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Eliseo Brener
24 September 2005, 19:59

¿De qué se puede hablar hoy? La campaña de las elecciones que se hacen justo dentro de un mes es muy aburrida. La Nación tiene un campaign companion que pretende ser bastante abarcativo. Desde la portada se entra a través de una foto-link que dice “Elecciones: hacia el nuevo Congreso”. Esta fotito que marca la entrada es bastante significativa, porque toma la estatua que está en la cima de la plaza de los Dos Congresos alineada con la cúpula verde y permitiendo ver hasta no más abajo del borde del techo del edificio. De esta manera se sobrevuela y se evita la parte conflictiva del asunto, que es la que está por debajo de todo eso.

I. Ida

Me acuerdo de que cuando era chiquito y vivíamos a dos cuadras del Congreso, en Moreno y Sarandí, mi interés era ir ahí a darles maíz a las palomas. La calesita que ahora tienen las Madres en el otro extremo de la plaza todavía no existía, porque todavía no existían las Madres como tales. Quiero decir: sí, existían como tales, pero aún no eran “Las Madres”.

Mi mamá y mi abuela me decían que las palomas vivían en la cúpula y yo creía que eso era realmente así. Incluso como en ese momento les tenía simpatía a las palomas, me imaginaba que toda esa cúpula había sido construida para albergarlas, como la jaula gigante que en el zoológico es la casa del cóndor, pero con la parte habitable del lado de afuera. Me parecía un buen propósito. Les preguntaba para qué servía ese edificio y nunca sabían responderme muy bien, porque esto transcurría más o menos entre 1969 y 1972. Aún en el ’73 la incertidumbre seguía persistiendo, o bien la tradición gorila de la familia jugaba a favor de soslayar ese Congreso. Estoy intentando recordar si ya en ese momento escuchaba cosas como que ahí va gente que no hace nada, o algo por el estilo.

Para ese entonces, más precisamente cuando estaba en segundo grado y por lo tanto era 1972, con mi amigo más íntimo nos dedicábamos a despojar a los autos que tuvieran las ventanillas abiertas de esas plaquitas con imanes e imágenes de la virgen que se solían poner en los paneles delanteros y que decían cosas como:

Papá, no corras. Te esperamos

La plaquita concreta que recuerdo con esa leyenda estaba junto con otra en el panel de un Rambler tostado en Moreno entre Combate de los Pozos y Entre Ríos. La ventanilla del acompañante abierta y el auto vacío me permitieron hacerme del botín con total sangre fría y un golpeteo intenso en el pecho. Más tarde, Miguel Angel me decía que, de haber tenido un poco más de presteza en la mano izquierda, me podría haber alzado con ambas plaquitas.

Miguel Angel vivía en un edificio antiguo fabuloso de la calle Sarandí, con jardines, un edificio donde podría vivir algún personaje de Arlt. En el mismo edificio funcionaba la pensión de gente respetable de un gallego escapado de la guerra civil. La casa de mi amigo era lúgubre, de esas en que una habitación inmensa está dividida por un biombo y no se terminan de adivinar sus confines, pero en algún rincón de la misma el padre es un sastre y trabaja sin mirarnos, mientras yo le pido a Miguel que me explique qué quieren decir la jota y la pe que están debajo de la ve, que la ve y la pe ya sabía lo que querían decir, y entonces él adopta un aire de adoctrinador para explicarme.

Para esa época y en la cumbre de mi derrotero delictivo, llevé a cabo un golpe por mi cuenta que hizo que me quebrara a moco tendido ante mamá: en una calle de tierra de la localidad de Glew me subí a un colectivo que estaba estacionado ahí, trepándome por una ventanilla. Del interior saqué un rollo entero de boletos y algunas monedas de la recaudación, que el conductor incauto habría dejado ahí mientras se comía un asado en una quinta de la cuadra. Lo que hacía invalorable a ese botín era la cantidad de boletos capicúa que calculaba contendría ese rollo. Así la suerte jamás podría dejar de serme propicia.

Sobre la calle Combate de los Pozos y en nuestra misma manzana, había una especie de caserón de esos que tienen sótano a media altura con tragaluz. El tragaluz estaba siempre abierto, de manera que un par de chicos podía descolgarse fácilmente desde la vereda en esas oscuridades para ver qué podría ocultarse a partir de la zona donde no se veía nada. El temor de no poder volver a treparnos para salir hizo que ni Miguel Angel ni yo nos atreviéramos a meternos ahí. Cuando le comenté a mi mamá la hipótesis de exploración que manejábamos, me advirtió que no se me ocurriera hacer una cosa por el estilo, porque quién sabe si en el interior de ese sótano no hay una bomba que puede explotar en cualquier momento. Eso fue lo que hizo inolvidable ese lugar para mí. Mientras viví en esa manzana, jamás me atreví a volver a pasar por el tragaluz oscuro, y cuando volví muchos años después ya no pude distinguir con exactitud dónde se encontraría ese caserón.

Quién sabe el porqué de la coincidencia, pero dejé de vivir cerca del Congreso más o menos para cuando ya definitivamente el edificio se había convertido en una especie de castillo lúgubre como aquellos a los cuales se llega invariablemente en noches de tormenta y subiendo un camino sinuoso, mientras la sombra de un murciélago se recorta sobre la luna llena. Me contaban para ese entonces que el edificio estaba vacío y yo entendía tan poco como anteriormente, cuando me explicaban con vaguedades en qué estaba ocupado.

II. Regreso

Cuando veinte años después de haberme ido volví a vivir ahí, enfrente de la plaza, ya estábamos en la época de la primavera etnodiversa, escuchábamos world music y en ese universo se podía encontrar el local de la librería y disquería Gandhi de Rivadavia angosta, ahí al lado del teatro Liceo, por ejemplo. En esa zona uno siempre tiene la sensación de visitar otra época, y en la época precisa de la que estoy hablando, el lugar era una especie de aleph en el cual convivían los tiempos y las culturas más diversas. Apenas un par de años antes, en el mismo local había funcionado el FEPAC, Fundación de Estudios Para la Argentina en Crecimiento, órgano que debía dar la imagen de think tank del menemismo y donde algunos gerentes de segunda línea que yo conocía de otro lado consiguieron abrocharse a un futuro un poco más promisorio. Yo había visitado ocasionalmente el lugar, mirando cómo se instalaban unas computadoras para llevar a cabo cometidos que jamás llegué a comprender del todo.

Entonces, el progresismo era la promesa de un mundo mejor. Si no de igualdad, al menos de tolerancia. En la facultad de Filosofía y Letras, una profesora de Antropología Sistemática nos decía sonriente que eran momentos de elegir entre Neustadt y Grondona, que representaban a Hobbes y a Locke respectivamente. Que no eran momentos para la revolución. “Nosotros no vamos a hacer la revolución…por ahora”, decía. Todos sonreíamos cómplices y complacidos. Con Luz, la hija de un famoso militante de vertiente cristiana no desaparecido pero muerto accidentado, argentina con acento español porque había vivido en Girona desde chiquita, urdíamos la elaboración de un cuento que se llamara “El día de la revolución”, en el cual un grupo de militantes trasnochados planificaban tomar el poder y se les iba el día en preparativos, entre consignas, pancartas, logística y organización de las columnas. Ni siquiera escribimos ese cuento, pero nos reímos bastante.

También podían encontrarse entonces locales de diversa calaña, como ser una cerrajería en la galería que está en Rivadavia cerca del Gaumont, donde el patrón del boliche comentaba con un parroquiano de uno al que le habían pegado un tiro la noche anterior, en un hotel de ahí a la vuelta. En el mismo antiguo edificio de la calle Sarandí, en otro piso que no era la casa de Miguel Angel ni la casa de la pensión, vivía ahora una familia de intelectuales ya de vuelta de la lucha y dedicados por completo a los estudios de mercado. Un piso totalmente restaurado a la vieja usanza, pero con ese sabor tan especial que de repente había adquirido lo antiguo.

Para la época de furor del encuentro histórico de la confitería El Molino, yo nuevamente había dejado de estar ahí. Tampoco estuve para cuando la confitería se cerró, y mi recuerdo de El Molino es un recuerdo de ausencia, de estar siempre tan cerca y no haber entrado nunca. Algo como que en el recuerdo está mi abuela diciéndome que la confitería cerró, una y otra vez, a lo largo de toda mi vida.

En el suplemento virtual de La Nación, Martín Dinatale dice que como desde hace algunos días Kirchner no ataca a los candidatos duhaldistas, estos no crecen en intención de voto. Se habla de amesetamiento. Que, por el contrario, la estrategia confrontativa de Chiche no suma, sino que resta voluntades. Y que “la gente no quiere escuchar discursos irritativos”. De todo lo que leo ahí, me quedo rumiando esa frase. Estamos, en última instancia, en una lucha por el Congreso. Un universo que, como el castillo de Kafka, cuanto más intenta uno acercarse, más alejado parece estar.

En las idas y venidas de todos los lugares en que viví, lejos o cerca, mis paraderos se ubicaron siempre a pocos metros de la ruta del colectivo 151, que viene derecho por Entre Ríos y cuando tiene que doblar por Rivadavia, en lugar de hacerlo directamente, pega la vuelta para el otro lado y circunda largamente toda la plaza hasta rozar Avenida de Mayo y volver. El recorrido parece alargarse hasta el infinito en ese lugar y así son las veces que me puso frenético demorarme tanto. ¿Por qué vivir siempre orbitando en torno al Congreso? O bien ¿Por qué haber vivido siempre cerca de alguna parada del 151? La hipótesis de la ruta de mi vida prefijada de antemano me asusta un poco, y a veces me pongo a repasar el recorrido que hace el colectivo desde Puente Saavedra hasta Constitución para imaginar si alguna vez podré escapar a ese circuito. Todos los caminos parecen llevarme o traerme del Congreso, y eso para mí sigue siendo un misterio.


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