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Esteban Schmidt
4 09 2005 - 22:21

Pinta tu aldea y pintarás solamente tu aldea. Por razones muy atendibles como el espanto ante el ruido y la transpiración no deportiva de la gente fea que camina por calles feas y elude puestos de garrapiñadas y mira con rayos x, de lejos, los negocios triple x y se cuadra frente a las relojerías de la calle Libertad, es que no estamos yendo al centro últimamente, digamos los últimos diez años, excepto las contadísimas ocasiones que tenemos que cobrar un cheque o que nos convencen de ir a ver una película en el San Martín, un acto que realizado a media tarde puede evocarte los mayores momentos de infelicidad de toda tu vida.

No vamos para allá, no los queremos ver. No queremos ver cuán feo es todo eso. O cuan feo quedó. Bajarse en la estación Tribunales, por ejemplo, sólo de vez en cuando tiene la compensación del tipo cantando “ojalá que la hoja no me toque en el cueio cuando caiga”, una de las poquísimas canciones que nos sabemos enteras y el recuerdo, recurrente —cuando la cantamos al unísono con el clon de Silvio y por lealtad le dejamos una moneda de cincuenta en la gorra— de un casi chiste que nunca le contamos a nadie, excepto hoy que será de todos como el NUNCA MAS y que es imaginar a Depardieu haciendo de Danton cantando eso al final de la película cuando la hoja le va a tocar el cueio. Pero si el pasillo, ese largo pasillo debajo de la calle Talcahuano, está libre de guitarristas y flautistas es decididamente el túnel de la muerte y en los días de calor, que en el subte son todos, es la mera, mera muerte y la recorrida final hacia el infierno, sus últimos cien metros.

Por eso nos quedamos todo lo que podemos por Palermo, con algunas pocas derivaciones hacia Belgrano a comer tortas en Nucha de la calle Moldes o tomar la leche en Bella Italia de la Calle Cuba. En Palermo, de todos modos, tampoco podemos estar en todos lados. La parte de la avenida Santa Fe en dirección hacia Pacífico que arranca en Thames es horrible. Hay varias farmacias que dicen cáncer en la puerta y unos negocios de bijou y de commodities básicos como paragüitas, medias, guantes cuya aspiración estética es igualar a los argentinos con los coreanos. El ruido por esa zona es como el de la hora pico de aeroparque a un costado de la pista. Cualquier persona que necesite sentir una vez por día que su vida no es una mierda y que tiene sentido, pierde por knock out con los colectivos que apuntan sus cabezas de fierro y faros contra la vereda a buscar trabajadores. El cielo suele estar gris, medio lluvioso, medio mierda y nos sentimos amenazados de muerte y sucios y no sabemos por qué. Urgente, tomamos los atajos a casa en Paraguay y Borges a chequear mails, a escribir un párrafo de los que se pagan y uno de los que no. Tomamos mate La Merced, una yerba Premium que es de Las Marías, que es como más polvorienta y tiene un sabor que se aproxima demasiado al té y que provoca, gracias a DIOS, muchísima menos acidez. Pero trabajar donde se vive, donde se canta, donde se hace banana caramelizada con helado de crema americana, un enchastre riquísimo de cien mil calorías, es muy difícil y hay que salir todo el tiempo.

Si cuando era chico íbamos a Gigante a hacer las compras de todo el mes, ahora vamos tres veces por día a lo de Pablo, el chino de enfrente. Y hacemos dos turnos de café con leche y otra estación para bebidas cola en La Boutique del libro, en Piacere y en el bar del gimnasio Always. Pero no alcanza, hay que salir a evaporar más. Quien no quiera penar, quien necesite —como no decía Eladia Blázquez— ser burgués en su vida, para ser audaz en su arte debería solamente caminar el tramo de Santa Fe que va de Gurruchaga donde está la Comisaría 23 hasta Herman’s en Armenia. El Jardín Botánico está enfrente y decora de verde, pero no hay que caer en la tentación de cruzar por la vereda misma del Jardín porque está toda cagada.

El lado de la avenida que recomendamos tiene menos caca porque está muy transitada, incluso de noche, y no es tan fácil que las personitas hagan cagar a sus bichitos así, a la vista, con el temor del reproche de sus vecinos. Decíamos enfrente, de noche, del lado verde, sí es el baño de las mascotas de Palermo, tan baño como todo el barrio, y menos baño que el Pasaje Virasoro, una callecita de una cuadra que está entre Guemes y Charcas y que es donde vive o vivía Nilda Garré y que es el cinturón ecológico de la mierda de los perros de mierda de los vecinos de mierda.

De noche, la vereda del Botánico está bien oscura y aparentemente esto es beneficioso para los perros que, estadísticamente, cagan más a la noche. No como las personas que son de ir de cuerpo a la mañana antes de ir al centro, porque realmente es una cagada mover el vientre de apuro en Guerrin a mediodía, en verano y con el portafolio.

Ah, el Botánico. Es lindo o divino como dicen las minitas del CASI, pero no se puede ir a leer tranquilo. Si uno dice —porque ha visto en películas que leer debajo de un árbol es copado—“me voy al Botánico a leer en los banquitos”, la va a pasar mal, porque desde hace años, y nos extraña no haber leído notas al respecto, es un lugar para que los hombres se pongan de novios con otros hombres, que está tooooooodo bien, pero que incomoda a los que tienden a ponerse de novios con chicas porque tienen que someterse a cortejos inesperados. Si solamente se tratara de un tipo que te tira onda, un “¿qué lees”, a ese le explicás: “Mirá estoy leyendo ‘Mi lucha’, la traducción es irregular pero ese petiso tenía voz”, no sería mucho problema. El señor, ante la posibilidad de que seas un taxi boy loco, uno que le afane la casa después del acto, como suele ocurrirle al conocido animador de una radio que está a la izquierda del dial, se va. Pero son miles, se va ese peladito, ponéle que es peladito, y llega el otro gordito, un gordito de gafas, como el de Puerto Pollensa que después de mirar tanto porno entre minas, dijo: “nah, que vamos a andar mezclando”. Y así, luego el profesor de Body Pump y te hartás y te vas.

¿A dónde te vas? Del otro lado de Las Heras, no. Porque hay una profunda crisis de bares con onda. Si es primavera, tal vez esperando hasta el horario de uno de los mil sicólogos que rodean el zoológico te hacés una sentadita en las mesas de afuera del Guido’s bar pero tratando que el falso tano dueño no te vea para que no sienta que triunfó sobre vos, que le compraste la simpatía. Tal vez avanzar sobre Libertador, y sentarse en Altra Volta…, no lo hicimos nunca. Uhmm. Tal vez cuando incursionemos próximamente por el Club de Amigos al solo efecto de ver con quiénes más tendremos que pelear los próximos treinta años y si vale la pena el desgaste, lo haremos antes de entrar o salir. La otra alternativa yendo para allá es correrse para la zona del hospital Fernández, y hacer base en Nucha de Salguero, frente a esa plaza que es realmente fea y donde una vez vivamos en el ‘83 a Víctor Martínez y nos fuimos con una boina blanca firmada por Hipólito Solari Irigoyen subidos al capot del Dodge 1500 motor 1.8 marrón de papá. Lamentablemente en Nucha se escuchan las lamentaciones de cientos de profesoras de inglés separadas.

Volvemos, entonces, para casa encarando por Scalabrini calle hasta que se hace avenida y ahí hacemos Santa Fe, Malabia, Guemes, Armenia, Charcas, Gurruchaga, Paraguay, y ahí hasta llegar a casa.

En casa no sabemos qué escribir como daily y entonces hablamos de nuestras últimas diez situaciones incómodas, y que como nos movemos poco al centro, apenas para cobrar cheques, como el viernes, ocurren por Palermo y entonces nos repetimos.


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