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Esteban Schmidt
21 August 2005, 17:30

Cuando te duele la cabeza 72 horas seguidas y matarte no es una de las opciones, el método para la sobrevida es hacer lo mínimo indispensable, apagar los electrodomésticos y tomarte las pastillitas que hacen bien para soportar esa vigilia hasta que el drama que tiene lugar en el cerebro deje paso a una tira cómica. El dolor que nos afecta este domingo es migraña oftálmica y su expresión es equivalente a que, por dentro del cráneo, un sádico con un picahielos escarbe el nervio del ojo, habitualmente el izquierdo, por todas las horas que al dolor se le ocurra.

Sufrimos este desarreglo desde al menos cuarto grado cuando le pedíamos al maestro Nievas permiso para ir a mojarnos la cabeza. Desde los diez años, entonces, tomamos Migral (ergotamina) para calmarnos hasta que cien mil pastillas rojas después ya no nos hicieron nada y fuimos por el cóctel. Y salíamos de un trabajo en la avenida Belgrano y nos metíamos dentro de un taxi y cantábamos “Caldas y Dorrego”, y nos acostábamos como un nene viajando a Mar del Plata en el asiento de atrás. En casa, bajábamos las persianas, pateábamos los diarios, nos comíamos una banana y nos clavábamos otro Migral y medio Valium de cinco mg, con dos vasos de agua con Hepatalgina y apagábamos todo y nos metíamos a la cama dándonos muchísima pena. Nueve horas despertábamos sin dolor pero con la resaca del Valium que no es exactamente igual a la felicidad. Había que tomar mucha agua a la mañana para sacarnos de encima el diazepam y tratar de seguir teniendo una vida y esperar que sea mejor.

Cansado de clínicos, de homeópatas y de leer por las mías las curas para el mal, llegué a lo de una neuróloga del Ramos Mejía, quien me recibió pegándome con un martillito ahí donde están los reflejos en la rodilla y en el talón a ver si estaba todo en orden y me indicó con toda frialdad que lleve durante un mes un registro de todas mis actividades incluyendo un detalle completo de mis comidas y que marque cuando aparecía el dolor. Se trataba de asociar el dolor a quesos o chocolates o café en exceso o frituras, tabaco, marihuana o alcohol. También me mandó a hacerme una resonancia magnética a un instituto de la calle Gorriti y Canning frente a la Shell. Una resonancia consiste en meterte dentro de un tubo grande y blanco con una lucecita verde fluo, como las pulseritas de los all inclusive, con doce o catorce horas de ayuno y escuchar unos ruidos infernales sin mover la cabeza, prensada, durante unos cuarenta minutos. El momento en que te deslizan hacia el interior del resonador es lo más parecido al acto de ingresar un ataúd al crematorio de la Chacarita.

Volví a la doctora con todas las anotaciones, con las fotitos de mi cerebro y me dijo que no era nada. Que mi dolor era tensional, los nervios, las cervicales, cosas así y me cambió la droga. Corté con la ergotamina y nos fuimos al naproxeno, un antiinflamatorio. Me dijo también que haga al menos dos veces por semana una actividad deportiva fuerte o un yoga fuerte. Y volví a la pileta, nadé en el Ateneo Cecchina, tres kilómetros por sesión, sin parar. Cuando llegaba a casa me tomaba un licuado de bananas con semillas de lino y Nesquik y dormía como un cavernícola.

Con Ignacio, mi psicólogo, también trabajamos el dolor de cabeza. Hablábamos, como se hace en esos consultorios, y jugamos con plastilina que es algo que no se suele hacer. La plastilina funcionó por añadidura rápida porque hicimos unos cuadraditos y unos triangulitos y los iba encimando y asociando ideas. y un día nos dimos la mano a la salida como dicienco caso resuelto.

Minga.

Cuando cruzamos el océano con el nadokilométrico, fuimos al yoga fuerte, el Ashtanga, el que hace Madonna y el novio de Madonna que más se nos parece, pero fue imposible no sentirnos unos pelotudos. Un saludo al sol más, aunque sea fuerte, y se pudría todo, cagábamos a trompadas a alguien.

Volvimos a los courts, entonces, que los teníamos ahí los fines de semana, pero ahora con toda la esperanza de profesionalizarnos a los treinta años. Compramos raquetero y le pusimos la raqueta de Thomas Muster, una Head Titanium azul eléctrico y luego la liquidmetal radical de Agassi de color naranja. Al encordado le pusimos antivibrador y sabemos mucho más de marcas de cuerdas que de algunos temas que nos harían ganarnos unos mangos al toque. Pero seguimos fallando los smashs más fáciles. “Le quitaste la vista”. En La habitación del hijo, el padre que representa Moretti, cuando ve jugar al tenis a su hijo dice: “pero este chico no quiere ganar” y se lo comenta a la esposa con preocupación.

A algunos nos pasa lo mismo con muchas cosas. Hacemos hasta ahí, llegamos hasta ahí en asuntos que emprendemos porque no queremos ganar. En la versión que más nos favorece decimos que si triunfamos es “demasiado bueno para ser verdad” y entonces no lo hacemos. Pero en la versión que nos deja peor decimos que “llegamos hasta ahí porque es hasta donde podemos llegar”.

En el tenis, se gane o se pierda, te contracturás sino elongás lo suficiente después de jugar. Como nunca lo hacemos lo suficiente, terminamos de jugar y nos tomamos medio naproxeno de quinientos. Tomamos mucha agua y nos bañamos y el polvo de ladrillo es salado cuando te cae por la cara y el primer pis después de correr es bien amarillo. Y meás en la bañera de casa y vas a ser un chico todos los años que nos meemos los dedos de los pies con el pis amarillo y empujemos el agua que sigue cayendo de la ducha a donde mandamos el pis para que se mezclen.

Y salimos nuevos del agua, mucho más hombres y optimistas. Y nos afeitamos y nos ponemos un gel after shave de mentol que nos arde y que nos copa. Luego es poner el culito desnudo en la cama y levantar las piernas y ponernos las medias. ¿Gardel hacía igual? ¿Se quedaba en pito y se ponía primero las medias? ¿y el chino Balbín?, ¿y Nilda Garré?

Y nos ponemos una camisa y el saco y nos miramos al espejo y tenemos la cara con sol y estamos tan lindos que es un desperdicio sentarnos a trabajar. Trabajar es horrible, una de las peores cosas en el mundo, algo que no se le puede desear a nadie. Después del tenis, de haber sido chico en la bañera no te podés poner duro con nadie, ni exigir nada y no podés tolerar que te pidan y te pongan plazos. Por lo tanto si no tenés un horario que cumplir el día se te va en cosas de tu vida más lindas como hacerte unas tiritas de pollo salteadas a la mostaza y mirar películas desde la hamaca paraguaya y acostarte ahí con la Liquidmetal Radical que usás de objeto transicional entre la teta de tu mamá y tu entierro. ¡Ey! en un momento te bajás de la hamaca, ponés pause, y empezás a pelotear con Gaudio, pero Gastón a los dos minutos se pudre de que la cuelgues y te dice vamos a La Boutique. Y bueh, al menos vas a tener chimentos buenos.

Si te duele la cabeza 72 horas seguidas y no pudiste avisar que no querías escribir porque te sentías mal porque nunca faltaste a la escuela terminás escribiendo lo que podés. Y cuando algo te duele tanto sólo podés hablar de los dolores de cabeza. Disculpas a lo que esperan más. Entre el goce esperado y el obtenido hay una diferencia siempre insalvable, para bien o para mal. Volveremos con lo mejor que podamos en cuanto el Naproxeno y el Alplax de esta noche, porque cuando nos duele la cabeza no podemos dormir, nos permitan la resurrección. En fin, a quien ya no le duele nada es a José de San Martín. En su semana aniversario, TP quiere recordar las máximas que dejó para su hija Merceditas.

MÁXIMAS PARA MI HIJA

Humanizar el carácter y hacerlo sensible aun con los insectos que no perjudican. Stern ha dicho a una mosca abriéndole la ventana para que saliese: “Anda, pobre animal, el mundo es demasiado grande para nosotros dos”.

Inspirarle amor a la verdad y odio a la mentira.

Inspirarla a una gran confianza y amistad pero uniendo el respeto.

Estimular en Mercedes la caridad con los pobres.

Respeto sobre la propiedad ajena.

Acostumbrarla a guardar un secreto.

Inspirarle sentimientos de indulgencia hacia todas las religiones.

Dulzura con los criados, pobres y viejos.

Que hable poco y lo preciso.

Acostumbrarla a estar formal en la mesa.

Amor al aseo y desprecio al lujo.

Inspirarle amor por la Patria y por la Libertad.


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