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Eliseo Brener
22 September 2005, 10:48

En el colectivo tuve que hacerle a mi hijo un avión con un volantito de delivery de pizza.

Al lado nuestro se encontraba una señora que, al verme haciendo el avioncito, sonrió de una manera paqueta, sobria, diciendo esos avioncitos son exactamente los mismos de cuando yo era chica. Yo respondí con amabilidad que vio que algunas cosas nunca cambian, y ella cerró el diálogo agregando:

—Pero da un poco de tristeza que la humanidad no encuentre nuevas formas de hacer un avioncito.

Hace dos días que vengo masticando esta frase y pensando por qué una anciana supondría que hay que encontrar mejores formas de hacer un avioncito. Es cierto que yo estaba haciendo el modelo más elemental que conozco, en el que el rectángulo se divide en dos, se forma una punta juntando dos de los vértices con el doblez central y luego se vuelve a realizar un doblez sobre los dobleces anteriores, con lo que resulta una especie de flecha que se estrella enseguida contra aquello a lo que se apunta, como si más que un avión fuera un dardo.

Esta señora, empecé a calcular, rondaría los ochenta años y entonces habrá sido chica hace unos setenta o setenta y cinco, en la década del ’30. Los avioncitos de papel ya existían, de eso tengo su testimonio. También sé que existían los helados, aunque de chico eso me parecía increíble. Iba caminando de la mano de mi abuelo por la calzada en Concepción del Uruguay. Era habitual andar así hace más de treinta años por ahí, porque no había tránsito, y porque los cordones de las veredas en Concepción del Uruguay son muy altos y las cuadras cortísimas, como en una ciudad de juguete, y entonces resulta muy cansador andar subiendo y bajando la vereda cada dos segundos. Mi abuelo me contaba que de chico, (en los años ’10 más o menos) le gustaba comer helado. Yo no le creía mucho y él me decía “pero avisá”, que era una forma antigua de mostrarse ofendido. ¿Qué relación hay entre los avioncitos de papel y los helados? Las dos cosas parecen inamovibles, elementales. Una vez que se descubre cómo helar cosas, la fabricación de helados debe ser algo inmediato. Un experimento que lleva a buen puerto, porque seguro que a todo el mundo le va a gustar. Podemos suponer que, en tanto imitación de los auténticos aviones, los avioncitos de papel habrán empezado a existir muy poco tiempo después de existir los primeros. Igual que en el caso de los helados, una vez que se descubre la técnica de fabricación, ésta permanece inalterable por los siglos de los siglos. No le hace falta cambiar.

El concepto de volante de delivery de pizza seguro que no existía hace setenta y cinco años. Al verlo en la puerta de casa, mi hijo me lo da, afirmando que es una carta que nos enviaron. (En realidad agarra una pila de tres entre los que se amontonan debajo de la puerta, y dice que hay una carta para él, una carta para papá y una carta para mamá). No hay nada que desmentir, porque el volante es, efectivamente, una especie de carta, y porque uno prefiere escuchar a su hijo y tomar nota que decirle dejá eso ahí que está sucio te podés infectar. Así es como uno termina con tres volantes de delivery de pizza en la mano al subir al colectivo. Los tres cumplen con la regla de civilidad: no arroje este volante en la vía pública, dicen. Uno está pensando adónde arrojar, entonces, estos pedazos de correspondencia no deseada (mirado desde otro ángulo se trata de spam materializado y no hay ninguna campaña de lucha contra este spam equivalente a otras campañas de lucha y me pregunto si se trata simplemente de una diferencia en cómo la humanidad ha ido aprendiendo a convivir con los residuos físicos y cómo aún no sabe qué hacer con los residuos virtuales) cuando las cosas se acomodan solas: “haceme un avioncito. No. Mejor haceme tres.” Uno se pone a practicar los dobleces que creía no recordar pero que las manos parecen no haber olvidado, y ahí la señora de al lado comenta.

Cuando esta señora era chica no existían los colectivos, tampoco. Había muchísimo menos tránsito y aún así, no me imagino a un padre haciéndole un avioncito a su hijo en un tranvía camino de la escuela. Si se hiciera una película de reconstrucción de época, ¿cabría una escena como esa? Habría que consultar los libros que consultan los que hacen reconstrucciones de época. Entonces, ¿por qué se me ocurre a mí decir que algunas cosas no cambian como si fuera parte de una propaganda de Criollitas o Matarazzo?

Los corazoncitos Dorin’s tampoco son lo mismo que antes, para el caso. Será que uno tiene el paladar más quisquilloso y no soporta las esencias, aunque esas esencias debieran remitir automáticamente a los sabores de la niñez, o quizá no se fabriquen de la misma manera que antes, pero para empezar, si uno lee el dorso de la cajita, encuentra esto:

Recuerdo mi infancia, mis primeros años de colegio, el mágico momento del recreo y las Dorin’s (las de corazoncitos) que mi mamá me compraba siempre antes de entrar. Hoy ya adulto, las Dorin’s las guardo en dos lugares muy exclusivos, en mi corazón y en la mochila de mis hijos.

Me indigno con esta usurpación de recuerdos. Resulta que lo que pensaba que había perdurado de una forma milagrosa no es más que un revival. Los corazoncitos no pueden ser lo mismo; primero porque los fabricantes se ocupan de que no lo sean al apelar al sentimentalismo y además porque de por sí lo pasado, pisado. El revival lo está impregnando todo. Al mismo tiempo que se reciben permanentemente mensajes sobre el advenimiento de la novedad, uno se la pasa tropezando con invocaciones explícitas a los buenos viejos tiempos, como si esos tiempos se pudieran vivir nuevamente. Todo tiempo pasado fue mejor es un lugar común, así que lo más conveniente es darle manija a los avances, mientras que por otro lado se estimula la nostalgia. A ver si puedo encontrar algún ejemplo que no se circunscriba al mundo de las golosinas.

Recién ayer entré por primera vez a ver la muestra de fotos que hizo Clarín por sus 60 años. Una muestra en la cual se elige una foto por año tiene que delinear una intención particular. Algunos hechos no podrán ser ignorados, pero habrá espacios grises para llenar con subjetividad. Seguramente serán indiscutibles o casi las fotos de 1945 (las patas en la fuente de plaza de mayo), del 52 (Evita muerta), del 55 (bombardeo de la plaza), del 58 (Frondizi), del 63 (Illia), del 69 (Cordobazo) y así con todos los años importantes. Para el resto de los años se puede poner cualquier cosa cierta como lo más importante. ¿Qué fue lo relevante de los años 1957, 1961 ó 1968 ? Para la muestra de Clarín fueron respectivamente el quíntuple campeonato de Fangio, el auge del turismo en Mar del Plata y los happenings del Di Tella. Se mezclan los episodios puntuales con fenómenos que tienen un desarrollo en el tiempo y todo se presta a la confusión, pero no quiero discutir la validez de la agenda planteada por las imágenes — por más seriamente que se hiciera un proyecto semejante, siempre resultaría algo conflictivo. Las fotos son extraordinarias. Están, sin embargo, acompañadas por textos que son inconfundiblemente Clarín 2005. Uno sabe que Clarín fue mutando con el tiempo. Las fotos son originales; los textos que las acompañan son nuevos y ni siquiera pretendidamente neutros.

Las imágenes se definen con un sesgo actual que las vuelve grotescas. Más precisamente, con el sesgo del actual clima de época. Así entonces, vistas las cosas desde Clarín hoy, el Di Tella era “el refugio cultural en los años oscuros de la Revolución Argentina”, el Cordobazo: “Jaque a una dictadura”, la muerte del Che: “Empieza el mito”. “Solas, perseguidas, las Madres de Plaza de Mayo y sus rondas son símbolo de la resistencia contra la dictadura”. Sería bueno cotejar con los textos que acompañaron originalmente a esas fotos, en caso de que hayan sido publicadas.

Los ’90, vistos desde esta muestra, fueron la catástrofe absoluta. Año por año, no se salva ninguno. 1990: Palermo, los últimos carapintadas, 1991: el Albergue Warnes, “un sueño hecho polvo”, 1992: la Embajada de Israel, “Buenos Aires bajo fuego”, 1993: el pacto de Olivos, “a espaldas de sus partidos”, 1994: Amia, “Otra vez el terror”, 1995: Río Tercero, “El hecho parece ligado a la venta ilegal a Ecuador y Croacia”, 1996: Sierra Chica, el motín del espanto, 1997: “No se olviden de Cabezas”, 1998: Inundaciones en el Chaco, “El Chaco flota. Dicen que la culpa es de El Niño”, 1999: LAPA, Tragedia en Aeroparque. En toda la muestra, es la única década en la que no hay ninguna foto deportiva.

Desde el vamos se coarta la posibilidad de intentar ver las imágenes con una mirada que tenga algo que ver con las épocas correspondientes y eso no es raro, porque no vamos a pretender otra cosa de una muestra de Clarín. No propongo asistir a esta muestra con el ánimo de criticar la mirada actual aplicada a hechos históricos. Por el contrario, el interés de ese revisionismo radica en que, foto a foto y comentario a comentario, se nos da la pauta de lo que deberíamos pensar hoy, de cómo debería estar configurada nuestra mentalidad, idiosincracia, identidad nacional o como se llame para convivir y ser feliz con el actual Zeitgeist. Un manual de instrucciones, si se quiere.

Cuando el test de Rorschach se usaba para selección de personal, era común acudir a algún psicólogo amigo que recomendara lo que uno debía ver en las manchas para pasar la prueba. Algo así.

En el asiento trasero de los colectivos, a la mañana temprano, abundan los técnicos. Además de por lo que dicen, se los reconoce por el maletín negro, rígido, inmenso. Y por la forma de llevarlo, con el dedo índice de la mano diestra sosteniendo la tapa — los técnicos no confían en que la cerradura del maletín resista el peso que suelen llevar en herramientas. Los de ayer tenían algo que ver con la aislación de techos y se quejaban de la decadencia de los oficios manuales. Los de hoy eran electrónicos. Uno le explicaba al otro:

—Si a un mother que estuvo mucho tiempo prendido le sacás el disipador de golpe, el procesador se quiebra.

Y ahí me dan ganas de tener cerca otra vez a la señora que criticaba el lento avance de la humanidad con respecto a los avioncitos de papel, para contestarle que en eso estamos, pero la cuestión tiene sus tropiezos.


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