre Gurruchaga paraba una bandita que le cobraba peaje a medio mundo y el eje Jufré-Castillo-Loyola era territorio de Maxi El Punga, un petiso feo y violento que entraba y salía del penal con una periodicidad lectiva.

Desde hace un tiempo, el paisaje cosmopolita de Borges-Cortázar viene avanzando. Y mi amigo, chocho. Veamos: los tres hijos se hicieron grandes y se fueron de casa; papá y mamá se divorciaron y el caserón se convirtió en un hostel monumental a pocas cuadras del vértice palermitano. Se empieza a correr la bola y rápidamente suena el teléfono: aparece un australiano que acaba de pasar un mes de pesadilla en Manaos, reportando para un diario de segunda, y que está dispuesto a pagar 300 dólares mensuales por una habitación en suite y una conexión banda ancha. Los siguientes pensionistas caen al toque: israelíes, yanquis, holandeses. Uno o dos por país. Ya son cinco conviviendo en armónico desorden. Son los Global Benvenutto en el barrio que alguna vez dominó Maxi El Punga.

La otra noche pasé por ahí y estaban cocinando con cebolla de verdeo, champiñones y tomates secos hidratados mientras escuchaban Clandestino de Manu Chao. ¡Clandestino! Si en los resorts de lujo los rasgos de origen se diluyen en una especie de pertenencia internacional de clase, en un albergue juvenil esos rasgos aparecen intensificados y a la vez contaminados por características de la locación. El holandés me hablaba a los gritos de estrellas futbolísticas de su país y atacaba a Maradona con saña de brasilero. Uno de los australianos, llamado Sholto (el que reportaba desde Manaos), adquirió una especie de desdén existencialista que parece amasado en Los 36 Billares. Me habla de Sidney con una melancolía insoportable. Y se despeina como nos despeinamos muchos porteños que no acertamos el largo exacto de nuestras mechas.

También estaba Jill, una californiana. Jill es una de esas gringas pálidas extrañamente atractivas. Parece haber perdido la cintura en el comedor de Wendy’s, pero lo compensa todo con contundencia pectoral y actitud regalona. Un amigo tiene un atajo infalible para autoconvencerse del atractivo que le produce esa clase de american-pie-girl: “Tiene cara de tragársela”. En fin, quién podría discutírselo. Dice –supongo que con escaso conocimiento de causa– que allá en el norte hay mucho celo respecto de la virginidad premarital, y que entonces el sexo oral es el camino más económico en una relación de complacencia mutua. Y esa complacencia, me asegura con una sonrisa de sátrapa, prohíbe expresamente el desperdicio de fluidos.

Cierta vez, en una zona fabril de Dallas, un viejo con pinta de bonachón, aficionado al béisbol y al pollo frito, me ofreció un puñado de dólares si le dejaba hacerme un blow job. Mi memoria lo registra con psoriasis y labios de bagre. Y creo que mi memoria lo registra con bastante fidelidad, aunque rechacé la oferta. Es extraño que el blow job (que aquí se traduce, en metáfora igualmente nasty, como tirada de goma) sea visto como la vía más rápida y accesible en una primera aproximación sexual. Aunque habrá algo de lógica en eso de que la puerta de entrada al aparato digestivo opere como bomba de extracción del órgano reproductivo.

Pero vuelvo al hostel, por el bien de todos. Había un neoyorquino que se hace llamar León (creo que su verdadero nombre es Ryan) y que tuvo una breve carrera como cocinero de categoría. El fue el responsable de unas berenjenas rebosadas cubiertas en un tuco con aluvias semi procesadas y un gratín perfecto. Dos capas de berenjenas, dos de salsa y una caparazón de parmesano. Un manjar.

El asunto es que el tal León tocaba el bajo en una banda de rock y ahora quiere probar suerte acá. Buena suerte, León: que un new yorker quiera probar suerte rockera en la Buenos Aires cromañónica es como si un ranchero de Foz de Iguazú fuera a buscar agua al Salar de Uyuni. Pero Ryan podría ser perfectamente una estrella de rock, al menos una de la talla de Hoobastank, o esa onda. El flequillo negro y lacio le cae de costado y tiene un mentón anguloso tipo Kurt Cobain.

Después alguien puso un disco de otro León (Gieco) y pensé que el pintoresquismo crítico de 2002 (esos tiempos en los que Naomi Klein predicaba en la carpa de Brukman y una danesa que estudiaba cine se copaba militando en el MTD Aníbal Verón) había quedado lejos pero no del todo caduco. En definitiva, no hay ningún horizonte apacible a la vista, ni siquiera en el Village de Palermo.

Para los turistas hiperkinéticos y los visitantes sedentarios, toda esa fruta (crisis arrogante + terquedad celebratoria) integra un licuado único. “¿¿¿Dónde está la crisis???”, me preguntaba ofuscadísimo un amigo alemán que reporta para Der Spiegel cuando vino por segunda vez aquí (la primera fue en 2002) y yo cabeceaba alegremente un jueves a la noche en la pista de Niceto, entre chicas forradas en vinilo y cuervos con lentes ahumados.

Estaba bastante enojado, mi amigo. Quería crisis. ¡Crisis! Así que nos tomamos un taxi al Bar El Chino de Pompeya (el taxista esquivó a un pendejo que se hacía el muerto sobre el pavimento, entre la fábrica de Coca Cola y la cancha de Huracán), nos sentamos con un vino de la casa y un sifón a escuchar tangos reos y mi amigo teutón suspiró aliviado y levantó el vaso de tinto: “Esta sí que es Argentina”, me dijo citando involuntariamente a Luca Prodan. Y yo no supe muy bien qué decirle.


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