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Eliseo Brener
17 September 2005, 16:45

Los maullidos por la madrugada indican que alguien quiere escuchar el repiqueteo seco del alimento balanceado en su platito vacío.

Mientras tanto, en el mundo ¿qué sucede? El frío llegó para quedarse, diría algún movilero de los que pueden hablar del tiempo como si se tratara de la moda. En realidad no sé si existen tales movileros, pero la imagen que aparece es la de Laura Capriota — a quien nunca vi, pero la recuerdo chupando frío y contándole a Román Lejtman alguna cosa de poca importancia, desde Ezeiza y a las 6:20 de la mañana. Hay que ir a Ezeiza a las 6:20 de la mañana en invierno y con un frío de cagarse siendo que no es uno el que viaja, ni el remisero. Las veces que la escuché a esta chica, reportaba con una gracia que uno no podía encontrar de ninguna manera en Román, tan abrigadito ahí en el estudio. Y no es que tener abrigo deslegitime de por sí, a ver si con esto se malinterpreta que estoy planteando una cuestión de burgueses y proletarios o haciendo un culto del sufrimiento, pero algunas cosas parecen caer mal a la cabeza, y cuando en otra oportunidad en que la Capriota reportaba desde las inmediaciones del Hotel Alvear porque había alguien importante ahí alojado y seguramente mucho movimiento de prensa, Román le preguntó qué le gustaría que le comprara la producción, de todo lo que veía en las boutiques de los alrededores, con ese tono entre humorístico y cool que innecesariamente descarta cualquier tipo de compromiso de su parte con tal ofrecimiento. Laura tenía muy bien vista una cartera de Louis Vuitton que costaba algo así como quince mil morlacos y se ocupó con mucha soltura y una gracia infinita de instanciarle su vaguedad al conductor y dejarlo como el nabo que es, sin gran esfuerzo.

Instanciar es la clave del discurso para salir de lo abstracto y crear una imagen en el receptor que pueda acercarlo a uno, interesarlo y no aburrirlo con conceptos que no quieren decir nada (como por ejemplo sucede en lo que va de este párrafo). Algo de esto comprenden algunos poetas y algunos marketineros, aunque por carriles diferentes. Algo de esto parece haber comprendido también Mauricio Macri, que en su acto de campaña de ayer en Villa Pueyrredón sabía que no alcanzaba con el slogan “una ciudad segura” y necesitaba un elemento más contundente que ilustre de qué habla. Y Clarín menciona las manoplas de utilería que le hace portar a su séquito. Lo primero que imagino son manoplas de las que usa el hampa para pegar trompadas, y entonces recreo la escena del brainstorming donde puede haber surgido la idea de tales manoplas:

– ¿Por qué no llevar Itakas?
– No, Mauricio, es muy fuerte esa imagen ¿Vos decís Itakas de verdad?
– No, cómo vamos a llevar Itakas de verdad. Una fortuna, eso. De utilería, digo.
– Una fortuna también, para la cantidad que hay que hacer. Y la imagen sigue siendo muy fuerte.
– Pero son de utilería. Se nota eso…
– Sí, sí, pero la gente no lleva Itakas para defenderse.
– Vos decís que tendríamos que promover subsidios para la compra de Itakas?
– No, Mauricio, por favor. Digo que es algo muy fuerte eso.
– ¿Unas Browning 9 milímetros entonces?
– A mi me parece fuerte todavía. Es más real, pero…
– ¿Y si hacemos manoplas?
– Me gusta la imagen…
– Además de firmeza y seguridad, dan una cosa artesanal, de trabajo hecho con las propias manos.
– Y de lucha cuerpo a cuerpo…
– Algo de compromiso, de poner el cuerpo.
– Si, sí. Compromiso. Compro (risas). Además ¿cuánto pueden salir?

Claro que después no puedo ver por ningún lado a las manoplas de las que yo hablo, solamente veo unos carteles grandotes con dibujos de manos. Eso para mi no son manoplas de utilería, pero la cuestión de las acepciones es complicada, y la cuestión de los recursos expresivos de los redactores de Clarín más complicada aún. Supongo que habrán llamado manoplas a esos carteles, porque nadie más está hablando del tema, y me imagino que sería un poco escandaloso que se usaran esas manoplas como marketing de campaña, pero nunca se sabe. Este nunca saber es mi mayor desconcierto. Podría ser lo que me imaginé primero y que no hubiera ningún escándalo, tanto da.

El desayuno del sábado es inusual. En el living, frente al televisor donde por una cuestión de principios solamente se ven algunos canales de aire (y mal, aunque esto no es tanto por principios), presenciamos el programa de Barney en canal 9. Largas discusiones en torno a Barney, eh. Que la decadencia de los programas infantiles. Que resulta irritante ver que se intenta imitar a Plaza Sésamo de una manera tan burda. Una manera tan burda significa que en algunos instantes aparecen unos muñecos parecidísimos a los de Plaza Sésamo, pero son apenas un guiño, como para decir “acá somos esto” cuando en realidad son otra cosa. No llego a identificar qué es lo que hace que asocie a Barney con un programa de predicadores tipo club 700. Quizá sea ver que todos, chicos y grandes, hablan moviendo los labios exageradamente, como si el programa estuviera hecho pensando en niños hipoacúsicos que saben leer los labios. Y el recuerdo inmediato son esos predicadores de medianoche con traducción simultánea al lenguaje de señas. Hablar moviendo los labios tan ampulosamente hace que el doblaje sea absolutamente discordante, pero de cualquier manera tampoco se trata exactamente de eso, o bien eso no es todo. Están cantando una canción cuya letra es el abecedario, y los chicos bailan y gesticulan de manera que su acción nunca acompañe sus movimientos. Quizás lo perverso sea la inclusión de chicos y chicas como actores y actrices en un programa infantil como este. Si condenamos la prostitución infantil, ¿por qué esto no?

Te quiero yo, y tu a mí, somos una familia feliz. Es la canción de cierre de Barney, y ahí es agarrar el control remoto y pelearse un poquito con Manuel, que quiere ver lo que siga, que él supone que es Frutillita, pero que resulta ser Panam y entonces la excusa para apagar el televisor es que no está el programa que él quería ver y entonces todo sucede muy rápido y ya tenemos montada otra escena y el televisor apagado es la mejor muestra de que es innecesario prenderlo, que a los cantos de sirenas se los puede acallar haciendo power off.

Como contrapartida y para compensar tanto despropósito, lo mejor que se puede hacer es cambiar de contexto y ver qué pasa. Vamos entonces a ver un poco de la muestra de carteles de la Guerra Civil Española en Bellas Artes. Parece un poco pretencioso llevar a un nene de tres años ahí y es curioso, porque a nadie se le ocurriría decir que es pretencioso sentarse a compartir Barney en el desayuno. Por otra parte, uno puede entrar y salir libremente, porque aún no se ha implementado la idea de arancelar la entrada a los museos como propone Pepe Nun, de manera que no hay en juego nada más que tomarse la molestia de hacer el viajecito y ver qué pasa.

El cambio de contexto opera de manera favorable. Ir con un nene de tres años hace intentar ver las cosas con sus ojos y anotar comentarios. Uno piensa mandarse derecho para el pabellón donde se encuentra la muestra de los carteles, pero él se queda bastante enganchado con El beso de Rodin: “mirá, están desnudos”. Los afiches no solamente son hermosos y son emocionantes y me llevan directamente a visitar una época y lugares desconocidos de esos que siempre añoro, sino que además son muy propicios para los chicos. Ante varios de ellos a Manuel le gusta inventarse una historia y entonces me la cuenta. Hay cocodrilos con esvásticas, águilas fascistas que arremeten contra toreros, prensas gigantescas con forma de svásticas que aplastan personas, monstruos con orejas gigantes y ojos salidos de las órbitas que son los espías que delatan a los republicanos. Hablaban para los chicos, de alguna manera, los republicanos. Sin embargo, luego de unos instantes ahí, Manuel me dice:

– Mientras vos mirás esos cuadros, yo voy a subir a ver el sol.

Y entonces el puente vidriado de Bellas Artes que une el edificio histórico con el pabellón que está detrás de la confitería Modena está muy soleado esta mañana y en ese hueco que da al estacionamiento se ven los autos ahí parados, se ven los ductos, se ven las chimeneas y los techos de chapa que hacen de trastienda. También hay palomas picoteando todo lo picoteable y entonces me da un poco de tristeza esa irrupción de la realidad en medio de mi fantasía republicana. “Es que son una pena esos afiches ahí, en los marcos, en esta sala cerrada y no en la calle, cumpliendo el cometido para el que fueron realizados” pienso para mis adentros y me digo que estoy en pedo, que no voy a cambiar más, que sigo siendo ese chico que quería ser parte del mundo de Mafalda cuando ese mundo ya se había terminado hacía rato.


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